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Luis Jorge Boone
Luis Jorge Boone
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Luis Jorge Boone Luis Jorge Boone nació en Monclova, Coahuila, en 1977. Es autor de los poemarios Traducción a lengua extraña (2007), Novela (2008), Los animales invisibles (2010) y Versus Ávalon (2014), entre otros; del volumen Lados B. Ensayos laterales (2011); de la novela Las afueras (2011); y de los libros de cuento La noche caníbal (2008) y Largas filas de gente rara (2012).

Es coantólogo de Vientos del siglo. Poetas mexicanos 1950-1982 (2012) y compiló Tierras insólitas. Antología de cuento fantástico (2013).

Ha sido becario del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca en tres ocasiones y de la Fundación para las Letras Mexicanas durante dos periodos. Parte de su obra está traducida al inglés.

Ha recibido once premios nacionales: de Cuento Inés Arredondo 2005, de Poesía Joven Elías Nandino 2007, de Ensayo Carlos Echánove Trujillo 2009 y de Literatura Gilberto Owen 2013, entre otros. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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27 Marzo 2015 04:00:21
Juegos mentales
Hace más de una década leí, casi al hilo, tres novelas de Antonio Muñoz Molina (España, 1956): “El Invierno en Lisboa”, “Beltenebros” y “Plenilunio”. En aquel entonces la realidad todavía no aportaba un internet muy eficiente (pedidos en línea), ni los viajes a otras ciudades (librerías bien surtidas) a mi actividad como lector. Pero tuve amigos que me salvaron de tener que conformarme con la oferta libresca al alcance.
Amigos y bibliotecas. Con el tiempo pude hacerme con algunos de los títulos que leí de prestado, aquéllos que me sentí tentado a no regresar, pero de todas maneras devolvía. Desde entonces ya confiaba en que, tarde o temprano, uno termina reencontrándose con sus lecturas.

Las novelas que mencioné echan mano, en distintas medidas, de elementos del género negro. Desapariciones, asesinatos, pasiones oscuras, duelos. La recreación de las atmósferas —la oscura ciudad portuguesa donde un músico enfrenta su pasado, por ejemplo— es notable en cada uno.

Mi reencuentro con el autor sucedió hasta hace pocos días. Acabo de terminar “Como la Sombra que se va” (Seix Barral, 2014), la novela más reciente de Muñoz Molina, y hoy puedo celebrar un regreso. El mío a una obra que me sigue cautivando.

La novela cuenta dos historias que tienen en común apenas un detalle: haber sucedido parcialmente en Lisboa. La primera es la del propio autor, quien recuerda la época lejana en que escribió su segunda novela, la que le daría el reconocimiento y lo convencería a sí mismo de que era ya un escritor. La segunda es la de James Earl Ray, el asesino de Martin Luther King, quien en su fuga a través de dos continentes pasó
10 días en Lisboa, quizá los más sombríos de su libertad que se terminaba. Ambas historias trazan el trayecto de una huida: por una parte, la de quien aspira a ser libre en el acto creativo, sin atreverse a entrar del todo en las movedizas arenas de su imaginación; por la otra, la de quien huye de su realidad, de las consecuencias de sus actos, y aspira a ser alguien diferente.

Más allá de la coincidencia geográfica, la consonancia se da entre los personajes: ambos desean crear una ficción y vivir en ella. Ambos poseen identidades huidizas, desdobladas.

La reconstrucción del personaje histórico es notable. El novelista logra meterse en la cabeza del asesino y pensar en su lugar, sentir con su miedo, y ofrecer el relato de un hombre escindido, lector de novelas de espías, fan de James Bond, mitómano, misántropo y sociópata.

Pero el personaje principal, la creación que sostiene al libro, es el mismo novelista. Sus reflexiones acerca de la escritura, la creación, el oficio, aportan un espacio de intimidad que funciona como contrapunto de la vida excesivamente expuesta y conocida del asesino. “Una novela es un estado del espíritu, un interior cálido en el que uno se refugia mientras la escribe, como un capullo que va tejiendo hilo a hilo desde dentro,
encerrándose en él, viendo el mundo exterior como una vaga claridad al otro lado de su concavidad translúcida”, dice el narrador, y son estos pasajes los que nos guían a través de una novela de complejos vasos comunicantes.

El ejercicio metaliterario demuestra que los materiales de la autobiografía, la historia y la imaginación son iguales para la ficción: importan en tanto encajen, mientras cumplan su función de fascinar.

A final de cuentas, el juego del novelista es ese truco mental que consiste en suplantar una voz —la de un personaje real, la de uno creado, la de sí mismo—, y hacerla resonar, clara y fuerte, dentro de la mente del lector.
13 Marzo 2015 03:00:37
El terror soy yo
Cuando leí “Lunar Park” (Mondadori, 2006), de Bret Easton Ellis, pensé que era lógico: el enfant terrible quiere regenerarse. Cansado de la fama, las drogas y la aceleración, se refugia en una anodina zona residencial de Los Ángeles. Formó una familia. Puso distancia entre el hombre de 40 años que es y ese chico que a los 19 creó un estilo inconfundible, polémico y despiadado.

Luego de escribir la ultraviolenta “American Psycho”, novela que lo marcó como el mayor representante de la Generación X (un autor al que amas u odias, sin medias tintas), Bret Easton Ellis navegó por ficciones enloquecidas como “Glamourama” (donde exponía las coincidencias entre el terrorismo y el negocio de la moda) y “Las Leyes de la Atracción” (donde exploraba el absurdo y la banalidad de las relaciones humanas).

Con “Lunar Park” el novelista dio un salto: retomó su propia leyenda, se sirvió de las herramientas de la autoficción y avanzó hacia estructuras más complejas. El protagonista es el mismo autor. O una sombra suya, su reflejo ficcionado.

Mientras el Bret personaje se dispone a desnudar su corazón y ofrecernos la crónica de los terribles días en que sus miedos se materializaron para acabar con su felicidad, el Bret escritor toma impulso para arrollarnos con la prosa potente, intensa y fría, dura y expresiva, que lo caracteriza.

Es historia de un padre que no sabe serlo, de un escritor best seller que no alcanza a reinventarse, de un hombre inocente que será arrasado por el mundo que creó. Pero hay más. El autor se regodea en las miserias y taras de la sociedad americana, lo vemos parodiarlo todo: desde a sí mismo como figura pública hasta la placidez de la vida del gringo clasemediero.

Luego de una especie de prólogo (donde el autor analiza su leyenda, sus libros y su caída en desgracia), la narración inicia con una fiesta de Halloween típica de los suburbios: adultos disfrazados, lápidas de cartón, telarañas falsas. Los problemas más graves a la vista son los niños desobedientes y las charlas aburridas con los vecinos.

Pero las cosas se complican: el escritor rompe la promesa de no drogarse; el muñeco preferido de su hijastra cobra vida y la ataca; un desconocido se pasea por la fiesta disfrazado de Patrick Bateman (el personaje más sádico creado por el novelista). El pasado regresa y el escritor se encuentra vulnerable ante sus ficciones.

Y todo se sale de control: Ellis enfrenta el odio de su hijo; la estudiante con la que sostiene una relación, desaparece; la casa parece estar habitada por fantasmas que dejan huellas de ceniza en las alfombras y amenazan la vida familiar; los niños de la localidad empiezan a desaparecer; alguien reproduce los asesinatos de Bateman; un fantasmal automóvil merodea al asustado escritor.

Claro homenaje a la literatura de Stephen King y a las películas de terror de los 80 y 90, “Lunar Park” demuestra que el tema que en realidad le interesa a Bret Easton Ellis es él mismo, y que sabe cómo sacarle provecho. También, que se puede aprender de la propia historia para reinventarse y ofrecernos, junto a la acostumbrada dosis de asfixia y tensión en cada página, una contenida reflexión sobre las relaciones padre-hijo. El autor nos sorprende en ese último capítulo insólito y compasivo en que la ficción no sólo sirve para abrir heridas, sino también para
enfrentarlas.

Bret Easton Ellis parece decir: “mi tema soy yo”. A fin de cuentas, la oscuridad más profunda se oculta en el paisaje interior. Y para los lectores que buscan ficción de alto impacto, irónica e intensa, eso es más que
suficiente.
27 Febrero 2015 05:00:28
La mirada y el derrumbe
Ya desde el título de su novela, “El Mar”, John Banville (Wexford, Irlanda; 1945) juega con espejos: la sencillez de la palabra, el tema recurrente, el símbolo compartido. Pero, pasados unos segundos, una sombra titánica se cierne sobre la imaginación: la grandeza, la hondura, la potencia que nombra, el arquetipo que contiene. El mar.

Lo siguiente es prolongar la ilusión, extender ese viaje hacia lo imposible: es decir hacia la infancia. El viaje que Max Morden inicia cuando pierde a su esposa, víctima de una enfermedad terminal, y se dirige hacia el pueblo costero donde pasó los veranos de su niñez. Un viaje que va de la muerte al consuelo de los días jóvenes, del dolor al olvido.

Publicada en español por Anagrama en 2006, ganadora del Premio Man Booker en 2005, esta novela escrita con una prosa deslumbrante y lírica es sin duda la obra maestra de Banville.

Max es un historiador cuyo trabajo se encuentra empantanado, al igual que todo en su vida. Sumido en la autocompasión y el alcoholismo, decide vender la casa donde vivió su matrimonio y hospedarse en los Cedros, donde comparte sus encallados días con la patrona del lugar, un viejo solitario y los fantasmas de su pasado.

La infancia, ese territorio iniciático de crueldad y claroscuros, se convierte en el imán que atraerá las divagaciones del personaje. La educación sentimental que significó su enamoramiento de las mujeres de la familia Grace (huéspedes de los Cedros en ese otro tiempo): primero de Connie, la madre, y luego de la ruda y evasiva Chloe. Ellas, junto a Myles, hermano de ésta, Carlo, el padre, y Rose, la nana de los gemelos, conforman la otredad, el misterio de lo extraño que poco a poco se vuelve familiar.

Morden recuerda más los silencios que las palabras, más los gestos inexplicables (como la indiferencia de Chloe) que los momentos de verdadera comunión, más las ausencias que los encuentros; y esos vacíos dan forma al relato. Además, asistimos a la rememoración de la agonía y muerte de la esposa: el derrumbe silencioso del anuncio del cáncer; la convivencia diaria donde la mujer parecía sumirse en un abismo que adelantaba el de la tumba; las revelaciones que la cercanía de la muerte suscitó en ambos; el desenlace en el hospital; la soledad incurable que lleva al narrador a exigirle a su mujer ya muerta “Mándame a tu fantasma. Atorméntame, si quieres. […] Me gustaría tener un fantasma.”

Observar es la tragedia del personaje. Al mirarse en el espejo, Morden describe las huellas del paso del tiempo sobre sus facciones, y no se reconoce. Su estado decrépito y ligeramente repulsivo le recuerda a un autorretrato de Van Gogh donde el artista “tiene aspecto de acabar de recibir algún tipo de golpe punitivo […], nos mira […] esperando lo peor, como bien debería.”

Al contemplar la erosión del insomnio, los estragos de la melancolía, afirma: “No hay nada en el rostro humano que soporte una prolongada
observación.”

Morden recurre al paisaje cargado de recuerdos para escapar de sí mismo. Pero la huida hacia atrás es a un callejón sin salida: el tiempo transcurrido, al ser rememorado, no resiste mucho sin revelar su falta de brillo, la ausencia del significado que de lejos le concedimos.

Querer estar en otro lado es una forma de no estar en ninguna parte. Recordar lo vivido no es vivir, sino posponer la vida.

La reconstrucción del pasado condena a Morden a un presente gris, doloroso. Pero al mismo tiempo lo deja atisbar el dibujo de su alma en el tiempo. Esta epifanía es un consuelo fugaz, como todo consuelo verdadero, pero también es la forma que tiene de poseerse a sí mismo de nuevo, plenamente.
13 Febrero 2015 04:00:58
Simpatía por el delirio
Vi los ocho capítulos de “True Detective” en un fin de semana de enfebrecidas sesiones nocturnas. Al terminar, la cabeza me volaba, me sentía exaltado… y un poco abandonado: no sabía qué hacer después de una experiencia narrativa así de intensa. Repetir capítulos, ver las entrevistas, las escenas borradas: todo con tal de encontrar el camino de regreso al
deslumbramiento.

Para seguir orbitando dicho universo ficcional, me seguí con el libro “True Detective. Antología de Lecturas no Obligatorias” (Errata Naturae, 2014), conjunto de textos paralelos, referencias literarias y periodísticas que aparecen en la serie. La del estribo fue la novela “Galveston” (Salamandra, 2014), el debut narrativo de la mente maestra detrás de “True Detective” (novela negra con buena intriga, pero que no está libre de un par de bandazos). Fue todo un viaje por la mente del escritor Nic Pizzolatto (Nueva Orleans, 1975).

“True Detective” narra la historia de Marty Hart y Rust Cohle, agentes de la División de Investigación Criminal de Luisiana, quienes deben averiguar la verdad detrás de unos asesinatos de mujeres y niñas sucedidos en los pantanos. Pronto, el caso se ramifica, se tuerce. Aparecen indicios de redes criminales, autoridades e iglesias corruptas, cultos satánicos.

Durante la investigación aparecen referencias que resultan familiares para los lectores de literatura fantástica, el cuento de terror y el horror cósmico. La orfandad del hombre que, sin Dios, yace a merced de lo que habita en la oscuridad. Un tétrico personaje conocido como el Rey Amarillo. Un lugar maldito llamado Carcosa.

Los detectives conseguirán cerrar el caso, pero sus vidas no serán las mismas. 17 años después, Rust y Marty son llamados por dos agentes que están tras la pista de un asesino cuyo modus operandi remite al caso del pasado. La serie narra una serie de transformaciones: la del investigador en sospechoso, la del extraño en amigo y la del amigo en enemigo; uno de los temas mejor llevados es el del accidentado camino de la amistad.

Por su parte, la antología reúne textos que están en el ADN literario de la serie. Lovecraft, Bierce, Ligotti. Algunos textos guardan más cercanía con TD que otros. Pero estas “lecturas no obligatorias” me llevaron a concluir que el principal efecto de la serie es poner a delirar a su público. Volvernos detectives de nuestras obsesiones, rastreadores de pistas que quizá no conduzcan a ningún lado.

El tejido de referencias de “True Detective” conduce al delirio, y ese camino llega a muchas partes: unos hacen una antología, otros nos enganchamos con la obra del autor. Y queremos encontrar en su novela el mismo universo de la serie. Lo cierto es que aunque desarrollan temas semejantes, como el del tipo duro que descubre que aún tiene alma, “Galveston” va por otro lado: hay huracanes, venganzas, huidas. Y una escena inolvidable donde un hombre destruido duda si debe revelar la verdad a una jovencita que sobrevivió a un pasado de lleno de violencia.

Lo importante es que Pizzolatto nos pone a ver visiones. Al final, más allá de los laberintos del entusiasmo, nos queda esperar la continuación de la serie. Podrá ser un revival notable. O podrá ser el reencuentro con un viejo amor, ya sin los anteojos del arrebato.

Sin ese par entrañable, Rust y Marty, ¿por dónde nos llevará Pizzolatto? El mayor empeño de la araña es la filigrana que destina a la mosca. Toda mente maestra se debe a sus víctimas. Quizá el delirio sea un relámpago que no cae dos veces en el mismo lugar. Pero no nos adelantemos.

Esperemos, en el de-samparo, la continuación del delirio.
30 Enero 2015 04:00:42
Escribir una casa
1

No tengo un sistema fijo para distinguir los géneros literarios. Más que regiones delimitadas de escritura, son para mí bancos de trabajo, como los que se usan en las carpinterías. Cada uno con dimensiones distintas, para manipular materiales de distintas dimensiones. Cada uno con sus propias herramientas, sus acomodos. El área donde se trabajan las grandes piezas de madera sin desbastar, que deben cortarse en fragmentos que encajen con otros fragmentos, no es la misma que la que se usa para trabajar piezas finas, con pequeñas prensas para sujetar lo sutil, con resaques para que la segueta pueda trazar con delicadeza hasta el mínimo detalle del perfil que se oculta en la madera.

El desorden del taller del carpintero contiene mil mundos: el mueble terminado que orea su última capa de barniz, las fracciones sueltas que aguardan su futuro, los planos, las huellas del pulido y el desbaste: aserrín, viruta, olor a madera: igual que el lugar donde se escribe.

2

Veo mi escritura como un plano continuo, una casa en la que cada género ofrece un recorrido distinto, una forma de habitarla.

Una novela comprende varios espacios, relacionándolos entre sí: amplias estancias, habitaciones aisladas, jardines ocultos, puertas selladas; los lugares que los comunican: pasillos, escaleras. La novela es el arte de la digresión: en el primer párrafo está anunciado el último, pero su trayecto entraña mil vueltas, desviaciones. El recorrido de la novela admite, resiste y exige las intromisiones, los rodeos, las divagaciones, porque constituyen su verdadero itinerario.

El ensayo es un fólder con fotos y planos de la casa, documentos que permiten conectar la prehistoria y la materialidad de la arquitectura, pero también imaginarlo con libertad, seguir o inventar su huella, desarmarlo y reconstruirlo. El ensayo es la prefiguración de una casa ajena, la conjetura de un edificio al que entramos desde lejos, sin perder uno solo de los ángulos que lo componen.

El cuento sucede en una sola estancia: imposible entrar y salir de ella sin experimentar un cambio; es necesario que el cuarto donde suceda el relato tenga buena acústica, la voz debe escucharse con claridad todo el tiempo, sin perder una palabra, pero al mismo tiempo comunicar una sensación de amplitud. El cuento parte de una encrucijada, se sujeta a ella y la recorre entera. Para el cuentista los límites del género son centrales: juegan a su favor, apuntan hacia la concreción y la intensidad.

El poema es la descripción de un rincón de la casa, iluminado por una luz que se enciende por sorpresa para apagarse de inmediato.

3

La poesía, dice Antonio Gamoneda, no es un género literario, sino una temperatura del lenguaje. Es una hoguera que habita las páginas que leemos. Sean de crónica, crítica, dramaturgia, aforismos. Ella está en ellos —y a veces deja su hueco en ellos, que es una vía negativa para estar presente—. La escritura es un plano continuo. Elegimos dejarla, continuarla, empacarla en pequeñas dosis, tornearla hasta llegar al hueso o darle un acabado de aparente descuido.

El lenguaje es nuestra forma más duradera de habitar la vida. Sin lenguaje no hay mundo. Dragones: en las palabras reside uno de los fuegos más duraderos, más intensos que seremos capaces de arrojar.

Nuestras vidas son los árboles, y el arte que procuramos es la pieza de ebanista que construimos con ellos. Una sin el otro está incompleta, y viceversa. La vida provee al fuego de la poesía su combustible.

Al leer, al escribir, construimos una casa para verla arder, pero sobre todo para habitar su fuego.

16 Enero 2015 04:00:54
Cuatro veces Murakami
Pasó la temporada de las listas, esas que tratan a los libros como si fueran galgos de carreras, o que, en el peor de los casos, despiden un tufillo a prefecto de secundaria, al dictaminar el destierro en masa de libros con los que el enlistador no logró conectar. Pasó también esa temporada de apuestas previas al anuncio del Premio Nobel de Literatura, en la que el arte, territorio tan ajeno a las banalidades del casino y la ruleta, queda en segundo lugar.

Haruki Murakami es autor de una obra peculiar, sus novelas desdoblan un universo donde abundan la soledad, los gatos y la música. Resulta prácticamente imposible no tener una opinión respecto a sus libros: es leído, comentado, celebrado; y también denigrado, despreciado, maltratado. El principal argumento para denostarlo es que se trata de un autor que vende, como si la clandestinidad fuera un requisito literario; dicen que no es un exquisito, un existencialista ni un rabioso, que no es “serio” (lo que sea que esto signifique), sino un narrador que se alimenta de la cultura popular occidental.

Sus libros analizan el desamor y el aislamiento en personajes resignados, perdidos en los puntos ciegos de la sociedad moderna, y desgastan las barreras entre realidad e imaginación a la vez que construyen un mundo que conecta ambas esferas de existencia. Sus tramas tienen siempre elementos fantásticos. Murakami cambia de perspectiva, pero no de temas. Cuenta historias, se revisa, se reinventa y se divierte, y así nos divierte.

En el primer párrafo mencioné las listas de los “40 principales”, las apuestas y el menosprecio, costumbres a las que les doy la espalda. La siguiente selección busca centrarse en los libros y su autor, y compartir un entusiasmo:

1. “Crónica del Pájaro que Da Vuelta al Mundo”. Una buena puerta de entrada al universo del japonés. Tooru Okada sufre una serie de cambios en su vida y emprende la búsqueda de su esposa y su gato, movimiento que lo llevará al fondo de un pozo, a enfrentar una oscuridad de doble fondo donde lo aguardan unas tinieblas habitadas por tétricas esencias. Una aventura kilométrica que atrapa, plena de asuntos extraños.

2. “De Qué Hablo Cuando Hablo de Correr”. El novelista adoptó, a edad madura, la costumbre de correr maratones. Este libro mezcla el ensayo y la biografía al describir las formas en que un deportista debe prepararse para un triatlón, los paralelismos entre las horas que se invierten en escribir una novela y en completar un ultramaratón de 100 kilómetros, así como el cultivo de la vitalidad física como una forma de equilibrar el trabajo mental que entraña adentrarse en zonas oscuras del paisaje interior.

3. “Sauce Ciego, Mujer Dormida”. Recopilación de relatos que constituye un muestrario de las temperaturas que puede adoptar la imaginación del autor. Encuentros fantasmagóricos y pérdidas irreparables, encuentros azarosos e imágenes que mezclan irrealidad y lirismo, nostalgias que reviven gracias a la gastronomía y crónicas de sueños. Cada pieza nos obliga a replantearnos la constitución y vasos comunicantes del universo narrativo de
Murakami.

4. “1Q84”. Esta novela ocurre alrededor de dos personajes completamente distintos, pero que comparten sin saberlo un destino: Tengo, profesor y escritor inédito que se verá envuelto en un fraude literario, y Aomame, instructora de acondicionamiento físico y asesina ocasional. Entre ambos se tienden puentes que deberán recorrer poco a poco: el éxito desmedido de un libro llamado “La Crisálida de Aire”, una poderosa y secreta secta religiosa y la existencia de unos seres primigenios llamados la Little people.

Elija el lector: la librería es inmensa, y para eso están los libros.
12 Diciembre 2014 04:00:50
Extrañas formas de vida
Con cada libro, Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968) confirma que posee una imaginación

inagotable, única en la actualidad literaria. En cada novela, libro infantil, ensayo y cuento, ofrece siempre una experiencia distinta a todo lo anterior suyo que hayamos leído. Es cercano a Jorge Luis Borges en más de un sentido: el cuidadoso burilado de su prosa, el cálculo milimétrico de sus tramas, la multiplicidad y abundancia de sus referencias (amalgama de saberes inventados y reales); y, desde la perspectiva de conjunto de sus libros, por esa aspiración que rebasa a la de construir una región literaria y que -dada la vastedad de su proyecto-delinea la geografía entera de un continente.

En su publicación más reciente, “Las Fauces del Abismo” (Océano, 2014), Padilla recurre a una forma narrativa cara al gran escritor argentino: el bestiario, y lo hace driblando con maestría cada una de las trampas que ofrece el subgénero (en manos de un narrador menos hábil podría volverse secuencial, repetitivo, o malograrse en la tensión y los universos individuales, pues algunos bestiarios se contentan con describir apariencias y rehúyen la narración).

