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Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles
Gabriel Ignacio Verduzco Argüelles
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19 Marzo 2011 04:00:09
¿Tiene sentido la Cuaresma hoy?
Antes de dar una respuesta habría que considerar que, con base en los resultados del censo 2010, el INEGI ha señalado que en México el catolicismo está en franca disminución.

El dato duro dice que el porcentaje de personas que se declararon católicas fue de sólo 83.9 %, mientras que hace apenas una década era de 88 %. Es decir, una disminución de cuatro % en 10 años, lo que en México significa muchos millones. En efecto, si en población total en la última década pasamos de poco más de 97 millones a más de 112, o sea más de 15 millones, el número de católicos aumentó en 7.5 millones. ¿Dónde quedaron los otros casi ocho millones? Pues se fueron a otras Iglesias o hacia la indiferencia religiosa. Así por ejemplo, en la última década el porcentaje de personas que declararon no tener ninguna religión pasó del 3.5 al 4.6 %.

La disminución viene de manera constante desde hace por lo menos sesenta años. Si en 1950 el 98.21 de la población se declaraba católica, para 1960 ese porcentaje bajó a 96.47, para 1970 al 96.17 %, en 1980 se conoció una caída aún más brutal pues para ese entonces sólo el 92.62 % de los mexicanos se declararon católicos y para 1990 el porcentaje disminuyó a 89.69. En el 2000, como se ha mencionado, ya había apenas un 88 % de católicos en el país y ahora estamos debajo de 84 %.

Ahora bien, no hay que olvidar que la “autenticidad” de la religión no está basado en el número de creyentes que congrega, sino en la práctica efectiva de compasión y misericordia para con los que sufren, con los marginados y pobres. Entonces la pregunta por el sentido de la Cuaresma sí resulta pertinente.

La cuaresma tiene valor e importancia en la medida en que se constituye en un camino hacia la esperanza contra toda esperanza de la pascua. Pero la práctica religiosa ha proyectado una visión que fácilmente lleva al exhibicionismo, es decir, una religiosidad que se hace para ser vista, o al masoquismo negador del sano amor a uno mismo.

Para muchas personas cuaresma es sinónimo de dolor y sacrificio, de guardar abstinencia y ayuno, de penitencia y castigo, aspectos que se han terminado convirtiéndose en un fin. La esperanza pascual ha de traducirse en actitudes, prácticas y actos diarios, personales y comunitarios, en la familia y en el trabajo, en la oración y en la política, en la lucha y en la fiesta. La Cuaresma es más que un recuerdo teológico, es vivir con las exigencias de pertenecer a Cristo, caminando hacia la cruz y hacia la resurrección. No nos debe extrañar que una Iglesia tenga mucho de cruz, porque si no, no tendrá mucho de resurrección. Una Iglesia acomodaticia, que busca el prestigio sin el dolor de la cruz, no es la Iglesia auténtica de Jesucristo. Y el itinerario cuaresmal nos invita a contemplar el misterio de la cruz, para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: Dejarnos transformar por la acción del espíritu; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo.

La disminución del catolicismo puede deberse a muchas razones: A la secularización, a la pluralidad contemporánea, a la modernidad, etcétera. Pero no podemos negar que los creyentes tenemos una gran parte de responsabilidad cuando la confesión religiosa no toca las fibras de la vida cotidiana y nos proyecta a actuar en consecuencia. La falta de testimonio es una de las principales causas del indiferentismo religioso en el mundo.

Así, este tiempo que inició de Cuaresma tiene sentido siempre y cuando estemos dispuestos y convencidos de que la religión pasa por el prójimo y le pega al bolsillo. De lo contrario seguiremos anclados en la filigrana, en el folclor religioso y en el oropel que no deja nada. Ojalá que mi Iglesia así lo entendiera y lo viviera.
También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.
24 Diciembre 2010 05:00:29
¿Dónde está Dios cuando se le necesita?
¿Dónde ha estado Dios en 2010, año lleno de violencia, muerte, dolor y corrupción por todos lados?

