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‘Tontos fósiles’ brotando al escarbar

  Por Grupo Zócalo

Publicado el lunes, 5 de octubre del 2026 a las 12:55


Tanto los anhelos como las megalomanías de la masculinidad en Occidente han proveído al cine de un referente de interés a lo largo de la historia

Valdemar Ayala Gándara | Saltillo, Coah.- Con algunas diferencias de grado, premisas y motivaciones de los personajes principales, películas tan significativas como “Y el mundo marcha” (King Vidor, 1928), “El ciudadano Kane” (Orson Welles, 1941), “Dr. Strangelove, o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar a la bomba” (Stanley Kubrick, 1964) y “Petróleo sangriento” (Paul Thomas Anderson, 2007) –para referirse a algunas cuyo desarrollo acontece en el siglo XX– guardan entre sí una similitud de origen, al compartir el aspiracionismo como el motor de la acción individual, que heredara desde el Barroco y el Romanticismo la afirmación de una hombría dominante, voluntariosa y con autoridad y derecho –autodesignado– de trastocar el orden natural de las cosas, apropiándoselas con el fin de explotarlas para generar riqueza monetaria.

Al tiempo de consolidarse en las pantallas, fuera de las mismas los efectos de tales narrativas en el contexto de la realidad –en el acumulado de los últimos 120 años, cuando menos– han provocado numerosas consecuencias funestas, siendo cada vez más inquietantes y articuladas con mayor desfachatez, impunidad y alevosía en las últimas décadas… Y en el camino de vuelta a la creación fílmica, esos excesos y vicisitudes de la masculinidad con signo machista han ofrecido material sustancioso para crear historias de egolatrías y delirios que, además, cuestionan, en clave simbólica, los excesos del poder unipersonal cuando es comandado por la visceralidad y las estrategias de clase.

De todo esto va, en esencia, “Digger”, la sátira de Alejandro González Iñárritu que cava con pulso firme en el pedazo de tierra que nos queda como civilización bipolar, que se salva y se entierra a sí misma, que se crea y se destruye a la vez, por más que parezca ridículo, y siendo, sobre todo, desesperadamente humano, lo cual es digno de broma y de luto, por igual…

Dueño de un estilo virtuoso y característico, el gran autor mexicano que ha creado obras maestras como “Birdman” (2014) y “Amores perros” (2000), explora en “Digger”, más que nunca, los registros de lo fársico y lo esperpéntico, tomando los riesgos que ello implica, y partiendo de un guion mancomunado con la agradable, talentosa e inteligente Sabina Berman, y con Nicolás Giacobone y Alexander Dinelaris Jr., ganadores con Iñárritu del Oscar hace 12 años por la estupenda historia que protagonizó Michael Keaton.

En esta nueva obra, el personaje principal lleva en su nombre la penitencia de la contradicción: ‘Digger Rockwell’, heredero de una tradición petrolera con raíces texanas, y empresario capaz de engrandecer la herencia familiar a toda costa, con tal de afianzar su emporio de influencia mundial, encarnando con ello uno de los mitos idealizados por el imaginario del capitalismo, en tanto sistema doble de explotación económica y producción de creencias. Sin embargo, al excederse en su ambición obnubilada y su autoestima mezquinoide, Rockwell se toma tan en serio a sí mismo, que no le queda una pizca de seriedad para atender al resto del mundo y de los mortales, como lo muestra su desdén al mirar las consecuencias de su modelo de negocios plagado de irracionales decisiones extractivas que acaban provocando, apenas iniciado el metraje, el primero de una serie de problemas de proporciones estratosféricas, literalmente.

Sobre esta diferencia interpretativa y valoral (que antepone el valor de la eficiencia en la explotación de recursos –heredado por su abuelo y su padre “emprendedores”–, por encima del respeto a un modelo de desarrollo sostenible para beneficio humano) se sustentan los cimientos y el subtexto de “Digger”, dando pie a una construcción suntuosa llevada al delirio –como si se tratara de un edificio escheriano descentrado y fuera de sí–, enervante y proclive a pulsiones que conectan las obsesiones privadas del megalómano y rocoso ‘Digger Rockwell’ con las consecuencias globales de sus actos, impulsados por un patológico protagonismo tan desorientado que mira sin preocupaciones la fractura en un gigantesco iceberg –calculada bajo su propio sistema fálico-decimal–, mientras se dedica con servilismo y fijación a ‘Maggie’, su gatija (o gatieja, más bien), compañera con 14 o 21 vidas, gracias a los dones quirúrgicos, animatrónicos y digitales. Duro de cabeza el tonto y ávido de riquezas sin límite, Rockwell es representado impecablemente por un Tom Cruise de renovados bríos, enérgico de forma mucho más interesante que en sus misiones imposibles, y entregado por completo –en canas, gesticulación y barriga– al papel de su vida, ni más ni menos…

Sombrero texano, botas de piel exótica y pala indeformable con recubrimiento de época, el “héroe” más tortuoso del 2026 es una contradicción flagrante y pedagógica, si atendemos a un par de mensajes parroquiales: 1) no eduquen así a sus hijos, y 2) no lo hagan en casa… con una moraleja que nunca atendieron en su momento los Trump, para desgracia de la humanidad…

Compleja y laberíntica como la vida misma en el mundo sobrecargado de hoy, “Digger” es también muchas cosas que ameritan no ser detalladas, para darle espacio a la sorpresa de los espectadores que las vayan detectando y analizando cuando se las topen, pero justo en esa confluencia de muy distintos elementos simbólicos y estrategias narrativas, la película alcanza sus valores más altos, radicando en ello, verdaderamente, el sentido último y el tema central de esta fascinante obra.

