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hace 5 años
[Especial]

‘Cristo curó mi homosexualidad’

Paola A. Praga

Julio y Fernando decidieron sacar el demonio del homosexualismo que llevaban dentro con una terapia de reconversión

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Saltillo, Coah.- Julio se arrepiente de haber sido Britany. Dice que en su cuerpo habitaba el demonio de la homosexualidad, pero hace dos años se liberó. No usó pastillas, ni remedios caseros, “sólo la palabra de Dios”.

Fernando Barraza está por cumplir cuatro años en Cristo Vive, después de haber dejado su vida de mujer en Escobedo, Nuevo León, llegó a la casa de rescate por un amigo que le contó que ahí le cambiarían la vida.

Julio entraba a los antros gay saltillenses a pesar de que era menor de edad, salía alcoholizado y su círculo de amigos era de homosexuales y lesbianas.

“Había un demonio de homosexualismo que entró en mi, de una maldición generacional pues vino a dar conmigo a través del pecado de mis padres, pero ahora ya tengo una libertad completa, Cristo cambió mi vida”, dice en entrevista.

A los 6 años descubrió que sentía algo diferente por los hombres. Cuando llegó a la adolescencia el deseo se hizo más fuerte y sucumbió ante su preferencia por los de su mismo sexo.

Cuenta que se involucró en el alcohol, en las fiestas y en el cigarro hasta que los problemas en su familia se desbordaron. “Yo tenía muchas cosas de placer, pero me sentía vacío”.

La fe los curó del ‘pecado’

Julio es delgado de piel aperlada, desde los 12 años comenzó a vestirse como mujer.

Faltaba un mes para que llegara a los 17, cuando fue llevado por sus padres a la casa de rescate Cristo Vive, un amplio complejo en la colonia Landín. No deseaba quedarse, pero conforme fue escuchando el discurso de los hermanos resolvió internarse por tres meses.

El método para cambiar a los internos es a través de terapias ocupacionales, disciplina y oración, regidos por el pastor Carlos Pacheco, director de la casa en donde se reza por el perdón de los pecados.

“Me enseñaron a sentarme bien, a caminar bien, a no poner un pie sobre otro, a tomar las cosas como los hombres. Encontré una familia, todos llegamos aquí de manera voluntaria, como yo era menor de edad mis papás dieron el consentimiento”.

Julio narra que la conversión le llevó tres meses, pero decidió quedarse en la casa dos años para afianzar sus creencias. Para él no hay otra explicación más que Dios, a través del Espíritu Santo, le regresó al camino del bien y lo curó del pecado.

“Me arrepiento de todo lo que hice, yo sé que no era yo, pero volvió mi identidad, la verdadera, y ahora soy, y aunque pensaba que yo estaba bien no era así”.

El chico de 19 años ha escuchado comentarios de todo tipo. Conocidos, amigos y familiares le han juzgado, pero no le importa, sus planes son dedicarse de tiempo completo a compartir su historia y sumar más almas a los protestantes.

“A los que me digan que Dios ama a los homosexuales, yo les digo que yo tengo un concepto que Dios ama a todas las personas, pero no ama nuestro pecado, y la homosexualidad no está bien, yo no lo digo porque me contaron, yo lo vivo en carne propia”.

El cambio de su aspecto físico y creencias fue más allá. El chico cambió sus preferencias: “Tuve una novia, una hermana, también internada en la casa de rescate, veo a las mujeres y digo: mira, qué guapa está”.

Ahora Julio tiene otros planes, después de dejar los vestidos, las botas, el maquillaje y pinturas, piensa en casarse, tener una familia y un par de hijos.

‘DIOS ME CAMBIÓ’

De un pasillo largo, al aire libre sale Fernando Barraza. Está por cumplir cuatro años en Cristo Vive, después de haber dejado su vida de mujer en Escobedo, Nuevo León, llegó a la casa de rescate por un amigo que le contó que ahí le cambiarían la vida.

“Yo creía que en mi vida todo estaba bien, yo desde que tengo uso de razón me sentía para ser homosexual, me vestía de mujer, y ahora entiendo que vivía equivocado; aquí Dios me curó, me sacó del pecado”, narra.

Acompañado del pastor Ángel Montes, el hombre de cejas pobladas cuenta que sus sobrinos fueron a verlo después de que ocurrió la conversión y se sorprendieron de encontrar al nuevo tío Fernando.

“¡Dijeron no es mi tía! ¡No es mi tía! Es un hombre y yo les dije que había cambiado, mi familia se sorprendió de verme, pero yo les dije que era una obra de Dios, que Dios sabe cuándo hace las cosas, que si te arrepientes te perdona tu peor pecado”.

Todos los días se hace oración, se basan en la Biblia, aseguran que ahí está el cambio, que no hay truco ni receta, simplemente que si una persona decide dejar entrar a Dios a su vida los problemas se esfuman.

Como Julio, Fernando también cayó en el alcohol, la fiesta y de igual manera se arrepiente. Entre lágrimas dice que nunca había sentido tanto amor como ahora, que está internado en la casa que se sostiene de donaciones y de la venta de burritos en la calle.

“Yo intenté vivir como una mujer y me di cuenta que no era lo mejor, que viva mal, yo sé que Dios tiene algo para mí, que seguiré sirviendo a mis hermanos y yo en el futuro me veo con una familia”.

En la casa viven 600 personas, el 40% de los hombres y mujeres que ahí se recuperan del alcoholismo y las drogas proviene de familias de escasos recursos, y en esta institución se les brinda atención de manera gratuita.

Además de Julio y Fernando, hay cuatro hombres homosexuales que están en proceso de conversión y que aseguran ingresaron por su propia voluntad, como en las 17 casas en todo el país y una más en El Salvador.
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