No se trata de convencer a nadie. El respeto a la libertad es fundamental en todo diálogo humano. ¿Quién no ha soñado ante un recién nacido? ¿Qué llegará a ser de mayor? Todo es posible para una vida que empieza. El mundo y el futuro le van a pertenecer; ya le pertenecen.

Su mañana está por hacer. En lo sencillo, en lo pequeño, en lo humilde, en un niño indefenso, en alguien entrañable, se hace presente Dios.

El niño, que su madre cubre entre pañales, al calor del suave respirar de animales, en un establo de las afueras, rodeado de pobres, es Alguien capaz de hacer saltar por los aires los esquemas de los prepotentes y avaros que se fabrican dioses domesticables.

Es radical frente al funcionamiento del templo y también radical en su solidaridad con el pueblo sencillo en su conflicto con “el poder” y así se ganará a pulso su condena a muerte de cruz, el suplicio de los esclavos.

El Niño que nace en Belén es raíz, es despojo de su gloria divina en la Encarnación hasta la muerte en cruz. En su corta vida humana se enfrenta a la cruda realidad de una existencia cargada del peso de la maldad de la injusticia y el desprecio de los falsos profetas instalados en el poder.

Con el triunfo de la Pascua se convierte en Cristo, cuando es restablecido por el Padre en el esplendor de la divinidad y es celebrado Señor por todos los seres humanos y por el cosmos.

Dios exalta a su Hijo confiándole un “nombre glorioso” que en el lenguaje bíblico indica a la persona misma y su divinidad.

En la Navidad del 2010, Cristo lleva todavía los signos de la Pasión de su verdadera humanidad. Para los cristianos, en el ámbito de la fe, Navidad deja de ser el sueño de unas fiestas. Es algo profundo y misterioso. Dios se viene a vivir entre nosotros. Ha llegado el momento en que Dios habla y actúa desde dentro, desde la naturaleza humana encarnada en lo divino para experimentar la unión de lo divino y lo humano.

En el Nacimiento conoce las alegrías y las tristezas de la humanidad para transformarla haciéndola renacer a su imagen.

Los cristianos de ahora estamos llamados al compromiso de “bajar de la cruz a los crucificados de la historia”, víctimas de quiénes generan lógicas perversas que configuran el mundo de forma tan hiriente y terriblemente tan desigual.

Navidad es una llamada al compromiso sociopolítico comprendido y realizado desde la opción de los pobres. Navidad es la hora de la fe en el porvenir y la confianza en el presente: De creer en la utopía y vivir intensamente la entrega personal. Es la hora de la solidaridad, de compartir, de amar.

El Niño de Belén, convertido en Cristo en su Resurrección, en el esplendor de la divinidad, abiertas las puertas de la Esperanza, se revela cercano a nosotros en el sufrimiento, en la muerte y llamándonos a participar y gozar de su eternidad gloriosa. Anunciar hoy a Dios es defender la libertad del ser humano, vivir la solidaridad, ser voz de los sin voz.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.
02 Noviembre 2009 03:00:07
Ahí vienen los espantos
Con ocasión del próximo Día de Muertos, te propongo amable lector la siguiente reflexión.

Las apariciones y fantasmas son las últimas creaturas posibles de lo imposible, productos de la más honda inventiva humana. Más allá de las discusiones científicas o filosóficas, los espantos se cuelan en nuestro mundo quizá por la necesidad de que los seres humanos no queremos sentirnos solos y para rechazar, de alguna forma, la fatalidad de que la muerte es el fin de nuestro camino.

Dos tabúes, quizás los últimos de la sociedad occidental globalizada: La soledad y la muerte. Hoy está vedado estar solo, aunque se fomenta de profundis el individualismo “gadgetiano”, “con nosotros nunca estás solo”, dicen las compañías de telefonía celular, aunque estés perdido en medio del desierto.

