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Raymundo Díaz
Raymundo Díaz
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02 Agosto 2017 04:02:00
El mitómano Trump
LOS ÁNGELES.– El Día Uno de una nueva Casa Blanca, bajo la mano dura del general John Kelly, comenzó como ha estado el Gobierno de Donald Trump: sumergida en un caos. El Presidente negó en la mañana que existiera tal caos, pero para limpiar de obstáculos la llegada de Kelly, despidió a menos de 10 días en el cargo a Anthony Scaramucci, su alter ego, director de Comunicaciones de la Casa Blanca, después de haber provocado la salida del vocero, Sean Spicer, y del jefe de Gabinete, Reince Priebus, a quien relevó Kelly. La idea era restablecer la línea de mando en el Ala Oeste de la Casa Blanca, donde se encuentra la Oficina Oval, donde su trabajo incluirá disciplinar la lengua del propio Trump. La llegada de Kelly fueron buenas noticias para México; el desorden mental de su jefe sigue siendo un problema estratégico.

El presidente Trump inició sus actividades con la toma de protesta del general Kelly como jefe de Gabinete de la Casa Blanca, que es el equivalente a lo que fue en algún momento del pasado la Secretaría de Gobernación, responsable de la política interna –no la Policía– y de tener la relación con todos los actores políticos del país. De lengua incontenible, al alabar Trump el trabajo de Kelly al frente de la Secretaría de Seguridad Interna, y ensalzar su trabajo en la inmigración, dijo que el presidente Enrique Peña Nieto le había llamado para elogiarlo. “Me dijo que muy poca gente está entrando por su frontera sur porque saben que no van a pasar nuestra frontera”, dijo Trump, de acuerdo con un despacho del periódico conservador The Washington Times.

La Secretaría de Relaciones Exteriores negó que eso hubiera sucedido. No han hablado por teléfono durante un largo tiempo y la última vez que tocaron el tema de la migración, agregó, fue durante la reunión bilateral en Hamburgo, en el marco de la cumbre del G-20. Peña Nieto no pudo haber dicho eso. La inmigración centroamericana no se ha frenado, pero un creciente número de indocumentados se quedan en México sin intentar cruzar Estados Unidos. Esto no es un fenómeno nuevo, sino que empezó en la parte final del Gobierno de Barack Obama. La afirmación de Trump, hay que recordarlo una vez más, se da en su mundo, como muchas otras cosas que pasan por su cabeza, y toman forma de posicionamiento en sus discursos o en su cuenta de Twitter.

Lo que pasa todos los días en la Casa Blanca hace que cualquier relación con Trump sea un viaje a lo desconocido. Mentiroso e impredecible, como la declaración de este lunes frente a Kelly, cuya designación como jefe de Gabinete de la Casa Blanca debería de haber sido una muy buena noticia para el Gobierno del presidente Peña Nieto. Pero no está claro si así será. En la Casa Blanca, Kelly estará atendiendo todos los temas del Gobierno de Estados Unidos y articulando la política estadunidense. Su salida de Seguridad Interna, más allá de que deje al mando a una persona de su confianza, es una pérdida para México. Kelly tenía una relación personal de tiempo atrás con los secretarios de la Defensa, el general Salvador Cienfuegos, y de Marina, el almirante Vidal Soberón, y durante este año había desarrollado buena empatía con el secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray.

Posiblemente Kelly era el secretario de Trump que mejor conoce México, y aunque aparentemente se ganó un alfil en la Casa Blanca, se perdió el mejor enlace, informado y sensible de lo estratégico de la relación bilateral que tenía el Gobierno del presidente Peña Nieto. Habrá quien alegue en México que en la Casa Blanca Kelly sumará al bando de los aliados, al encontrarse en el Ala Oeste con Jared Kushner, uno de los principales –si no el más– asesores de Trump, además de su yerno, que tiene bajo su cargo la coordinación de la relación bilateral con el Gobierno mexicano. Lo que hay que tomar en cuenta ahora es que Kelly y Kushner se encaminan a un encontronazo.

