Internacional

Publicado el martes, 22 de marzo del 2011 a las 22:56
Tokio, Japón.- Una extraña calma reina en Tokio, donde los transportes y oficinas funcionan a ritmo lento y los habitantes, inquietos aunque no presas del pánico, almacenan víveres en previsión de una eventual agravación de la crisis.
Desde el viernes Mariko Kawase, una dueña de casa de 34 de años, vive atenta a las informaciones. “Sigo con mucha atención la evolución de la situación”, explica.
Sin embargo, Mariko ha dejado de mirar la televisión, que difunde sin interrupción imágenes de desastre y de la central nuclear accidentada de Fukushima, para ir a hacer compras.
“Compro bebidas, arroz, comida preparada y carne para almacenar”, indicó la mujer. “Pues quizás no será posible salir de casa en caso de contaminación radioactiva”.
Mariko no es la única en tomar precauciones, como lo muestran las estanterías a menudo vacías de la mayoría de las tiendas de comestibles del centro. Un espectáculo extraño e inédito en una ciudad extremadamente próspera donde es posible comprar de todo a cualquier hora.
Pero el pavor se apoderó de los habitantes de la capital el viernes a media tarde cuando el terremoto de magnitud 9, el mayor sismo registrado en Japón, sacudió inmuebles y casas.
Además del riesgo de violentas réplicas, temen la amenaza que representa la central nuclear de Fukushima 1, situada a sólo 250 km de la capital, donde se multiplican los accidentes desde que fue dañada por el terremoto y el tsunami.
“Desde que Japón fue víctima de las bombas atómicas durante la guerra, somos muy sensibles al riesgo nuclear”, explicó Kumiko Yoshida, que tiene un salón de belleza en el barrio elegante de Ginza.
La tensión aumentó el martes en la mañana cuando la municipalidad anunció que el nivel de radiactividad había sobrepasado el valor normal en Tokio debido a emanaciones de los dos reactores dañados de Fukushima.
Se registraron 0,809 microsievert por hora cuando la norma es de más o menos 0,035/0,036. “No consideramos que se trata de un nivel suficiente para afectar el cuerpo humano”, aseguró sin embargo un responsable municipal.
Aún cuando el nivel de radiactividad volvió a un nivel cercano a la normal, la inquietud persistía. Las cadenas de televisión consagraron largas secuencias a una pregunta clave -¿En qué dirección va a soplar el viento?-, esperando que no vendrá del norte, es decir de la central hacia la capital.
Como ya lo han hecho numerosas familias de expatriados, miles de residentes de Tokio decidieron abandonar momentáneamente la ciudad para evitar al máximo el riesgo nuclear.
En la estación de Shinagawa, los trenes hacia el sur del archipiélago parten repletos de viajeros cargados con valijas y acompañados de sus hijos.
Otros, sin embargo, decidieron quedarse, como Kumiko Yoshida.
“Los ojos se me llenas de lágrimas cuando pienso lo que están soportando. Quisiera hacer el máximo para ayudarlos”, dice, pensando en los cientos de miles de damnificados que perdieron todo en la catástrofe.
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