También se sepulta lo más rápido posible a los muertos, “¡qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra!” dice Jaime Sabines, a los que en otros años se les velaba en casa como si fuera una fiesta de familia, la última para aquel que se nos fue, y del luto se pasaba al jolgorio. Hoy ya no. Hay que borrar toda traza de soledad o de muerte, incluso de vejez. Ya no hay ancianos o viejos, ahora son adultos mayores o en plenitud, o simplemente “abuelitos”.

Los relatos de espantos o aparecidos reflejan mucho de lo que somos como pueblo. No he hallado una sola persona que no sepa alguna historia o que haya oído un relato de aparecidos. Las “Historias de puro susto” como las llamaba el impresor Antonio Vanegas Arroyo a principios del siglo XX recuperan la memoria de nuestros muertos, de aquellos muertos, hombres y mujeres cuya horrorosa aparición es algo más que un quejido lastimero, de aquellos de los que La Historia, con mayúscula, jamás consignará.

El 23 de febrero del 94, en la mesa de Diálogo para la paz, el sub Marcos expresaba: “Cuando bajamos de las montañas cargando a nuestras mochilas, a nuestros muertos y a nuestra historia, venimos a la ciudad a buscar la patria. La patria que nos había olvidado en el último rincón del país; el rincón más solitario, el más pobre, el más sucio, el peor. Venimos a preguntarle a la patria, a nuestra patria, ¿por qué nos dejó ahí tantos y tantos años? ¿Por qué nos dejó ahí con tantas muertes?”

También eso es lo que hacen, y han hecho, los relatos de aparecidos y de espantos: Mantener viva la memoria de esos muertos y también la memoria de su muerte, y de las causas de esas muertes. Son relatos de la memoria cruciatus (memoria del sufrimiento), un recuerdo permanente del sufrimiento pero no como recuerdo del sufrimiento referido a uno mismo, sino como recuerdo del sufrimiento de los otros, como rememoración pública del sufrimiento ajeno.

La Llorona, por ejemplo, insiste en exhibir el delirante sufrimiento del triple rechazo por ser mujer, por ser amante y por ser madre, cimentando la temática prohibida de la igualdad de los sexos y la violencia intrafamiliar. Los espantos narrados por Suetonio y por Plinio el Joven, quizá los primeros testimonios escritos de esto, responden a esta misma circunstancia, y es aquí donde aparece el verdadero fantasma: La justicia.

Vivimos en un mundo de víctimas y ellas remiten a la existencia de verdugos. Si en la modernidad el horror fue Auschwitz, hoy son los miles de millones de seres humanos excluidos de la globalización, los millones de personas que mueren de hambre, los millones de inmigrantes ilegales, son todas las especies animales extintas y en peligro de extinción, son los millones de hectáreas de bosque y selva desertificadas, el agua contaminada, el deshielo de los casquetes polares, las víctimas son las minorías sociales, que paradójicamente son millones de marginados y excluidos, que en la dinámica posmoderna emergen como nuevos sujetos.

Las víctimas constituyen el gran relato macabro de nuestro tiempo. Sobre ellas, sin embargo, se tiende un velo de silencio, indiferencia y encubrimiento que clama por ser retirado. La memoria cruciatus, no se ha de entender como el recuerdo lastimero de las víctimas, ni como resentimiento que aguarda el momento del desquite contra su adversario. Es anámnesis subversiva y desestabilizadora, es la memoria de los perdedores que reclaman justicia y de las víctimas que exigen rehabilitación, que claman por un lugar auténtico en el entramado social. Un lugar que no es para nada una concesión del poderoso hacia el débil, sino la necesaria recuperación de las experiencias humanas que han sido proscritas, como lo ha señalado Juan José Tamayo-Acosta.