Un despacho de The New York Times dijo que Ivanka Trump, la influyente hija del Presidente, y su esposo Kushner, fueron quienes impulsaron a Scaramucci a la Jefatura del Gabinete, para deshacerse de Priebus y hacer una purga de quienes filtraban información a la prensa, y querían en el cargo que recayó en Kelly a Dina Powell, subdirectora del Consejo Nacional de Seguridad. Kelly no estaba en su radar, ni tampoco les gustará su forma de establecer un orden militar en la Casa Blanca, donde ellos están acostumbrados a hacer prácticamente lo que quieren. Ambos, señaló un editorial de Los Angeles Times, para resaltar la posibilidad de un cortocircuito, “tienen el oído del Presidente de una forma como Kelly no lo tendrá”.

La dinámica de lo que suceda en la Casa Blanca tendrá repercusiones directas en México. Inesperadas, porque la relación parecía estar en una fase de normalidad. La fragilidad volvió esta semana con un reacomodo que anticipa tormentas entre las dos personas más cercanas a los mexicanos. La incertidumbre por lo que suceda en las semanas siguientes es ancha, por las características mitómanas de Trump y la tensión en el Ala Oeste. ¿Podrá Kelly controlarlo? ¿Sobrevivirá la lucha interna con Kushner? Las interrogantes son tantas en este momento, que lo único que podrá hacer el Gobierno mexicano es esperar a que se acomoden las fuerzas en la Casa Blanca y cuidar de no ser un daño colateral de esa batalla que viene.

18 Abril 2017 04:00:00
El Ferrari de Duarte
La captura de Javier Duarte es un enigma por cuanto a qué significa realmente para el presidente Enrique Peña Nieto. Se desconoce qué tanto deseaba en su fuero interno esta captura, pero funcionarios federales afirman que todos los días de los últimos seis meses, preguntaba al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, si ya lo habían localizado. Su presión era enorme. “Ni con ‘El Chapo’ Guzmán preguntaba tanto como con Duarte”, agregó el funcionario.

La ansiedad iba acompañada por el descrédito creciente que acumulaba lo evasivo que probaba ser Duarte, no tiene una paternidad clara.

Después de todo, parecía que lo habían dejado escapar cuando se liberó la orden de aprehensión dos días después de pedir licencia como gobernador de Veracruz hace seis meses. Semanas antes, el CISEN lo vigilaba, revelaron funcionarios federales, pero los ojos se cerraron poco antes que, en la víspera de dejar el Gobierno, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, lo forzara a tomar esa decisión durante una áspera reunión. La PGR, se quejan en Bucareli, tampoco tomó la previsión de vigilarlo para estar lista a detenerlo cuando saliera la orden de aprehensión.

Duarte no esperaba que saliera jamás esa orden de aprehensión. Sabedor de algunos de los secretos de la familia priista, alardeaba que a él no le sucedería lo mismo que a otros exgobernadores priistas en desgracia. “Yo estoy bien amarrado”, parloteaba Duarte, quien decía que el propio Presidente le había dicho que no se preocupara por todo lo que aparecía en la prensa sobre de él, que según Peña Nieto, comentaba el entonces gobernador, era sólo un problema de medios que pasaría. El diagnóstico estaba equivocado y se abrió una investigación federal.

Duarte se ufanaba que había ayudado en la elección presidencial –en este espacio se reveló que, según él, aportó a la campaña de Peña Nieto 2 mil 500 millones de pesos–, y en estatales. La de Veracruz fue una de ellas. De acuerdo con Duarte, inyectó mil millones de pesos a la campaña del candidato del PRI, Héctor Yunes, a quien decía se los había dado en partes, la primera por 250 millones de pesos que el propio aspirante al Gobierno guardó en la cajuela de un automóvil. Esta afirmación la niega el excandidato.

También presumía que había suspendido pagos a la burocracia gobierno y a proveedores para financiar elecciones, a petición de importantes funcionarios federales. Otro estado donde metió recursos fue Chiapas, donde entregó 40 millones de pesos en efectivo al gobernador Manuel Velasco, para la nómina del órgano electoral estatal. Veracruz, como ningún otro estado, incluido el Estado de México, produce mucha riqueza y tuvo la capacidad durante el Gobierno de Duarte de ser la caja chica de decenas de priistas en todo el país.

