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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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10 Abril 2015 03:00:39
Dama y rey en casilla blanca
Tal es, en la práctica, el Gobierno de este país. Reyes sexenales y damas a las que es mejor no investigar muy a fondo. ¿Exaltar de ellas honra y belleza? Tan sacarinosa y comprometedora tarea fue atribución exclusiva de un labioso Rafael Solana, para el que todas ellas fueron el paradigma de la belleza y la dignidad, si exceptuamos a doña Amalia Solórzano, esposa del presidente Lázaro Cárdenas, que el panegirista desdeñó en su recuento de belleza y virtudes. Solana.

Pero no, que al mentar reyes y damas me refiero al verdadero ajedrez. ¿Conocen ustedes el juego? ¿Lo practican, lo han jugado alguna vez? Ciertos estudiosos afirman que en su forma original nació por el siglo 6 en la India, por más que algunos, los más modestos, juran que el ajedrez es un regalo de los dioses, sin más. Su historia, de todos modos, habla de Persia, de Bagdad, de los musulmanes, del mítico Harounal Rachid, que obsequiara un ajedrez de mármol a Carlomagno. De ahí a la España de una Edad Oscura, que no lo fue tanto, donde va a toparse con don Alfonso el Sabio y luego con doña Isabel la Católica quien, según díceres, inspiró la figura de la reina en el tablero de ajedrez. Hoy el mundo mueve torres y alfiles, y todos contentos. Menos los perdidosos, por supuesto.

Las piezas del ajedrez: el rey, en primer lugar, siempre acosado por rivales furiosos, a cuya sobrevivencia se abocan la reina o dama, las torres y los alfiles, los peones y los caballos, todo en las 64 casillas de un tablero que simula el campo de batalla medieval, donde los ejecutantes guerrean a base de ataques y contraataques, avances y retrocesos, gambitos y otros engaños, hijos legítimos de técnicas, tácticas y estrategias que lleven a dar jaque mate al rey, y ahí terminó la partida. Mis valedores:

Yo jugué el ajedrez. Jorobado sobre el tablero llegué a conocer victorias sobre el rival, una por cinco derrotas. Pero reculé a tiempo y logré salvarme al abandonar para siempre la práctica del ajedrez. Porque han de saber quienes lo desconocen que no existe juego más absorbente, más apasionante, que el ajedrez, inspiración de relatos, novelas, leyendas y cintas cinematográficas donde el protagonista enloquece, obsesionado, o se salva de enloquecer en pleno Auschwitz o en la celda carcelaria con tan solo que en el cautiverio dibuje o imagine un tablero, y se concentre en los movimientos de torres, caballos y alfiles que luchan por salvar a un rey atejonado en su casa (casilla) blanca.

Abandoné el ajedrez porque me ocurría que el rey y su reina, con torre y caballo, peoncito o alfil, se me tornaban humanos. Yo, penduleando de la excitación a la compasión y la pena, ya aborrecía la agresividad del caballo rival, ya me azoraba la sesgada movilidad del alfil o el avance de la torre contraria, y esto era dolerme en lo vivo por la tensión de mi dama en apuros, de unos caballos trotando a lo desatinado y de ese patético avance de los peoncitos, tan humanos, porque no tienen otro destino que avanzar hacia su muerte mientras se antellevan al rival. En mis huestes en derrota me reflejaba, me daba y me daban pena por su destino, sentenciado por la mano indecisa de un pusilánime como yo.

Y qué sensación patética ver enfrentados a dos bandos de guerreros a punto de desgarrarse entre ellos, cada uno con sus humanísimas formas de ser, y contemplar el fragor de la batalla y escuchar quejumbres de impotencia y dolor y clamores de victoria. No es exageración. (Más de gambitos, avances y retrocesos, mañana).
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