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11 Abril 2009 04:00:30
La otra Semana Santa
La Semana Santa se puede vivir de muy diversas maneras. Puede vivirse simplemente como días de vacaciones y si se puede, pasarlas en el mar. Puede también vivirse con un barniz de devoción viendo en la televisión películas de temática bíblica o sobre la pasión de Cristo. Puede ser también simplemente una semana más. Hay quienes participan en las celebraciones en los templos o en los viacrucis en las calles. Se puede suponer que ésta es una buena manera en que los cristianos podemos celebrar la Semana Santa. Esto es verdad, pero todavía dentro de ese marco hay dos formas muy distintas de celebrarla.

Se puede participar con mucha devoción en las tan ricas celebraciones litúrgicas de Semana Santa y también en lo que se vive en la religiosidad popular como viacrucis vivientes, procesiones silenciosas, pésames a María. Eso está bien y da buenos frutos, pues se centra en Jesús y en su inmenso amor que lo llevó a dar la vida por nosotros en medio de tanto dolor, sufrimiento, traiciones y abandono.

Pero se puede celebrar eso aisladamente de lo que pasa en el país y en el mundo y en particular de lo que está pasando a tantos niños que están en la calle, tantos desempleados y emigrantes que son los crucificados de hoy día. Y lo que es también muy grave, se puede vivir fuera del contexto real en donde vivió Jesús los misterios de la Última Cena, Pasión, Muerte y Resurrección que estamos celebrando. Para remediar el primer aislamiento se suelen tomar con razón varias iniciativas, por ejemplo, se ora por las distintas necesidades de la población en los viacrucis.

La otra forma es recorrer la Semana Santa desde los conflictos que tuvo Jesús con las autoridades religiosas y políticas de su tiempo: Maestros de la Ley, fariseos, sacerdotes, Herodes y Pilatos, que en definitiva lo condena por una razón política: Para no quedar mal con el César. Éste es el contexto real de la pasión y muerte de Jesús. Y así como se enseña que en la Biblia hay que leer el texto en el contexto en que fue escrita y transmitida, de igual manera las celebraciones de Semana Santa debieran vivirse en el contexto en que Jesús lo vivió y en el contexto de nuestra realidad actual.

Así, el Jueves Santo es un día muy intenso. Pero todo esto puede quedar diluido si lo reducimos fuera de contexto a algunas expresiones y gestos, como “Institución de la Eucaristía”, Lavar los pies a 12 adolescentes, hacer el “Día de la Caridad”... Eso es bueno, pero puede perder el elemento interpelante de cómo lo vivió Jesús.

En primer lugar no se trataba de una cena cualquiera, sino de la cena de la Pascua. Era y es la celebración de la salida de la esclavitud de Egipto, liberarse de la opresión del Faraón e ir hacia una tierra prometida donde podrán tener una vida más humana, en libertad y con una producción agrícola para vivir dignamente. En 1968 con Pablo VI, los obispos reunidos en Medellín proclamaban que la Pascua es el paso de vida de condiciones inhumanas -como son el hambre, la extrema pobreza, el analfabetismo, etc.- a condiciones de vida humanas. Así igualmente hoy día si reafirmamos nuestro compromiso por una vida humana digna y reconociendo en ello el paso liberador de Dios, entonces tiene pleno sentido esta celebración.

El lavatorio de los pies no es simplemente el gesto sencillo que repetimos cada año. El que lava los pies es el Maestro y Señor. Jesús realiza lo que hacían los siervos o los esclavos. Este gesto no lo entendía Pedro, ni nosotros lo entendemos a cabalidad. Es un gesto del reino de Dios, que es servicio y humildad y en el que las autoridades no se deben poner encima, sino ser en verdad servidores. Y esa noche trágica en que los discípulos, como nosotros, discutían cuál era el principal, Jesús les sacude y les dice: Si quieren ser los primeros en el reino de Dios, sirvan a los demás. Y al mismo tiempo Jesús hace una crítica a los reyes de su tiempo y de nuestros tiempos: No sean como los reyes que oprimen a los pueblos y todavía quieren que los llamen bienhechores.