Este libro nos ofrece nueve piezas que resultan impecables por separado, pero que al mismo tiempo se potencian y forman parte de un diseño mayor: el de un museo que alberga extrañas formas de vida, nacidas de la superstición, la hechicería, el mito, la prehistoria y todas esas regiones del conocimiento humano en las que la luz de la razón se descubre incapacitada para guiarnos.

En “Animalia de Espejos”, conocemos a seres que son el ingrediente secreto de una industria tan valiosa que es cuidada con celo y sangre por sus artífices. En “Cornelius Max Pinta Macacos”, un artista solitario descubre, para bien y mal, la humanidad que hay en los primates con los que comparte su vida. En “Tres Arañas y una Cuarta Improbable”, un estudioso conjetura la imposible genealogía de una creatura cuya ponzoña está constituida de olvido y memoria.

Mención aparte merece el cuento “Post Lucem Spero Tenebras”, donde el ser fantástico a rastrear es la oscuridad misma. No diré más, para dejarle al lector la posibilidad de descifrar la que es a mi juicio la pieza más inquietante e imaginativa del libro.

Un elemento activo en las ficciones de Padilla es el lenguaje. Contagiado del tono de la crónica histórica, o experimentando con el pastiche de textos de saberes antiguos, a la concisión que precisa el género breve se le une siempre la riqueza, la plasticidad y el ritmo impecable con que avanzan sus historias. Una escritura inteligente que se pasea entre registros e intenciones.

Padilla es el decano del cuento fantástico en nuestro país. Las formas de vida que recrea en su ficción son las más extrañas y alucinantes. En sus anteriores cuentarios “El Androide y las Quimeras” y “Los Reflejos y la Escarcha”, el centro era también lo humano y lo monstruoso, pues la identidad del hombre se compone de ambas naturalezas.

Un pasaje del cuento “Of Mice and Girls” (incluido en “El Androide…”) dice: “sentenció que algunos de los horrores más trepidantes nacen de ligerísimas transmutaciones de lo cotidiano […] La mente nos protege de la realidad, pero el ángulo del horror se encuentra siempre a escasos grados de nuestra rutina, aguardando el momento en que algo o alguien nos empuje de golpe a ver todo desde una dimensión distinta”. Ésta bien podría ser la poética de Ignacio Padilla: descubrir las aristas insospechadas de un elemento cotidiano, y provocar así que el universo se reacomode.
28 Noviembre 2014 04:00:49
Los insomnes
El título original en inglés de la novela “Los Viajeros de la Noche” es “The Golem and the Jinny”. Esto, de entrada, adelanta varias cosas. Helene Wecker (Chicago) hace su debut narrativo con la historia de dos seres fantásticos que accidentalmente van a parar a la ciudad de Nueva York de finales del siglo 19, punto de encuentro de viajeros y culturas.

El primero es una golem, Chava, mujer de arcilla quien fuera fabricada para ser la esposa de un hombre solitario. La quería solícita, curiosa e inteligente. El amo muere durante la travesía por barco que los llevaría a América y la golem se queda sola, sin saber nada del mundo. Luego de un par de desencuentros con los protocolos sociales, un rabino descubre qué clase de creatura es y decide cuidar de ella, educarla para que pueda vivir entre las personas.

El segundo es un genio de la antigua Siria. Un ser de fuego destinado a vivir 200 años cabalgando el viento árido del desierto. Pero por alguna razón fue atrapado en un frasco de metal durante siglos, hasta que el herrero encargado de reparar el frasco lo libera por accidente. El hombre se convierte en su protector, le enseña su oficio y a comportarse como una persona común. Su nombre original es impronunciable por una voz humana y el herrero lo llama Ahmad.

Pero hay un par de cabos sueltos en estos personajes, aspirantes a una normalidad que está fuera de sus naturalezas. El genio, cuya memoria no guarda recuerdo de cómo lo apresaron, desea escapar de esa forma humana que lo condena a vivir sin poderes. Por su parte, la golem puede escuchar los deseos de las personas (los percibe como mandatos), pues fue creada para servir, y debe aprender a vivir sin un amo. En él, su pasado parece ser la clave de su destino; en ella, su futuro será posible sólo si rompe con quien fue.

Chava y Ahmad son opuestos: ella es tierra, de temperamento pasivo, humilde, reflexivo, su empatía hacia las personas es absoluta y su mayor deseo es vivir como un ser humano; él es fuego, su carácter es impulsivo, soberbio, aventurero, desprecia la vida de los hombres y desea regresar a su forma inmaterial de genio para alcanzar la libertad.

La circunstancia que los acerca, que los hará encontrarse una noche en un parque de la ciudad, es que ninguno de los dos necesita dormir. Ambos pasan sus noches en una vigilia de-sesperada, insomnes que llenan las horas intentando no levantar sospechas.

La novela, tejida al detalle, con un ritmo y una precisión notables, recorre pasajes apasionantes de las mitologías judía y árabe, reinventa personajes fabulosos en escenarios urbanos, urde una trama rica y cautivante que se sirve de la Historia y el cuento de hadas, y plantea una interpretación en clave fantástica de la migración. Chava y Ahmad representan formas contrarias de vivir en comunidades extranjeras como el barrio judío y Little Syria (el anhelo de pertenecer, el miedo a quedarse ahí para siempre).

La amistad entre elementos tan disímbolos es difícil. Pero la necesidad de compañía y la fascinación por el otro los vencerán. En “Los Viajeros de la Noche”, cada rasgo es un símbolo: Chava fue moldeada y ella a su vez moldea el pan en su trabajo, Ahmad lleva en sus manos la fragua para trabajar el metal.

Los protagonistas tienen un enemigo: un brujo anciano que busca huir de la muerte, hombre vil y tramposo cuya historia está ligada a las de la golem y el genio. Esta es una historia de amor, pero también la historia de una batalla.

La novela es una metáfora de la extranjería, de la soledad, del migrante que busca su lugar. Pero también de la amistad, de la comunión, de cómo las almas semejantes se encuentran en el mundo.
14 Noviembre 2014 04:00:08
Eterno retorno de un bar en la frontera
Es buena señal que Random House publique libros de cuento. Me parece que estamos ante la reversión de una tendencia que encumbraba la publicación de novelas como única estrategia para timonear cualquier proyecto de edición. Desde hace varios años, editoriales independientes como Almadía y Sexto Piso publican el género con dignidad y entusiasmo, demostrando con los resultados que éste sólo necesitaba una oportunidad para ubicarse como lo que es, una opción literaria válida, heredera de una gran tradición. Sin saber nada del autor ni del libro, entusiasmado por el género, salí de la librería con mi ejemplar. Hice bien: se trata de una propuesta con buena factura, de intensidad sostenida y personajes misteriosos, seductores.

El autor, Benjamin Alire Sáenz (Nuevo México, 1954), escribe en inglés y ha publicado cuento, novela, poesía, libros infantiles y juveniles. Actualmente es el director del departamento de escritura creativa de la Universidad de Texas en El Paso. Su libro “Everything Begins and Ends at the Kentucky Club”, publicado en español como “Kentucky Club” (Random House, 2014), muestra cómo el discurso de la frontera, que tanto hemos leído desde el lado mexicano, se genera también en el lado gringo. Los temas se reinventan, las perspectivas se entrelazan, las identidades se trenzan y la narrativa de una región se enriquece con este espejo cercano, pero contrario.

El largo aliento y una prosa austera definen este conjunto de historias; escritas en primera persona, se presentan como recuentos de vidas, testimonios de una tragedia y el rompecabezas de una zona binacional, en conflicto consigo misma.

Por un lado, Ciudad Juárez, donde es posible morir por una bala perdida; por el otro, El Paso, donde la identidad se diluye y la vida se inmoviliza. En el relato “Él se Fue a Estar con las Mujeres”, un estadounidense se enamora de un mexicano y esto trastoca su apacible vida, al grado de verse inmiscuido en conflictos y búsquedas de los que se creía a salvo. En “El Que Pone las Reglas”, un niño crece bajo la sombra de un padre indolente, traficante de baja categoría que rige con disciplina absoluta y contradictoria la vida de su hijo. En “Persiguiendo al Dragón”, dos hermanos huérfanos intentan desmarcarse de la herencia trágica que les legaron sus padres; el sexo y las drogas parecen ser las vías para escapar de la soledad, pero pronto se revelan como caminos
circulares.

Al lector le pueden venir a la mente libros que exploran el asunto fronterizo, como las novelas de César Silva Márquez “Juárez Whiskey” y “La Balada de los Arcos Dorados”, o el libro de poemas de Jorge Humberto Chávez “Te Diría que Fuéramos al Río Bravo a Llorar pero Debes Saber que ya no Hay Río ni Llanto”, por mencionar a dos autores juarenses con publicaciones recientes. Estos títulos, lo mismo que “Kentucky Club”, retratan sin sensacionalismos las pequeñas vidas que suceden en los márgenes de una sociedad dividida de manera artificial.

En cada cuento, los personajes —hombres que buscan el amor, hijos que quieren borrar sus recuerdos, mujeres bellísimas insatisfechas con la vida, desesperados que ansían reinventarse en otra lengua u otro país— cruzan el río Grande para visitar el Kentucky Club. Y la ficción no miente: el bar existe. Como el “Lontananza” que inventara David Toscana (otra gran colección de cuentos), el Kentucky es un bar que es todos los bares y está al mismo tiempo en todas las ciudades. En sueños, en fotografías o en alguna noche perdida, cada personaje debe volver a él para encontrar algo que no sabía que necesitaba: un destino, un consuelo, un nuevo
comienzo.
31 Octubre 2014 02:00:01
Y así lo peor queda atrás
He escuchado decir que Javier Marías (Madrid, 1951) es un novelista de arranques. Es una parte de la verdad. Las frases, los párrafos iniciales de sus novelas, establecen de inmediato un pacto con el lector al presentar un misterio, desvelar de facto un conflicto, prometer un recorrido que nunca será terso, sino lleno de accidentes, imprevistos, descubrimientos.

Las líneas que abren su novela más conocida “Mañana en la Batalla Piensa en Mí” son cabal ejemplo de ello: “Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que no verá más su rostro cuyo nombre recuerda”. Reflexión que poco a poco irá cargándose de ironía y llenándose de matices, pues a medida que nos internamos en la historia contada por Víctor Francés, quien una noche aciaga comparte el último aliento de una mujer a la que apenas conoce, nos damos cuenta de que la vida no es simple ni transparente ni mucho menos avanza en línea recta.

Otro de esos hipnóticos arranques es el de “Corazón tan Blanco”: “No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su padre”. Una acción absoluta, imparable.

Se trata de jugarle limpio al lector. “Esto vas a leer”, parece decir el autor, “y conviene que lo sepas desde ahora”.

Lo anterior no quiere decir que el escritor no prepare su juego, que no sepa cocinar a fuego lento su trama, sino que, antes que ocultar un as bajo la manga, prepara la mano completa, reúne los elementos y los coloca en el orden y el tiempo precisos.

Su novela más reciente, “Así Empieza lo Malo”, cuenta la historia de Juan de Vere, un joven que trabaja como ayudante del cineasta Eduardo Muriel, quien le confía la tarea de espiar a un amigo, el doctor Van Vechten, a raíz de una sospecha de comportamiento antiético durante la dictadura franquista.

Pero la curiosidad personal de Juan contaminará su encomienda, y sus recién estrenadas cualidades para el espionaje se dirigirán hacia la esposa de Muriel, Beatriz Noriega, quien, afligida por el inexplicable desprecio de su marido, intenta forzar el curso de su vida.

Hay quien afirma que una novela debe tener un buen primer párrafo y que el último no importa. “Así Empieza lo Malo” no descuida su final: la primera página y la última no desmerecen una frente a la otra; abren y cierran con maestría la ficción, volviéndola de un metal más resistente y resonante. Javier Marías cubre todos los frentes: sus arranques son cautivantes, su prosa envuelve y mantiene la intriga, sus finales lo reordenan todo.

El título de la novela (igual que otros del escritor) viene de una frase de Shakespeare, “así empieza lo malo y lo peor queda atrás”. Una referencia a que aquello que resulta impreciso, como el rumor, la sospecha, el no saber que todos experimentamos por momentos. Pero entonces algo se descubre, y concluimos que saber será siempre menos malo que la ignorancia.

Como de costumbre, la novela de Marías se trata de todo esto y de otras cosas. De los secretos que vuelven y se revelan, de la culpa y su castigo, el sexo y su rostro más depredador y embustero. Pero, sobre todo, trata de la soterrada manera en que circulan ciertas historias, de cómo se construyen sin importar si queremos o no saberlas, de la imposibilidad de olvidar y cancelar las tramas que se han puesto en marcha a nuestro alrededor. Trata sobre la narrativa que la vida nos impone y la que nosotros le construimos.
17 Octubre 2014 03:00:32
Pasarse de la raya
La casualidad fue generosa conmigo. A los 20 años, cuando paseaba por el centro de Monclova, veía en el aparador de su única librería una buena cantidad de literatura. Me dejaba llevar, sobre todo, por los títulos. Así llegué a “Cien Años de Soledad”, por el lírico embrujo del tiempo nombrado; de la misma forma caí en la tentación de “Los Versos Satánicos”, novela central de Salman Rushdie (Bombay, 1947). Criado entre la India y el Reino Unido, su obra retrata los conflictos entre pasado y modernidad, superstición y razón humanista, poder y libertad.

Iba ya enganchado en la lectura cuando mi papá mencionó, de pasada, que por haber escrito ese libro el autor estaba condenado a muerte. Así supe del ayatolá Jomeiní, de la fatua, de la recompensa. Estaba horrorizado. La idea era insoportable, aterradora: cómo era posible que un objeto que me entusiasmaba tanto, que me volaba la cabeza, pudiera inspirar ese odio.

En su edicto, Jomeiní calificaba al libro como blasfemo contra el islam, y a su autor como un apóstata, un renegado de su fe que debía ser castigado con la muerte (aunque Rushdie declaró que nunca le interesó la religión, hasta que ésta empezó a perseguirlo).

En su libro autobiográfico “Joseph Anton”, Rushdie cuenta los años oscuros en que huyó de la persecución islámica. Habla del confinamiento, del miedo, de la vulnerabilidad, de la desesperación. Con voluntad, con la solidaridad de artistas y gobiernos y organizaciones, luego de más de una década de ocultarse como un criminal, todo aquello concluyó en la libertad, en un renacimiento.

Los ensayos del autor se reúnen en “Pásate de la Raya”, un libro que dicta una poética: la de la libertad de expresión sin cortapisas, y nombra la lucha de todo creador contra la censura.

Una vez escuché a un hombre decir que el diablo nos obliga a hacer cosas malas. ¿Así de simple? ¿No somos nosotros? ¿No debemos estar pendientes de nuestras pasiones e ideas, de los límites, del Otro, de las diferencias? Argumento medieval: algo se apodera de nosotros y nos hace pecar, no somos capaces del mal, algo más lo es.

En la novela “La Encantadora de Florencia”, Rushdie hace reflexionar a un personaje si su deber es abrazar la religión de sus padres, no porque sea la verdad, sino sólo porque se la han heredado: “¿Acaso la fe no era fe, sino una simple costumbre de familia? Quizá no existía la religión verdadera, sino esa eterna transmisión de una generación a la siguiente. Y el error podía transmitirse con la misma facilidad que la virtud. ¿No era la fe más que un error de nuestros antepasados?” La fe, como el amor o el gozo, se construyen, no se reciben ya hechos para conservarlos intocados hasta la muerte.

“No conozco a un general que no pensara que Dios estaba de su lado”: dice uno de los mutantes a los que el gobierno busca exterminar en “X-Men: Días del Futuro Pasado”. Invocar a Dios como fiador infalible no es cosa de orates, sino de dictadores y fascistas.

El fanático religioso no está loco. Sabe lo que hace. Cada guerra que piense necesaria será santa. Dibujar dragones en el aire, usufructuar la gracia divina, confiere un poder tan nebuloso como embriagador. El poder de estar seguro de que toda palabra que sale de su boca es sagrada, irrefutable. Lo libera de toda responsabilidad, lo exime de la mesura, la duda saludable, la autocrítica. Su éxtasis es igual al del intoxicado: ambos abandonan los territorios comunes de este planeta y se aposentan en parajes halagadores, pero que nadie tiene la obligación de compartir.

Rushdie afirmó que le gustaría un mundo con menos religión. A mí también: uno sin radicalismo ni fanatismo. Uno más reflexivo y humanista.

19 Septiembre 2014 03:00:12
Sobre lo clásico
No son el escritor o el crítico quienes pueden decretar que tal o cual libro es un clásico. Esa tarea le corresponde al lector.

Un lector apasionado, que vivió metido en los libros, suyos y de los demás, bibliotecario, bibliómano, promotor de lecturas extrañas, fue Jorge Luis Borges. En un ensayo, dijo sobre el tema: “Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”. 

Borges alude a la cualidad de hermanar que tiene el arte en general, el gran arte: una obra fruto de un hombre, fruto de una época, fruto de una civilización, fruto de la humanidad: puentes potenciales de una sensibilidad individual hacia la especie. Y continúa: “Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”.

Fascinan a naciones de lectores y permanecen, por encima de guerras, catástrofes, el progreso, las nuevas formas de vivir, se mantienen como espejo de la realidad, una realidad interna, el alma humana, lo que somos.

Cada país, cada región, cada hogar, cada lector, tiene el derecho de adoptar sus propios clásicos. La categoría no es una santificación, ni una etiqueta de obligatoriedad. Es, más bien, algo parecido a un sobrenombre: es una clave que se le da a un cómplice.

En los 60, José Agustín publicó el libro “La Nueva Música Clásica”. En él, desarrollaba un tema que entonces parecía una idea descabellada: reconocer la cualidad artística de la música rock. José Agustín aseguró que el rocanrol era la nueva música clásica: “el rock no se riñe con el temperamento de un pueblo en particular, sino que se identifica con los sentimientos de progreso, amor y alegría de la juventud de cuerpo y espíritu”.

De la misma forma, como un acto de profunda apropiación, de exaltación del gusto y reconocimiento de lo que nos hermana más allá de definiciones e ideologías, los escritores Élmer Mendoza y Luis Humberto Crosthwaite empezaron hace años a llamarle a la música norteña la otra nueva música clásica. La música norteña —esa donde el acordeón dibuja dunas de armonía y color, donde el bajosexto sostiene un canto hecho de intemperie y noche— nos pertenece a todos, su historia enraíza en nuestras historias particulares, nos habla de nuestras vidas. Es clásica, también, porque nos la encontramos en la fiesta y en la calle, en la soledad y en los medios masivos, en la plaza y en el iPhone.

Lo clásico es el surfista del mar de la moda: sobrevive a cada ola de tiempo que amenaza con sepultar todo y olvidarlo.

Aquello que llamamos clásico nos pertenece a todos. Es el pasado en forma de historia viva que inunda el presente y nos liga a la especie. En palabras del poeta Ezra Pound: “Tradición no significa ataduras que nos liguen con el pasado: es algo bello que nosotros conservamos”.

Italo Calvino, en su ensayo “Por qué leer a los clásicos”, ofrece un argumento indiscutible: “La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos.”

Leamos pues a nuestros clásicos. Empecemos por Oscar Wilde, Edgar Allan Poe o Arthur Conan Doyle. Sigamos con otros: H.P. Lovecraft, Juan Rulfo, Fiódor Dostoyevski. Hagamos nuestros a los clásicos. Y hagamos clásicos a los libros que ya son nuestros. Leámoslos. Nos pertenecen.



ch
05 Septiembre 2014 03:00:10
Ríos que van a dar al mar
Pocas veces nuestra narrativa sucede en la costa. La gran ciudad y el desierto son los escenarios frecuentados por novelistas y cuentistas (la poesía, en cambio, ofrece acercamientos constantes con ese territorio pleno en metáforas, que tanto nos dice de la muerte y la pequeñez humana). Dos novelas recientes, distintas en talante e intención, convergen en ese paisaje donde se fragua una definición terrible: el mar como parteaguas en la vida de dos mujeres, el fondo del océano como un inframundo donde ocurrió o debe ocurrir una desaparición que las modificará en lo más profundo.

El primero de estos libros es “Lo Imperdonable” (Tusquets, 2014), de Norma Lazo (Veracruz, 1966). La novela se centra en el personaje de Eddie, mujer solitaria cuya única compañía es Michael Parker, el escritor para quien trabaja como traductora. Ambos son ermitaños entregados a labores intelectuales, él un aventurero, ella tiende a la melancolía; ambos son hijos únicos que quedaron huérfanos, fueron criados por familiares que los despreciaban (a ella) o los trataban con desapego (a él). Amistad de dos soledades. El escritor se pregunta qué oculta ella, y es ahí donde el pasado de Eddie regresa.

Todo empieza hace décadas, con un grupo de adolescentes que se adoptan como familia social, luego de que la biología muestra sus carencias y arbitrariedades. Una época en que los enamoramientos por definición acaban mal, donde las lealtades se traicionan y los errores cuestan caro. Los amigos inventan juegos para desafiar las olas, la cercanía de las tormentas, el frío, el miedo. Luego se convierten en el grupo clandestino de búsqueda de tesoros hundidos de un personaje amenazador: el Negro. En una de esas inmersiones la muerte sucede y la amistad se corrompe.

Esta novela, que avanza entre la intriga y el misterio, nos lleva a bucear en el pasado de Eddie, por un recorrido que revela con ritmo inmejorable sus profundidades secretas.

La segunda novela, “Vestido de Novia” (Tusquets, 2014), de Socorro Venegas (San Luis Potosí, 1972) cuenta la historia de un duelo interrumpido hace 15 años que ahora debe completarse. Laura Dumas, felizmente casada en segundas nupcias, madre de un hijo, debe encargarse de las cenizas de su primer marido, Aldo, pues se presenta la oportunidad de vender el nicho donde éstas descansan, y así terminar con una peregrinación a la que ya no le encuentra sentido.

De nuevo, el pasado vuelve, y lo difícil es conciliarlo con el presente, pues ambos semejan capítulos de vidas independientes, y quizá lo sean. ¿Qué tanto pudo conocer Laura al hombre apocado y frágil que parecía desear su muerte como consuelo dichoso? ¿Cómo puede ella deshacerse del porcentaje justo de una historia que parece ser un lastre emocional, pero que la define en parte? ¿Cómo cumplir la última voluntad de Aldo, que sus cenizas sean arrojadas al mar, sin tener que incomodar a su familia? ¿Quién es ella ahora, pero también quién ha sido?

Con precisión e intensidad, la novela descorre en pinceladas líricas y breves pasajes el velo entre pasado y presente, recorre el calvario de una mujer que para volcarse a la vida debe atender los signos que la muerte ha dejado en su historia: un vestido de novia negro, las mariposas negras que revoloteaban en casa de su abuela, la fragilidad de los fantasmas que alguna vez amamos.

Duelos que no se cumplen. Muertos que atormentan a los vivos. El mar como liberación. Su fondo como tumba. Dos novelas que por caminos completamente distintos arriban a un mismo escenario: uno donde muerte y vida dialogan para que todo pueda seguir su marcha, y hacia su destino.
22 Agosto 2014 03:00:00
Vida de poeta
No recuerdo ningún poema que trate sobre la vida de un novelista, pero sí varias novelas que narran vida y milagros de algunos poetas. De “La Muerte de Virgilio” de Hermann Broch a “Los Detectives Salvajes” de Roberto Bolaño, pasando por “El Año de la Muerte de Ricardo Reis” de José Saramago y “Ardiente Paciencia” de Antonio Skármeta, los autores han demostrado que la novela de la poesía se cifra en las biografías de los protagonistas, al mismo tiempo libertinos, outsiders, rebeldes y locos.

