Saltillo|Monclova|Piedras Negras|Acuña|Carbonífera|TorreónEdición Impresa
Xelhua se corona campeón del Rey del Inframundo 2026 Corea del Norte prueba ojivas de bombas de racimo, según prensa estatal Pachuca destruye a Tigres con doblete de Salomón Rondón ¡Joya y drama en el BBVA! Rayados y Xolos empatan 3-3 con golazo de chilena de Lucas Ocampos ¡Aplanadora en el AKRON! Chivas liquida al Atlante en una fiesta de goles

Zócalo

|

Cultura

|

Información

< Cultura

Cultura

Se convierte Huerta en un guía para la poesía

  Por Agencia Reforma

Publicado el lunes, 22 de febrero del 2021 a las 22:25


David Huerta publica 'Las hojas', un compendio crítico donde deviene en un 'guía' de poesía y a la vez un turista maravillado por lecturas.

Ciudad de México.- El poeta David Huerta, Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2019, está convencido de que todo el mundo, absolutamente todo, está inserto en el mundo de la poesía.

 “Me he encontrado personas que no saben leer y escribir que tienen una sensibilidad tan despierta y una inteligencia tan aguda como el erudito más especializado o el poeta más visionario.

“La poesía es sencillamente el lenguaje llevado a sus posibilidades extremas. Y todos, o casi todos -menos los recién nacidos y los afásicos-, tenemos capacidades lingüísticas”, sostiene en entrevista vía email el también ensayista y traductor de 71 años.

Y es que hay poesía en muchas zonas de la experiencia que la gente no cree que sean poéticas, pero que lo son, pues en ellas hay intenciones expresivas, continúa Huerta.

 “Sin intenciones expresivas no hay poesía que valga: son simplemente las ganas de decir algo y de decirlo bien, sea lo que fuere que se entiende por ‘decir bien'”, apunta. “Decir lo que uno quiere de modo que se entienda y llegue a los oídos de quien escuche o a los ojos de quien lee para hacerlos pensar, para conmover, para persuadir. En este último sentido, la poesía se parece a la oratoria”.

Autor de una veintena de libros de poesía, como Versión, que le granjeó el Premio Xavier Villaurrutia 2005, Huerta también ha dedicado largas líneas a diversos asuntos alrededor de este quehacer: los poetas, los poemas, incluso algunos versos aislados que llaman su atención. Aspectos que lo intrigan, fascinan o desconciertan.

 “Una serie de emociones que me pedían un acercamiento racional a todos esos fenómenos de la lengua, de la expresión. Y la herramienta ideal para ese acercamiento es la prosa reflexiva: el ensayo”, responde el académico de la UNAM.

Precisamente, 33 ensayos suyos con la poesía como tema común recién fueron recopilados en un volumen que lleva por título Las hojas, editado por Cataria, sello del también poeta Fernando Fernández, amigo de Huerta desde hace muchos años.

Libro que tiene su origen en la columna “Aguas aéreas” que el poeta escribió para la Revista de la Universidad de México durante 10 años, de 2007 a 2017, y cuyo nombre es un homenaje al argentino Néstor Perlongher (1949-1992) y su libro de poemas Aguas aéreas.

Fue el propio Perlongher quien, durante una charla sostenida en Nueva York, obsequió tal título al también autor de Incurable.

 “Le dije: ‘Néstor, ¡qué envidia me da ese título tuyo, Aguas aéreas! ¡Cómo me hubiera gustado que se me ocurriera a mí!’. Y él me respondió con una generosidad incomparable: ‘Pues te lo regalo. Haz con él lo que quieras'”, rememora Huerta sobre el encuentro, una de las grandes satisfacciones de su vida; un recuerdo atesorado.

“Le tomé la palabra y así titulé mi columna que escribí durante una década. Con el crédito debido, desde luego. Néstor Perlongher, ya lo he dicho, es una de las personas más simpáticas y tratables que he conocido”.