En el centro de la cena está el mandamiento del amor hasta dar la vida y que Jesús realiza simbólicamente en vísperas de su propia muerte. Las palabras que hoy llamamos “consagración” son muy fuertes: “Éste mi cuerpo que es entregado por ustedes. Ésta es mi sangre que es derramada por todos”. Y esa noche y el día siguiente su cuerpo fue torturado, masacrado y derramó Jesús hasta la última gota de su sangre. Y esto no pasó en un accidente, sino de su parte entregando libremente la vida, pero de parte de las autoridades en un juicio y ejecución totalmente injusta. No se trata solamente de repetir las palabras de Jesús, sino de comprometernos a entregar la vida.

Después de la misa del Jueves Santo, terminan las celebraciones oficiales. Pero en la vida de Jesús esa misma noche aparece la traición, como hoy también tantas traiciones. Viene el prendimiento como un ladrón o malhechor y luego el abandono, la negación de Pedro, el juicio inicuo con testigos falsos y la condena a muerte dictada por Sanedrín, el Senado de los judíos. Y todo esto sigue pasando en nuestro tiempo, sobre todo contra los más pobres. ¿Cómo celebrar el Jueves Santo de espalda a esta realidad? La condena a muerte se viste hipócritamente de motivos religiosos, pero en la realidad es el rechazo a Jesús como Mesías Servidor, es asegurar ellos su autoridad.
06 Diciembre 2008 05:00:13
Pena de muerte… otra vez
La iniciativa del Congreso del Estado de modificar la Constitución de la República para que se aplique la pena de muerte a los secuestradores que asesinen a sus víctimas ha suscitado una polémica particularmente especial en el país.

En primer lugar, la opinión de una gran mayoría de mexicanos que va del 75 al 90 por ciento de los encuestados (las variaciones cambian según la encuesta y su metodología) que no sólo está de acuerdo con esta pena, sino que incluso la extiende a cualquier secuestrador y hasta para los involucrados en el narco. Y es que la sensación de inseguridad y el temor a todo esto ha generado un verdadero hastío de la población.

Por otro lado está la clase política. El PRI cierra filas en torno al gobernador Moreira y al Congreso de Coahuila, y también el Partido Verde. Mientras que PAN y PRD se rasgan las vestiduras, citan principios éticos y religiosos y rechazan la idea de un debate nacional en torno al tema de la pena de muerte. Una vez más la mayoría de los políticos son voceros de sí mismos y no de la población a quienes dicen representar.

Pero hay otro asunto aquí. Los delincuentes que secuestran o los narcotraficantes que combaten al Ejército, a las policías o a otras bandas de narcotraficantes, no dudan en ejecutar a quienes les estorban o incomodan en sus planes y proyectos. Para estos grupos no hay duda en que debe aplicarse la pena de muerte a quienes, en sus juicios, lo merecen. Y así lo hacen a diario. Basta con hojear los periódicos o escuchar un noticiero para enterarnos de los muchos muertos cotidianos.

Ahora bien, el otro punto es que, si el Estado mexicano no combate eficazmente al crimen organizado, la sociedad terminará por tomar justicia por su propia mano, y entonces sí, no habrá marcha atrás. En México ya se han venido dando algunos casos de estas situaciones con personas que ya están hartas de que la justicia nunca llegue por las vías institucionales y políticamente correctas, como ha ocurrido en los linchamientos de judiciales en Tláhuac, con los choferes de los chimecos en la zona de Ciudad Neza, sólo por citar dos casos concretos.

Yo, en lo personal no estoy de acuerdo con la pena de muerte por los valores y convicciones personales con los que tejo mis relaciones humanas. Sin embargo, cada vez hay más personas que, por tener experiencias cercanas de secuestros, robos, amenazas, etcétera, no dudan en que sólo de esta manera, eliminando a los delincuentes, se podrá sanear nuestra sociedad.

