Coahuila

Publicado el domingo, 25 de enero del 2026 a las 03:35
El seminarista ya casi para terminar su formación sacerdotal, hablaba con su obispo, y le decía: He sentido desde hace algún tiempo el deseo de irme de misiones, ¿sería posible tener esa experiencia?
Termina tu formación primero, le contestaba su obispo, luego ya veremos.
Al paso de un año, y ya para recibir las órdenes sagradas, le insistió: ¿Sería posible irme este año?
Mira, tienes mucha capacidad, mejor especialízate en la Universidad Gregoriana en Roma, además, necesitamos aprovechar la beca que nos ofrecieron.
Muy bien señor obispo, como usted diga, así contestaba el muchacho, siempre dócil y respetuoso.
Dos años más tarde, al regresar de estudiar a su Diócesis, ya ordenado presbítero y con el título de licenciado bajo el brazo, una vez más se atrevió a decirle a su obispo: Aún deseo irme de misiones para ayudar a la gente que lo necesita, y ahora mi sentimiento es más fuerte que nunca, ¿podría irme?
Vete un año al seminario de formador y maestro, ahí te necesito, y al siguiente, te enviaré.
Como un soldado, con la disposición por delante, el nuevo sacerdote aceptó sin vacilaciones.
Durante ese año de servicio en el seminario, el joven sacerdote destacó por su inteligencia y generosa entrega, desempeñando ejemplarmente su ministerio, pero un buen día, yendo de paseo al río, acompañando a los seminaristas, lamentablemente murió ahogado.
Hubo luto en toda la Diócesis, y gran tristeza en la familia del padre, y sobre todo en el Seminario, pero en el obispo, había un dolor insoportable, producto de una revelación que en su interior había descubierto, y que externó con profunda pena en la solemne misa exequial:
Yo no supe, dijo, pero ahora me doy cuenta de que estaba peleando contra Dios. Dios lo quería para él y sus designios, y yo no lo dejé, así que Dios me lo arrebató, por querer imponer mi voluntad sobre la suya, y lloró desconsoladamente…
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