Una columna cuyos ensayos, vertidos ahora en Las hojas, su autor dedica a quien sepa leer, a la afición en general, al pueblo todo de los hispanohablantes e hispanoleyentes.

 “Los receto a la manera de una medicina contra la estupidez”, afina, y resarce: “Me parecería muy bien que la gente se acercara a la expresión poética por curiosidad, por puro gusto, por interés intelectual; que sacara de ella algo que pudiera llevarse a su casa, como decía Nietzsche.

“La poesía muchas veces está acompañada por la crítica, por las explicaciones, por algunos relatos que pueden interesar a los que han leído poemas; en ese sentido, este libro puede resultar útil; sería mi mayor deseo, pues tengo un alma de profesor, de profesor de poesía”, espera.

Ideas que se hilvanan

 La ensayística de Huerta se presenta al lector como un compendio de ideas que el poeta va hilando, construyendo en torno a un tema, una obra, un autor, un verso, una imagen, una figura retórica o algunas muy diversas nociones.

Así asume el autor el oficio de la escritura: como un tejedor, en tanto “texto” es un participio latino que se ha dejado atrás y que significa “tejido” -“un tejido de palabras sobre el lienzo de la página”, expresa-, al mismo tiempo que un edificador.

 “Recuerdo que cuando Salvador Elizondo le preguntó a José Gorostiza cómo había compuesto su gran poema Muerte sin fin, don Pepe le respondió así: ‘Ladrillo sobre ladrillo, poco a poco’. Lo cual me ha dado pie para referirme a Gorostiza como ‘un alarife genial’, es decir: como un albañil sublime cuyos ladrillos son los versos de su inmenso poema.

“Así hay que escribir, con esa conciencia del oficio; como quien pone una pieza sobre otra hasta alcanzar cierta altura, cierto nivel de las ideas. Al mismo tiempo, hay que procurar escribir en estado de suprema atención; lo diré parafraseando como dice John Updike de Nabokov: hay que escribir ‘extáticamente’, casi diría uno en trance”, ilustra.

De forma que, en el ensayo inaugural de Las hojas, acerca de un viejo mito de amores trágicos, Huerta parte de una idea que proyecta una especie de línea melódica; recoge algunas informaciones para situar el asunto, y procede a desarrollarlo uniendo lecturas a veces distantes cuyo punto de convergencia es, en este caso, la pareja de Hero y Leandro.

 “El paisaje de su historia y los escenarios son ideales para explayarse: un cuerpo de agua, el Helesponto; una torre, una antorcha; dos amantes que se reúnen clandestinamente. Caray, todo eso es ideal para plantear una serie de temas que me interesan, que me apasionan. Y algunos de los poemas que se han escrito sobre la pareja son sencillamente maravillosos, y algunos de un sentido del humor directo y sin complacencias”.

Son, al final, las cosas que Huerta quiere decir, los parajes por donde decide ir. Guía turístico convertido a su vez en turista maravillado por las vicisitudes del trayecto y sus bellas estampas.

Y las estaciones por las que para no son pocas y sí algunas de las de mayor realce: mundo clásico, el Siglo de Oro español, un puñado de modernidad.

Con una numerosa lista de nombres, entre los cuales se puede claramente detectar a los predilectos del autor: Luis de Góngora, quien no es un poeta fácil pero sí “el mejor de cuantos han escrito en nuestro idioma”, califica Huerta; Lope de Vega, Cervantes, Sor Juana, Virgilio, Ovidio, Dante, Ezra Pound, T. S. Eliot o Hugh Kenner -“uno de mis espíritus tutelares”, dice-, entre muchos, muchos más.

¿A alguien con este bagaje, que parece que todo lo ha leído, aún le sorprende lo que se va escribiendo? ¿Huerta se fascina y disfruta de igual manera con la poesía actual?

A mí me gusta la buena poesía, no importa de qué época o lugar. ¿Qué entiendo por “buena poesía”? La que me produce una reacción física, una suerte de temblor, un estremecimiento a veces tenue, a veces no tan tenue.