De Juan Bonilla (Jerez, España; 1966) conocía yo una novela, “Los Príncipes Nubios”; la leí hace poco más de 10 años: recuerdo su prosa hábil, lo bien templada de la voz narrativa, y la anécdota: un hombre inmiscuido en el tráfico de personas con fines de prostitución pierde piso al relacionarse de modo poco profesional con el recurso humano que promueve. Una historia oscura, sensual, cínica. El buen sabor de la lectura sobrevivió todo este tiempo y, cuando vi que la novela más reciente del autor (gracias a que fue reconocida con el recién inaugurado Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa) se publicó en México, me lancé a leerla.

Otras vidas, otros ámbitos. “Prohibido Entrar sin Pantalones” (Planeta-Seix Barral, 2014) me demostró que el novelista conoce a fondo su oficio y que es capaz de variar su registro con soltura, sin pérdidas, logrando efectos diversos.

Esta novela narra las glorias y caídas de Vladimir Maiakovski, quien a sus 18 años se hizo notar en los márgenes de los círculos literarios rusos, como un aguerrido futurista, inventor de imágenes impactantes, crítico del simbolismo y de todas las corrientes estéticas que no fueran exactamente la suya. Si tuvo una familia, fue la que él mismo formó con el matrimonio Brick, Osip y Lily; éste fue su lector más entusiasta y aquélla su musa y amante de planta (el poeta iba y venía de una mujer a otra, pero en Lily encontraba inspiración constante, y el diálogo no exento de rispideces que necesitaba para engendrar poemas potentes y combativos).

Así como la prosa se empareja con la chispeante textura de los versos del poeta, así la novela toma su ritmo de la trepidante biografía del autor, para contarnos el viaje de éste por América, sus desencuentros con el México surrealista, su fugaz papel como padre, sus baches creativos, sus intentos por renovar el cine y su labor primordial como promotor de sí mismo.

Aunque en muchos momentos aparecen los versos de Maiakovski, la intención del novelista no es hacer crítica literaria, sino empatar la obra con su circunstancia y motivo para mostrar las preocupaciones del poeta: la revolución, el amor, el combate al zar, los bolcheviques, el dinero, la fama, y su más grande conflicto: ese lugar que tanto disputó, y que nunca estuvo seguro de poseer plenamente: el de ser el primero y más grande poeta de su nación.

Por otro lado, aunque la novela trabaja con los materiales de la Historia, nunca olvida que le competen las libertades de la ficción, e inventa, conjetura, tiende puentes entre imaginación e investigación para contar la historia de un hombre que aspiraba a la grandeza, pero se negaba a conocerse a sí mismo del todo.

Maiakovski murió cuando agotó su papel, el único personaje al que supo cultivar, dentro y fuera de sus libros: Vladimir Maiakovski, el futurista recalcitrante, agitador del lenguaje, que se agarraba a trompadas con todo aquél que le fuera adverso. Perdió “la capacidad de iniciar una bronca, y para un bronquista eso era la muerte”. El “creador de realidades” no se conformó con la realidad. La inventó, como siempre, por última vez. Y de eso trata la
novela.
08 Agosto 2014 03:00:49
Inventor de oficios
El tema sale de vez en cuando: ¿cuál es el género más difícil de escribir? Las opiniones se diversifican, las posturas se argumentan. La novela o la minificción; la poesía o la crítica de poesía. Nunca sé qué responder. ¿La diatriba, la apología? Es que todos y ninguno, depende. Y en estas líneas me desdigo: hay uno: la necrología. Le doy vueltas, no encuentro cómo empezar, lo pospongo, de veras no puedo. Al final me convenzo, para que no se me encoja el corazón, de que no escribo sobre la muerte, sino sobre el azaroso y extraordinario tejido de las vidas, la suya, la mía, tantas otras.

El martes 16 de junio murió Jorge Bribiesca Sosa y Silva, arquitecto, museógrafo, gran lector, ejemplar promotor cultural, alguna vez director de Artes Plásticas del Instituto Nacional de Bellas Artes y, sobre todo, quien desde su trabajo como director del Museo Biblioteca Pape, en Monclova, realizó una labor impagable por la región centro de Coahuila; se tomó el trabajo de ser la voz en el desierto que invitaba a acercarse a las manifestaciones artísticas.

En una época en la que no existía la profesionalización de la promoción cultural, él abrió brecha, y pavimentó la ciudad con teatro, artes visuales y escénicas, música, literatura; Jorge Bribiesca fue un inventor de su propio oficio, un creador de públicos para el arte (antes, me parece, de que existiera el término), un hombre con paciencia y visión suficientes para sembrar el futuro, cuando era indispensable hacerlo en un pueblo escaso de ámbitos creativos.

Tuvo la sensibilidad exacta para apoyar el talento local, pero también para acercar la obra de artistas de otros fueros –nacionales e internacionales– a monclovenses y vecinos. Estaba convencido que una comunidad está más cerca de su alma cuando su expresión artística encuentra foros, un diálogo y la posibilidad de continuarse.

Una vez, un muchacho de 15 años, bastante inquieto, sumamente desorientado, llegó al teatro de cámara del Museo Pape a participar en un evento de oratoria y declamación. Cuando bajó del escenario, el director del recinto lo esperaba en las escaleras. Lo invitó a formar parte de un grupo de teatro, en un proyecto que dirigiría otro ilustre: César Luna Lastra.

Con el paso de los años, escucharía muchas veces estas palabras: “Te escuché desde el lobby, me gustó tu voz y enseguida dije que tenía que conocer al dueño. Pensé que eras más grande.”

El muchacho hizo teatro en el museo un par de años, fue becario de la Biblioteca Pape (donde se volvió el lector que es hoy) y asiduo a funciones y expos; a lo largo de 20 años siguió visitándolos, hasta que conectó dos jonrones seguidos: presentó una novela y una colección de cuentos suyos en la Feria del Libro de Monclova, organizada por el Museo, orquestada por su director, quien lo invitó (otra vez). “Tú y el museo nacieron casi al mismo tiempo”, solía decirle, “de cierta forma son hermanos.”

La importancia de lo que Jorge Bribiesca hizo por ese muchacho no cabe aquí. Le señaló el camino que seguiría el resto de su vida. El arte como una forma de entender y querer las cosas del mundo, un método para construir, habitar, volver a empezar.

Ese muchacho le dio las gracias, escuchándolo, aprendiendo, recordándolo, recorriendo con él los caminos a veces trompicados y siempre amables de la amistad. Contagiar una pasión es el mejor regalo que alguien nos puede dar. Ese muchacho es uno entre miles que el trabajo de Jorge, “El Arqui” le decían en el trabajo, despertó y conmovió. Ahora, ese muchacho no escribe una necrología, no sabría cómo, nada acaba aquí. Ese muchacho no se despide: lo abraza, le dice gracias, otra vez; lo mira de nuevo al pie de la escalera, ambos sonríen, y empiezan, de nuevo, a hablar.
11 Julio 2014 03:00:33
Físicas literarias
Antes de entrar en el ámbito intelectual o las dinámicas del espíritu, a la lectura le competen los límites impuestos por la biología y la física. Libros que pesan más que una laptop; lomos reacios que exigen una presión forzada y constante para poder separar las páginas; tamaños de letra que no tienen piedad con la hipermetropía.

Es cierto que atravesamos una larga cadena de circunstancias y decisiones antes de poder tener un libro en las manos, pero a últimas fechas he sido cada vez más consciente de que las intrusiones de lo profano no terminan a la hora de elegir el libro —por ejemplo, cuando la economía nos distrae, mientras consideramos si los precios nos obligarán a implementar algún ahorro de emergencia y cubrir así los agujeros presupuestales de origen bibliómano—. Antes de lanzarse a la caja hay que sopesar un asunto serio: ¿tengo las capacidades orgánicas necesarias para leer este libro?, ¿hacerlo representa desdeñar las leyes naturales?

Dejemos de lado por ahora lo referente al reto mental que el título representa. Si tenemos o no las referencias para leerlo a profundidad no importa, de momento. Hay circunstancias más apremiantes qué resolver:

• ¿Puedo sostener el kilo y medio que pesa, durante varias horas al día durante las semanas que su lectura me llevará? ¿Podré leerlo acostado, o sólo de pie o sentado? ¿El epílogo incluirá el teléfono de un fisioterapeuta o un quiropráctico?

• ¿Seré capaz de distinguir, hacia el final de la noche, letras de tamaño tan reducido? ¿Debo pedir opinión a mi oftalmólogo?

• ¿Su formato elegante y con una nota de fragilidad será compatible con la rudeza de los ámbitos a los que la rutina me condena? Metro, microbús, la fila de las tortillas y del banco, la lluvia alevosa, etcétera. Ya sabemos: el mundo es una selva.

La agudeza visual y el hábitat son condiciones inalterables. Así que lo único que nos queda es prepararnos para el ejercicio isométrico que representa sostener una guía telefónica de ciudad capital durante horas y horas.

En lo personal, practico natación para no renunciar a los libros que desafían a la física. Cuando en el panorama de mis lecturas veo venir títulos peso completo y gran formato, le pido a mi coach que no tenga piedad: hay que subir el nivel de exigencia. “Joseph Anton” de Salman Rushdie, “Submundo” de Don DeLillo o “Palinuro de México” de Fernando del Paso, equivalen a competencias donde al último lugar se le condecora con bullying consistente.

Hay libros que deberían venderse con un atril de acero reforzado, un arnés especial o un instructivo en video de cómo evitar contracturas en cuello y hombros. El ser humano ha inventado un montón de prácticas destinadas a preservar su salud, pero a nadie se le ha ocurrido ofrecer cursos de yoga para lectores aferrados. La gravedad es la gran enemiga de los lectores de Haruki Murakami.

Y cuando concluyamos la lectura, luego de las sesiones de fisioterapia que nos reconfigurarán los músculos, seguirá otro calvario. ¿Cómo hacer entrar, en libreros donde no cabe un alfiler, las 1200 páginas de ese Éverest impreso?

Dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo (la impenetrabilidad es una propiedad general de la material, y un contratiempo); otra vez los límites físicos. ¿Instalar una repisa en el baño, deshacerse de 20 plaquettes, abrir en la sala una entrada a otra dimensión? O resignarnos a morir —como personajes de Bohumil Hrabal— bajo la aplastante presencia que el papel impreso tiene en nuestra vida.

Una opción descabellada es rentar una bodega, un cuarto de azotea para convertirlo en biblioteca. Pero aquí volvemos a la economía. La verdad es que esto de leer es un caso perdido.
28 Junio 2014 03:00:28
José Revueltas: el hombre y el mal
Se cumplen 100 años del nacimiento de José Revueltas, y el número redondo es un pretexto tan bueno como cualquier otro para regresar a su obra.

Revueltas (Durango, 1914-Ciudad de México, 1976) posee un estilo asombroso, sus recursos son múltiples y afilados, su prosa es bella, sensual y certera, a ratos reclama el derecho a la profusión y las digresiones, pero siempre sabe retratar el convulso dramatismo, el estático fulgor de la vida. Es en el cuento donde Revueltas se potencia: ante el deber de la concentración su escritura resulta brutal, categórica, imbatible, en perpetua combustión. Sus estructuras, sencillas, se ajustan a la linealidad, no acometen complicados juegos espaciales ni temporales, pero transcurren en la turbulencia, aluden a las múltiples aristas del desgarro vital.

En una entrevista, el autor anunció su intención de que, una vez cerrada su obra, ésta se reuniera bajo el título “Los Días Terrenales”. Pero, aclaró, sólo sus novelas; este ciclo proyectado excluye sus cuentos. Revueltas situaba en compartimentos distintos estos géneros (no incluyó a sus ensayos y artículos, quizá él mismo pensaba esas páginas como marginalia).

En entrevistas y conferencias, Revueltas lanzó frecuentes elogios a la novela, le pronosticó épocas por venir de aprendizaje y merecido esplendor. Pero no he encontrado una consideración por el estilo para su narrativa breve.

Pero el escritor ofrece la suma de sus temas y búsquedas en sus libros de relatos: “Dios en la Tierra” (1944), “Dormir en Tierra” (1960) y “Material de los Sueños” (1974). En estos títulos pareciera estar ausente la celosa planeación de sus novelas. Son volúmenes más espontáneos, más abiertos y maleables, más impredecibles.

Existe la tentación de reprochar a Revueltas su pesimismo, su sordidez. Pero estos ámbitos omnipresentes en su obra forman la sintaxis que eligió para mirar el mundo y hablarnos de él. Hay que ver lo que hay: esta vida y su realidad impura. El creador no es culpable del color de su material. El escritor señaló: “El problema reside más bien en que el novelista busca siempre personajes y situaciones límite, porque en ellos se proyecta de una manera más aguda y lacerante el problema mismo del hombre contemporáneo, problema que a la postre resulta sórdido las más de las veces”.

Le interesaban todas las pasiones humanas, y prefería precisamente las más humanas: “por ejemplo el amor”, pero también el odio, la venganza, la traición, la mentira, la sed de muerte, el impulso por sobrevivir, sus corruptas consecuencias. ¿Qué pasión más humana que el Mal? En la obra de Revueltas, el Mal es un problema omnipresente, palpable, encarnado, difícil de limitar.

El Mal es un bien contrahecho, malogrado. Lo que de otra forma sería un don, aquí se describe con desconfianza, se redescubre con desencanto, se narra bajo la óptica de la tragedia. La vida, la existencia misma, se muestra como un infierno en la Tierra. El lenguaje, la principal forma de ligarnos a los demás, es un medio defectuoso, una trampa que nos aísla, un engaño. Incluso Dios, cuando deja sentir su presencia entre los hombres, lo hace bajo la advocación de la venganza, de un Hacedor que exalta en sus creaturas sentimientos de violencia y destrucción.

Pero la finalidad del arte es la conciencia y la transformación. “El arte es la afirmación más alta y más intrépida de la libertad”, nos enseña a “soportar la verdad, pero también la carencia de cualquier
verdad”.

Viaje intelectual y espiritual hacia “la soledad del hombre y su libertad”, la obra revueltiana describe la desnudez de la especie. El Mal, entonces, en Revueltas es un camino para quitar los velos y mirar a los ojos el abismo que somos, la fragilidad que nos da forma.
27 Junio 2014 03:00:20
José Revueltas: el hombre y el mal
Se cumplen 100 años del nacimiento de José Revueltas, y el número redondo es un pretexto tan bueno como cualquier otro para regresar a su obra.

Revueltas (Durango, 1914-Ciudad de México, 1976) posee un estilo asombroso, sus recursos son múltiples y afilados, su prosa es bella, sensual y certera, a ratos reclama el derecho a la profusión y las digresiones, pero siempre sabe retratar el convulso dramatismo, el estático fulgor de la vida. Es en el cuento donde Revueltas se potencia: ante el deber de la concentración su escritura resulta brutal, categórica, imbatible, en perpetua combustión. Sus estructuras, sencillas, se ajustan a la linealidad, no acometen complicados juegos espaciales ni temporales, pero transcurren en la turbulencia, aluden a las múltiples aristas del desgarro vital.

En una entrevista, el autor anunció su intención de que, una vez cerrada su obra, ésta se reuniera bajo el título “Los días terrenales”. Pero, aclaró, sólo sus novelas; este ciclo proyectado excluye sus cuentos. Revueltas situaba en compartimentos distintos estos géneros (no incluyó a sus ensayos y artículos, quizá él mismo pensaba esas páginas como marginalia). En entrevistas y conferencias, Revueltas lanzó frecuentes elogios a la novela, le pronosticó épocas por venir de aprendizaje y merecido esplendor. Pero no he encontrado una consideración por el estilo para su narrativa breve.

Pero el escritor ofrece la suma de sus temas y búsquedas en sus libros de relatos: Dios en la tierra (1944), Dormir en tierra (1960) y Material de los sueños (1974). En estos títulos pareciera estar ausente la celosa planeación de sus novelas. Son volúmenes más espontáneos, más abiertos y maleables, más impredecibles.

Existe la tentación de reprochar a Revueltas su pesimismo, su sordidez. Pero estos ámbitos omnipresentes en su obra forman la sintaxis que eligió para mirar el mundo y hablarnos de él. Hay que ver lo que hay: esta vida y su realidad impura. El creador no es culpable del color de su material. El escritor señaló: “El problema reside más bien en que el novelista busca siempre personajes y situaciones límite, porque en ellos se proyecta de una manera más aguda y lacerante el problema mismo del hombre contemporáneo, problema que a la postre resulta sórdido las más de las veces.”

Le interesaban todas las pasiones humanas, y prefería precisamente las más humanas: “por ejemplo el amor”, pero también el odio, la venganza, la traición, la mentira, la sed de muerte, el impulso por sobrevivir, sus corruptas consecuencias. ¿Qué pasión más humana que el Mal? En la obra de Revueltas, el Mal es un problema omnipresente, palpable, encarnado, difícil de limitar.

El Mal es un bien contrahecho, malogrado. Lo que de otra forma sería un don, aquí se describe con desconfianza, se redescubre con desencanto, se narra bajo la óptica de la tragedia. La vida, la existencia misma, se muestra como un infierno en la Tierra. El lenguaje, la principal forma de ligarnos a los demás, es un medio defectuoso, una trampa que nos aísla, un engaño. Incluso dios, cuando deja sentir su presencia entre los hombres, lo hace bajo la advocación de la venganza, de un Hacedor que exalta en sus creaturas sentimientos de violencia y destrucción.

Pero la finalidad del arte es la conciencia y la transformación. “El arte es la afirmación más alta y más intrépida de la libertad”, nos enseña a “soportar la verdad, pero también la carencia de cualquier verdad”. Viaje intelectual y espiritual hacia “la soledad del hombre y su libertad”, la obra revueltiana describe la desnudez de la especie. El Mal, entonces, en Revueltas es un camino para quitar los velos y mirar a los ojos el abismo que somos, la fragilidad que nos da forma.
13 Junio 2014 03:00:25
Prisión americana
Probablemente el título más conocido de Laura Restrepo (Bogotá, 1950) sea “Delirio”, que en 2004 obtuvo el Premio Alfaguara de Novela. Escrito con un ritmo sostenido y una combinación de voces que aporta diversidad a la narración, el libro despliega un mosaico temático en el que cada elemento resulta intrigante o perturbador. En él, un matrimonio es arrastrado a una temporada de locura inagotable: el marido se ausenta de Bogotá unos días y regresa para encontrar que debe rescatar a su mujer de una habitación de hotel, a donde ella no sabe explicar cómo llegó. En lo que pronto toma la forma de una investigación, una variopinta colección de personajes —narcotraficantes vengativos, terratenientes en decadencia, pervertidos con ánimo competitivo, mujeres que guardan secretos infamantes— despliega una trama tan intensa como
cautivante.

Laura Restrepo ha publicado —además de varios ensayos y un libro para niños— 10 novelas más. La más reciente es “Hot Sur”, libro que sabe estar a la altura de las expectativas.

La acción se localiza al sur del estado de Nueva York, condado de Ulster, en el corazón de las montañas Catskill. Cleve Rose, un joven escritor, muere en un accidente de motocicleta poco después de realizar un hallazgo macabro que habría de terminar con los días de paz de ese idílico lugar. De camino a la casa que comparte con su padre, Ian Rose, ingeniero hidráulico semiretirado, el joven encuentra el cuerpo mutilado de un hombre. Perturbados por el sangriento hecho, padre e hijo pasan lo que serán los últimos días del escritor hundidos en una nerviosa calma.

Meses después del accidente en que Cleve pierde la vida, llega a la casa un paquete dirigido a Ian, que contiene la dilatada confesión de una mujer que, estando presa en la cercana prisión de Manninpox —un infierno deshumanizado de cemento, un purgatorio donde reina la violencia—, acudió al taller de escritura creativa que el joven autor impartió por breve tiempo para las internas. Ese manuscrito será la caja de Pandora que guarda las entrañas de la novela: la historia de María Paz, mujer colombiana que llegó a Estados Unidos para reunirse con su madre, quien desde siempre soñaba con el paraíso de la América del Norte. María Paz busca, libre de nuevo, recuperar su vida, y pide ayuda a Ian.

Ian, el padre que debe sobrevivir a su hijo, que ayuda a María Paz como una manera de honrarlo, es un personaje entrañable. Su gesto se vuelve el intento por dotar de un cierre a una vida interrumpida. El padre se vuelve así una extensión del hijo, se apropia del que cree era el destino de éste y le da sentido a su ausencia.

La vida de María Paz es un extenso viacrucis. Tras encontrar un trabajo que le prodiga descubrimientos y fascinaciones, luego de conocer e iniciar una trompicada convivencia con su hermana menor, de conocer al hombre que puede amar, un asesinato y la confusión que le sigue acaban por meterla a la cárcel, desde donde contará no sólo su historia, sino una realidad casi imposible de sobrellevar: la del cuerpo preso, al que la higiene busca despersonalizar, el despojo de la vida y el lenguaje, la vida de quien debe vivir al margen de sí mismo, siendo vigilado.

Investigación del campo minado que es Estados Unidos para el emigrante, historia de una dependencia mortal que tiene su raíz en la pasión y el amor, “Hot Sur” es una novela de muchos niveles. En uno de ellos, a través de personajes fanáticos y violentos, Laura Restrepo se hace una pregunta inquietante: ¿cuál es el legítimo lugar que tienen en las bases de nuestra psicología, ese triángulo que forman la violencia, la crueldad y el sacrificio?
30 Mayo 2014 03:00:49
El limbo
El cuento está más cerca del poema que de la novela. No sólo por el número más limitado de elementos que puede contener, o por el tiempo que nos sujeta a su lectura, lo digo sobre todo por sus hechuras y efectos: en ambos, una sola imagen resume una experiencia singular y entera del mundo; ambos buscan agotar su poética, no dejar nada para después (nunca el repechaje de los capítulos); ambos deben parecer talladas de una sola pieza de lenguaje, sin ensambladuras evidentes, donde cada palabra parezca inevitable.

Eduardo Antonio Parra (Guanajuato, 1965) ha dicho que lee poesía para abrevar del ritmo, el lenguaje y la sorpresa. En sus libros es notable esa sensibilidad de un creador que se alimenta de otras voces. De la poesía, de la oralidad. El burilado de sus frases es siempre preciso. La exactitud de su oído sostiene el pulso de la prosa y el avance de la trama.


“Desterrados”, su libro más reciente, declara en el título su poética. Sus personajes habitan un limbo: ahí flotan, sin avanzar; carecen de raíz, no crecen, se debaten con una vida que los afantasma; gritan, desean, se retuercen, temen, atacan. Sólo cuando se aproxima el desenlace podremos saber si recuperarán su derecho a existir, la corporeidad que se les niega.

¿Quién dijo que este no es libro de cuentos de fantasmas? Al menos dos cadáveres, varios monstruos y espíritus atormentados inflaman el aire; hay incendiarios, asesinos y sitios que ya no necesitan estar embrujados. Y, siempre presente, el miedo de los personajes a querer ser algo más de lo que son.

El territorio literario del autor ha sido el norte y sus pueblos, la noche y sus trampas, el placer como escape de la grisura y de la muerte, y las consecuencias de intentar tal escape. Pero en “Desterrados” aparecen otros escenarios. Parra amplió su campo de batalla y su escritura modificó su objeto, su tema. Lo mismo hizo ese otro gran narrador que tanto extrañamos, Daniel Sada, cuando señalaron equivocadamente que había mudado su estilo del norte a la ciudad. Y no. Pasó que hizo entrar a la urbe en su prosa. Ahora Parra se la apropia del mismo modo, la reclama como territorio también suyo.

