Carbonífera
Por
Fabiola Ferrer
Publicado el domingo, 1 de marzo del 2026 a las 04:00
Sabinas, Coah.- El Día Internacional de la Cero Discriminación, se celebra anualmente el primero de marzo.
Proclamado por la asamblea general de la Organización Nacional de las Naciones Unidas en el 2013.
Busca promover el derecho de cada persona a vivir una vida plena y digna, independientemente de su origen, género, edad, orientación sexual o condición de salud.
Se centra en combatir las desigualdades y eliminar leyes, políticas y prácticas discriminatorias que atenten contra los derechos humanos fundamentales.
En entrevista exclusiva para Periódico Zócalo, el testimonio de Tania Garza Soto, a su paso por una de las universidades privadas de mayor prestigio en la ciudad de Monterrey.
“Soy mamá, abogada, egresada de la Licenciatura en Derecho de la Universidad de Monterrey (UdeM), generación 2006.
Originaria de Sabinas, hija de padres muy trabajadores.
Desde el preescolar hasta el bachillerato cursé mi educación en escuelas públicas, pero aproximadamente en el año 2000, dos universidades de mucho prestigio, el Tecnológico de Monterrey y la Universidad de Monterrey, visitaron el CBTIS 20, donde cursaba la preparatoria, para reclutar alumnos que tuvieran promedio de excelencia, a los que se les ofrecía una beca.
Las becas en ese tipo de escuelas eran el sueño de muchos, pero la realidad de muy pocos.
La Universidad de Monterrey, además de sus becas de excelencia contaba con una sola, llamada beca líder, para la que fui propuesta por el director del plantel en aquel entonces, el ingeniero Gerardo Franco.
Todo mi perfil encajaba con lo que se buscaba para esa beca, pues en las escuelas a las que asistí siempre destacó mi liderazgo, en el bachillerato fui capitana de porristas, miembro de la sociedad de alumnos, sobresaliente en los deportes.
Y además tenía un buen promedio académico, se me practicaron los exámenes de admisión y en la primera propuesta me ofrecieron el 60% de beca, lo equivalente a un monto aproximado de cuarenta mil pesos, la cual rechacé, porque era una cantidad que se salía completamente del alcance de mis papás.
Me hicieron una segunda oferta, con una beca del 80%, equivalente a veinte mil pesos el semestre, y la volví a rechazar, porque para muchos veinte mil pesos no son nada, pero para otros son impagables.
Me hicieron una tercera y última propuesta, 90% de beca, lo que me dejaba el semestre en ocho mil pesos, por lo que sin pensarlo dije que sí.
Pero en mi mente sólo estaban ocho mil pesos semestrales, con diecisiete años de edad, no dimensionaba lo que era asistir a una universidad cuyo costo semestral era de poco más de ochenta mil pesos.
En aquellos años mi vestimenta usual era pants, playera y tenis.
Me asistió en su casa una tía que vivía en la colonia Contry de Monterrey, por lo que tenía que levantarme a las cuatro de la mañana para tomar tres autobuses, y poder llegar a San Pedro.
El primer día, el tamaño y el lujo de las instalaciones de la universidad me causaron algo de intimidación, pero lo verdaderamente terrible fue el ambiente.
Absolutamente nadie me dirigió la palabra, me veían de arriba abajo, era como un bicho raro que no encontraba su lugar en ningún lado, que no encajaba, que no hablaba como ellos, no se vestía como ellos, no se veía como ellos y no vivía como ellos.
Nadie me quería incluir en sus equipos, nadie me invitaba a sus festejos, mucho menos a sus casas.
Muchos de ellos habían ido juntos a la escuela desde el preescolar, era un círculo muy elitista.
Y aunque cambié el pants por jeans, y arreglaba un poco más mi cabello, jamás me aceptarían como una de ellos.
Lo más difícil, es que me gustaba ser como yo era, pero extrañaba la aceptación y el calor del entorno en el que siempre viví.
Los primeros tres semestres fueron una pesadilla, era discriminada todo el tiempo por mi apariencia, por mi origen.
Al culminar el tercer semestre se abrió el primer intercambio escolar con la universidad de Deusto, en Bilbao España.
Una universidad que respetaba la beca, fui una de las únicas dos alumnas de mi generación que se fueron de intercambio, y sin duda esa experiencia marcó un antes y un después.
En la residencia escolar de España, coincidí con alumnas de varios rincones del mundo, que me enseñaron a verme de una forma distinta.
Todas era mayores que yo.
Apreciaban el intelecto y el corazón mucho más que la apariencia.
Esa experiencia de un semestre, se convirtió en ocho meses en Europa.
Al regresar mi seguridad y la percepción que tenía de mí, fue distinta.
Me desenvolví de otra forma en la universidad, hice un par de amigos, seguí sin ser aceptada, pero esos cinco años se volvieron más tolerables.
Ya no buscaba ser incluida, aprendí que la validación estaba en mí.
Hoy, que soy madre de dos pequeñitos de primaria, les enseño que la grandeza de todas las personas no está en sus bolsillos ni en su ropa cara… Está en la calidad humana que emana de cada corazón.
Porque para ningún jovencito y menos para uno que madruga todos los días para cumplir su sueño, la universidad, ni ninguna escuela debería poner lágrimas en su rostro, en lugar de sonrisas y satisfacción.
Aun así, mi hambre de éxito pudo más que el rechazo social, y puedo decir que soy orgullosamente egresada de la generación 2006”
Tania Garza Soto, licenciada en Derecho egresada de la UdeM.
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