Coahuila
Hace 6 meses
El 22 de junio de 1911, Tijuana se convirtió en un escenario de combate. En aquel día, las fuerzas federales mexicanas recuperaron la ciudad de manos de aquellos que, con la ambición desbordada, habían puesto en jaque la soberanía de nuestra nación e intentaban establecer un dominio propio en nuestro territorio.
Este pasaje en la historia de México marca un hito importante en la construcción de nuestra nación. Pero, ¿qué llevó a tal recuperación?, y ¿por qué se habla de Francisco I. Madero en tales acontecimientos?
A principios del siglo 20, Tijuana era una zona estratégica, una gran puerta de entrada a nuestro territorio, y un grupo de aventureros estadunidenses, quienes buscaban en la desestabilización de países vecinos su fortuna, encontraron en la península un campo fértil para sus propósitos: conquistar nuestro territorio y anexar partes de México a los Estados Unidos.
Muchos de los invasores eran veteranos de la Guerra de la Independencia cubana, a los que se sumaron un alto número de norteamericanos —miembros de Industrial Workers of the World— y residentes de las regiones cercanas quienes vieron en la ciudad fronteriza la oportunidad para establecer una nueva república, expandiendo el territorio norteamericano.
Mientras tanto, en México, el movimiento maderista estaba en pleno apogeo. Madero había lanzado el Plan de San Luis en 1910, llamando a la revolución contra el Gobierno de Porfirio Díaz y, aunque Madero no intervino directamente en la recuperación de Tijuana, en su corazón y en el de muchos ciudadanos palpitaba la esperanza de un México nuevo y libre de opresión.
Así, las demandas civilistas del maderismo urbano se dejaron sentir en todo el país, lo que debilitó al Gobierno de Díaz, permitiendo que las fuerzas revolucionarias leales al hacendado coahuilense se manifestaran abiertamente en el Distrito Norte de Baja California, como solicitar la autonomía municipal, la separación de los militares del poder y el nombramiento de un antiguo residente para dirigir el Gobierno.
Recordemos que la toma de Mexicali se da en enero de 1911 y el Presidente aún era Porfirio Díaz. El 25 de mayo, al firmarse el Tratado de Ciudad Juárez, Díaz renuncia, reconociéndosele la Presidencia a Francisco I. Madero, por lo que a él le es atribuida la recuperación de nuestro territorio.
Durante 44 días los filibusteros realizaron actos de saqueo y vandalismo, hasta que el 22 de junio llegan de la capital —entonces Ensenada— las tropas federales comandadas por el coronel Celso Vega, recuperando la plaza y expulsando a los invasores.
Sin embargo, la historia no siempre sigue una línea recta, y entre las sombras de esta recuperación, surgen relatos no confirmados pero fascinantes. Algunos historiadores sugieren que los hermanos Flores Magón, Ricardo y Enrique, líderes del Partido Liberal Mexicano, también jugaron un papel importante en los eventos de Tijuana.
Aunque su participación no está confirmada, es sabido que los Flores Magón tenían una fuerte presencia en la región y habían estado luchando contra el Gobierno federal de Díaz. Su visión de un México justo y equitativo resonaba con la lucha de Madero, tejiendo un hilo invisible entre diversos movimientos que, aunque a veces divergentes, compartían la misma ansia de libertad.
Otra teoría interesante, aunque no confirmada, es que los filibusteros tenían planes para establecer una nueva república en Baja California, e incluso el 5 de junio, Louis James, miembro del grupo armado, trató de izar una bandera parecida a la estadunidense en Tijuana, pero los mexicanos y entre ellos los indígenas pai-pai y kiliwa, al mando de Emilio Guerrero, quemaron la bandera.
Así, un día como hoy, Tijuana se alza nuevamente, no sólo como una ciudad fronteriza que conocemos, sino como un símbolo de esperanza y valentía en la eterna lucha por la tierra y la dignidad de la nación.
Este 22 de junio, celebremos no sólo la recuperación de Tijuana, sino la resistencia y la lucha por un futuro mejor. Que su historia nos inspire a defender hoy nuestro territorio y nuestros ideales, recordando que, en las huellas del pasado, se construyen los caminos del mañana.
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