El dinero político distribuido subrepticiamente provocó un hoyo financiero en el estado, que llevó al entonces secretario de Hacienda, Luis Videgaray, a pedir al Presidente que le permitiera intervenir. El Presidente nunca le autorizó tomar acción en contra de Duarte, quien fue el Gobernador que, rompiendo todas las reglas establecidas dentro del PRI en 2011, destapó a Peña Nieto como candidato a la Presidencia. Pocas semanas después de que Duarte solicitara licencia y se convirtiera en un prófugo de la justicia, el Presidente se mostraba asombrado de todas las revelaciones en la prensa sobre las fortunas de Duarte, que decía desconocer, admitiendo que sólo del desastre financiero en Veracruz se encontraba al tanto.

Extrañó que a Peña Nieto le extrañaran las extravagancias, pues según el propio Duarte en conversaciones privadas –donde solía decir las cosas más extraordinarias–, cuando el mexiquense ganó la elección presidencial, le hizo un regalo sin par: un Ferrari. Para ello, viajó a Austin, la capital de Texas, con su amigo de la universidad y principal socio en sus multimillonarios negocios, Moisés Mansur Reynoso, para comprar el icono italiano de la industria automotriz. Nunca aclaró Duarte si el Ferrari lo adquirió en la única distribuidora que hay en Austin, o si sólo ahí lo recogió. Tampoco qué modelo escogió, aunque para los más económicos los precios comienzan en los 200 mil dólares, que serían al tipo de cambio de 2012, cerca de los 3 millones de pesos.

Duarte asegura que sí entregó el Ferrari al entonces presidente electo y que por razones obvias, lo guardó. Nunca se ha visto un Ferrari en manos de familiar alguno o cercano al Presidente, ni tampoco han existido versiones de que un vehículo de esa naturaleza se encuentre estacionado en algunas de las propiedades de Peña Nieto. Fuera de su dicho, no hay manera de confirmar que lo que aseguró en la Primavera del año pasado, como forma de presumir sus estrechos vínculos con Peña Nieto, sea cierto. Pero locuaz en privado, como demostró varias veces ser, la especie, cierta o no, es como un dardo envenenado.

¿Qué tanto de todo esto saldrá a la luz durante el proceso? Es difícil saberlo. Como hipótesis de trabajo, los detalles de todas estas operaciones secretas a favor del PRI y el Gobierno, son la mejor baza que pudo haber tenido para una negociación que llevara a su captura o, en la misma línea de pensamiento, su entrega pactada en Guatemala. Que esté en la cárcel no aclara si la angustia que sentía el Presidente por la fuga de Duarte acabe. ¿Qué significa su detención para el Presidente? El tiempo y el proceso en tribunales irán respondiendo la pregunta.
24 Octubre 2016 03:00:00
El regreso de Videgaray
Cinco horas. Eso fue lo que duró la plática el martes 6 de septiembre entre el presidente Enrique Peña Nieto y el secretario de Hacienda, Luis Videgaray. Recién habían llegado de un muy mal viaje a China, donde asistieron a la cumbre anual del G-20, donde el presidente Barack Obama maltrató a Peña Nieto cuando le quiso explicar las razones de la invitación al candidato republicano a la Presidencia, Donald Trump, y su consejera de seguridad de la Casa Blanca, Susan Rice, remató con la recomendación a la canciller Claudia Ruiz Massieu que removieran del cargo a quien le había hecho la recomendación de la visita. No era una orden, pero como si lo fuera. Tampoco era obligatorio pero en el costo-beneficio de dinamitar la relación con Obama y el Gobierno de Estados Unidos, hasta para quien no alcanza a ver el largo plazo y acostumbrado a confundir táctica con estrategia, era claro. La suerte de Videgaray se había acabado en China.