Esta amplitud se verifica no sólo en personajes y escenarios, sino en estrategias: del mito al realismo, del erotismo a la historia, de los cuentos donde hay que conservar un cadáver el tiempo suficiente para que su madre llegue a despedirse, a otros en los que una mujer escucha la letra de una canción para saldar cuentas con su pasado.

Dos cuentos incluidos en “Desterrados” me parecen excepcionales. El primero, “El Festín de los Puercos”, arranca con una frase poderosa y continúa con otra que no le va a la zaga, y luego otra y otra más. El subteniente Heriberto Frías, después de participar en la represión del brote rebelde en el poblado de Tomóchic, en 1982, atestigua la forma en que unos puercos devoran los cadáveres que dejó la matanza, mientras avanza por el pueblo ocultándose de los rebeldes: “En vano rasca su memoria buscando imágenes semejantes a la de este pueblo en llamas. Peor que el infierno. Puercos del infierno”.

En el segundo, “El Caminante”, quien habla es un eterno exiliado: “Después de fatigar durante años la tierra con las plantas de los pies, estoy seguro: el viejo sabio dijo la verdad. Peor aún: el camino no sólo es infinito: es un ser vivo. Un dios iracundo que no suelta lo que engulle”. Más delante el personaje reconoce que nunca logrará llegar a su destino. Nos dice así que el destierro es un paisaje interior, la atmósfera que define su vida, un instante perpetuo. Como un poema doloroso, memorable.

EL LIBRO

Desterrados

Eduardo Antonio Parra,
cuento
Era, 2013
16 Mayo 2014 03:00:11
Valiente mundo nuevo
“Muerte Súbita”, Álvaro Enrigue, novela, Anagrama, 2013.

Siglo 16. El planeta terminó de darse la vuelta. Mientras el mundo era otro, la humanidad seguía siendo la misma, pero peor: inventaba nuevas tecnologías y encontraba nuevos pretextos para la traición y la rapiña. Al “dios y patria”, se unía el progreso como motivo para la carnicería y la dominación. “Muerte Súbita”, la nueva novela de Álvaro Enrigue (Ciudad de México, 1969), tiene este panorama como telón de fondo, pero pasan tantas cosas que pronto se vuelve un circo de 10 pistas. En una, Caravaggio inventa nuevas forma de ver la luz encerrado en un estudio blindado contra el día; en otra, Ana Bolena pierde la cabeza a manos de un francés con mala suerte; más allá, la heredera de Hernán Cortés recuerda que su padre comparaba a dios y al rey con sus genitales. Y de ahí para el real: la novela abre y cierra compuertas narrativas, activa subtramas donde la Malinche, Cuauhtémoc, un banquero mecenas, curas contrarreformistas, y el indispensable verbo xingar alimentan un ritmo que no deja una sola página suelta.

El gran invento de Enrigue, como en cada libro suyo, es la estructura que sostiene al experimento narrativo entero. Las novelas —dicen algunos— son respuestas a preguntas que no sabíamos que estábamos haciéndonos. Por ejemplo ésta: ¿Cómo sería una novela donde Caravaggio y Quevedo se baten a duelo jugando al tenis, donde el arte plumario mexicano define el curso del arte pictórico universal, donde las trenzas de una reina decapitada terminan siendo el alma de artículos deportivos, donde la Conquista Española y la Contrarreforma se revisan sin maniqueísmos y con una cantidad de carrilla tal que alcance para todos?

Lo que al principio nos parece un claro síntoma de la locura del autor se confirma en cada página como una esquizofrenia bien calibrada, montada al milímetro, que logra tender puentes entre hechos aislados (a fin de cuentas, ¿qué es la ficción, sino nuestras ganas de ensamblar la realidad?). La novela pone al descubierto la relación que las vidas mínimas de un artista (mexicano, italiano, español) o un pobre diablo con delirios de grandeza (un capitán, un clérigo, un profesor) guardan con los grandes momentos que definen el rumbo de la civilización.

A toda estructura la posibilita un punto de vista. A “Muerte Súbita” la sostiene alguien —narrador, voz, vértice— que parece ser el mismo Enrigue. El autor que investiga, conjetura, duda, interpreta, sanciona, todo a ojos vistas, sin personajes de por medio, encarnándose en la novela como la consciencia que dirige la orquesta. Este recurso (el registro de la actuación del autor como catalizador de la ficción dentro de la misma ficción) se desmarca de la metaliteratura, pues aquí hay un adentro y un afuera que valen lo mismo. La invención no es un bote salvavidas, sino una forma de entender. El autor es parte de la obra, y es él quien provoca que presente, Historia y ficción se igualen.

La genealogía histórica de la novela se menciona en el cuerpo del texto (todo libro nace de la combustión de otras páginas). En cuanto a las ascendencias literarias, uno piensa en Sergio Pitol, por la vocación lectora que desemboca en la invención del mundo y la crónica de sí mismo; y en Carlos Fuentes, por la lectura de la Historia patria que recurre a episodios y personajes de lustre dudoso.

Hay aquí un humor que todo lo condiciona, una gracia evidente al disparar sobre prohombres y dogmas, una prosa de temperatura y ritmo sostenidos. Y, sobre todo, detrás de “Muerte Súbita” hay un estratega notable en el armado de libros que, de lejos, parecían quimeras imposibles.


02 Mayo 2014 03:00:57
Contra la línea recta
Eduardo Padilla es un crack. Con su primer libro de poemas, partió las aguas de la lírica de su generación y aportó nuevos materiales a la trifulca irresoluble acerca de los límites de lo que es y no es poesía. Aunque la circulación de sus libros ha sido discreta -y contrastante con la admiración que despierta su escritura-, su obra marca ya un punto importante en el mapa de nuestras lecturas: no un centro de gravedad reconocido y lineal, sino un atractor extraño.

“Zimbabwe” fue un inquietante arranque; luego siguió “Minoica”, volumen escrito en colaboración con otro terrorista en verso, Ángel Ortuño, que supuso la venturosa continuidad de lo improbable; con “Mausoleo y Áreas Colindantes”, nos convencimos que si el rayo vuelve a caer en el mismo lugar, lo hará apelando a la imprevisibilidad de su dibujo. Eduardo Padilla (Vancuver, 1976) acierta al blanco móvil de nuestra perplejidad, pero lo hace siempre variando sus recursos, trazando los caóticos contornos de poemas que desfiguran lo real. Ahora lo hace con “Blitz”, breve, pero enganchado título publicado hace unos meses por la editorial independiente filodecaballos.

En el poemario abundan los cortometrajes, poemas de aliento medio y largo construidos en torno a un personaje -locos, parias, iluminados de dudosa procedencia-, o que se dejan fascinar por la estela que éstos dejan. Construidos a base de distracciones, repeticiones y elipsis, estos guiones imposibles de filmar representan una forma que, aunque presente desde su primer libro, en este poemario tiene predominio sobre el poema breve. Poemas narrativos, cuentos jibarizados que describen seres peculiarísimos: la mayor ejecutante del extraño instrumento musical llamado theremin, el imposible Jonás bíblico, un ermitaño que mezcla el juego con la teología y el alcohol, un inocente Bartolo en inútil fuga.

Finales abiertos, anticlímax, vueltas en U, callejones sin salida. Hay que estar alerta para no perderse. El poema es la coartada y no hay cadáver. Una duda que no termina de despejarse, una burla que electrifica el aire. El reverso de lo bien sabido y lo que no sospechábamos. Padilla describe mapas movedizos de historias que se pierden a medio camino, porque ¿qué caso tendría contarlas completas, ordenadas, con todo y su bien peinada moraleja? “Las cosas siempre pueden empeorar un poco. Las cosas son indestructibles. ¿Sabes por qué lo digo? Porque siempre pueden empeorar. Luego tal vez mejoren, y luego, de nuevo, invariablemente, vuelven a empeorar. Las cosas nunca llegan a nada”. Justo así, entonces: en estos poemas las cosas se estrellan, pero todo puede ir peor, y lo más seguro es que nada acabe.

En “Blitz”, el poeta escribe contra la fiscalización, las buenas maneras, el deber ser: “nada hay que me impida/ contarlo todo mal”. Su explicación sobre el hecho creativo podría ser la frase “poesía es pareidolia” (fenómeno psicológico donde un estímulo impreciso es percibido como una forma conocida o familiar). No es que reconozcamos el arte, lo inventamos al verlo. Vemos poesía porque la traemos dentro, porque la ocasión se presta.

La realidad no es así. Nunca es sólo “así”. Vamos: no hay un “así” en la realidad de nuestra locura. Esas líneas esfumadas, esos bultos borrosos, esas aceleraciones que se desinflan, esos recuerdos ajenos que nos definen, esa memoria personal que se barre debajo de la alfombra. En cada poema, Padilla nos arroja a la cara la escasa confiabilidad de las percepciones: “Hasta abajo van los manglares./ Arriba las colinas/ negras y violetas./ A mí me recuerdan/ al culo de un mandril/ pero tú bien podrías/ verlo de otra forma”.
25 Octubre 2013 03:00:55
El posnorteño más auténtico que existió
Carlos Velázquez y el Viejo Paulino son los dos más grandes ejemplos de la hibridación cultural que el norte posibilita. Transfronterizos, teóricos osados, hiperconscientes de la identidad que los empata, dinamiterios naturales, el lenguaje que ostentan es un cruce de caminos entre cultismo y peladeaje. Velázquez estuvo a punto de no existir: es hijo natural de la mayor ficción de Julián Garza, el Viejo, el anti Piporro.

En el discurso del torreonense cabe la sobreescritura de los mitos locales, la mezcla pagana de registros y tiempos, el realismo sucio y la poesía más sucia todavía, la burla y la nostalgia. Una de las sensaciones que dominan al lector al atravesar sus libros es que pasa de un territorio a otro, y sólo lo nota cuando se está al borde del siguiente cambio.

Lo primero que hice fue preguntarme qué estoy leyendo. ¿Una biografía, una epístola, un cuento de horror o el diario de un apocalipsis? Lo que usted prefiera. Las crónicas de “El Karma de Vivir al Norte” (Sexto Piso, 2013) son el testimonio de quien atraviesa una zona vedada como quien va por un litro de leche a la tienda, precisamente porque atraviesa una calle de Torreón para comprar un litro de leche en la esquina. No es que el cronista se jacte de ser valiente: no le queda de otra; lo juicioso sería encerrarse a piedra y lodo, o bien, abandonar la ciudad. Pero no. La rutina —uno se da cuenta pronto—, cuando se vive en una zona sitiada, se convierte en el lujo de vivir un continuo, de permanecer dentro de una agenda personal, sin ser arrebatado por sobresaltos y amenazas de muerte. Un lujo que debe mantenerse, o por lo menos aparentarse.

El libro se recorre entre escalofríos. Los habitantes de una ciudad despiertan un buen día para encontrarse con una realidad cruel e insuperable: alguien se las ha arrebatado. El lector se interna por ese bazar tétrico que es ir de retén en retén, esquivando los puntos rojos, pretendiendo que no mira y no registra, pues parece que si la expresión de uno se altera, es probable es que alguien haga algo al respecto. No pasa nada. Pero sí pasa. El infierno: la simulación del paraíso en territorio comanche.

Llamó mi atención que el libro esté escrito en pretérito. A veces tuve la sensación de que los hechos narrados habían sucedido hacía tiempo, otras, que el horror había terminado, y el autor ejercía el deber civil y estético de no olvidar. Pero no. Sabemos que no. Luego supe la razón del tiempo verbal: el libro está escrito para una mirada específica. Cuando la hija del autor, que tendrá ahora algunos 7 años, pregunte por la historia y la razón de aquellos años convulsos y pantanosos, su padre podrá responderle con un testimonio levantado en el lugar y en el momento; no una borrosa respuesta, sino un texto urgente. Siempre me ha parecido que, en el fondo, sin darse cuenta, el escritor escribe para una sola persona, alguien a quien quizá no conoce, pero intuye o inventa. Más de una vez me pregunté qué sucedería en la lectura de esa joven futura. ¿Sus preguntas y emociones serán otras o las mías la adelantan?

“El Karma de Vivir al Norte” nos revela otra faceta del escritor, una quizá más dura y desesperanzadamente lúcida, más terrestre y desamparada. Algo es seguro: nos quedan muchos Carlos Velázquez por descubrir. Sus libros nos destantearán cada vez, y nos darán la oportunidad de la sorpresa y el hallazgo.

Carlos Velázquez es la mejor idea que ha tenido la hermana república de La Laguna. Si no existiera, habría que cooperarnos, pasarlo de contrabando y refaccionarlo con autopartes locales. Nomás para tener el gusto de verlo correr en carretera.
13 Septiembre 2013 03:00:16
Bosquejos del desierto
Gracias a la colección Arena de poesía, recientemente publicada por la Secretaría de Cultura de Coahuila, tuve la oportunidad de releer a un poeta que hace años me fascinó. A través de la antología “Cuatrovientos”, recuperé la lectura distante pero entrañable de sus libros “Entrar a la Antivíspera” y “Arena de Hábito Lunar”.

Los paisajes que Marco Antonio Jiménez Gómez del Campo (Torreón, 1958) señalan el desierto como un lugar donde la vida es puro humo. Al nombrar la luna, el poeta dice: “Sólo sabe develar el Universo en las arideces/ en las ruinas atravesadas/ por la transparencia/ se une a la reconciliación del lagarto/ que descansa del sol y la ceniza/ elige los paisajes suspendidos/ la desolación de las especies hundidas en el polvo”.

Pocas cosas, apenas nombradas, habitan el escenario desolado: la tierra árida, los coches en el yonke, el viento, la flora estoica y la fauna invisible que sobreviven a la dura prueba del desierto “que es tanta vida que mata la vida”, en palabras de Luis Antonio de Villena. Reverberaciones que cimbran el paisaje. Transparencias, espejismos, ilusiones ópticas que la luz siembra en la sequedad.

En la amplitud de estas escenas caben también la postal espiritual fruto de la contemplación, los fantasmas de hombres estrujados por la historia dramas que habitan el mito, como sucede en el poema “Crónica del Capitán Pedro Eugenio Ronquillo”, o en el quimérico diálogo que sostienen Guillaume Apollinaire y el general Francisco Villa en la antesala de la batalla (“Dos cuidados de la guerra”).

Un carácter místico aspira a reconocer advocaciones más diáfanas de la existencia: espacios donde el pasado y el presente comulgan en paz, donde el equilibrio vital se vuelve concreto. El ritmo sereno de los versos que atan y desatan su acentuación a los metros clásicos; como sucede en “Gravitaciones en la arena”, poema de sonoridad sostenida (casi un mantra) que comunica el estado contemplativo del poeta que se reconoce testigo extasiado del mundo: “Con la lluvia el desierto despierta a los antiguos/ les va dando voz de yerba recién humedecida,/ pasos de arbusto libre y vacilante./ Si la lluvia condesciende a las arenas blancas/ los muertos florecen con renovado asombro./ El agua erige la fragancia del pasado entre las dunas,/ se incorporan del polvo los hijos del crepúsculo,/ los eternamente cardos de ínfima esperanza.”

Aquí hay celebración: regocijo contagiado de despojamiento que trae consigo el hallazgo de los mínimos tesoros con que el pasado (la historia y el mito), la naturaleza (el desierto y la noche), la cotidianeidad y las palabras reglan al Hombre. Justo como sucede en ese “Otro poema de la dicha”, donde una profesión de fe surge de una máxima borgeana: aún las más pequeñas acciones poseen resonancias titánicas: en el acto de un individuo la humanidad encuentra el cumplimiento de sus
sueños.

Practicante de la contemplación como sendero de autoconocimiento, el poeta es testigo que establece una relación simbiótica con su paisaje: uno y otro son imágenes complementarias de un mismo ser, se sostienen, confunden sus límites. De la misma forma que el poeta norteamericano Charles Wright asienta su poética en cierta dosis de quietismo frente al panorama doméstico: pues todo paisaje es un autorretrato.

Algunos de estos poemas aparecen en “Cuatrovientos”, selección personal que el autor hace de su obra, y que se puede bajar de forma gratuita en la página
http://www.homenajeacuna.gob.mx. Se trata de una excelente oportunidad para adentrarse en esta poesía, certera, templada, que avanza con tiento y lentitud; que es descubrimiento y exploración; capaz de referir la desgracia y la redención, la muerte y la vida, la quietud y la metamorfosis.


30 Agosto 2013 03:00:30
La poesía es un diálogo
Hablar de un poemario resulta más complicado que de una novela o un libro de cuentos. No hay tramas o especulaciones a las que aferrarse para hacer tiempo mientras se piensa qué cosa más o menos válida es posible decir. La poesía se ciñe a un sentido de verdad en sí misma y lo exige para quien a ella se acerque. Por ello la crítica de poesía es tan escasa y, cuando se logra, resulta tan noble. Escribo sobre poesía y lo hago distanciado de teorías, escuelas y polémicas. Si a la poesía se le describe o se le explica, termina matándosele. La poesía es, sobre todo, una experiencia. Vital, sentimental, ritual. Por ello, para hablar de ciertos libros, hablo de la manera en que se han incrustado en mi historia.

Aquí, ahora, el libro es “Los Hábitos de la Ceniza”, de Jorge Fernández Granados.

Cuando un poeta llega a la vida de un lector y se vuelve parte de ella, se forma un vínculo difícil de romper. Así de etérea, la poesía precisa sólo de un instante para suceder para siempre. Las lecturas que surjan a partir de entonces, relecturas o descubrimientos, serán variaciones de ese momento. Formas del primer encuentro.

Conocí la poesía de Fernández Granados por un amigo. Yo tenía 23, 24 años y vivía en Monclova. Viajé un par dos horas para llegar a otra ciudad igual de perdida en el desierto coahuilense y mi amigo me recibió en su oficina. Nos saludamos y, antes de cualquier otra cosa, me dijo: “tienes que oír esto”. Tomó el libro que tenía sobre su escritorio, buscó la página y empezó a leer: “Los Ojos”: “Me pesarán tus ojos/ de aquí hasta la muerte./ La culpa ha sido mía:/ yo no debí mirarlos”.

Escuché atento el poema entero. Mi amigo me dejó a solas un rato; ¿sabía que me había hecho un gran regalo y que quizá necesitaba tiempo para acomodarme?

Un verso me viene a la cabeza cada vez que reconozco que un poema me llena con su eco. Es de la cubana Carilda Oliver Labra, un endecasílabo que encierra una tromba: “me desordeno, amor, me desordeno”. Eso sucede cuando un poema cala hondo. Uno se desordena, dulce, visceralmente, con o sin veneno y con o sin antídoto, uno se desordena.

No me separé del ejemplar de “Los Hábitos de la Ceniza” durante mi visita. Esa noche y la siguiente lo leí, y durante dos o tres días volví, sobre todo, al poema “Los Ojos”. No tardé mucho en hacerme con un ejemplar propio. Nunca pensé en pedirlo prestado y, como por descuido, quedarme con él. Yo necesitaba una copia de ese poema, cerca, ahora que había vuelto a acomodarme. Nunca me lo he aprendido de memoria, no lo he intentado, mejor leerlo: “Me pesarán tus ojos”.

Leonard Cohen afirma que “Cuando un poema te emociona es como un llamamiento que requiere una contestación. Quieres responder con tu propia historia”. Me gusta pensar en la poesía como un género dialógico (mientras que la novela es, digamos, un género autista).

La poesía no es una forma de la ficción. La rapidez del poema, su levedad, su intensidad que aspira a agotarse y a no durar sino en su fantasma, permite habitarla sólo fugazmente. Es más bien un género epistolar sin destinatario fijo, un diálogo que invita a integrarse a él, la autobiografía libre de grandes estructuras, un diario de perplejos.

La poesía despierta la escritura dormida. Han sido varias las ocasiones en que he “contestado” la poesía del autor. Es epígrafe, eco, tono, cita. La voz que nos conduce hacia el interior de las preguntas.

Hace unos meses, Fernández Granados publicó en Editorial Almadía una antología personal que recorre casi 20 años de su escritura poética: “Si en Otro Mundo Todavía”. Leo los poemas que son nuevos y son viejos conocidos. Y ahí está: “Los Ojos”. Se acomodan de nuevo, tienen otra vida. Este libro es la oportunidad perfecta para decirle a alguien: “tienes que leer esto”.
16 Agosto 2013 02:59:59
Algunos crímenes norteños
Con toda seguridad, el nombre de Francisco José Amparán le suena conocido al lector. Fue uno de los primeros escritores norteños en arrasar con los premios literarios que se daban en el país en los años ochenta y noventa. Representa un antecedente muy visibles del auge que está teniendo justo ahora la llamada -de forma genérica y un tanto irresponsable, si me lo preguntan- Literatura del Norte, y más específicamente, diría, de la literatura que se hace en Coahuila.

Narrador, periodista, profesor universitario, autor de libros de cuentos “La luna y otros testigos” y “Cantos de acción a distancia”, nació en Torreón, Coahuila, en 1957, y murió en 2010, en esa misma ciudad. Hay quien pondera el hecho de que nunca haya tenido la necesidad de vivir en la Ciudad de México para desarrollar una obra narrativa de gran valor, pero sospecho que detrás de esta elección de trinchera, más que la acostumbrada negación del centro, se escondía una declaración de principios y de amor a la tierra.

De escasa distribución hasta hace poco, su obra se mantuvo al margen de los reflectores; pero al mismo tiempo, nunca dejó de resultar significativa en el ámbito local.

Hoy en día sus libros están al alcance del gran público. Recientemente, editorial Jus publicó en coedición con el Ayuntamiento de la ciudad de Torreón una amplia selección de la obra cuentística del lagunero. El volumen toma el título de una de las mejores piezas de Amparán: “Atrapar una sombra”, e incluye treinta y dos narraciones que van de lo policial a lo sutilmente fantástico, pasando por las intrigas del amor adolescente y las peripecias del moderno hombre promedio; todo esto, narrado cada vez con un bien calibrado sentido del humor, una extensa variedad de recursos literarios y una prosa de estupendo ritmo, que vuelven al cuento un género mayor.

A finales de 2012, editorial Almadía reeditó la única novela del autor “Otras caras del paraíso”. Su mejor libro, según el propio Amparán. De corte policiaco, se trata de una obra pionera, pues se adelantó 20 años al describir la violencia que actualmente asola al país. Políticos sucios, crímenes despiadados, mujeres desaparecidas, intrigas ejidales, y el inusual tema del cine de extinción: el snuff. En el centro de esta historia hay un maestro del Tec campus Laguna metido a detective, alter ego del autor, que busca la forma de que algo de justicia suceda en medio de tanta oscuridad. Publicada dentro de la colección de novela negra de Almadía, se trata de un afortunado rescate, de la vindicación de un narrador de ley y de una excelente noticia para los lectores del género policiaco.

El autor de Algunos crímenes norteños achacaba la vigencia y la fuerza del relato policiaco a su capacidad para narrar el presente; así, afirmaba, al leer sobre guerras y desgracias cotidianas el lector puede aspirar a entender desde otro ángulo el desquiciado mundo en el que vive. Como buena heredera de esta tradición, Otras caras del paraíso se asoma al lado oscuro del alma humana, a su capacidad para negar el bien y actuar como si éste no existiera.

