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Sus familias los esperan; otros quieren quedarse

  Por Yadira Leos

Publicado el lunes, 24 de agosto del 2015 a las 14:00


María Luisa Cepeda quiere ver de regreso a su hija y nietas; jornaleros quieren empleo en Coahuila

Saltillo, Coah.- Exactamente en el fantasma que anuncia el kilómetro 51 de la carretera antigua a Monclova, ahí está la desviación que lleva a San Felipe. Más de 10 minutos se recorren por terracería, entre conejos, correcaminos, liebres y lagartijas que dan la bienvenida al pueblito que aloja a 45 personas.

Poco qué hacer hay en San Felipe, entre la siembra y el cuidado de animales, actividades económicas que no dejan una percepción económica constante y suficiente, situación que orilla a los habitantes a buscar un trabajo cerca de su ranchería.

No pasan de 15 casas, todas elaboradas de adobe, láminas, maderas. La mayoría están a punto del colapso por la antigüedad de su construcción. Sólo en dos hay vida, las demás aguardan inertes a sus habitantes, los coahuilenses resguardados que esperan la liquidación de Óscar Lozano Chávez, dueño de la empresa Prokarne, a quien la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE) acusó formalmente por el delito de trata de personas.

Al menos cinco laboraban en los predios Santa Cruz y El Pedregal, ranchos que fueron ‘reventados’ en un operativo al detectar a menores de edad en condiciones de esclavitud. Juan Ramón González Rodríguez, Pedro Hernández Hernández, Rosa Elena García Cepeda y las menores Jacqueline González Rodríguez y Priscila Durón García, eran esperados por sus familiares la mañana del pasado sábado. Tenían desde el miércoles sin verlos, luego de que las autoridades se los llevaron a un albergue en Saltillo.

IBA A SER SU ÚLTIMO DÍA

Tenían laborando poco más de 5 meses, mientras que las menores acudieron durante la temporada vacacional para obtener recursos y poder costearse los libros que les solicitan en el CBTIS, donde cursan la preparatoria. Para Jacqueline y Priscila, ese miércoles sería su último día.

Recibirían su paga y regresarían, como todos los días, cerca de las 8 de la noche a su casa en San Felipe. Con lo recolectado en la pisca, irían el sábado al Centro de Ramos Arizpe para adquirir los útiles escolares.

La noche cayó y nunca llegaron. La preocupación comenzó entre los padres y abuelos que los esperaban. La noticia llegó del rancho vecino: Un padre puso una denuncia por el secuestro de su hija de 14 años y las autoridades hicieron un operativo para llevarse a todos los jornaleros a Saltillo.

María Luisa Cepeda García recordó que el día del operativo se la paso llorando, pues no sabía qué fin habían tenido sus familiares.

“Se me fueron las fuerzas, padezco de presión alta y me comencé a sentir mal. Mi esposo es el que cocinaba porque yo no podía, hasta que le dije a una de mis hijas ‘anda ve y pónle 50 pesos de saldo a Rosy para que me hable’”.

A los pocos minutos, Rosy se comunicó con ella y le explicó a grandes rasgos lo sucedido y Francisca, otra de sus hijas fue a llevarle ropa y otros enseres al albergue. Rosy tiene 38 años, es soltera y
mantiene a sus padres.

No busca trabajo muy lejos de su comunidad por sus padres. Anteriormente, trabajaba en Bachoco, le daban seguro y otras prestaciones, pero hubo recorte de personal. Su única opción, por el momento, fue en la empresa Prokarne.

“Ya me avisó que están bien, que esperan que las liquiden, ya no la voy a dejar que vaya a trabajar para allá. Es una angustia muy grande que sentí cuando no sabía nada de ellas, es mi hija y mi nieta, y otros muchachos los que trabajan allá”.

Las lágrimas que cayeron por el rostro de María Luisa al recordar la situación se conjugaron con los cantos de los gallos, animales que cuida para distraerse y no pensar que sus hijas no están en casa. Confía en Dios para que lleguen pronto con bien.

NUNCA PENSÓ QUE LA ESCLAVIZARÍAN

Desde hace más de seis años, Paula García Lugo ha trabajado en diferentes partes de la República como jornalera, pues en su natal San Luis Potosí, las oportunidades económicas escasean. Hace dos meses llegó a Coahuila a trabajar en la pisca de cebollín; nunca pensó que los tratarían casi como esclavos.

Paula conoció a su pareja en Chihuahua hace seis años. Fue hace 7 meses que decidieron emprender el viaje a Coahuila por la necesidad de trabajar.

Como en el convenio apalabraron que el traslado correría por cuenta de la empresa, al sopesar los beneficios decidieron emprender el viaje junto a otros 45 oriundos de San Luis Potosí. Además, lo vieron como un viaje de bodas.

Al cabo de unos días se trasladaron hasta Ramos Arizpe. Cuando vieron las condiciones del lugar, algunos rechazaron la oferta y se fueron, Paula no supo más de ellos. Sin embargo, ella y su esposo decidieron trabajar. Para ellos el dinero era necesario.

“A las 7 comenzaba el día, nos daban café con pan. Un tráiler con caja nos transportaba. A las 12 nos daban de comer, pero la comida estaba fea, las lentejas y los frijoles estaban crudos. De suerte yo no me enfermé, pero mi esposo sí”, recordó.

En su tierra dejo a su tía y a su madrina. La oferta de pago fueron 120 pesos y su labor sería a destajo, con la promesa de que al final de los tres meses de trabajo especificado en los contratos les entregarían la cantidad completa.

“Yo digo que está bien que nos hayan traído, he ido a otras partes, pero nunca había pasado algo igual. En aquellas partes siempre nos trataron bien. La comida está buena, las galeras arregladas con baños y regaderas, allá está prohibido contratar niños y los abuelos son menores de 50 años. Aquí no, aquí nos metieron en una galera donde criaban puercos, éramos seis parejas las que compartimos espacio”.

Paula y su esposo dicen que desean quedarse a trabajar porque en Coahuila hay oportunidad y aseguró que buscarán otro empleo.

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