Ojalá que los políticos que dicen representar nuestros intereses en el Congreso -habría que preguntarse cada uno si en verdad te sientes representado por tu diputado en cuestión- debatan clara y objetivamente el tema, rechazando los típicos pretextos de “politizar” el problema o verlo “con fines electoreros”. ¿O qué no hacen ellos política y con fines electorales? Ahora nos resultaron más piadosos y desinteresados que Teresa de Calcuta.

El país está viviendo una situación de excepción en cuanto a su propia seguridad. El Presidente de la República lo dijo desde hace tiempo: Estamos en guerra contra el crimen organizado. Y cualquier país que está en guerra, vive un estado de excepción en cuanto a sus leyes, su organización y su vida diaria. Y si no, señores gobernantes, lean un libro de historia.
También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.
16 Agosto 2008 04:00:01
El diputado que yo quiero
Ahora que comienza en forma la selección de candidatos para las diputaciones y cuando en el contexto nacional los ojos de todos están puestos en el Congreso de la Unión por las reformas llamadas coyunturales que tienen que sacar adelante, yo quiero señalar algunos rasgos que, a mi juicio, debería reunir el diputado ideal, sea hombre o mujer.

Primero: Honestidad probada.

El diputado ideal es aquel que, como se dice coloquialmente, no tiene cola que le pisen. Es decir, es una persona que es digna de la confianza de los ciudadanos que pretende representar. Si los candidatos buscan maquillar su imagen y ocultar los negocitos chuecos que luego traen o utilizar una curul como mero negocio personal para su crecimiento individual o familiar, ¿qué se podrá esperar de él? Un diputado honesto merece verdaderamente hacer carrera en la política, pues ha mostrado ser digno de ello, pero que no olvide que el poder es como una antorcha: Si se sostiene mucho tiempo en la mano, puede quemar.
Segundo: Que opta por el servicio y no por el poder.

El diputado ideal, al reconocerse representante de los ciudadanos, se mueve desde una auténtica dimensión de servicio. El diputado descubre que los beneficios que consigue para sus conciudadanos redundan en su propio bien, de tal modo que no busca posiciones ventajosas ni pretende aprovecharse de su posición, sino que hace todo aquello que la ley le obliga en favor de su distrito, de su estado y de la nación, pero también creativamente es capaz de proponer iniciativas que mejoren la vida de todos.

Tercero: Conocimiento de la realidad “desde abajo”.

El diputado ideal no puede conformarse con su adoctrinamiento partidista. El diputado ideal conoce la realidad de los ciudadanos que representa, pero no porque lo lee en informes, sino porque vive en esa realidad, conoce de las limitaciones y exigencias que esa realidad le impone y más aún, se identifica con aquellos ciudadanos menos favorecidos, de tal modo que es capaz de generar herramientas de cambio social que configuren una comunidad solidaria y equitativa, donde él es el primero en servir y ayudar, es el primero en consolidar las instituciones democráticas.

Cuarto: Que no anteponga los intereses partidistas a los intereses de los ciudadanos que representa.

Lo anterior deviene en que el diputado verdaderamente mira por los ciudadanos en primer lugar. Los intereses de su partido no pueden ser el objetivo principal de su labor, es decir, no se trata de “mayoritear” sin más las iniciativas de su bancada o del ejecutivo, según los acuerdos que se dan en lo oscurito o siguiendo la línea del líder. Se tata de legislar y promover a los ciudadanos que representa, claro, desde la perspectiva que sus dogmas partidistas le plantean, pero no al revés. Los ciudadanos no queremos ser rehenes de quienes dicen gobernarnos democráticamente.

Quinto: Sin compromisos políticos ajenos a su misión.