El nombre de Francisco José Amparán va íntimamente ligado a la historia de la literatura coahuilense. Los autores que la conforman en la actualidad crecieron en la intemperie, lejos de los beneficios de otras regiones, pero tuvieron el ejemplo de hermanos mayores aguerridos y diestros, como el lagunero. Leerlo quizá nos llevará a entender que esto no es un boom, sino los frutos de un crecimiento sostenido a lo largo de las últimas décadas. Pero leerlo, es, en principio, disfrutar de su sentido del humor y su dominio narrativo.
02 Agosto 2013 03:00:36
Vertiginosas mirillas del cuento
Hay autores que, una vez instalados en los ventanales panorámicos de la novela, desatienden las vertiginosas mirillas del cuento. Hasta hace poco, ese me parecía el caso de Alberto Fuguet (Santiago de Chile, 1964), a quien tengo por un autor diestro, muy apegado a la línea narrativa de los estadounidenses duros, realistas, urbanos, cosmopolitas y hasta cierto punto melancólicos (es decir, en pugna con una vida que saben que terminará aplastando toda ficción, y a sus personajes con ella).

Su carrera arrancó con una colección de cuentos “Sobredosis” (trabajados en el mítico taller del que considero el mayor novelista del Boom: José Donoso), y luego publicó varias novelas: “Mala Onda” (drogas, júniores, desmadre: una suerte de versión sudaca del más temprano Bret Easton Ellis), “Tinta Roja” (inmersión en los suburbios periodísticos, las páginas que cubren crímenes y donde las fotos siempre muestran sangre), “Por Favor, Rebobinar” (secuela donde los jóvenes personajes de su primer novela entran en la decadencia de la edad madura), “Las Películas de mi Vida” (historia de desarraigo y desamor que se construye mediante un top ten fílmico), “Missing. Una investigación” (quizá su mejor novela, no-ficción en la que rastrea a su tío, que se perdió en el agreste paisaje gringo) y “Aeropuertos” (novelita que vuelve al tema de la paternidad y la edad adulta). En 2004, tras casi 15 años de no publicar un libro de cuentos, el autor volvió al género con “Cortos” (Alfaguara), donde echa mano de varios recursos formales, como el guión de cine, el relato fragmentado, la entrevista y el cuento tradicional, con resultados gratos.

Leyendo este libro del también cineasta chileno me vino a la cabeza una pregunta de la cual me pareció vale la pena especular posibles respuestas: ¿Todo autor debe envejecer mientras permanece aferrado a sus temas de juventud? Los textos recorren territorios que son coto de caza del autor: el desconcierto de los jóvenes en el umbral del mundo adulto, el exilio voluntario que trae consigo libertad y desarraigo. Al principio tuve el temor de que en Fuguet la fidelidad temática trajera apareada un estancamiento formal y estilístico. Pero el narrador sale bien librado del conflicto. Los personajes son más redondos, más profundos en sus motivaciones, las anécdotas se diversifican, las metáforas se potencian; las tramas poseen complejidad, se ramifican sin perder consistencia; el pulso del autor es controlado y nunca se extravía. Y, además de estos logros en estructura y prosa, Fuguet muestra que, si bien su zona de interés es básicamente la misma, es su visión y los ángulos para abordarla lo que ha cambiado en él.

En sus primeros libros, el lector podía identificar al autor con sus personajes, su biografía latía en ellos. Ahora, el narrador se distancia lo suficiente para que surjan historias más complejas, diferenciadas entre sí, puesto que ha sabido integrar a sus intereses otros subtemas que han ido apareciendo en su vida, como el conflicto de la paternidad, el shock del regreso al propio país y la apropiación de ciertas atmósferas -desérticas, indómitas, arruinadas- de la literatura del “Deep South” estadounidense (como en el relato “Road Story”, al que un autor menos dedicado podría llamar novela corta).

Así, surfeando entre la contención de los diálogos cinematográficos y la concreción de la prosa de los cuentos más puros, con este libro Alberto Fuguet consiguió hacer coincidir movimientos antagónicos: adelante en la escritura, atrás en la mirada. Y eso es, a fin de cuentas, lo que se le pide a cualquier artista.
19 Julio 2013 03:00:50
Julián Garza y las figuras retóricas
La noche del martes murió Julián Garza. Su fama tuvo varios motivos: formó junto con su hermano el legendario dueto Luis y Julián; compuso corridos que interpretaron decenas de grupos y que ocupan las primeras páginas del manual de la música norteña: “Las tres tumbas”, “Pistoleros famosos”, “Nomás las mujeres quedan”, “El corrido del mión”.

Lo mismo que Catarino Leos, alma y voz de Los Rancheritos del Topochico, Julián Garza desarrolló un estilo personalísimo al escribir sus canciones. Me parece que ambos marcan los lados opuestos y complementarios del espectro letrístico del cancionero norteño. Mientras Leos toma la senda del buen decir y ofrece mensajes con contenido social, moralejas que se decantan por una propuesta constructiva, Garza hace rimar la batería pesada de las llamadas “malas palabras” para contar la picaresca del ranchero, las andanzas violentas, los hechos de sangre y el amor y el ardor de quien lleva una vida al margen de las convenciones sociales, al otro lado de la ley.

Garza entendió que esta nueva épica del ladino norteño contemporáneo –pistola, botas, sombrero– necesitaba un personaje ad hoc, y creó al Viejo Paulino: un sembrador de mariguana que se las hace ver negras a las autoridades y sabe vengarse en tiempo y forma; pero también un enamorado sin remedio que no se conforma con lo suyo, y quiere lo de más allá. En sus videos musicales, Garza encarna a Paulino, y éstos crecen hasta ser suertes de cortos compuestos de chistes, relato y música.

Cuenta la leyenda que cuando era niño, Julián escuchaba a su madre cantar la música norteña de aquellos tiempos. Ese, dicen que decía el cantautor, fue el origen de su vocación por los versos destinados al riel de las notas. Lo que resulta incuestionable es la maestría de sus letras: un dominio total sobre la narración, una capacidad de concreción que no dejaba fuera el remate lírico, el sentido del humor más negro y explosivo, la crónica de la irreverencia y la incorrección, la habilidad para explotar las formas cerradas de la métrica propensa al octosílabo y la estructura compuesta de estrofas y coro.

Hacia el final de la canción conocida como El corrido del Viejo Paulino, luego de escapar del asedio de los federales, el personaje decide vengarse de quien sospecha que lo denunció: su compadre. Se apersona en el rancho del interfecto, y en ese momento, Julián Garza se saca de la manga una serie de versos que no dejan de asombrarme: “Habrá muchas despedidas/ pero como esta ninguna,/ una, dos, tres, cuatro, cinco,/ cinco, cuatro, tres, dos, una”. Con un conteo hacia delante que luego revierte su orden, el autor marca el clímax del relato: cinco disparos provocan una cuenta regresiva que termina en un último aliento. Entre las figuras del lenguaje no puedo recordar ninguna que proponga esta sintaxis que avanza y retrocede con exactitud –construyendo dos periodos en espejo– para contar dos cosas totalmente distintas. Si no existía, entonces digamos que el libro de preceptiva necesita una adenda, y bauticemos esta figura como la Paulina.

El miércoles, el compadre Ignacio Valdez convocó a los amigos a una cantina saltillense para honrar la partida de don Julián Garza. Brindaron, seguro, por el Viejo, por sus canciones, porque “madre” rime con “partirle la” de aquí a la eternidad.

Ya me estoy aprendiendo una de sus infaltables en el acordeón. Ando en la fase de los arreglos. Hay que darle hasta que salga. Un homenaje personal: la idea es que una de las primeras canciones que Los Primordiales del Norte (proyecto musical de su s.s), cantará, será, tendrá que ser, “Era cabrón el viejo”.

Porque, sí: era, es y lo seguirá siendo.


09 Julio 2013 03:00:25
Entre la soledad y estar solo
Compartir el espacio de las interacciones modifica incluso nuestras conductas más simples: caminar, estar de pie, sentarse. De alguna forma, nos volvemos hacia afuera. Con la expansión caníbal de los espacios de socialización que la red ha propiciado, lo público pareciera volverse total. Sus dinámicas se mantienen latentes a toda hora, sin importar nuestra ubicación, ocupación u horario. Todos podemos exhibir una fotografía, compartir una idea, balconear una emoción, comentar, hacer berrinche, y que el mundo se entere.

Estamos alejados físicamente, pero en nuestros pensamientos y actos resuenan los pensamientos y los actos de otros. La soledad es eso mismo, aunque en la era de las comunicaciones, suele desdeñarse lo que no es verificable en el exterior; entonces, el paisaje interior se devalúa. Paul Auster dice: “Es sorprendente que no podamos comenzar a comprender nuestra relación con los demás hasta que estemos solos. Y cuanto más solo está uno, cuanto más se hunde en la soledad, más profundamente siente esa relación”.

Y no es que la posibilidad de estar a solas esté en extinción, sino que sobrevive en reservas. El espacio íntimo: la habitación cerrada, las horas sin nadie, el tiempo no compartido. Meditar, recordar, inventar. Un espejo en el cual poder mirarse: ahí donde no es posible ocultar nada, donde no vale la pena engañarse porque no hay nadie a quien convencer.

Los versos de Juan Ramón Jiménez, “En la soledad no se encuentra/ más que lo que a la soledad se lleva”, dicen que el tiempo de estar solos no se trata de abandonar el mundo, ni de posponer nuestro trato con las cosas que quedarán afuera; se trata más bien de llevarnos esos asuntos, esas personas, como el equipaje que habrá de cruzar junto a nosotros hacia ese otro espacio en que podremos verlos, pensarlos de distinta manera y, por tanto, comprenderlos de otra forma, quizá más profunda y plena.

“Entre la soledad/ y estar solo,/ escojo lo segundo./ Lo mismo entre la dicha/ y ser dichoso:/ lo segundo.” Este fragmento del poema “La disyuntiva” de Luis Vicente de Aguinaga hace clara distinción entre un vago estado de aislamiento y el estar solo como una construcción (es decir, cuando optamos por convivir con nosotros mismos). Diferencia sutil: la soledad no es un lugar lejano y egoísta hacia donde nos desterramos, sino un espacio para conocernos y reconocer lo que hay de los demás en nosotros.

En la escuela se castigaba al niño mandándolo a leer. Irse con un libro, solo al rincón, era un estigma. Allá, lejos del grupo, está el lugar del extraño, el paria. Así se nos enseña a ver a quien cultiva sus espacios íntimos. Como un ermitaño. Y no, en realidad: “Retirado en la paz de estos desiertos,/ con pocos, pero doctos libros juntos,/ vivo en conversación con los difuntos,/ y escucho con mis ojos a los muertos.” El soneto de Francisco de Quevedo de donde proviene esta estrofa celebra las horas que se ocupan en la lectura de esos tomos que “o enmiendan, o fecundan mis asuntos”. Enriquecer: de eso se trata ese ejercicio que tiene su cumplimiento en el territorio de lo singular, lo individual, lo que no está hecho para exhibirse. Como la fe, como la intuición.

En estos tiempos en que nos dejamos arrastrar por modas, tópicos virales, artefactos desechables, atajos que extravían, noticias que no lo son, resulta sencillo confundir las cosas. La tecnología con progreso. La popularidad con la universalidad. Lo inmediato con lo esencial. La multitud con las personas.


21 Junio 2013 03:00:37
Ciudad Juárez y el poema triste
La frontera norte tiene dos emblemas: Tijuana y Ciudad Juárez. La primera tiene ya un lugar como laboratorio cultural donde se amalgaman y reconstruyen identidades. Por otro lado, la inercia y el sensacionalismo de los mass media han provocado que Juárez represente el máximo coto de violencia en nuestro país, una tierra de nadie sin otra pulsión que el crimen.

Pero el prejuicio se tambalea. La vida cultural en Juárez fue motivo de admiración entre quienes habitábamos el norte en la década de los 90 y los primeros años del nuevo siglo. En fechas recientes, la oleada literaria que se gestó en aquel entonces ha entregado voces y propuestas novedosas, y se ha ganado la atención nacional.

Pienso en las novelas de César Silva Márquez, donde los mundos hostiles de la intemperie y la soledad se habitan a fuerza de imaginación y persistencia; en la poesía de Miguel Ángel Chávez Díaz de León, su erotismo provocador y su acertado sentido del humor en poemas de afilada efectividad; en la diversidad de registros de los cuentos de Blas García Flores, cuyas tramas bien delineadas conducen al asombro; en la poesía de José Joaquín Cosío, donde la precisión y la emotividad dibujan la otredad, con su misterio que define nuestra vida.

“Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar, pero debes saber que ya no hay río ni llanto” (FCE, 2013) es el libro de Jorge Humberto Chávez (Ciudad Juárez, 1959) que mereció el más reciente Premio Aguascalientes de Poesía. Se trata de un poemario melancólico, agreste, donde se cantan las pérdidas que el tiempo y la violencia han traído al territorio familiar, a la biografía, pero donde asimismo se celebra el encuentro con las cosas nuevas o, mejor, con la perspectiva que de nosotros mismos y nuestros apegos nos da la distancia, la experiencia y el haber navegado los trances del desengaño.

En su talante sereno, libre de altibajos, aborda los temas de siempre: el amor, la infancia, los viajes, la muerte. A medida que se avanza en la lectura, el libro se tiñe de un barniz de fatalidad: no importa qué tan violenta sea la realidad, o que tan brutal haya sido la vida, debió ser así, de ese modo precisamente, para llegar al tiempo exacto en que estamos. No hay forma de cambiar el pasado, pero hoy podemos entenderlo, contarlo: “Yo tenía un sol solo en el patio de mi infancia/ tenía un árbol sencillo muy cerca de mi puerta un simple árbol/ yo tenía un perro pequeño de ojos transparentes/ amigos que la vida retiraba de uno en uno”.

Aquí está el norte: ese país que apenas se empieza a descubrir. Los elementos más comunes en el imaginario colectivo recorren el libro, pero adquieren una justa medida, la claridad del testimonio de primera mano. La poesía de Chávez no cae en lo panfletario: la gran historia importa porque es parte de una historia personal, singular, privada; la colectividad se revela como una suma de individuos capaces de tocarse en la vida y en la muerte.

Abundan las descripciones casi desnudas, la narración directa, la parquedad de la crónica. Pero de ese estrato surge luego el destello, la vibración de la palabra inesperada que da un giro a la realidad, resignificándola. Empezar en la superficie de las cosas para adentrarse en su esencia; escalar en intensidad poética y descomponer la luz del lenguaje en el prisma de la experiencia.

Así, lo que empieza siendo una descripción de la morgue, termina intensamente: “y esa muchacha rubia de senos desnudos que tiene su boca en tu oído/ y te narra los sueños que perdió en la eternidad”.

En una entrevista, el autor declaró que no reconocía en el libro ningún poema feliz. Y es que la melancolía es aquí la mejor forma de entender, de arribar a la plenitud.

07 Junio 2013 03:00:53
Escribir desde la sombra
Howard Phillips Lovecraft nació y murió en el poblado de Providence, Rhode Island (1890-1937). Maestro indiscutible de la literatura de terror, el “Prisionero de Providence” la renovó al agregar a la usual historia de aparecidos un “elemento cósmico”: en lugar de convocar a vampiros y fantasmas, en sus narraciones encontramos monstruosas razas prehumanas interestelares, así como dioses y seres venidos de dimensiones alternas, oscuras. Considerado por algunos como un escritor menor dedicado a tareas nada prestigiosas, Lovecraft escribió una obra cuya vigencia estriba en la cantidad de nuevos lectores que convoca.

Muchos de nosotros, aún sin saberlo, hemos tenido contacto de un modo u otro con el mundo de Lovecraft. Existen infinidad de manifestaciones culturales y obras creativas que adoptan elementos de sus cuentos y les dan nuevos giros. Juegos de rol, historietas, series de dibujos animados, figuras de acción, películas, grupos de rock.

Su abuelo llegó de Inglaterra a Nueva York y fue el primer Lovecraft que se vio obligado a buscar un trabajo para sostener a su familia. Estableció residencia americana, pero rehusó adoptar cualquier costumbre de la tierra agreste a la que había llegado. El padre del escritor era vendedor, un juerguista mujeriego, autoritario y neurótico, que se ausentaba largos periodos de casa. Cuando Howard tenía 3 años, Winfield Scott Lovecraft fue internado en una institución mental, donde murió de sífilis cinco años después. Su viuda, Sarah Susan Phillips, descargó sus frustraciones de mujer burguesa venida a menos sobre su único hijo. Sobreprotectora y supersticiosa al educarlo, fue con toda seguridad la causante de muchas de las incapacidades del adulto Lovecraft: comprender el avance científico, adaptarse a los cambios, establecer relaciones sentimentales constructivas, aceptar lo diferente.

Lovecraft se sintió siempre un extraño en el mundo moderno. Su régimen ideal era la monarquía, consideraba el dinero una vulgaridad, y al conocimiento como el mayor tesoro del hombre (los protagonistas de sus cuentos son hombres cultos, de ciencia). Xenofóbico declarado, la mezcla y cercanía prosaica de distintas razas propiciada por las grandes urbes -residió en Nueva York por corto tiempo- le producía pavor.

Autor de 60 relatos de diversa extensión y una ingente cantidad de textos ensayísticos, periodísticos, poéticos y epistolares, Lovecraft refiere en su literatura un universo de presencias extrañas que se materializan desde un mundo ajeno al comúnmente percibido por los hombres. En el ciclo de “Los mitos de Cthulhu” el autor desarrolla toda una mitología de razas del espacio exterior, seres demoníacos que habitan dimensiones alternas, criaturas venidas de oscuros universos que gracias a un delicado equilibrio no son vistas por los hombres, poderosos monstruos que duermen en las profundidades del mar.

Nunca vio publicado ninguno de sus libros. Su obra fue rechazada por casi todas las revistas especializadas de la época, tachada de menor o deficiente durante mucho tiempo. Es el iniciador de la modernidad del género, la referencia inevitable.

H.P. Lovecraft nunca pretendió renovar nada, simplemente escribió un arte acorde a sus preferencias y su carácter. Los cuentos fantásticos, escribió, “me producen una satisfacción personal y me acercan a la vaga, escurridiza, fragmentaria sensación de lo maravilloso, de lo bello”. Escribió para exaltar “la emoción más antigua y más intensa de la humanidad”: el miedo. La parte irracional que nos define, que sostiene al mundo por el que transitamos todos los días.

24 Mayo 2013 03:00:31
Sobre ‘Ciudad fantasma’
Un lector que se acerca a cada libro con atención, con intención de diálogo, que se aventura entre géneros, épocas, tonos, clásicos y novísimos. Estoy convencido de que en la cabeza de cada lector así hay por lo menos una antología en potencia. La del antologador es la actividad que empata como pocas el ámbito íntimo y público de la lectura.

Una selección decantada a lo largo de los años, las lecturas y las relecturas, producto de los ires y venires del lector por los estantes de su biblioteca. Una antología constituye un viaje en el tiempo. Un recorrido por siglos de escritura, de imaginación.

Estas definiciones los elaboro pensando en “Ciudad Fantasma” (Almadía, 2013), elucubrando su fragua, las sesiones en que Vicente Quirarte y Bernardo Esquinca convocaron fantasmas y leyendas para que formaran parte de estas páginas oscuras.

Quizá ocurrió como lo cuentan en el prólogo: ambos, mientras paseaban por la calle de Donceles, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, el mítico lugar donde se suceden una tras otra librerías de viejo, recibieron el encargo de Gregorio Monge, a quien describen como un “lector ágrafo, desinteresado y hedonista, erudito clandestino, ex­plorador de toda clase de bajos fondos”. El encargo fue frontal, como venido de un oráculo: “Ustedes que frecuentan las oscuridades del alma, ¿por qué no hacen un libro donde elijan textos de autores que hayan escrito cuentos sobrenaturales que tengan como escenario o personaje a la Ciudad de México? Toda gran urbe es, en metáfora del poeta Francisco Hernández, un imán para fan­tasmas. La nuestra, con su antigüedad y su superposición de tiempos, sudores, razas, lenguas y pasiones, es uno de los más grandes acumuladores de energías e historias.”

¿Tenía idea del maleficio que conjuraba Monge? ¿Existe, o es un fantasma más de esa calle donde se reúnen todos los fantasmas?

Todos los cuentos incluidos son ampliamente recomendables. Algunos recrean leyendas de rancia tradición. Otros describen a los extraños personajes que rondan por las calles de la ciudad. Otros más dan cuenta del cataclismo que deberá poner fin al caos que alberga una de las urbes más grandes del mundo.

El botón de muestra: “Venimos de la tierra de los muertos”, cuento de Rafael Párez Gay que teje una historia que se alimenta del presente y el pasado, a través de las sesiones espiritistas a las que llega el protagonista, un hombre maduro y vencido por el peso de la vida. En esas sesiones conoce a Aniela Long, una médium, por cuya intervención recibirá un mensaje macabro, que lo llevará a replantear sus creencias. El cuento señala que hay algo más tétrico que comunicarse con los muertos: comunicarse con los vivos cuya vida espejea la nuestra.

“La Llorona” de Artemio de Valle-Arizpe, “La Cena” de Alfonso Reyes, “Teoría del Candingas” de Salvador Elizondo, “La Fiesta Brava” de José Emilio Pacheco, “La Noche Oculta (fragmento)” de Sergio González Rodríguez, “La Noche de la Coatlicue” de Mauricio Molina, “¿Con qué Sueña el Vampiro en su Ataúd?” de José Ricardo Chaves, “Los Habitantes” de Héctor de Mauleón, “La Mujer que Camina para Atrás” de Alberto Chimal; entre otros.

Quince cuentos a los que se unirán otros 15, con el segundo tomo de la antología, que verá la luz en unos meses. Ciudad fantasma es por su alcance y contenido un proyecto amplio, una propuesta del canon del relato fantástico de la Ciudad de México.

El ejercicio de antologar es una forma de la crítica, y la crítica es una manera de buscar compartir un entusiasmo. En el caso de “Ciudad Fantasma”, es más bien compartir los miedos. Miedos, nunca se tienen demasiados, y en esta selección cada quien puede encontrar nuevas dimensiones del temor y el asombro.
19 Abril 2013 03:00:02
El campo literario
Lo que a veces falta es, sobre todo, coherencia. Buscar una actitud crítica más allá de la acomodaticia muina-corta-cabezas con que ciertos escritores pretenden desacreditar lo que no les acomoda. Tejer más fino, pensar con tiento, ¿no es lo que se espera de quien trafica con ideas y trabaja el lenguaje?

Seguido algún escritor maldice los premios literarios, afirmando que no sirven para nada, que la “gran obra” se escribe al margen de cualquier ánimo de reconocimiento. Lo que no aclara tal lumbrera literaria es por qué su ficha de autor consigna los tres premios que ha ganado, de esos, mismos que estorban y son manejados por mafias, que sólo los ganan los fariseos. Cada vez que leo algo así, me acuerdo de una canción de Joaquín Sabina donde un amante malherido recuerda que la pérfida que lo abandonó “siempre tuvo la frente muy alta,/ la lengua muy larga/ y la falda muy corta”.

Sujetos lo suficientemente coquetos para entrarle a la pasarela del premio, lo suficientemente orgullosos para olvidarlo, y lo suficientemente lengualargas para dictaminar que esos concursos son un insulto a la creatividad y están de más en la existencia.

Aunque, quizá algunos perpetraron un acto de justicia social y rechazaron el dinero, o (mira que son desprendidos) lo tiraron al pasar por el río, o lo regalaron a quien sí lo necesitaba.

La crítica es un ejercicio delicado. Es grande el riesgo de caer en el reduccionismo, la hipocresía y el patanismo gratuito. Erigir reyes, condenar a muerte o perdonar vidas, no son esas las finalidades de la crítica, tampoco poner estrellas o mandar al rincón de los castigos. Ejercerla es, sobre todo, detenerse y pensar un mismo asunto desde varios ángulos.

