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Terror al cruzar de noche “La muralla”

  Por Aníbal Díaz

Publicado el jueves, 31 de octubre del 2013 a las 14:00


Después de 15 días de que padeció el miedo de una aparición, perdió la batalla ante la muerte en una cirugía.

Castaños, Coah.- El tramo de la carretera federal 57 conocido como “La Muralla” alberga cientos de historias, leyendas forjadas a base de trágicas muertes y hechos inexplicables, que a su vez han sido consecuencia de los numerosos accidentes ocurridos en el lugar.

Juan Vielma Torres, un policía federal de caminos oriundo de Castaños, forma parte de una de esas historias sobrenaturales.

LA TRAGEDIA

“La Muralla” se ubica aproximadamente a 70 kilómetros al Sur de Monclova y forma parte de la comunidad rural de Santa Teresa, perteneciente a Castaños.

Durante décadas, fue uno de los tramos carreteros más temidos del país por sus pronunciadas curvas y carriles angostos, pero principalmente por bordear un precipicio ávido de recibir a viajeros desafortunados, que en el fondo encontraban la muerte o si bien les iba, lesiones que los dejaron marcados de por vida.

“Era un martirio para muchos automovilistas”, relató José Trinidad Pineda Reséndiz, cronista de Castaños, encargado del Archivo Municipal y amigo del oficial Vielma. “Al llegar, muchos acostumbraban empezar a rezar, porque no sabían cómo les iría al ir por el cerrado camino… si no traías buenos frenos, podrías irte para abajo; y si no traías buen motor, podrías irte para atrás”.

Vielma y Pineda eran vecinos de la Zona Centro de Castaños. El historiador recuerda que en uno de sus encuentros, el Policía le contó una anécdota que nunca pudo borrar de su memoria.

Hace aproximadamente 20 años, Vielma se encontraba en su punto de vigilancia acostumbrado en el área de “La Muralla”, a la altura de una capilla de un santo desconocido a la que los traileros llegaban a persignarse y a dejar ofrendas.

La capilla -que hasta la fecha permanece erigida, pero sin acceso al público en general- está localizada cerca de uno de los puntos más álgidos de “La Muralla”, y ya era rutina para el oficial estacionarse cerca de la misma.

De pronto, la temporal monotonía de su labor se vio interrumpida por los sonidos de un accidente; metros más adelante, un conductor salió proyectado del camino y volcó hasta el fondo del precipicio.

El Policía acudió en su auxilio, bajó de su unidad y como pudo descendió la cuesta y llegó hasta el vehículo del accidentado.

Inmediatamente procedió a sacar al herido para tratar de brindarle auxilio, pero ya era demasiado tarde: sus huesos y sus órganos ya estaban deshechos por lo aparatoso del percance.

Había muerto… y aunque nunca supo su nombre, llevó por siempre consigo el recuerdo de su rostro.

LA APARICIÓN

La vida siguió adelante. Vielma continuó desempeñándose como Policía Federal y en 1999 fue inaugurado un tramo alterno de la autopista, edificado para evitarles riesgos a los automovilistas. De la carretera anterior sólo quedaron vestigios que aún se aprecian desde el camino actual.

El oficial siguió vigilando el tramo a la altura de la capilla, pero ahora estacionándose sobre la carretera nueva.

Hace tres años, mientras vigilaba de madrugada, el silencio de la penumbra que lo rodeaba se vio interrumpido por un vehículo que circulaba a toda velocidad.

El motor de la patrulla de Vielma “rugió”, y el oficial inició una frenética persecución tras su “presa”.

El intenso ulular de la sirena de la unidad invadió la carretera, y el inconfundible resplandor de una torreta azul y rojo se reflejó en los cerros.

Pese a todas las señales de alerta, el conductor infractor siguió con su marcha, hasta que Vielma logró darle alcance.

El oficial bajó de la patrulla y se acercó al asiento del piloto del carro y empezó a interrogar al automovilista, que se encontraba pálido y respirando de manera entrecortada.

-“¿Qué? ¿No me escuchaste, no viste que te vengo haciendo señas?”, le preguntó Vielma.

-“Sí”-. Respondió el conductor, quien lucía extremadamente asustado. -“Lo que pasa es que me vienen siguiendo”.

-“¿Quién…?”, empezó a inquirir Vielma, al tiempo que sintió una presencia detrás suyo.

Con precisión milimétrica y reflejos casi felinos, el oficial se llevó la mano derecha a la cintura para desenfundar su arma.

No había depositado su mirada sobre el cañón de la pistola para apuntar cuando una gélida sensación se apoderó de su espina dorsal.

Frente a él estaba el accidentado, el difunto, aquél que hacía décadas intentó salvar, pero no le fue posible… el oficial sintió como si el occiso lo perforara con la mirada, tan congelada como su cadáver.

Invadido por el pánico, Vielma corrió a su patrulla, rasguñando el aire para no perder el equilibrio al emprender su huida a tropezones.

Arrancó e inmediatamente huyó presa del pavor por haber visto la sepulcral aparición, hasta que el sitio del presunto encuentro desapareció de su espejo retrovisor.

Quince días después de platicarle su experiencia a Pineda, Vielma murió. El historiador indica que el Policía no soportó una intervención quirúrgica a la que tuvo que ser sometido por problemas en el corazón.

EL PRESENTE

La anécdota de Vielma – quien hoy rondaría los 50 años y cuyos restos descansan en el panteón de Nuestra Señora del Carmen, en Castaños- ya forma parte del folclor del municipio, con un espacio dentro del Archivo Municipal.

Partió del mundo terrenal dejando una esposa y tres hijos, y una fortuita advertencia para todos los automovilistas que se animen a internarse en “La Muralla” durante la madrugada.

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