Si lo anterior se realiza, el diputado no puede tener amarres políticos ajenos a su compromiso de servir y ver por sus conciudadanos. Y esto se da de modo natural, por convicción ética y no por necesidad de pasar limpio los exámenes de la transparencia. Así, el diputado hace lo que tiene que hacer de acuerdo con el mandato popular y no por buscar lo “políticamente correcto” según las necesidades partidistas.

Sexto: Que vuelva con frecuencia a su distrito para “retroalimentarse”.

¿Cómo podría ser un diputado representante de los ciudadanos de un distrito si jamás vuelve a él? Es necesario que el diputado vuelva frecuentemente a su distrito a dialogar con los ciudadanos, a conocer sus demandas, a orientar sus esfuerzos en orden al bien común por el que legisla, a constatar que su trabajo no ha caído en saco roto ni ha sido botín de algunos cuantos. Además el diputado obtendrá así verdadero peso moral ante los ciudadanos y no tendrá que presumir de poseer fuero.

Séptimo: Que rinda cuentas a los ciudadanos de modo veraz y transparente.

Si bien ya hay algunos diputados que comienzan a realizar esta actividad no todos lo hacen o no se informa suficientemente a los ciudadanos sobre el evento. Lo mejor es que el diputado presente claramente qué ha hecho a partir de las exigencias mismas del distrito y de la nación y que dicho informe sea con participación ciudadana. Ya basta de los actos políticos donde sólo se rinde pleitesía al gobernante sin exigirle rendición de cuentas claras, verdaderas y sin trampas.

Octavo: Que cumpla a cabalidad su compromiso de servicio.

El diputado ideal cumple con lo que ha prometido en campaña, ya porque sus promesas son realistas, ya porque se exige a sí mismo cumplir con lo prometido y no sólo por un mero populismo grosero. Además cumple con los tiempos para los que ha sido elegido, no sólo porque la ciudadanía esté harta de funcionarios que brincan de un puesto a otro, sino porque asiste puntualmente y responsablemente a las sesiones de Congreso en las que debe participar y no sólo en los días de paga.

Habría muchas características más que se le piden al diputado ideal. Basten las anteriores para, ojalá, hacer pensar un poco a los ciudadanos que leen esto y exijan a los candidatos, antes que promesas, un cambio ético de sus personas. Si lo leen los candidatos y los diputados actuales, ojalá adecuen su persona a lo que esperamos de ellos.

También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.
06 Agosto 2008 04:00:00
La Reforma que se necesita
Conforme va avanzando el verano y el descanso vacacional va dando su lugar al trabajo habitual y al ritmo de vida ordinario, los partidos políticos en la entidad comienzan a velar armas rumbo a la elección de octubre.

En un ambiente nacional marcado por los asuntos de la energía, petróleo y el alza de precios y la dichosa consulta popular del Gobierno del DF y el PRD, todo parece indicar que la reforma urgente del país es la reforma política, no en el orden de la organización y las leyes, sino en la manera de comprender, cada uno de los ciudadanos, la política y su carácter social y constructor de un país mejor.

La confianza en la política, en los partidos y en las instituciones llamadas democráticas, es, por lo general, muy baja en sociedades como la nuestra. La crisis de la política suele expresarse en la ruptura que existe entre los problemas que la ciudadanía reclama resolver como la pobreza, inequidad, violencia, alto costo de la vida, etc y la capacidad que la política tiene para enfrentarlos.

Sin embargo, es indiscutible que la política se hace presente en toda nuestra vida, como señalaba J.M. Metz, todo es político aunque lo político no lo es todo, ya que los problemas sociales no pueden resolverse debidamente limitándonos al ámbito individual y que la política puede cumplir una función en beneficio de la sociedad considerada como un todo.

Resulta entonces urgente hacer y conjuntar esfuerzos por encontrar el camino de la dignificación de la política. Para dignificar la política es necesario comunicar verdad, luchar por la justicia, promover el bien común, defender los derechos humanos de los pobres. Además es necesario vivir coherentemente con estos valores toda la vida y no por hacer carrera política, sino como un servicio, como la única forma de remediar el sufrimiento generado por la injusticia social sobre la mayoría empobrecida.