El fenómeno de la “Ilusión de conocimiento” opera cuando nos centramos en los retazos de información que poseemos y, desestimando que algo o mucho pueda escapársenos, confundimos un vistazo parcial con la totalidad. “El mundo es más complejo que nuestros simples modelos mentales”, dicen Christopher Chabris y Daniel Simons, psicólogos autores de un completo estudio sobre las ilusiones cotidianas, el divertido tomo “El gorila invisible. Cómo nos engaña nuestro cerebro”. Divertido y “desalentador” libro, pues me decía un amigo: “Es triste saber que no puedes confiar en tu propia mente”. “Bueno -contesté-, quizá podamos confiar más en la experiencia y depender menos de percepciones apuradas.” “Eso es trampa”, acotó, “tú ya sabes en qué termina el libro”.

Por otro lado, la “Ilusión de causa” nos hace “ver patrones donde no los hay” o percibir mal los que sí existen. “Nuestras creencias causales intuitivas nos conducen a percibir patrones acordes a ellas”, es decir, somos propensos a ver lo que confirma nuestros prejuicios y a ignorar lo que los pone en duda. La creencia se convierte en explicación. Saltamos caprichosamente de la correlación entre factores a la causalidad inamovible aunque nos falten piezas para ello. Juzgamos desde la comodidad, concluimos aquello que nos consuela o nos justifica.

En el campo de la física, una Teoría del Campo Unificado es una ilusión cada vez más lejana en el horizonte. Quizá la idea de que una sola teoría explique el comportamiento de la materia y la energía es sólo la extrapolación a niveles subatómicos de una tentación mental. Más bien, las teorías se vuelven más complejas, se ramifican.

La acumulación de experiencia es la única forma de driblar las ilusiones cotidianas (Chabris/Simons dixit). En un salón lleno de pericos gritando y vociferando, seguramente no notaríamos al búho silencioso.

Es el que observa, el que no se suma al ruido.

Es la irregularidad en la parvada.


05 Abril 2013 02:00:29
El campo literario unificado (I)
El sueño dorado de los físicos teóricos modernos es una teoría única que explique todas las fuerzas que afectan a las partículas subatómicas; es decir, que agrupe la interacción de los cuatro campos que actúan sobre la materia. Tal monstruo hipotético es llamado “Teoría del Campo Unificado”. Hasta ahora, ha sido imposible conseguirla. Este resumen apurado podría enfadar a un científico serio -o a Sheldon Cooper-, pero me ayuda a ilustrar un fenómeno que la psicología cognitiva identifica como “Ilusión de causa”, y que fluye mucho por las avenidas literarias de la vida nacional.

Supongamos: “X” ha escrito un libro, lo envía a un concurso, espera tres meses el fallo del jurado, finalmente gana alguien a quien no conoce. “X” entra a su facebook, twitter o blog (no: no está de moda), se calza su actitud más cínica o de plano se enfunda en superioridad moral, y despotrica contra tirios y troyanos, condena en grupo a los concursos literarios, dice que deberían desaparecer, todos están amañados, las mafias literarias los tienen copados. En 10 segundos: 700 likes o cien retwitteos.

La idea de que un cónclave de patibularios individuos domina el mundo tras bambalinas siempre ha atraído a las mentes imaginativas. Pensar que la culpa la tiene el Complot Mundial, los Innombrables, Quienes-todos-sabemos. Las teorías conspiratorias poseen una narrativa identificable, ofrecen explicaciones simples a las interrelaciones complejas de múltiples factores, y confunden correlación con causalidad. Cancelan el análisis detallado y particular a cambio de una explicación manejable, estandarizada y fácilmente digerible.

De ahí la tentación de explicar el mundo dividiéndolo en buenos y malos. Los malos, desde luego, son los otros; de preferencia, aquéllos con quienes no la llevamos, o a quienes nunca hemos tratado.

Resulta sospechoso explicar cada mala jugada del destino, cada mal pase nuestro, achacándoselo a un grupo imposible de verificar, conformado por gente esencialmente malintencionada, capaces de manipular la realidad con precisión.

No niego la existencia de individuos que han sabido encaramarse en lugares estratégicos para influir en ciertas dinámicas. Jurados profesionales, editores resentidos, burócratas con talento para la intriga, críticos chafas, escritores malos, círculos cuadrados. Lo evidente no necesita segundas vueltas. Pero, ¿el mismo esquema servirá para explicar el universo entero?

Coincidir con el gusto del jurado no prueba nada. Claro: beca bien dada, cayó cerca (o, de plano, me tocó). Dar el beneficio de la duda a una escritura con la que no tenemos la mínima coincidencia es un gesto de generosidad más bien escaso.

¿Será que la maledicencia y la amargura, son posturas que hemos aceptado como signos de temperamento crítico y/o creativo? Dar carpetazo a aquello que no nos beneficia (y a veces ni nos perjudica) diciendo que hay mafias que todo lo ven y lo oyen (y se lo reparten), ¿no es exagerar un poco?

En el cuento “Historia prodigiosa”, de Bioy Casares, el narrador se disculpa por empezar a describir a su personaje con una serie de imágenes enigmáticas, que, intuye, quizá no sean pertinentes. “La mente humana trabaja con frivolidad”, se disculpa. Apunta a que dichas imágenes se pegaron a su idea del personaje. Son su agregado, no un atributo natural.

¿Juzgamos con frivolidad? ¿Condenamos con base en anécdotas morbosas (que convencen porque emocionan) y no a pruebas? ¿Concedemos en automático la razón sólo a lo que nos afirma? ¿Por qué no dudar de las trampas de la mente, de la insidia ajena? ¿Por qué la teoría del campo literario unificado debe descansar en la explicación tan a modo pero tan tambaleante del rumor y la conjetura?

En dos semanas le
seguimos.
22 Marzo 2013 01:59:51
El cazador en el paisaje
1. Regido por el azar, el poemario Satori (Era, 2012), de León Plascencia Ñol (Jalisco, 1968), concilia tres poemas que no nacieron juntos, ni siquiera cerca, geográfica o temporalmente. Fechados en 2003, 2004 y 2007, se escribieron en Seúl, Bogotá y Boca de Iguanas. ¿De dónde proviene entonces la sensación de conjunto? Más allá de tratarse de tres contemplaciones, momentos transidos de voces y preguntas, formas de fragmentar el horizonte para habitarlo, los poemas comparten algo que podríamos llamar, de manera casi incidental, “conclusiones”.

Escribimos algunos libros y otros se escriben en la discontinuidad volitiva, en los intersticios.

El paisaje es una isla. El libro, un archipiélago. La unidad es artificio. El orden es efecto secundario de nuestra participación en el contexto. El instinto que afecta a la razón. La disolución del yo en el paisaje; la integración del paisaje en el yo; las tensiones resultantes. El paisaje es transitorio. El instante es construcción movediza.

2. El pentimento es la corrección, “arrepentimiento” del pintor que modifica el cuadro a mitad del proceso. Quien se corrige en este primer poema no es el poeta, sino el paisaje. Se rehace a base de grietas, quebraduras. Un bosque de bambúes atraviesa de verde la montaña roja. Una astilla de luz irrumpe en el instante nocturno. El principio de la “no-acción-todavía” es un zen que se sabe transitorio y caza su propia irrupción. Los alfabetos orientales se componen de paisajes miniaturas. Lo mismo “Pentimento”, primera parte del poemario. Haikús no convencionales, ideogramas glosados, pinturas que resumen la vista.

3. El poema “La cordillera” se asienta sobre la precariedad: las cosas están a punto de desaparecer. Un velo de distancia las vuelve inalcanzables. Vemos, y al instante dejamos de ver. Contemplación panteísta: Dios está en el légamo y la montaña vigila la noche; sólo el mar que está lejos entiende las palabras del amor. El poema no asegura que determinada cosa haya sido vista. Mirar significa modificar. Se quiere avanzar, extender el brazo y comprobar que las montañas que veíamos por la tarde están ahí. El paisaje, extenuado, frágil, es ilusorio: “No queda su imagen/ frente al día, sólo se evapora.”

4. En “Satori” hay la certeza: el paisaje se deshebra. El mundo que nuestros sentidos encuadran es un tapiz que pierde hilos, e igual que a la memoria reparamos su desgaste con elementos ajenos. Más fragmentado, más cruzado por voces, la divisa espiritual del poema es que resulta imposible agotar las posibilidades del instante. Falsamente narrativo, toma las herramientas del diario, escritura inacabada, para emprender la crónica deshilada de la memoria y sus trampas. Laberintos hechos de olvido y equívoco. El poema intenta cercar el instante desde todos sus frentes. Escenas, citas, diálogos, reflexiones sobre la propia construcción. Al centro, una mujer, una sensación de distancia, una pregunta que se interrumpe. Una perplejidad.

5. Contrabando creativo: citas, traducciones, intervenciones, glosas: hacer colindar el delito con el mito.

6. El viaje ordena la poética del autor: la agenda del cazador de paisajes. El cazador en el paisaje. Los poemarios Zoom (2006) y Revólver rojo (2011) forman con Satori una trilogía inesperada. Son investigaciones de cómo el paisaje encarna en la escritura. El autor confirma esto en su “Adenda” a Revólver rojo, donde señala a los libros como poemarios de “viajes y mudanzas, cambios y dudas”.

7. Satori es iluminación. Luz que para compartirse no se explica: se visibiliza. Poemas evidencia de un mundo. El mapa no es punto de partida sino consecuencia.

Poema es paisaje. Y no viceversa.

08 Marzo 2013 04:00:03
La frontera me cruzó
Incluso para ponerme nervioso me gusta ser ordenado. Hace un par de semanas, cuando acababa de cruzar la aduana en el aeropuerto internacional de Dallas/Fort Worth, me di cuenta que había dejado los apuros en la bandeja del control de seguridad. Gastar los nervios desde antes, preparando maletas, despertando de madrugada, llegando con tiempo a la sala internacional, cumpliendo paso a paso ese largo ritual antes del despegue de un vuelo, es ser previsor. Como cuando uno hacía la tarea el viernes, temprano, para no volver a abrir ni por error el libro de matemáticas el fin de semana. Sé de lo que hablo: yo era un nerd y lo hacía. Hay opiniones polémicas (en mí, al menos, la provocan) acerca de si lo sigo haciendo y lo sigo siendo. En fin. Es un entrenamiento tal vez prescindible, pero forma el carácter. Como escribir sonetos antes de lanzarse al verso libre.

Iba en camino a la lectura bilingüe de “La Noche Caníbal”, “The Cannibal Night”, publicada hace unos meses por la independiente Alligator Press, en traducción de George Henson. El evento fue patrocinado por el Center for Translation Studies, un programa académico de la University of Texas at Dallas, dirigido por el profesor Rainer Schulte, y del que George, quien planeó y organizó la lectura, forma parte como académico.

Haría frío en esos días. George me lo advirtió en un meil de última hora y pude cargar con mi chamarra. Pero debí llevar dos. Ante el calor del público que casi llenó el Jonsson Performance Hall durante la hora y media que duró la lectura, apenas salimos, en el exterior nos aguardaban vientos gélidos. No impidieron que fuéramos a cenar y conversar, y luego llegara yo al hotel con el termostato personal en función ventilador.

Preparamos la lectura vía correo electrónico. George y yo decidimos turnar mi lectura en español con la suya en inglés de los cuentos “Siempre Habrá Alguien Detrás de Ti”, cuyo narrador en segunda persona lo vuelve una pieza curiosa, “El invierno en Devonshire”, quizá el cuento que más me gusta del libro, y “La Noche Caníbal”, que entrama las voces de quienes habitan un pueblo minero coahuilense.

Sé que descubro el hilo negro, pero, ¿a quién no le toca descubrirlo una o dos veces en la vida? Los cuentos corrían bien en inglés; la lectura de George ―traductor hábil, cercano y comprometido, me consta― los hacía lucir de una forma que yo nunca había intuido. Qué cosa extraña es la escritura que sobrevive y florece en un medio distinto al que nació.

Luego de una sesión de preguntas y respuestas, George y yo firmamos libros, dividiéndonos los territorios de portadilla y portada.

Se me ocurrió que sería un buen juego traducir nuestras respectivas dedicatorias. Pero no, ya había estado George en funciones de traductor simultáneo (que se cobran más caras, dijo con una sonrisa) durante las preguntas, y haciendo milagros con las bromas y comentarios que hacía yo al principio de mis intervenciones, con los que aligeraba la tensión, la mía, para que llegaran íntegras al público. Eso merece, al menos, una medalla.

Miguel Santana, el editor de Alligator, narrador él mismo, quien luego de una lectura generosa de mi libro determinó, hace un par de años que iniciamos el diálogo, que eso se podía oír bien en inglés, llegó desde temprano de Salt Lake City y estuvo presente durante la lectura. Al final, los tres nos tomamos la “foto pal
facebook”, que todavía no subo, por cierto.

Al día siguiente, ya en funciones de turista, George me dio un tour en metro por el centro de Dallas, donde comimos. Al rato nos encontramos con Miguel para ir a un bar irlandés donde las horas se pasaron sin sentir. Hablamos de libros, de la lectura, de nuestros países, poniéndonos, como corresponde, cada vez más densos y filosóficos. Como puede ocurrir cuando estás con dos tipazos. Al final, alegué el sentimentalismo del mexicano y nos despedimos entre abrazos.

El viernes volé de regreso. Con la sensación de no haberme movido tanto como yo creía. El mundo giró y yo más bien dejé de sujetarme y fui a caer en otro lado. Es difícil de explicar. O no tanto. Como dicen los Tigres del Norte: “Yo no crucé la frontera,/ la frontera me cruzó”.
22 Febrero 2013 04:00:33
Escribir la propia vida
La autobiografía es un género que toma presencia en estos días. ¿Escribir a partir del yo es renunciar a la ficción? Flaubert afirmó que madame Bovary era él. Cervantes se paseó por las páginas de su Quijote. De antiguo, los autores se han tomado como referencia en sus relatos, han protagonizado cameos en sus ficciones, han moldeado sus personalidades y biografías con los instrumentos que mejor conocen, las palabras.

El pacto lector que exigen estos libros es ambiguo. Además de suspender su incredulidad, quien lee debe, en principio, dar por buenos los indicios de “realidad” que hay en el relato. Pero aún así, por más tentaciones que se encuentren en el camino, no debemos perder de vista un asunto: la base de todo arte es la manipulación de una materia.

Me parece que la curiosidad que aporta este momento en que haya libros autoficcionales circulando en el mercado hispanoamericano, es que éstos parten de la autobiografía, pero trabajan con las herramientas y las etiquetas de la novela. Lo notable, entonces, no es que los autores escriban sus vidas e ideas, sino que los productos surgidos de tales esfuerzos ocupen el centro de la obra.

Los géneros comúnmente considerados marginales -esos que se escriben a espaldas de la novela, el cuento, la poesía, el ensayo- son las zonas naturales de la escritura del yo. Las correspondencia en que Paul Auster y J.M. Coetzee discuten y se acompañan, reunida en “Aquí y Ahora. Cartas 2008-2011”. “Joseph Anton”, las memorias de Salman Rushdie de sus años de ocultamiento a raíz de la fatwa, y cómo consiguió sobrevivir a la cobardía de los gobiernos y al fanatismo religioso. Los relatos y ensayos autobiográficos de Richard Ford reunidos en “Flores en las Grietas”, donde habla de sus años de aprendizaje, sus lecturas y sus recuerdos de infancia. “Testamento”, la recopilación de entrevistas de Gombrowicz, donde el autor discute su poética y relata su vida. Libros de viajes, crónicas personales, testimonios, diarios. Escrituras del yo. Autorreferenciales y autoficticias por igual. Los intersticios, los parpadeos entre un libro y otro, las precuelas -ese género tan de nuestro tiempo- del escritor que conocemos y leemos. No, no hay géneros grandes o menores: un género reviste la grandeza de quien lo practica.

Alabar la honestidad de una ficción es caminar sobre un hielo muy delgado. Un narrador es siempre un ser malicioso: descubre asuntos que han permanecido ocultos, revela condiciones que no se han compartido, encuentra el hilo que une la dispersión de la vida. No revela una verdad preexistente: construye una verdad inédita. A estos afanes los mueve, al igual que al resto del arte, la curiosidad, la ignorancia, el morbo, la provocación, la necesidad de llenar un vacío. La honestidad en el arte es un asunto marginal, un efecto de la forma. No tiene la culpa el escritor, sino quien cree a ciegas.

La ficción no es una mentira. Es el espacio donde dos colores se solapan para inventar uno nuevo. Una zona donde la verdad del mundo -verdad que se sustenta de la autoridad del autor- se alcanza mediante la imaginación y la memoria. Una fuerza que al modificar nuestra forma de mirar la realidad, transforma a esta última. No importa si las cosas sucedieron así sin lugar a dudas, sino que así ocurren dentro de nosotros y -parafraseando a Richard Ford- rompen el hielo que cubre nuestra percepción.
08 Febrero 2013 04:00:24
Don Rosalío Villa escribe a mano
Cuando lo veía desde mi país infantil, ese lugar donde las cosas que no suceden a ras de piso tienen la majestuosidad de las constelaciones, mi abuelo era un gigante. Mi abuelo materno, el único al que siempre llamé así, con los diminutivos del caso. Mi abuelo paterno fue una ausencia que no había que nombrar; un autoexiliado que había perdido para siempre la dignidad del título.

En un poema, Yehuda Amijai, dice: “Mi padre era un árbol en un bosque de padres”. Los niños se cobijan no sólo bajo la sombra de los padres, también bajo esa otra más antigua y sabia. En esa floresta, mi abuelo era un pino altísimo y fuerte, ancho de grandes raíces. Nunca lo vi usar zapatos o cualquier calzado más cerrado que los huaraches que le dejaban al descubierto unos pies curtidos por los elementos. Pies nudosos y en contacto con la tierra. Raíces.

Rosalío Villa Chacón, originario de Viesca, Coahuila, llegó a Monclova para librar una batalla que aún no termina: la de la precaria civilización contra el inclemente calorón del desierto. En el taller que tenía a un lado de su casa construía ductos de lámina; con ellos formaba sistemas que permitían distribuir en toda una casa la brisa húmeda de los aparatos que en la década de los 60 empezaron a poblar las azoteas de la región. Tenían varios nombres, pero el correcto es “equipo de aire lavado”.

En una región entre cuyas principales preocupaciones está cómo dejar de sudar al menos estando en interiores, el suyo no era un trabajo, sino un apostolado. Hoy el uso es otro. Los minisplits terminaron con esos laberintos de lámina que destellaban al sol. Me gustaba mirar las figuras que componían: pulpos extraterrestres, serpientes plateadas a punto de comprimir la casa, túneles suspendidos que subían y bajan.

Nunca fue a la escuela, pero hacía cálculos y diseños en hojas de papel que se podían encontrar sobre su mesa de trabajo tosca, curtida por el peso de las herramientas y el filo de los materiales. Esas mismas hojas, al darles la vuelta, le servían para escribir poemas. Luego se los enseñaba a mi abuela, y ella le preguntaba: ¿no que estabas trabajando? Sí, pero eso también salió.

Escribía poemas. Una vez leí un par de tema religioso que la menor de mis tías pasó en limpio en un libro Mayor. El abuelo escribía, con el mismo cabo de lápiz que le servía para la matemática (con faltas de ortografía, dice mi madre), no dejaba que se le escaparan las ideas como peces que aparecen cuando se mira con fijeza las cosas que están y las que no están. Le daba vuelta al pedazo de cartón, a la hoja blanca, a la página amarilla de libreta. Escribía su lado B.

Murió a los 60 años. Noviembre del 89.

Quise que fuera un personaje de la novela monclovense que escribí. No se pudo. Quería escribir, desde su perspectiva, la fascinación que siempre me han causado las azoteas de las casas, que son bodega, desván, deshuesadero y baúl de los recuerdos. Escribí varias páginas sobre un hombre que escucha el motor de los aparatos de aire como el sonido natural de la vida (“Era un concierto. Motores formando un catálogo de ruidos blancos: golpeteos discretos que irrumpen casualmente en el continuo girar de las bobinas; retumbos que no pasan de escucharse entre sueños como un vago cantar de grillos”), cuyo hábitat es ese: “Mira las hierbas que crecen en el techo de su casa, producto de semillas que el viento elevó. Al fondo, un arbusto ha crecido hasta el nivel de su cintura; está seco, y de un puntapié lo tumba. Camina entre los fierros viejos y muebles desvencijados que pueblan la azotea, escucha los ruidos de la noche”.

Entonces eso era. Escribir a mano, darle vuelta a la hoja, construir laberintos para encontrarse al otro lado de las cosas.
25 Enero 2013 04:00:27
La biblioteca invisible
Empecé acomodándolos en el buró al lado de mi cama, cuando tenía dieciocho o diecinueve años; no podían ser más de diez o quince libros. Cedería a la “ilusión de memoria” ―término de la psicología cognitiva que define la excesiva confianza que tenemos en que nuestros recuerdos son infalibles documentos probatorios― si me pusiera a enumerarlos. Debían estar, eso sí, algunos que conservo todavía, y que resumen un momento en mi biografía como lector: Cien años de soledad, que adquirí con el primer sueldo que cobré, cuando trabajaba en una cadena de cines; La enciclopedia de los monstruos, que a los once años le pedí a mi padre que me comprara; Veinte poemas de amor y una canción desesperada, que me consiguieron en una librería de viejo de Monterrey, ante mis intentos por hacerme con un ejemplar del libro que ya había leído y releído en la biblioteca de mi escuela.

En el taller de carpintería de la secundaria hice una repisa. Los libros pasaron a esa superficie un poco más espaciosa, que llevaba algunos años dando tumbos por la casa. Luego, cuando ésta ya no fue suficiente, ocuparon un librero mediano que también hice en la secundaria. No sabía que esas mudanzas serían las primeras de la serie que vendría.

Acomodé los libros en la ancha ventana de mi “departamento” (aclarar el sustantivo es larga historia) de soltero. Luego, los llevé a Sabinas, a la primera casa que renté, y cabían en un par de libreros. Más tarde regresaron conmigo a Monclova, donde por primera vez pude tener algo semejante a un estudio. Los libros empezaban a rodearme. Más delante hubo que traerlos, en cajas, poco a poco, casi casi de contrabando en las maletas, y al final en la mudanza que descargó a unas cuadras de la Fundación para las Letras Mexicanas.

El éxodo a la Ciudad de México todavía no termina. Aún hay un par de libreros en casa de mis padres, en Ciudad Frontera, de los que cada que voy extraigo ejemplares para repatriarlos a mi biblioteca.

Ignoro cuántos libros tengo. Me quedé en los dos mil quinientos, o por ahí, y no recuerdo la fecha de ese saldo. Me da flojera contarlos. Cuando me he acercado a ellos con esa intención, termino sentado en la escalera, hojeando uno, porque me agarró en curva, o porque me acordé del poema que quería releer.

Antes me angustiaba no poder tenerlos todos juntos en una misma habitación. Hace más o menos seis meses les encontré el acomodo, y pensé que ese sería su lugar definitivo. Pero no. Están empezando a dispersarse de nuevo. Unos están cerca del escritorio por motivos de trabajo. Otros a un lado de la cama, para dormir bajo su tutela. La mayoría está en lo que podría ser la sección aurea de la casa.

Con el paso del tiempo, he empezado a deshacerme de libros a los que ya no les encuentro lugar. Los vendo, los regalo. Que sigan su vida.

