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Sartre y César Chávez en el crepúsculo del wokismo

Por Jorge Castañeda

Hace 3 dias

Va una nota un poco diferente en esta ocasión. Antier, The New York Times publicó un largo artículo dedicado a una extensa e intensa investigación sobre la vida personal de César Chávez. No Julio César Chávez, el boxeador héroe de Sinaloa, sino el legendario líder de los trabajadores agrícolas mexico-americanos de los años 60 y 70 en Estados Unidos.

Como se recordará, César Chávez, quien murió en 1993, fue el fundador de la United Farm Workers Union (UFW), organizó el boicot al consumo de uva de mesa en Estados Unidos, logró importantes concesiones para los jornaleros en materia de salarios y prestaciones, y se transformó de líder sindical a ícono e ídolo de la comunidad latina o hispana o chicana en Estados Unidos.

Fue, guardando las proporciones, una especie de Martin Luther King de los mexico-americanos, en una época en que los latinos eran puramente mexicanos, en que los indocumentados mexicanos eran menos que los campesinos mexico-americanos, y en que no había nadie más que enarbolara la bandera de sus derechos, su dignidad e incluso su simple existencia. Un héroe de toda la gente bien en Estados Unidos, desde Bobby Kennedy hasta Joan Baez, y muchos más.

Pues ahora resulta que no tanto. El diario neoyorquino revela que varias mujeres –en aquella época adolescentes– fueron objeto de hostigamiento sexual, de violación y/o estupro por parte de Chávez, y por largos períodos.

Se trata sobre todo, pero no únicamente, de militantes cercanas a Chávez, que se distinguieron por su lucha y su dedicación a la causa o, como dicen ellas, al movimiento: Dolores Huerta (cofundadora de la UFW), Ana Murguía, Debra Rojas, y muchas más. Sus recuerdos y militantismo remontan a los años 60.

Las acusaciones fueron verificadas y contraverificadas por los dos reporteros del Times. Concuerdan con versiones que las mujeres compartieron con amigas o colegas desde los años 60, y con otras denuncias de la misma era.

Las víctimas viven y han corroborado en público sus alegatos, incluyendo los nombres de los hijos que procrearon involuntariamente con Chávez. No parece haber duda alguna sobre la veracidad y la gravedad –varias tenían 12 años– de las acusaciones.

Varias organizaciones ligadas a Chávez, en particular aquellas que se aprestaban a festejar su natalicio este 31 de marzo, han cancelado la celebración. La Asamblea Legislativa de California cambió la denominación del Día de César Chávez a Día del Trabajador Agrícola. Ha sucedido lo mismo en la ciudad de Los Ángeles. Todo esto aconteció durante los últimos dos días.

Las revelaciones y las repercusiones suscitan, por lo menos en mi mente, un debate complejo. En los años 50, se le atribuyó a Sartre la frase y la idea, después del informe de Khruschev al 20 Congreso del PCUS en 1956, que no era conveniente resaltar los crímenes de Stalin para “ne pas désesperer Billancourt” (no desesperar a Billancourt).

Este último suburbio popular de París era la sede de Renault, y los obreros de la automotriz constituían la base más importante y combativa del Partido Comunista francés.

No había, entonces, según el filósofo del existencialismo, que desmoralizar a los trabajadores comunistas con críticas al estalinismo en plena Guerra Fría, caracterizada por una ofensiva norteamericana inclemente.

Más adelante, Sartre rompería con la URSS y con el PCF, refugiándose al final de su vida en un maoísmo tan delirante como su defensa de Stalin. Pero la advertencia quedó para la historia, y no carece de fundamento, aunque por mi parte nunca compartí ni la letra ni el espíritu de la misma.

Pues lo mismo con Chávez. Ya no es el líder espiritual que fue hace medio siglo. Los mexico-americanos han conquistado alcaldías, diputaciones, senadurías estatales y algunas federales, varias gubernaturas y diversos puestos de gabinete.

Y las principales víctimas reales o en potencia del trumpismo no son los chicanos de ayer, sino los mexicanos –y centroamericanos y somalíes y ecuatorianos y musulmanes– de hoy.

Mexicanos a quienes Chávez nunca quiso, ni defendió, por cierto; no hablaba español. Pero la pregunta persiste: ¿Era el momento para destruir la imagen y la memoria de una de las escasas figuras que siguen representando algo para la vasta comunidad latina de Estados Unidos?

Las mujeres que lo han denunciado lo hicieron, según ellas, al cabo de una larga reflexión en este sentido. Al final de sus días –Dolores Huerta ya cumplió 95 años– concluyeron que sí. Es imposible cuestionar su derecho y su valentía. Pero no es imposible reflexionar sobre las consecuencias.

En el probable y bienvenido crepúsculo del wokismo en Estados Unidos, uno no puede dejar de preguntarse, espero que sin riesgo de cancelación, ¿sí se vale, hic et nunc?

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