Espectáculos
Por
D. Aguilera
Publicado el martes, 3 de febrero del 2026 a las 14:01
Ciudad de México.- La 68.ª edición de los Premios Grammy, celebrada el domingo 1 de febrero de 2026, dejó momentos memorables, pero también reavivó un debate que la industria musical insiste en ignorar: la enorme diferencia entre lo que se exige a las artistas femeninas y lo poco que basta para ovacionar a los artistas masculinos.
Las dos presentaciones más comentadas de la noche lo evidenciaron con claridad.
Por un lado, Sabrina Carpenter, de 26 años, abrió la ceremonia con una actuación impecable de Manchild: una escenografía inspirada en un aeropuerto, coreografía milimétrica, cambios de vestuario, dominio del escenario, carisma y una narrativa visual perfectamente diseñada. Tacones, plataformas, bailarines, precisión vocal y una energía constante. Todo al mismo tiempo, perfecto y medido.
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Por otro, el artista canadiense Justin Bieber regresó a los Grammy tras una pausa en su carrera con una presentación radicalmente opuesta: apareció en ropa interior y calcetines, con una guitarra y luz tenue. Sin bailarines. Sin coreografía. Sin artificio. Y aun así, fue ovacionado como si ese gesto minimalista fuera una proeza artística.
Justin Bieber’s full #GRAMMYS performance of “Yukon” pic.twitter.com/xBIhw5Qhu0 https://t.co/UpfDR6XUrp
— Complex Music (@ComplexMusic) February 2, 2026
La conversación no es si una propuesta es mejor que la otra. El problema es qué se celebra, a quién y por qué.
Ser artista femenina: espectáculo, perfección y resistencia
Las mujeres en el pop no solo deben cantar bien. Deben verse impecables, bailar sin fallar, resistir tacones imposibles, cambiar de vestuario en segundos, sostener conceptos visuales complejos, justificar cada decisión creativa y, aun así, enfrentar críticas constantes.
Sabrina Carpenter lo sabe bien. A pesar de ser considerada una de las mejores showgirls del momento, cada paso de su carrera es examinado con lupa. Su álbum Man’s Best Friend (2025) fue cuestionado por su estética, por su discurso y especialmente por la letra de Manchild, acusada por algunos sectores de ser capacitista. El debate fue válido, pero revelador: las artistas femeninas no solo deben entretener, también deben educar, representar, explicar y defenderse.
Y aun con todo eso, Carpenter no solo cumple: destaca. Desde besarse con un extraterrestre en los VMAs 2024 hasta convertir su gira Short n’ Sweet en una casa de muñecas gigante, su carrera demuestra ambición, concepto y riesgo creativo. No es exagerado decir que hoy, en un panorama donde se buscaba a la heredera de la era de Gaga, Katy Perry, Rihanna o incluso el fenómeno de The Eras Tour, Sabrina Carpenter parece ser la respuesta más clara.
Ser artista masculino: despojarse y ser aplaudido
En contraste, a los artistas masculinos se les permite —y se les celebra— la austeridad. Salir sin camisa, con ropa sencilla o incluso en ropa interior se interpreta como honestidad, vulnerabilidad o genialidad. Un hombre con una guitarra y una luz tenue es “auténtico”. Una mujer en esas condiciones sería acusada de falta de producción, de desinterés o de no “dar show”.
Justin Bieber es, sin duda, una figura clave de la industria. Su regreso tras problemas de salud y su decisión de priorizar a su familia merecen respeto. Pero el aplauso automático a una presentación mínima deja una pregunta incómoda: ¿por qué para ellos basta con existir y para ellas nunca es suficiente?

Mediocridad permitida vs. sobreexigencia normalizada
La industria —y el público— ha normalizado una lógica peligrosa:
A los hombres se les permite la mediocridad estética como símbolo de profundidad.
A las mujeres se les exige excelencia constante como punto de partida, no como logro.
Ellos pueden fallar, improvisar o despojarse. Ellas deben demostrar, una y otra vez, que merecen estar ahí.
Las redes sociales amplifican esta presión. Cada presentación femenina se convierte en tendencia, no siempre por su valor artístico, sino para juzgar su cuerpo, su discurso o su “actitud”. Mientras tanto, los hombres son aplaudidos por “atreverse” a ser simples.
El escenario como reflejo del sistema
Los Grammy también celebraron hitos importantes: Bad Bunny hizo historia al ganar Álbum del Año con un disco completamente en español; Kendrick Lamar y SZA dominaron Grabación del Año; Billie Eilish y Finneas triunfaron con Canción del Año; Olivia Dean fue reconocida como Mejor Artista Nuevo. Sin embargo, el escenario —más que los premios— sigue siendo el espejo más honesto del sistema.
Uno donde la creatividad femenina se da por sentada y la masculina se magnifica.
Hasta que no se cuestione esa vara desigual, seguiremos viendo lo mismo: mujeres agotadas intentando cumplir expectativas imposibles, y hombres celebrados por hacer lo mínimo.
Y eso, más que una diferencia artística, es una desigualdad estructural.
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