Recuerdo que en la adolescencia leía la poesía de Saint-John Perse y eso sentía; es una poesía suntuosa, de alcances planetarios, un recorrido de la naturaleza y de las civilizaciones con las herramientas de un lenguaje sublime. A veces era demasiado, pero siempre había una recompensa.

Hace poco, durante el encierro por la cuarentena, me puse a mecanografiar un largo poema de Perse; lo hice por puro gusto, para tener mi “edición personal”. Un poco ocioso, pero te aseguro que me la pasé muy bien tecleando esas tiradas de visiones extraordinarias.

Sus ensayos revelan al también Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de Lingüística y Literatura 2015 como el apasionado maestro de lo poético que en cada fervorosa lección continúa aprendiendo. Y que se vale de esta misma pericia para manifestar algunos de sus juicios más agudos.

Como el reproche al poco interés de algunos poetas -acaso aspirantes a serlo- por aprender de métrica, de técnica y composición. Aquellos cuyas creaciones, escribe Huerta, “resultan siempre gansadas cojitrancas, sordas o tartamudas, ocupadas de temas empolvados hasta el agobio y sacados a fuerza del armario poético del siglo 19”.

 “La métrica es la muñeca fea de tantos poetas y me parece completamente injusto. No me lo explico; o me lo explico por malas razones: a los poetas les da flojera aprender, pues juzgan que ya dejaron ‘atrás’ la escuela. Yo me moriré aprendiendo algo, es una de las grandes cosas, aprender, por las que la vida vale la pena.

“Suelo escuchar afirmaciones alarmantes como ésta: ‘No quiero aprender esas cosas porque me basta con mi propio sentimiento, con mis emociones, con mi sensibilidad’. Y yo digo: Pues cuánta falta te haría enterarte de los rudimentos de tu oficio. Porque la poesía es un oficio, entre muchas otras cosas”, subraya.

Poesía, prosigue, es una palabra que tiene que ver más con la artesanía que con el “Gran Arte”; es decir, es algo que se aprende, algunas veces en un taller, otras a solas, pero con los mejores maestros que los libros pueden ofrecer.

Aunque a veces, y también lo condena Huerta en su colección de ensayos, ni siquiera los lectores están dispuestos a hacer un esfuerzo por entender, por ejemplo, la poesía gongorina, a la que incluso hasta temen y rehúyen.

“Eso es cierto. A la gente no le interesa hacer un esfuerzo de orden intelectual; se ha vuelto muy poltrona, según puedo ver. Quizá me equivoco, pero esa es la impresión que tengo”.

Entonces, ¿para Huerta no está mal subvertir las reglas, siempre y cuando primero se las conozca y entienda?

Totalmente cierto. Creo que aun en los poetas con una formación clásica, retórica, muy sólida, hay esa vocación subversiva. Piensa en un poeta como Rubén Bonifaz Nuño, un hombre con una preparación pasmosa en latín, griego, náhuatl; un académico, un gran universitario. Pues bien: su poesía es muy subversiva, radical, innovadora. No precisamente vanguardista, pero lo ‘vanguardista’ no es la única vía para innovar.

Bonifaz Nuño sabía hacer estallar las formas, renovarlas desde adentro al mismo tiempo que mostraba cómo las conocía perfectamente bien, casi mejor que nadie.

¿Será que mucha de la poesía de hoy la escriben esos ‘poetas iluminados’, aquellos “condenados a la embriaguez”, según aquellas “exaltaciones irracionalistas de la poesía” -como usted las define en el libro- de María Zambrano?

Siempre ha habido poetas arrebatados que parecen medio salvajes, hirsutos, rebeldes a las buenas maneras. Uno de ellos parece ser, en México, Jaime Sabines; pero eso es engañoso: en su poema Algo sobre la muerte del mayor Sabines hay sonetos, y la verdad no escribe uno un soneto en un arrebato, a menos, claro, que sea Lope de Vega, un auténtico monstruo de la composición poética, del verso español, y Sabines no lo era.