Recuerdo un artículo de Jesús de León que leí hace unos años, “Libros jubilados”. El escritor-lector, agobiado por el tamaño de su biblioteca, armado de un gran sentido del humor y de un sutil aire trágico, urde la manera de deshacerse de sus libros. ¿Quemarlos, donarlos, abandonarlos? ¿Cerrar la casa y dejarlos atrás?

Al esparcirlos, al dejar que se acomoden, como el agua, donde les sea natural, dejo de cargarlos. Tengo estaciones en toda la casa. Ellos me cargan. La casa es ese campo donde se dispersan, se integran al espacio, se vuelven invisibles, para saltar a la vista cuando les dé su regalada gana.
21 Diciembre 2012 04:00:31
Razones para no hacer una lista
El primero pensamiento es, como casi siempre, un entusiasmo. Rebobinar las lecturas de este año y elegir las que me parezcan memorables, hacer una lista como tantas que aparecen desde hace algunos años que esta aplicación literaria del hit parade cundió entre blogueros, críticos, revistas impresas y páginas web.

Pero no. Por varias razones: la más importante es que 2012 todavía no concluye, y aún estoy leyendo libros recién publicados en noviembre; y, como cada año, es seguro que este diley nunca termine. Allá por mayo me toparé con un gran libro recién comprado, o rescatado de la pila de cosas por leer, que reordene mis preferencias. O en enero o febrero, pero del 2019.

Y esto me lleva a preguntarme: ¿qué hacer con los libros de 2009 o 2011 que leí a mitad de este año? ¿Un referendo a la lista —lista que no hice—? ¿Un apartado de mea culpa? ¿Lo juagamos —el yo de esos años y el yo de 2012— a un disparejo? ¿Nos vamos a tiempos extras?

Algunas listas aparecidas a las que he podido echarles un ojo de plano parecen aterrizajes a ciegas. O sólo consideran un género (ya a estas alturas resulta chistoso leer que alguien pretende hablar de “lo mejor de la literatura nacional” cuando de lo que está hablando es de “las novelas que más le gustaron” o “de las que conviene hablar”), o se ignora otro (había una lista donde nomás no cupieron libros de relatos). Cuento, novela, ensayo, poesía, libros infantiles, divulgación científica, crítica, dramaturgia, historia; nacionales, extranjeros —en español o traducciones—. Hay que llamar a la lista por su nombre, delimitar sus alcances, relativizar eso de “los mejores libros del año”.

Por ello, me rindo.

De la lista, no de leer. Y tampoco de recomendar dos títulos que este año me robaron el tiempo y el alma. Que me dejaron resonando. Ni exhaustiva ni abarcadora, esta no es una lista, pero no por falta de presupuesto. Eso es lo que me encanta de la literatura. No reclama nunca fidelidad absoluta. Uno lee, después de todo, para que nadie le diga lo que tiene que hacer.

Joseph Anton. Salman Rushdie. Memorias. Mondadori. La biografía de los años aciagos en los que el autor de la delirante novela Los versos satánicos llevó una vida de miedo y ocultamiento debido a la fatua (semejante a una condena a muerte) que le fue impuesta, luego de ser considerado blasfemo para el islam. En un ecosistema hostil, a medias entre la política internacional y la vida de incógnito, Rushdie educó dos hijos, vivió historias de amor y desamor, luchó por la libertad de expresión, la madurez lo golpeó, se enfrentó con sus críticos y (ahí nomás) escribió libros poderosos. Sus procesos creativos, las intrigas entre sus protectores y los fanáticos religiosos que lo amenazaban, sus amistades y sus relaciones familiares. Plena de anécdotas, reflexiones sobre vida y literatura, situaciones límite, este libro es un canto a la libertad y a la vida, y de paso a la escritura, espoleado por un espíritu crítico y un corazón anhelante.

Di su nombre. Francisco Goldman. Novela. Sexto Piso. Un libro triste, terrible y hermoso. A mitad de camino entre la novela y el reportaje, es un testimonio, una trama entrañable, plena de vida y dolor: la historia de amor que el autor compartió con la joven escritora mexicana Aura Estrada (la obra de ésta quedó recogida en el deslumbrante volumen póstumo Mis días en Shanghai), quien luego de desafiar a su familia y a las convenciones, conseguiría recorrer el mundo e iniciar una prometedora carrera literaria, pero moriría prematuramente, a los treinta años, en una playa oaxaqueña, víctima de un accidente en el mar. Un recorrido de intensidad y buena escritura, que va desde el primer flechazo de quien ya no esperaba el amor, pasando por el mutuo descubrimiento y la cotidianidad de los amantes, sus sueños cumplidos, sus proyectos, hasta la agonía del sobreviviente, quien recorre el laberinto del duelo y busca preservar en su interior y en el mundo el recuerdo de quien continúa siendo, en la distancia, la mujer de su vida.
07 Diciembre 2012 04:00:16
La enfermedad como historia
La enfermedad es un estado eminentemente narrativo. El enfermo es su propia y mortal Scherezade. Al injertarse sobre el guión previsto de las etapas de una dolencia termina por encarnar una historia: planteamiento (malestares), desarrollo (despliegue de síntomas), nudo (diagnóstico), desenlace (tratamiento; lucha entre los vectores de la agonía y la recuperación del bienestar), final (arribo a la muerte o un estado de salud que es un triunfo de guerra: no hay posibilidad de flawless victory: todo bombardeo es verificable por las ruinas).

Versión patológica de la necesidad de escuchar/contar historias, para el hipocondríaco la “fantasía de estar enfermo” da dirección a su vida.

Traza el camino del propio padecimiento: las cifras del cuerpo componen ahora los arcanos de la somatometría. El pulso, la respiración, la presión arterial, ya no son sólo tareas del organismo que vive y se mantiene: se transforman en indicios, claves de la novela policiaca de nuestra propia degradación. Conducen a una explicación y a la vía para salvar el dolor.Se vuelven poco a poco —a base una prolongada observación que desemboca en la contemplación y la paranoia— señales de un crimen oculto tras la cortina del cuerpo.

“No hay nada en el rostro humano que soporte una prolongada observación”. Dicha frase, concebida por un envejecido Max Morden, protagonista de El mar, la entrañable novela de John Banville, resume el talante aciago de quien se obliga a percibir la muerte que vibra bajo la piel de la vida.

La señora Morden acaba de morir de cáncer, y Max repasa una y otra vez los dolorosos hechos que precipitaron el final. La visita al médico, el temido anuncio, las raquíticas esperanzas de la ciencia médica, el calvario del tratamiento químico, la insoportable convivencia a los que el conocimiento (“como vivir con un poltergeist demasiado visible, demasiado tangible”) los condena sin posibilidad de escape: “Era como si nos hubieran revelado un secreto tan sucio, tan desagradable, que casi no pudiéramos soportar la compañía del otro, aunque sin ser capaces de separarnos.” La novela es un largo y ambiguo alegato sobre la pérdida, pero también sobre la memoria como bálsamo para escapar de un presente sin clemencia.

La enfermedad es un estado eminentemente humano. Compartimos con los animales las dolencias, la muerte, mas no la conciencia de ésta ni la capacidad de abandonarnos a un estado que habrá de llevarse todo lo que somos. Ahora bien, sólo el hombre cae presa de malestares hipotéticos. El Síndrome de Munchausen nombra el estado de quienes se inventan o inflingen dolencias (ingiriendo medicamentos, lesionándose) para recibir los beneficios del enfermo (atención, cuidados, consideraciones especiales).

En otro extremo del cuadrante, el aquejado por la Hipocondría es aquél que interpreta equivocadamente los signos de su cuerpo y deduce una enfermedad infundada (en esta deslectura, torcida la trama, todo final será equívoco). En tanto el paciente con Munchausen persigue un fin compensatorio con la representación cuyos destinatarios son los otros, el hipocondríaco se ve acosado el miedo a un padecimiento que nadie más percibe o reconoce. La somatización de sus miedos canta el triunfo de la imaginación, pero el Paciente Falso desea estar sano y puede creer en su salud. Se le puede disuadir de aguardar la catástrofe. Vendrá la calma. Momentánea; nada en él soporta una prolongada observación. Un lunar sospechoso, un latido que ralentiza una respiración de por sí dudosa, un mareo leve que sin embargo desconcierta. La mente que vuelve a internarse por los laberintos de la enfermedad y la conjetura.
23 Noviembre 2012 04:00:11
La plenitud que no acabamos de entender
¿Debemos considerar siempre a la enfermedad como un estado desfavorable, una disminución de potencias? Para el neurólogo y escritor Oliver Sacks el padecimiento puede ser un trance hacia la radical reestructuración del yo, pues señala hacia una percepción insólita. Propone una comprensión más amplia de los “defectos, enfermedades y trastornos que pueden [revelar] capacidades, desarrollos, evoluciones, formas de vida latentes [y] su potencial «creativo»”.

En el capítulo “La enfermedad de Cupido” de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Sacks refiere la historia de una mujer de noventa años cuya personalidad fue afectada por una sífilis latente que se activó de pronto. La mujer, Natasha K., había trabajado en un burdel hacía sesenta años y un rebrote de la venérea que había devenido neurosífilis la mantenía atípicamente achispada, “retozona”. La mujer no acudió a los doctores en busca de una cura, sino de un equilibro; le preocupaba que aquello llegara más lejos, pero la idea de perder esos nuevos bríos la desasosegaba. No quería deshacerse de la enfermedad.

Los doctores la trataron y mataron las espiroquetas, pero los daños cerebrales, la desinhibición de Natasha, sería permanente. Era justo lo que la anciana deseaba. “Una enfermedad —afirma Sacks— no es nunca una mera pérdida o un mero exceso, que hay siempre una reacción por parte del organismo o individuo afectado para restaurar, reponer, compensar, y para preservar su identidad, por muy extraños que puedan ser los medios”. Recuperar el equilibro, o la identidad. ¿La enfermedad como la mejor versión de uno mismo?

Explorar el territorio de la enfermedad como vía de autoconocimiento eleva los desequilibrios orgánicos al rango de camino místico. En su poema “Fiebre”, el poeta David Huerta ilustra las consecuencias de la percepción alterada: “Los números de la fiebre se borran/ debajo de los termómetros:/ gatos locos (él oye batos locos:/ está afiebrado), perros visionarios/ habitan el tramo trémulo/ que va de los 39 a los 40/ grados centígrados. [...] Una torturante/ delicia, hecha de mareos/ y bochorno y anemia súbita;/ una forma de embriaguez/ que barniza la fisiología/ con sustancias radiantes, misteriosas./ Bajan los números de la fiebre/ [...] La noche luminosa/ concluye ante la salud/ gris del día. Falla moral este gozo/ de la fiebre. ¿O es ese exceso/ una forma de la salud/ que no acabamos de entender?”

Cerrar los ojos equivale a abrirlos en otro lugar. Las dolencias de la carne producen grietas en el alma, senderos tortuosos que no cancelan la lucidez de la vigilia: la cambian por el despertar de un entendimiento alterno.

El frío no conduce a un pabellón de colores extraterrenos. Sólo los altos “números de la fiebre” (ese exceso vuelve maleables los metales de la mente y el espíritu) nos sitúan a las puertas de un mundo que se transforma de formas violentas.

La salud es un cielo nublado. La convalecencia erige delirios en la cresta de la temperatura: torres de vigía que registran avistamientos fantásticos. Desde antiguo sabemos que Dios usa a desvalidos y enfermos como portadores de su grandeza y sujetos de sus maravillas. No en vano Héctor Viel Temperley llamó su poema Hospital Británico “el libro de un trepanado”. En él se materializa la felicidad de un estar fuera del mundo, la clarividencia del convaleciente.

La enfermedad como remasterización. El “gozo de la fiebre”, anticivilizatorio, perturbador, es resultado de la alucinación. Esa forma de la cordura y la plenitud que no acabamos de entender.

09 Noviembre 2012 04:00:56
Elogio del escritor joven
El escritor es una construcción colectiva. La persona no equivale al personaje. Éste último es el resultado de sumar libros, textos dispersos, actos públicos y, sobre todo, los sentimientos que todo ello despierta entre sus lectores. Tal cifra es, a fin de cuentas, movediza, imposible de comprobar, pero no de percibir. Mientras a un joven escritor lo identifica su edad temprana, su entrada reciente en el ejercicio de las letras, al escritor joven lo define la vitalidad de su obra, la fuerza con la que contagia a nuevas generaciones de lectores. Un escritor tiene la edad de sus lectores.

En las fotografías de la Generación de los años 50, José Emilio Pacheco, el menor de todos, aparece serio la mayoría de las veces. Hay una que me gusta especialmente: esa donde aparece acompañado de Sergio Pitol y Carlos Monsiváis; los tres sentados en el piso, con las piernas recogidas, recargados en unas estanterías de apariencia escolar repletas de libros. Monsiváis sostiene un libro y Pitol se asoma a las páginas abiertas, parecen a punto de decir algo. Pacheco, de perfil al observador, mira atento a sus amigos. Los ojos del poeta se ocultan detrás del grueso armazón de sus gafas.

La camaradería que primaba en el grupo es evidente en las imágenes. Otros grandes nombres que formaron parte de esa etapa central de la literatura mexicana, la también llamada “Generación del medio siglo”, son Salvador Elizondo, Juan Vicente Melo, Juan García Ponce, Inés Arredondo. Cada uno a su manera renovó la literatura nacional.

La tríada formada por Pitol, Monsiváis y Pacheco ha establecido un fuerte vínculo con una generación tras otra de nuevos lectores. Aliaron en sus libros alta cultura y cultura popular, acercaron la mirada y la voz del autor a un gran público. Son, al mismo tiempo, autores y lectores de una tradición y un presente, maestros que contagian su fervor por los libros.

Hace unos días, la Feria Internacional del Libro de Oaxaca rindió un emotivo homenaje al polígrafo, autor de tantos libros entrañables, José Emilio Pacheco. En los últimos años su obra ha sido distinguida por los premios más altos que puede recibir un autor en nuestra lengua: el Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el Cervantes. Sus lectores celebramos cada uno de ellos, pues compartimos la emoción de ser parte de una cofradía amplísima, inabarcable: quienes inventamos al autor, prestándole parte de nuestras vidas.

Tuve la suerte de conocerlo en el aeropuerto de la Ciudad de México. En la celebración posterior al homenaje le pedí que me dedicara un par de sus libros. Incluso pude charlar con él. A su mesa llegaban jóvenes que le pedían lo mismo: unas palabras, una firma, una fotografía. A mí de plano se me olvidó la foto.

En la rueda de prensa salió el tema de la canción que Café Tacuba escribió a partir de su novela “Las Batallas en el Desierto”. Contó una divertida anécdota que revela su carácter sencillo. Una tarde supo que los tacuvos darían un concierto en la ciudad donde estaba, fue con Monsiváis para intentar saludar a los músicos al término. De pronto los escritores se dieron cuenta de que quizá el slam volvería todo aquello un tanto intransitable para “dos cabecitas blancas” que se distinguían entre el público, y optaron por retirarse. Pacheco tiene, ahora y siempre, un sitio entre los jóvenes.

Su carácter afable y su natural modestia. Su voz es cercana, cortés, familiar. El narrador que desentraña los laberintos de la niñez y la adolescencia, el poeta que sabe medir el paso del tiempo. Tiene la edad de sus lectores. El escritor joven que nos contagia e inspira.
26 Octubre 2012 03:00:23
Sobre ‘Cólera Buey’ de Juan Gelman
Su vida pública como poeta comenzó en los años 50, con la aparición del grupo literario “El pan duro”, que proponía una poesía hermanada con la acción política, una “poesía en armas”. Dar la espalda a la retórica alambicada, el discurso grandilocuente y acrítico de la poesía dominante de aquéllas décadas; cambiar esa idea bastante ridícula de que el poeta es un ser elegido que se encuentra por encima de los mortales.

El tango como el crisol popular que acoge un universo propio: cambiar el camino de lo sagrado por los desastrados senderitos de polvo y piedra que debe recorrer la poesía, la reflexión sobre el dolor y la pena que trae la existencia, pero también el compromiso por cambiar la palabra, para que ésta no sólo exprese lo habido, sino proponga una manera de afrontarlo y una forma de continuar en el mundo.

Un criterio ampliamente extendido ubica la primera etapa de la obra de Juan Gelman desde “Violín y Otras Cuestiones” hasta “Gotán”. Es “Cólera Buey” (su edición más reciente es de Posdata Ediciones, en 2011) el parteaguas de su escritura: el volumen que más le toma tiempo terminar; el que anuda los cabos de una serie de libros, fragmentos que figuran las variaciones de un universo personal en plenitud; el resultado de una etapa de crisis: el poeta, instalado en la treintena, arriba a un estadio de madurez estilística, se encuentra listo ya para confrontar mundo con mundo, para ver lo que duele verse, para embarcarse en su expresión; aparecen “los otros”, voces heterónimas de poetas supuestamente traducidos. Los temas se entrecruzan, surge la furia más desnuda.

Me tienta afirmar que el poema “Por la Palabra me Conocerás” es quizá el corazón del libro: un inventario de situaciones, objetos, paisajes que se relacionan, se sustituyen, se transforman, todo en el crisol de la humana experiencia, donde los hombres viven entre el caos que es bello y es terrible. Ahí vislumbro una suma de la poesía de Gelman. Aunque, leyendo así, en pos de las claves de un universo que ha continuado por más de 40 años, encuentro que estos poemas que son núcleos, centros de gravedad, se multiplican. Imágenes tan bellas y comprometidas “como una asamblea de obreros reunidos por su triunfo” pueblan los poemas. Qué victoria más grata que la de muchos anonimatos, indefensiones, que han logrado derrotar la opresión.

La poesía de “Cólera Buey” canta la rebeldía necesaria para que la historia dé un vuelco, expresa el enfrentamiento con el horror de la que provienen la indignación y la rabia, incluso revela su propia poética y prevé la agreste realidad que viviría el país: “estuve a puertas de la muerte asistí impasible al terrorismo lloré junto al cadáver de un pichón nunca entendí a los profesores las fechas los oráculos durante un tiempo desmonté piedra a piedra los aires del lirismo cuando alcé la cabeza me reí en especial y en general pensando en la tormenta lo serio que iba a suceder”. El poema, absolutamente contemporáneo, pareciera escrito ayer.

En el libro “Gotán” el poeta dice: “Hay que aprender a resistir./ Ni a irse ni a quedarse,/ a resistir,/ aunque es/ seguro/ que habrá más penas y olvido”. La poesía no sirve para cambiar el mundo, pero es resistencia. Piedra sobre la que se construye el futuro que se ve pero todavía no es. Juan Gelman nos ha entregado un testimonio de profunda humanidad y honda rebeldía, asuntos que parecen cada vez más lejanos en este mundo autómata.
12 Octubre 2012 03:00:35
Llueve por Daniel Sada
En su novela “El Mapa y el Territorio” Michel Houellebeqc dice: “a los grandes pintores del pasado se les consideraba tales cuando habían desarrollado una visión del mundo a la vez coherente e innovadora, lo cual significa que pintaban siempre de la misma manera, que utilizaban siempre el mismo método, los mismos procedimientos para transformar los objetos del mundo en objetos pictóricos, y que esta manera que les era propia no había sido empleada nunca antes. Se les apreciaba aún más como pintores cuando su visión del mundo parecía exhaustiva, parecía aplicable a todos los objetos y todas las situaciones existentes o
imaginables.”

Campo y ciudad, calles y carreteras, laberintos memorísticos de ancianos y candelas de jóvenes, lo chusco y lo melancólico, traiciones y enamoramientos. El espectro entero de la experiencia humana. Comedia y tragedia entremezcladas. Ese fue el amplio territorio de Daniel Sada: la vida mexicana contemporánea.

El autor nació con el estilo que lo llevó a ser uno de los máximos narradores, prosistas, escritores, de la lengua. Las raíces de dicho estilo son harto conocidas y comprenden la lírica clásica, el maridaje de microestructuras rítmicas con macroestructuras novelísticas, el habla norteña de las generaciones mayores, la cultura popular y la alta literatura.

La que resultó ser su última novela, “El Lenguaje del Juego”, visita el territorio de la violencia actual. Luego de tantas historias, no quiso dejar fuera de su obra el difícil relato de las desgracias actuales. Su tiempo le interesaba. Y lo abarcó.

Los primeros registros de la realidad que hoy vivimos nacieron en el seno de la música norteña. Los corridos cumplían el papel de cantar y contar en octosílabos vida y muerte de personajes trascendentes para una localidad. Vidas sencillas que se veían inmiscuidas en asuntos de ambición, sobrevivencia, poder, vicio. Por ello, antes que en los registros literarios en los que escasean los testimonios, las visiones de valor, fue en la música de Los Tigres del Norte donde aprendimos a conocer estas historias. Vidas minúsculas que encuentran un destino de muerte, persecución y dolor.

Daniel Sada fue fiel en cada libro a esas historias invisibles que conforman el entramado social más precario y bajo, el más variado y difícil de retratar.

En “El Lenguaje del Juego” aparecen un exmojado que abre una pizzería, un par de hijos rebeldes que corren antes de aprender a caminar, unos hombres que no saben bien a bien dónde están metidos y ceden ante la tentación. El miedo, el deseo, el amor: motores de la vida. Gente de a pie, historias terrenales, vidas fallidas. Pero además grandes palabras, ficciones graves e hipnóticas, plenitud del lenguaje.

Su última novela proviene de la misma matriz escritural que dio origen a “Porque Parece Mentira la Verdad Nunca se Sabe” y “Albedrío”. El tema se encara, pero el método, como el de los antiguos pintores, es el mismo. Duradero: más grande que cualquier contenido.

Hace poco más de un año, mientras platicábamos en su departamento de la colonia Condesa de la Ciudad de México, vimos el comienzo de la lluvia. Libre de estruendos, parsimoniosa. Daniel dijo que su clima preferido era ese. El de las lluvias de septiembre. Frescor que obliga a abrigarse apenas un poco.

Hablábamos de Sacramento, Monclova, Lamadrid, Cuatro Ciénegas. De novedades literarias y de los libros que recién habíamos terminado de escribir. Yo, sobre todo, escuchaba. Conversador nato y maestro generoso, hablar con él entrañaba siempre una lección y un deleite.

Alguna vez me preguntó si sabía jugar ajedrez y confesé que lo había olvidado. Quedamos en que me ayudaría a recordar para jugar alguna partida. No pudimos ya hacerlo.

Cada vez que llueve así, me acuerdo. Del ajedrez pendiente. Busco un libro suyo y releo una página. Un reencuentro. Un abrigo.
28 Septiembre 2012 03:00:15
El supremo arsenal de su cuerpo
En su discurso de recepción del Premio Príncipe de Asturias, Leonard Cohen (Montreal, 1943) trazó la doble genealogía de su estilo y su arte. Por un lado, cuando intentaba arrancarle a su guitarra alguna respuesta a la angustia de su juventud, vio a un guitarrista un poco mayor que él que tocaba en el parque. Bajó, se presentó y le pidió que lo enseñara. Era un español que estaba de viaje por Canadá. Lo primero que hizo fue pedirle al muchacho que tocara lo que sabía. Luego de escucharlo con atención le pidió el instrumento, lo afinó, y se lo regresó para que lo intentara de nuevo. Tras algunas pocas sesiones, el maestro desapareció. Al intentar localizarlo, Leonard supo que se había suicidado. No tenía ningún dato suyo, no supo nunca de qué lugar de España era. Pero el poeta asegura que a esos pocos acordes que se usan en la música española es a lo que sus canciones le deben toda su fuerza.
Luego está Lorca.

