Entre las múltiples propuestas entre el siglo 16 y el siglo 20, el socialismo aprovechó el desastre provocado por el primer intento de república francesa, que fue una orgía de violencia, sembrada en las desigualdades y en la envidia de la gente, y la locura de los dirigentes por el poder adquirido. El socialismo ya había sido escrito y descrito por autores, girando alrededor del concepto de desigualdades y la diferencia entre clases, de lo que siempre careció fue de formas viables de funcionamiento.
En Europa, creció como población micótica entre personas ávidas de conocimiento distintivo, así como un siglo antes dominaba la masonería (ambos fueron siempre más fáciles que el aprendizaje de las ciencias, y ambos eran una ruta más transitable hacia el poder).
En Estados Unidos, tras haber creado artificialmente una enorme crisis económica que hizo al ciudadano gringo hasta conocer el hambre, como solución mágica se iniciaron estructuras que hacían al gobierno participante activo en la economía, algo después descrito por Keynes; esto era una preparación para la segunda guerra, movimiento que incluso financió y equipó a la Unión Soviética en su lucha contra Alemania.
Al terminar la guerra, inició un furor “antisocialista” en el que preocuparse públicamente por los menos favorecidos podía ser considerado socialista; en ese furor, el inglés Charlie Chaplin fue expulsado de la Unión Americana.
Tras ese “trance”, veíamos un socialismo que era representado por un estado absoluto, dirigido por incompetentes, con culto a la personalidad enorme, obligadamente acompañado de barbaridades, y poblaciones pobres y reprimidas; y veíamos un capitalismo opulento, con gobiernos aparentemente democráticos, que hasta podían repartir algo entre los menos favorecidos.
En ambas modalidades, un gasto militar enorme en armamento, pues “el otro es muy malo y nos puede desaparecer”.
Ese miedo mantuvo al mundo gastando buena parte del dinero que producían y conseguían a crédito, y es ahora la enorme piedra que cargan esos gobiernos de ambos lados de la moneda.
En la izquierda, Rusia tiene un gobierno supuestamente democrático que mantuvo las nefastas estructuras de cuando era la URSS (feudos, nomenklatura y los usos y costumbres de gobierno nefastas); a diferencia, el gobierno chino ha permitido el crecimiento de una enorme planta industrial, algo que ha generado riqueza en la población china sin hacer a un lado su naturaleza socialista. Queda claro que los chinos no se detienen a pensar que todo es de todos; prefieren, calladamente, enriquecerse.
En la derecha, Estados Unidos dando tumbos, con un maniqueísmo que asombra o divierte; quienes evocan los años de antes del 50 califican de socialista a quien no es racista o elabora programas de ayuda a desposeídos; las prioridades del actual gobierno parecen haber sido elegidas por Stalin en su dominio. La actitud fría y despótica de funcionarios públicos estadounidenses los hace ver más como “funcionarios del partido socialista” que como servidores públicos.
La población estadounidense, en general, perdió ese fuego del trabajo intenso y el sacrificio por su país, algo alimentado por el populismo creado desde la segunda guerra, pero están a años luz de tener siquiera un olor de socialistas.
Una enorme diferencia entre las poblaciones de China y Estados Unidos es que los chinos tienen más disposición a trabajar y sacrificarse que la población de Estados Unidos, y eso en el corto plazo marcaría la diferencia, si los dueños del tablero tienen otros planes.
Más sobre esta sección Más en Internacional