Peña Nieto, sin embargo, de acuerdo con la reconstrucción, no sabía bien cómo desprenderse de quien le proporcionó durante más de una década el apoyo existencial, intelectual y político que le ayudó a recorrer el camino a la Presidencia, pero Videgaray le facilitó la decisión. Ese martes en Los Pinos le dijo a Peña Nieto que tenía que cesarlo, pero el Presidente, con enorme aversión de cualquier cambio, se negó de entrada. Personas que conocen de esa larga plática que tuvo momentos difíciles de discusión, afirmaron que cuando menos dos veces le dijo Videgaray que se iba, y Peña Nieto reiteradamente rechazó la idea.

Videgaray, agregaron, le dijo que el presupuesto que se iba a presentar en unos días requería de un secretario de Hacienda fuerte, que pudiera tener autoridad para poderlo negociar con todas las fuerzas políticas y los agentes económicos, y que en las condiciones en las que habían quedado tras el escándalo por la visita de Trump, él ya no podía jugar ese papel. La influencia de Videgaray sobre Peña Nieto se notó semanas después, cuando al aceptar por primera vez que la visita de Trump había sido la causa de la salida del secretario, el Presidente dijo el 22 de septiembre en una entrevista. “(Se) necesita que el secretario de Hacienda sea fuerte, esté robusto (y) tenga la capacidad de procesar (el) paquete presupuestal que hemos presentado al Congreso”.

Convencido una vez más por Videgaray, el Presidente finalmente asintió ese martes, pero no dejó que la salida fuera definitiva, sino que le pidió que se mantuviera como un superconsejero personal sin portafolio. Videgaray aceptó, pero le pidió un mes para que las cosas se enfriaran en el país y en su cabeza, que pudiera bajar su perfil y recuperar el ánimo. Un mes, en el cual se dejó crecer la barba y acudir a reuniones y comidas selectas, principalmente invitado por empresarios. Al mes regresaría, desde las sombras, para trabajar con Peña Nieto, con quien no dejó de mantener contacto a través del teléfono.

Antes de despedirse aquella noche, el Presidente le encargó una encomienda especial: atender el proceso electoral en el Estado de México. Peña Nieto está preocupado por la elección para Gobernador el próximo año en su estado, el de mayor peso electoral en el país, que es clave mantener priista si quiere tener alguna expectativa de que su candidato a la Presidencia en 2018 está en niveles competitivos. Videgaray aceptó el trabajo sin problema. El estado de México es como su casa, al haber trabajado desde el estado desde hace casi 15 años ahí. El manejo electoral es algo que también conoce muy bien. Fue coordinador de la campaña presidencial de Peña Nieto en 2012, y coordinador de la campaña de Eruviel Ávila para la Gubernatura hace cinco años. Ávila es muy cercano a Videgaray, por lo que tampoco significará un elemento exógeno de molestia, sino con quien ha trabajado con fluidez y cercanía durante casi una década.

Qué será exactamente lo que hará Videgaray, es algo que aún no está del todo claro. El proceso comenzó el mismo día en el que se anunció la renuncia. No obstante, podría alegarse que el trabajo de Videgaray no será durante la campaña sino en estos meses previos, durante el proceso de selección de quien abanderará al PRI y del propio diseño de la estrategia electoral. Este escenario se encuentra relacionado con una segunda parte de lo que hablaron aquella noche en Los Pinos.

En ese encuentro Peña Nieto sugirió la idea de que el próximo año, quizás tan pronto como en el primer trimestre, Videgaray se reintegrara al servicio público como consejero presidencial, con oficina en Los Pinos. No llegaría a la jefatura de la Oficina, que actualmente ocupa un jugador de ligas menores, Francisco Guzmán, sino en otro nivel, superior en todos los sentidos. Orgánicamente, eso sólo podría ser si Peña Nieto volviera a crear la Secretaría de la Presidencia, que sirvió a varios presidentes en el lejano pasado como una oficina alterna de Gobernación, sobre lo que no hay nadie bajo análisis todavía.

Videgaray estará formalmente de regreso, aunque en realidad nunca se fue. Tenerlo una vez más junto de manera permanente parece la solución emocional que necesita Peña Nieto. Al mismo tiempo, significa que el Presidente sigue sin alcanzar a ver que el horizonte nacional no termina en donde llega su vista.

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