Quiero decir que la imagen del poeta desmelenado que rompe todo y se pasa las reglas por donde te conté es una imagen maliciosamente falsa que muchos de esos poetas cultivan para hacerse los interesantes. Y María Zambrano les da el pretexto perfecto.

En Las hojas me meto con ella porque dice cada cosa que lo deja a uno mareado: discursillos ardientes sobre ese irracionalismo que, según ella, preside sin falta el trabajo poético. Yo no estoy de acuerdo con esa sacralización de la irracionalidad, pues veo en ello consecuencias incluso políticas. Le doy a las emociones y a los sentimientos un lugar central, decisivo, en la poesía; pero no por eso renuncio al ejercicio de la inteligencia.

 Y aquí Huerta remata con una pregunta fulminante, acaso una súplica:

 “¿Será mucho pedir que en general la gente no renuncie a la inteligencia? Los fanáticos políticos lo hacen con una facilidad pasmosa y a veces sangrienta; los fanáticos poéticos, también”.

¿Poesía para pandemia?

 “Tan enorme pandilla la seguía / que yo jamás hubiese presumido / que jamás tanta gente muerto había”, dice en el tercer Canto del Infierno un Dante sobrecogido ante la muchedumbre de muertos, encaminada hacia las aguas oscuras del dolor eterno.

Más de medio milenio después, T. S. Eliot albergaría una recreación dantesca en The Waste: “I had not thought death had undone so many (Nunca hubiera creído que la muerte deshiciera a tantos)”.

Por lo que Huerta, responsable de este contraste de poetas visionarios, sentencia: “La nación de los muertos es idéntica a sí misma en el Medioevo y en los tiempos modernos”, escribe en el ensayo homónimo a su reciente colección de ensayos.

Y aunque el poeta mexicano cierra la frase poniendo “siglo XX” entre paréntesis, al leerlo pareciera estar de más, pues en el 21, y en particular bajo el asedio de un mal pandémico, oleadas de muertos se contabilizan e informan a diario sin que tampoco podamos advertir qué tantos en verdad son.

¿La poesía juega algún papel en un mundo de dolor como el de hoy, ante esa muerte “que todo lo iguala y empareja”, como describe usted?

Para mí la poesía no tiene una misión específica ni mucho menos una vocación de salvación de la humanidad. Eso no le toca; aunque es verdad que puede tener una tremenda gravitación en las vidas individuales, las vidas de los lectores apasionados, de los lectores para quienes esa actividad, leer, es como la sangre del espíritu y una de las fuentes de la energía de la mente.

Lo he dicho otras veces y aquí lo repito: El lector de poesía sabe perfectamente qué le sucede cuando se enfrenta a los versos de un gran poeta, a esa potencia del lenguaje: recibe el resplandor de una mente poderosa y eso ilumina su soledad de un modo formidable.

Experiencia que Huerta reconoce como no exclusiva de la poesía, sino latente en muchas otras cosas de las que también es afecto.

 “No creas que soy un tipo que no disfruta los placeres plebeyos, como una buena jugada de Andrés Iniesta o un lance de Rafa Márquez en el Camp Nou; he sufrido intensamente cuando veo a mi equipo, el Atlante, ir de fracaso en fracaso, aunque no olvido las satisfacciones del par de títulos que nos dio hace algunos años.

“Escucho música ávidamente y me encanta el cine; yo y mi hija Tania somos grandes consumidores de imágenes en movimiento. Las conversaciones y la convivencia con mi esposa, la escritora Verónica Murguía, son el tesoro cardinal de mi vida”, confía el poeta.

No es, pues, única y exclusivamente la poesía, reitera, concediendo el justo valor a todo aquello que solaza mientras permanecemos en la rama del árbol poderoso de la vida, antes de caer convertidos en hojas secas y quebradizas sobre el suelo del mundo. “Follajes en trance de hacerse polvo; ceniza deshecha entre los dedos”, enuncia el poeta.

Notas Relacionadas

Más sobre esta sección Más en Cultura