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Publicado el miércoles, 7 de enero del 2009 a las 16:00
Saltillo, Coah.- Doña María Hernández y don Dionisio Sánchez, de 76 y 86 años, respectivamente, se conocieron hace más de 50 años, por cuestiones del destino o de la casualidad.
El encuentro fue en la fonda donde ella trabajaba, y en el transcurso de unos días ya estaban juntos instalándose en el rancho El Divisadero, perteneciente a don Juan de la Peña. Doña María tenía dos hijos cuando se fue con don Dionisio al rancho, y con él procreo cuatro más, quienes viven en Nuevo León, mientras que Felipe es el único que vive con ellos. Don Dionisio trabajó en un establo, y pasados los años, por medio de uno de sus amigos, consiguió una pensión de mil 835 pesos al mes, ingreso con el que lleva lo necesario a casa.
El Divisadero se localiza entre Saltillo y Ramos Arizpe, por el rumbo de las ladrilleras que están sobre la carretera antigua a Monclova, donde la civilización termina. Para llegar hay que atravesar un tramo de terracería, pasar por las aguas negras del Arroyo el Pueblo y soportar el olor que despiden.
En los alrededores de la casa hay basura, abunda el polvo y las moscas, madera tirada y algunos gallineros solos.
CONECTADOS A UNA BATERÍA
La abertura de una cueva es la entrada al hogar de este matrimonio. La adaptaron para convertirla en su casa, con ayuda de pedazos de madera, lámina y adobe. La improvisada vivienda consta de dos cuartos grandes, donde se pueden ver roperos, un sillón viejo, un altar con diferentes imágenes religiosas, como la Virgen de Guadalupe, San Juan y San Francisco de Asís.
La cueva también tiene espacios que se utilizan como cocina y comedor, y aunque tal vez no cumpla las especificaciones de las construcciones actuales, para sus habitantes es el único patrimonio, su legado y el guardián de sus recuerdos.
Este rancho tiene muchas historias, aquí está nuestra vida, yo por eso quiero tener un papel que me ampare, por si alguno de los hijos del dueño me lo quiere quitar, porque es lo único que tenemos y no queremos desprendernos. No tienen los servicios primarios, agua, luz, drenaje, ni gas. Para sus necesidades utilizan una letrina y acarrean el agua en toneles desde la ciudad. Para cocinar utilizan leña y en las noches recurren a las velas para iluminarse.
Una televisión conectada la batería de un automóvil y un viejo radio de pilas son su única distracción, para estar al tanto de las noticias, la hora y la temperatura.
CALOR DE HOGAR
Aunque no lo parezca, es un verdadero hogar. Para esta familia no existen las carencias, ni las necesidades. Su cueva es un lugar acogedor y sencillo, donde abunda la humildad, la unión y, sobre todo, el amor y la felicidad.
El 25 de diciembre es una fecha peculiar, la familia se reúne para convivir y verse después de un largo año.
Se mata un cerdo para hacer tamales, se reza el rosario tradicional al niño Dios; los abuelos, hijos, nietos, toda la familia se reúnen, conviven y están juntos para pasar las fiestas decembrinas y agradecer a Dios un año más.
No, aquí no falta nada, mire con frijolitos, unas gordas y un molcajete de chile se come bien rico; y en diciembre sus tamales de puerco para el rosario, menciona doña María.
El frío ni lo sentimos, porque en la entrada pongo un tonel y lo lleno de brasas para toda la noche y el día, y mire, el frío ni se siente. En tiempo de calor, las paredes de la cueva tienen frescos los cuartos”, dice don Nicho.
La gente está acostumbrada a relacionar la felicidad con abundancia material, pero estos abuelos demuestran que vivir plenamente, estar con las personas importantes, vivir con lo necesario, ser humilde y saber ser agradecido con lo que eres y tienes, puede ser la fórmula para saber que lo tienes todo.
La calidad de vida de esta familia está más basada en su felicidad y satisfacción por tenerlo todo espiritualmente, que por tener nada con bienes materiales.
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