En su biografía del cantautor, Alberto Manzano describe la forma en que en 1949, Leonard, con apenas 16 años, descubrió en una librería de segunda mano la poesía de Federico García Lorca, en una antología en inglés del poeta granadino. “Era la primera vez que un poeta me tocaba de verdad -afirma Cohen-. Aquellas líneas terribles se clavaban en mi corazón […] ¡Ése era mi mundo! ¡Ése era mi paisaje! Un universo que entendía perfectamente. Este poeta me destrozó la vida.”

Las imágenes lorquianas, de sensual violencia, de hiriente expresividad, que aúnan un desgraciado amor y una heroica nostalgia, le mostraron el camino que sus propias letras seguirían.

En 1986, Cohen adaptó el “Pequeño Vals Vienés” de Lorca para componer “Take This Waltz”. La traducción le costó “ciento cincuenta horas y una depresión nerviosa: “Llevaba mucho tiempo dando vueltas a la idea de que el mundo romántico se había acabado y el poema de Lorca expresaba esa idea a la perfección. Él sabe que las imágenes románticas que usa están podridas, anticuadas, que están acabadas. Por eso es un poema tan moderno, porque usa las convenciones de la canción popular ―esa especie de amor adolescente, que de alguna manera es el amor más hermoso, el amor inocente, el amor que aún no ha sido derrotado”.

Pareciera que Cohen describe uno de los núcleos de su propia escritura. Sus poemas y canciones cantan la rebeldía de aquél que le exige al mundo la posibilidad de vivir un tiempo distinto al de la oscuridad, al desamparo, la deshumanización. Su bandera es ese amor adolescente que ignora su destino de derrota, y es por ello más hermoso y perfecto.

“Tus confesiones de ignorancia/ me sedujeron una vez. / Enséñame a ser feliz,/ les decías a todos cuando te acostabas con ellos./ Les comprabas una manzana de las caras/ si lo intentaban./ […] Mantén la llama. Mantén la llama./ Tu cuerpo es sagrado./ No creas en la verdad./ La verdad es diminuta comparada/ con las cosas que aún tienes que hacer./ Eres alta, y delgada, y hermosa.”

El poeta canadiense ha señalado la capacidad de las canciones para suspender la parte más pedestre, más inmunda de la realidad, y elevarnos por encima de las circunstancias. La “autoridad de la música” nos rescata momentáneamente.

Para evitar que el amor se convierta en un yugo, Cohen le depara la levedad de lo casi imposible: “A ella no se le puede domar por medio de la conversación./ La ausencia es la única arma posible/ contra el supremo arsenal de su cuerpo.”

No entraña conquista. Su lugar es el del desterrado, su declaración es una renuncia: “Perdonadme, partisanos./ Canto esto sólo para aquellos/ a los que les da igual quien gane la guerra.”
14 Septiembre 2012 04:00:54
La tristeza del gringo
En 2005, la editorial Siruela publicó una antología de autores jóvenes de los Estados Unidos: Generación quemada, concebida por Marco Cassini y Martina Testa, director y editora de la independiente editorial italiana mimimum fax.

El libro reúne diecinueve autores nacidos entre 1954 y 1977, con al menos una novela o una colección de cuentos, relevante, publicada. En México, acostumbrados a los decenios como parcela para las antologías, no habría forma de considerar a los autores nacidos en esos 23 años como una sola generación, pero la mirada europea que fraguó la antología la libró de acotamientos temporales y regionales, así como las arbitrariedades numéricas que tanto estorban a la hora de apreciar un corpus creativo.

El índice incluye cuentos realmente notables y otros que pueden pasar desapercibidos. Pero fue un comentario de la novelista inglesa Zadie Smith, autora del epílogo, lo que llamó mi atención: llama a los antologados “coro melancólico”, y señala que “El país de estos relatos está más apagado, los personajes son menos optimistas, se sienten extraños, inseguros, tristes.” Afirma que el aparato comercial (representado en su lado más externo y tentador: la publicidad) así como el miedo a la muerte —en realidad, dos disoluciones de la individualidad y sus dinámicas— son los ingredientes que determinan este halo de desconsuelo y abatimiento que hermana las narraciones. “La muerte es una afrenta para la vida americana”, dice Smith.

¿Qué diferencia a esta generación de los escritores que construyeron la nación literaria que los sostiene, Faulkner, Fitzgerald, Hemingway? ¿Qué los separa de sus hermanos mayores, con quienes tienen lazos de amistad y deudas estéticas inmediatas, Cormac McCarthy, Don DeLillo, Thomas Pynchon? Tratando de apurar una respuesta, quizá esta generación quemada carezca de la base que el american way of life representaba para sus mayores (aún en la crítica y la contrapropuesta). Los malestares del capitalismo, así como un sentido del humor que suele desembocar en una amargura incurable son los rasgos que definen a las nuevas escrituras síntomas de una sociedad en crisis, que parece haber perdido sus certezas.

Hace unos años, el secretario permanente de la Academia Sueca desterró las aspiraciones de los norteamericanos (Roth, Oates) a conseguir el Nobel de Literatura, pues los consideró aislados del mundo, ensimismados, “insulares”. Las novelas de los narradores de la primera mitad del siglo pasado arremeten quijotescamente contra la realidad, hasta conseguir abollarla aunque sea un poco: historias de hombres bravos que sobreviven al desierto y la violencia, críticas al sistema y la búsqueda de una alternativa más vital y consciente, viajes iniciáticos en pos de la identidad y el destino. Aún al negarlo, al criticarlo o burlarse de él, estos hermanos mayores tomaron el sueño americano como eje de sus obras, y los autores que nacieron en la desilusión carecen de ese enclaje.

Más fragmentada y menos total, más literaria y menos sacrificada parece ser la nueva escritura que se asienta lejos de aquella forja dura, de la ideología que había que vitalizar o derrumbar. David Foster Wallace, considerado por muchos el líder de esta generación, se suicidó a los 46 años, ahorcándose, víctima de una depresión que le duraba ya 20 años. El dato abona al comentario de Smith. Hace audible el tono de tristeza, de sutil derrota que nunca habíamos visto libre de cierta posibilidad de redención en la narrativa norteamericana. Posibilidad de redención en la que sus hermanos mayores confiaron, y que fue vital, indispensable, para la grandeza literaria que sus obras conservan.

31 Agosto 2012 03:00:14
Teorías de escritura
Javier Marías suele afirmar que “la vida del escritor, salvo excepciones, no es particularmente apasionante”. Prácticamente ningún personaje suyo proviene de las filas de los literatos. La frase es un reproche hacia libros cuyas tramas se podrían resumir así: “vicisitudes del escritor que intenta escribir una novela y escribe en cambio sobre sus vicisitudes al intentar escribirla”. Lo que le interesa a Marías (en sus ensayos, en su antinovela “Negra Espalda del Tiempo”, que posee un sustento histórico) son las fronteras entre ficción y realidad, las formas en que ambas llegan a solaparse en la vida del autor.

Al agregar al tema un tono de ironía o franca burla (Ermanno Cavazzoni, “Los Escritores Inútiles”), una trama delictiva o policial (Enrique Serna, “El Miedo a losAanimales”) o enfocarse en los laberintos emocionales y los lazos afectivos del creador moderno (Álvaro Enrigue, “Hipotermia”), se burla el lugar común y modifica el centro gravitacional del tema. Todo libro proviene de otros libros, afirmó Borges. Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) potenció el aserto al demostrar que todo libro proviene de otros libros, pero también de los procesos y efectos secundarios que los rodean.

“Aire de Dylan” (Seix-Barral, 2012), su novela más reciente, trata de un escritor en retirada (otro de sus semihéroes crepusculares) que es invitado a un congreso sobre el fracaso. El personaje (otrora prolífico creyente de la laboriosidad) ha decidido nunca volver a escribir ni a hablar, pero encuentra un motivo para posponer su silencio. Se trata del trágico Vilnius Lancaster, cineasta eclipsado por la fama y muerte de su padre escritor. El protagonista no tardará en caer en la órbita del joven y volverse escucha inamovible de su historia, cuyos motores parecen ser molestar, fracasar y aplazar cualquier proyecto creativo.

“Aire de Dylan” comparte el tema de la ligereza con la inaugural “Historia Abreviada de la Literatura Portátil” (aunque es menos amarga que “Dublinesca”, su anterior novela). ¿Ajuste de cuentas con el pasado, reacomodo de cimientos o cierre de ciclo? O bien, otra de las vueltas de tuerca que se da a sí mismo Vila-Matas, vía la autoficción.

El sello de la casa son las teorías que sobre la escritura y la creación pergeñan los personajes. Sus libros son prosa, trama, instructivo y comprobación. La multiplicidad del arte y la necesidad de reinventarse. El absurdo que alimenta la creación y la mutabilidad del yo.

En la novela se compara al escritor con un trapecista. Su vida transcurre entre seguridades y saltos al vacío, entre periodos de escritura y tiempos de orfandad. Pero, ¿cuál momento trae vértigo y cuál serenidad? ¿Escribir es dar un salto o volver al hogar? ¿Apartarse de la creación trae paz o caos? ¿Dónde halla equilibro quien investiga las orillas de la realidad?

Hace años me sentí atraído por estas preguntas y escribí un libro de cuentos, “Largas Filas de Gente Rara”, apuntando hacia el lado cómico y el melodrama que se esconde tras el escritor. Me enfoqué en personajes que se quedan a medio camino y no consiguen entrar en el misterio de la creación. Como epígrafe general usé la frase de Marías, pero también otra de Vila-Matas: “Todo era descaradamente triste y real, pero también era profundamente literario” (no hay división clara entre tales categorías). Los escritores de Vila-Matas son exploradores, guerreros, excéntricos. Excepciones. Bajo su influjo busqué otras anomalías: las de quienes no pueden volver a la plenitud de la creación, y creen vivir en un limbo cuando en realidad habitan el centro de su realidad.
17 Agosto 2012 03:00:01
Regreso a Fuentes
Viajo mucho en autobús. Regularmente lo prefiero al avión. La razón es sencilla: volar representa una reducción en horas de desplazamiento, pero también un incremento en el ajetreo. Antesalas, revisiones, documentar y recoger equipaje, filas, traslados al y dentro del aeropuerto. En el autobús uno puede llegar faltando diez minutos para salir, deshacerse de las maletas al pie de la unidad, abordar y adiós.

Antes de salir, convierto páginas en horas de viaje. Matemáticas de lector: 150 de una novela + 275 de otra + 80 de un libro de poemas = (o eso creí) 21 horas que cubrirían mi itinerario (descontando siestas). Iría de Monclova a Lagos de Moreno, Jalisco. Llevaba seis horas de viaje cuando me di cuenta de que a mitad del regreso me quedaría sin nada que leer.

Una vez en el hotel quise resurtir provisiones literarias, pero me topé con ese mal endémico nacional que es la escasez de librerías. Cada vez que cruzaba el lobby, compadecidos de mi empeño, el personal del Lagos Inn me daba una nueva dirección. En una de esas me mandaron a una papelería.

La dependienta desapareció en la bodega del piso superior. Regresó con una pila de unos 15 libros. “Pedro Páramo”, “Doce Cuentos Peregrinos”, “La Máquina del Tiempo.” Ya, ya, ya. Superación personal, manuales de interpretación de sueños, una engañifa de Paulo Coelho.

Y casi al final, “La Frontera de Cristal”, libro de cuentos que Carlos Fuentes publicara en 1995, y del que tuve primera noticia a través de un divertido programa de televisión hoy extinto: “El Show de los Libros”, conducido por el narrador chileno Antonio Skármeta. En una entrevista, Fuentes hablaba de su libro y leía un par de párrafos, mientras se representaban algunas escenas.

A finales de los 90 había leído (o estaba por hacerlo) varias de sus novelas y libros de cuentos: “La Región más Transparente”, “Aura”, “Cumpleaños”, “Gringo viejo”, “La Cabeza de la Hidra”, “Agua Quemada”. Luego presté oídos a un juicio que corría con la agilidad del chisme: los nuevos libros de Fuentes desmerecían cada vez más. Su grandeza radicaba en la obra primitiva. A partir de los 80, se volvió prescindible. El dictum primó en los comentarios acerca de la muerte del autor. Confirmé lo fácil que es dárselas de insobornable al reconocer la grandeza de un escritor para luego susurrarle a su fantasmal oreja que, sin embargo, uno siempre supo que en el fondo era un falible mortal.

No lo niego: he tenido desencuentros con Fuentes. La novela “La Voluntad y la Fortuna” y el cuentario “Carolina Grau”, por ejemplo. Pero también he encontrado libros que desmienten el veto a la producción reciente. En “Inquieta Compañía”, publicado en 2004, encontré seis cuentos fantásticos (vena de aparición irregular pero encanto notable en su obra) completamente recomendables.

Eso me pasa por confiar en los desconfiados. Medié las páginas de “La Frontera de Cristal” y llegué a Monclova. En el libro -cuyas historias ilustran la convivencia y el choque entre México y Estados Unidos- encontré intacta la capacidad de Carlos Fuentes para atraer a su escritura toda clase de referencias, de ensamblarlas con una gracia de estratega invicto. Su perspectiva algo imperiosa, de hacendado con vista panorámica. Su prosa, capaz de variar registros, tejer lirismos, reinventar oralidades, dosificar ritmos. Tan sólo los cuentos “La Capitalina”, “La Pena” y “El Despojo” hacen que valga la pena haberme visto entre la espada y leer algo más de Fuentes. Me torturaba pensar que durante cinco horas estaría a merced del gusto fílmico del chofer. Hay veces que uno no entiende por las buenas. Pero agradece el correctivo.
20 Julio 2012 03:00:55
Houellebecq por sí mismo
Cada vez que Michel Houellebecq (Reunión, 1958) publica, una polémica se desata. La última se suscitó a raíz de que el autor usó fragmentos de Wikipedia en su novela “El Mapa y el Territorio” (Anagrama, 2011) sin citar la fuente. Las críticas no menoscabaron a la novela y al novelista, y aquélla fue reconocida con el Premio Goncourt, uno de los más importantes en las letras francesas. El libro cuenta la historia de Jed Martin, un joven apocado que revoluciona sin proponérselo las artes visuales. El personaje conoce a un escritor retirado llamado Michel Houellebecq, e inician un intercambio intelectual y algo parecido a una amistad. Poco después el escritor es asesinado con absurda saña y Jed termina ayudando a resolver el crimen.

Hay dos grandes temas en la novela: a) naturaleza y necesidad del arte; y b) la individualidad con sus componentes de rebeldía y tragedia.

“A veces se decía que el arte debería quizá parecerse […] a una actividad inocente y alegre, casi animal.”

“Se puede trabajar en solitario durante años, es la única manera de trabajar, la verdad sea dicha; llega siempre un momento en que experimentas la necesidad de mostrar tu trabajo al mundo, menos para recibir su juicio que para tranquilizarte sobre la existencia de ese trabajo e incluso sobre tu existencia propia, la individualidad es apenas una ficción breve dentro de una especie social.”

―“Siempre se puede tomar notas, tratar de llenar renglones de frases, pero para emprender la escritura de una novela hay que esperar a que todo se vuelva compacto, irrefutable, hay que esperar a que aparezca un auténtico núcleo de necesidad. [Uno] mismo nunca decide la escritura de un libro; un libro, según él, era como un bloque de hormigón que se decide a cuajar, y las posibilidades de acción del autor se limitan al hecho de estar allí y esperar, en una inacción angustiosa, que el proceso arrancase por sí solo.”

―“La voz de la gente no cambia nunca, como tampoco la expresión de su mirada. En medio del derrumbamiento físico generalizado en que se resume la vejez, la voz y la mirada aportan el testimonio dolorosamente irrecusable de la persistencia del carácter, las aspiraciones, los deseos, de todo lo que constituye una personalidad humana.”

―“La vida te ofrece una oportunidad a veces, se dijo, pero cuando eres demasiado cobarde o indeciso para aprovecharla, la vida recoge sus cartas, hay un momento para hacer las cosas y para abrazar una felicidad posible, ese momento dura algunos días, a veces unas semanas e incluso unos meses, pero sólo se presenta una única vez y, si quieres rectificar más tarde es simplemente imposible, ya no queda sitio para la esperanza, la creencia y la fe, subsiste una resignación suave, una piedad recíproca y entristecida, la sensación inútil y justa de que podría haber ocurrido algo, de que sencillamente uno se ha mostrado indigno del don que le acaban de hacer.”

―“Un ser humano era una conciencia, una conciencia única, individual e irreemplazable, y merecía por ello un monumento, una estela, al menos una inscripción, en suma, algo que afirmara y trasladase a los siglos futuros el testimonio de su existencia.”

Uno puede amar u odiar a Houellebecq, pero es difícil mantenerse indiferente a su abrasivo discurso, a la profundidad con que expresa el dolor y la tragedia humanas. Desinteresado de la masa, filósofo solidario del minúsculo drama anónimo, su espíritu demoledor, su crítica incansable a todo sistema e institución son un contrapeso indispensable en esta época aferrada a la planicie del consenso. La voz de quien disiente y señala así la posibilidad de lo que pensábamos imposible.
06 Julio 2012 03:00:20
La necesidad de un mantra
La música es el lenguaje anterior a la lengua, al discurso. El que perdimos en el momento en que ganamos el mundo. Al abrirse los ojos, al secarse la piel, al funcionar por primera vez gusto y olfato, el oído, hasta entonces único guía, se volvió uno más de los cinco sentidos. El sonido se convirtió en vehículo de significado. En el vientre materno, los ruidos, la voz, el canto, la música, fueron los únicos indicios de que más allá del líquido existía una realidad a la que sin saberlo aspirábamos. Música y emoción, entonces, eran una y la misma cosa.

El Ulises de la mitología griega es el héroe que resistió el canto de las sirenas al atarse al mástil de su nave. Orfeo también las desafió al confrontar su propia música, más estructurada y tronante, contra el encanto de los seres mitad pájaro, mitad mujer. Butes, navegante originario de Ática, es la contraparte de ambos: rendido ante el encanto, salta de la embarcación de Orfeo, entra en el agua, nada hacia la isla de las sirenas y es rescatado por Afrodita ―es decir, por la belleza―. En algunas versiones muere cuando ella lo arroja de vuelta al mar; en otras, la diosa lo lleva a Lilibea, donde procrea con él dos hijos.

“Butes” (Sexto Piso, 2011) es el breve ensayo-narración donde Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948) aborda a este personaje tan secundario, casi anónimo, que decide escuchar el llamado primitivo y acrítico de la música original. Un personaje que busca re-ligarse a los ritmos del corazón, la sangre, el “canto no articulado que proviene de la penumbra”. “Allí donde el pensamiento tiene miedo, la música piensa”, dice el autor, y señala que sólo ciertos artistas (músicos, escritores “más silenciosos que los demás”) se arrojan al agua, lejos, para alcanzar esa voz.

La verdadera escucha, la verdadera lectura ―las que implican una entrega― sólo ocurren en absoluta soledad.

Siempre que escribo, sin que el proceso resulte evidente, poco a poco voy perfilando un soundtrack que me acompaña en el desarrollo y la modificación de ese texto específico. Puede ser un género, un álbum, un artista, una sola pieza. Cuando estoy en la recta final de la redacción y las correcciones, la necesidad de ese mantra se vuelve evidente. Dependo de él, al igual que de otros elementos presentes en el proceso, para mantener una atmósfera que me permita avanzar por la misma ruta. Ahondar. En mí, en lo que escribo.

La música tiene una fuerza puntual para transportarnos a determinados estados de ánimo, para recordarnos paisajes lejanos, para acercarnos a otros que fuimos. No hablo de mensajes, de letras (la parte “ordenada” y “ordenante”), sino de esa potencia que contienen ciertas melodías, ciertos sonidos. Lo que no dicen los instrumentos cuando cantan. La tela de sonido que queda después de repetir 100 veces en Youtube el mismo track. La música que se vuelve baile, un “deseo de levantarse de modo irreprimible”, “de arrojarse al agua”.

De la música percutiva y siseante del lenguaje viene la fuerza de ciertos versos. Son imagen, expresión, furia, encarnadas en armonías de acentos y silencios. Lo que no terminamos de entender, pero sentimos. Lo que nos devasta y nos eleva. Amuletos de sonido. Música.

A estas alturas, la expresión ¡hombre al agua! significa para mí ya otra cosa.
22 Junio 2012 03:00:49
Leer
Por: Luis Jorge Boone

Leer es una ceremonia. Una tabla de salvación mientras esperamos en una oficina de gobierno donde tenemos el turno 120 y atienden al 3. Rutina de la mañana: una aventura cuando estamos a la mitad de un pasaje emocionante, cuando una puerta está por abrir en la siguiente página. Una recuperación: la del poema cuya relectura es un ángelus personal, un bálsamo contra las asperezas del mundo. En todo caso, una ceremonia.

Cerca ya del final, habiendo recorrido un camino largo las 900 páginas de una novela de Haurki Murakami (Kioto, 1949), estás por cerrar el viaje, sabes, al localizar dónde te quedaste, que pronto abandonarás ese mundo. Hay cierto sentimiento de tristeza en todo eso. Ya no compartirás con esos seres han sido días, semanas, y ya te has acostumbrado a su presencia, piensas que te quedarás un poco más solo, o no: sabes que perdurará una forma sutil de su compañía. Algunos libros empiezan de otra manera cuando se cierran.

¿Cómo enmarcar con justicia el arribo a la última frase? ¿Con qué rituales afrontar ese final? Leía la novela Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (Tusquets, 2001). La historia de Tooru Okada, el protagonista que termina en el fondo de un pozo, me atrapó desde el principio. Los cientos de páginas nunca supusieron un peso excesivo en mis manos. ¿Debía esperar hasta la noche para, en la calma de horas sin orilla, alcanzar el último párrafo? ¿Debía encerrarme y repasar mis subrayados para cargarme del espíritu de la novela, como quien aguanta la respiración en el clímax de una película para liberar un catártico suspiro al llegar los créditos finales?

Cargué con mi ejemplar y acompañé a mi mujer a hacer algunas compras. Leí las 10 últimas páginas mientras ella acometía las transacciones. Hubo un ritual: incluyó las prisas y la suspensión repentina, el escenario cambiante del dintel o el escaparate de una tienda, yo tratando de estorbar lo menos posible a clientes y transeúntes.

En la novela, una casa provoca la desgracia a quienes se arriesgan a vivir en ella. Crímenes del pasado la maldicen. En el patio hay un viejo pozo de agua, seco ya, al que el protagonista baja para aislarse del mundo y enfrentarse a la oscuridad. La del pozo y la que lleva dentro. Los estratos de lo fantástico y lo doméstico se mezclan en un mundo que nunca deja de ser éste que habitamos, pero que está ligeramente fuera de su eje. En Murakami los mitos urbanos, los cuentos fantásticos y los pequeños misterios de lo diario nos convencen de que lo irracional y lo quimérico se encuentran indisolublemente unidos a la trama de todos los días.

¿Cumplí con un ritual ese día? De haberlo, no tuvo vestiduras físicas, no dependió de un lugar, una preparación especial, una atmósfera. La lectura sucede siempre en el paisaje interior. La arropan el caos de un mediodía en un centro comercial o el ascetismo equilibrista de quien lee en el corazón del tráfico citadino.

La lectura es una fe tan noble que no exige pureza a cambio de sus dones. Ahí, con la llegada de la última frase, entre bolsas repletas, anuncios y puestos callejeros, perdí algo y al mismo tiempo algo gané. Abandoné un mundo y arribé a otro. Sin abandonar en lo absoluto, pues ambos están en éste.

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