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Publicado el lunes, 15 de diciembre del 2008 a las 19:33
México.- Ardió el infierno y ardió como nunca. Dramatismo y emociones encontradas se vivieron al máximo en el estadio Nemesio Díez en el partido de vuelta que protagonizaron Diablos Rojos y la Máquina.
Alegría, satisfacción y felicidad llegaron a la gran fiesta vestidos de “escarlata”; tristeza, frustración y coraje se tiñeron, al final, de azul celeste.
Han sido, sin duda, los 210 minutos más dramáticos en futbol mexicano en lo que va del nuevo milenio, para que después, todo se definiera desde los 12 pasos que separan al marco del manchón penal.
Ambos bandos y uno a uno fueron perforando la portería del rival, sin aliento, sin piedad, con la mirada fija en un solo objetivo: el campeonato, la novena estrella, ese otro título que haría aún más lúcida en cualquiera de las dos instituciones la vitrina ávida de triunfo y gloria.
Primero fue uno, luego fue el otro, llegó el tercero… el cuarto… el quinto… y la cuenta llegó a los 10 penales, desde Israel López hasta Héctor Mancilla, desde Jaime Lozano hasta Pablo Zeballos. Ninguno se falló, diez goles en diez tiros, un hecho que nunca había sucedido en una final del balompié azteca.
Fue entonces cuando la “muerte súbita” se apareció en los terrenos de “La Bombonera”. El graderío era un mar de nervios, rojos y azules, todos eran presa de la desesperación. Uno que otro deseaba meterse al campo y patear el balón, poner su granito de arena para hacer campeón a su equipo.
Ese entrañable grito a la voz de “¡sí se puede!, ¡sí se puede!”, al que ya estábamos acostumbrados durante algún tiempo, volvió a emanar a través de miles de gargantas. Escapulario en mano, algunos se encomendaban a Dios, otros sacaban al técnico que llevan dentro y desde tribuna empezaban a dar indicaciones, otros mejor “ni ver” y hay quienes de plano rompieron en llanto aún cuando nada estaba definido.
Así se mantuvo el drama que dejó paralizados frente a los televisores a millones de aficionados en todo el país que seguían el juego desde sus casas, restaurantes, bares, centros comerciales, negocios, incluso oficinas, para quienes laboran en domingo.
Llegó entonces el turno para Edgar Dueñas. El defensa del Toluca anotó y mantenía encendida la esperanza. El mediocampista Gerardo Lugo estaba obligado a anotar en su turno, y así lo hizo. Cruz Azul respiraba oxígeno puro.
El drama se mantenía a tope, es una tortura psicológica a la que cualquiera está supeditado con las nada deseables tanda de penales.
Miguel Almazán tiene ahora la responsabilidad para Diablos Rojos… y tampoco falló. De nuevo, la guillotina de la derrota apuntaba al cuadro visitante y Alejandro Vela era el elegido para unirse a la lista de héroes cementeros o convertirse en villano. Tembloroso, el joven delantero originario de Cancún, Quintana Roo, colocó el esférico cuidándolo en demasía, con exagerada suavidad, como si se tratara del tesoro más preciado. Vela ejecutó el penalti hacia la derecha del marco, Hernán Cristante se lanzó sobre su costado izquierdo con inmejorable esfuerzo hasta que la mano “salvadora” del cancerbero argentino evitó la anotación… ¡Toluca, campeón!
Miles de aficionados en el estadio y en las calles de la capital mexiquense estallaron en júbilo. El llanto tenía dos caras: felicidad para los de casa y tristeza para el cuadro visitante. Diablos Rojos se abrazaban en la cancha y corrían de un lado a otro, mientras Vela sollozaba desencajado en el lugar donde se consumó la tragedia cementera… el manchón penal.
Ahora más que nunca los gritos de desahogo por un lado y de impotencia por el otro fueron más justificados por todos los elementos que se combinaron en el partido que protagonizaron los dos mejores equipos del Apertura 2008, al grado de poderlo considerar, incluso, como “la final del siglo” en el futbol mexicano.
De entrada, nadie se esperaba la heroica remontada de Cruz Azul, quien se levantó de un 2-0 en contra que Toluca le propinó en el juego de ida, en la capital mexicana. Jugadas de peligro la mayor parte del duelo, salvadas clave por parte de los arqueros Hernán Cristante y Yosgart Gutiérrez, un fuerte golpe de José Manuel Cruzalta que dejó semiinconsciente a César Villaluz, y quien por cierto, aún permanece hospitalizado, y un pésimo arbitraje por parte de Roberto García Orozco que influyó en el resultado del partido.
Hoy Toluca es un merecido campeón y Cruz Azul un digno subcampeón, pero lo más importante es que toda la afición ganó al presenciar el partido más dramático, emocionante y único en una final del futbol nacional, en lo que va del siglo XXI.
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