La política de la lucha por el bien común.

El poder político existe en función de una sociedad y no por sí mismo. Su fuente es la sociedad, pero la sociedad considerada en su totalidad, no en función de una de sus partes y menos, si esa parte es minoritaria, hegemónica y excluyente. Cuando el poder se usa para potenciar el poder de todos, tenemos un poder que sirve a la sociedad en lugar de servirse de la sociedad. A esto llamó Óscar Romero la gran política.

La política de la lucha contra el mal común.

Es innegable que hoy día la pobreza y la desigualdad siguen siendo un mal social que flagela a la comunidad humana, especialmente en los países pobres. Más de 1,000 millones de personas malviven en condiciones de extrema pobreza, más de 10 millones de niños no logran llegar a los cinco años de edad. La brecha en la esperanza de vida es una de las desigualdades más fundamentales. Los 2,500 millones de personas que viven con menos de dos dólares al día, algo así como el 40% de la población mundial, obtiene sólo el 5% por ciento del ingreso per cápita del mundo. Esta situación es la que se ha denunciado por la Teología de la Liberación como violencia institucionalizada.

La política del respeto a la dignidad humana.

La política pragmática afirma que todo tiene un precio: El candidato, el diputado, el partido, el voto, el proyecto de ley o la ley, las promesas electorales, el conocimiento, la voluntad, etc. Por este camino hemos llegado al divorcio de la ética con la política y, consecuentemente, a considerar la política como un fin y las personas como medios. Es necesario cambiar la perspectiva de nuestros intereses políticos y económicos ya que, en cuanto que tienen relación con el ser humano, han de hacerlo más humano y no hacerlo idólatra del dinero, idólatra del poder; o desde el poder, hacerlos opresores; o desde el dinero, hacer marginados.

La política de la defensa de los derechos humanos.

La paz es fruto de la justicia y la justicia tiene que ver con el ejercicio efectivo de los derechos humanos. Por eso, para una recta política, los derechos humanos son una cuestión de vida o muerte: Luchar por los derechos humanos es luchar por la vida y combatir la muerte. Violar los derechos humanos es promover la muerte y combatir la vida. De ahí la necesidad histórica y ética de asumir este conjunto de derechos como rectores de la conducta pública. De ahí también la necesidad de reclamarlos y exigir al máximo su cumplimiento.

La política que escucha el clamor de los pobres.

La nota dominante del mundo actual es el descuido, la indiferencia y el abandono con el destino de los pobres. Jon Sobrino ha señalado con pertinencia que los pobres son, más bien, empobrecidos y oprimidos en lo que toca a lo básico de la vida material, que no tienen palabra ni libertad porque se les ha negado su dignidad; los que no tienen nombre ni fecha en el calendario, es decir, a los que se les niega la existencia.

Ignacio Ellacuría planteaba que la recta política, al asumir el clamor de los pobres, está en mejores condiciones para ver la verdad de la realidad y para orientar los cambios que requiere esa realidad. Los pobres nos hacen conocer mejor lo que somos: Un mundo injusto e inhumano porque excluye y margina a las mayorías, lo inhumano se exacerba cuando se es sordo a ese clamor o, peor aún, cuando se reprime. No es idealizar a los pobres ni convertirlos en bandera partidista, es mirar que nuestra sociedad no da para más por este camino.

La política de la participación ciudadana.

La consecución del bien común y la erradicación del mal común, objetivos de la recta política, dependen, en gran medida, de la participación ciudadana. Pero ésta, para que sea cualificada y tenga real incidencia en el cambio social, requiere la existencia de ciudadanos críticos, creativos y cuidadores. La necesidad de la actitud crítica viene dada porque hay mucha mentira y poca verdad en la realidad política.

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