Atendiendo lo anterior, el González Iñárritu de este año es: una épica negativa, una sátira política, un experimento de hibridación genérica, un juego de metaficción, un ejemplo en sí mismo del control de las narrativas, un encuentro en cine con los principios del teatro del absurdo y el teatro postdramático, una siembra de pequeños homenajes (cierto espejo a lo Welles de “El ciudadano”, cierta sala de juntas a lo Kubrick del “Dr. Strangelove”, etc.) que firma, inclusive, una deuda autoral y autoconsciente contraída por González Iñárritu y sus coguionistas consigo mismos, al espejear varias veces hacia las vivencias dentro y fuera de los escenarios que se mostraron con soltura, encanto y maestría absoluta en “Birdman”.

En cuanto a la visualidad de la película, la elección de filmar en el formato Vistavisión con predominio de lentes de distancia focal corta es acertada y congruente, e ideal para hacer lucir –incluso en pantallas tradicionales, como sucedió hace meses con el sistema IMAX para “La Odisea” de Nolan- tanto la dimensionalidad impactante de las zonas sumidas en el caos, como el detallismo de los ambientes interiores donde se despliega el sistema de los objetos del mundillo kitsch–grandilocuente de Rockwell, entornos desde los cuales vive y administra sus desastres y despropósitos descomunales que se traducen bajo lenguajes corporativos y gubernamentales de contención-simulación-hipocresía en el hórrido formato del american way, en contra de la geografía y el medioambiente globales, de espalda al electorado de por sí distraído en infinidad de babosadas, con la Biblia bajo el brazo y masticando algún snack, mientras el trumpi-ano presidente en turno pide a gritos el famoso maletín donde activar el más famoso botón rojo, sin pensar en protocolos ni otras mariconerías…

Para construir con eficacia el paisajismo del desastre y la abigarrada soberbia de lo doméstico, la encomienda quedó en manos expertas, con el multigalardonado “Chivo” Lubezki como director de fotografía, los reconocidos diseñadores de producción Dennis Gassner y Richard L. Johnson y el nutrido departamento de arte bajo la dirección de Yasmin Al-Naib y Tony Britton, entre otros.

Alrededor del absorbente, radiante y contaminante Cruise / Digger, hay un elenco que brilla al cumplir con soltura y convicción el amplio rango de registros histriónicos que demanda un material así –híbrido, poliédrico y contrastante–, a salto de mata entre el drama intimista y la comedia coral de ritmo preciso y en tono de farsa necesariamente desmedida, a manera de una screwball posmoderna haciendo guiños anarquistas y a la medida para cumplir con los fines propuestos. Así, el casting se halla apuntalado por la excepcional Sandra Hüller –como hermana coheredera y empresaria afín al sector verde de la explotación natural–, un casi irreconocible –por delgado– John Goodman –como el gesticulante, histérico y caricaturesco presidente de los Estados Unidos–, el brillante Riz Ahmed –como el científico sincero a cargo de la seguridad del corporativo–, el confiable Jesse Plemons –heredero del tipo de actor de reparto que había dejado vacante el gran Philip Seymour Hoffman, y aquí siendo pieza clave del entramado narrativo, personificando al patrocinador del montaje en homenaje al legado familiar de su tío– y la lindísima Sophie Wilde –quien encarna a una joven directora con algo de fama y suerte por la cual fue contratada para llevar a buen puerto un montaje siempre en crisis, donde los egos de profesionales que la superan en edad se empecinan en exigir sus espacios de atención, so pena de pasar desapercibidos durante la vorágine del adentro y el afuera en ida y vuelta de las representaciones anudadas en espiral, inseminándose e inseminándose una y otra vez.

Por el tamaño de sus ambiciones formales en tanto narración, el desarrollo de la propia historia que cuenta “Digger” conoce momentos en los que transita al filo del abismo de un recargamiento de sentidos tal que habría derivado –con un equipo creativo menos talentoso a cargo– en el sinsentido propio de la confusión completa, mas tales riesgos son resueltos con sapiencia y paciencia, resarciendo el equilibrio entre la contradicción y la caricatura casi fuera de control y la formulación incisiva cuyos rasgos virtuosos expresan un enfoque que cuestiona con acidez nuestra realidad, sembrando sedimentos de preguntas incómodas y necesarias que son parte de un examen de conciencia que atañe a sectores sociales amplios a nivel global, lo cual se va planteando a partir de que los mecanismos del relato empiezan a desplegar su arsenal completo, y afloran –como petróleo tiñendo desde abajo el hielo ártico– los juegos metaficcionales, genéricos e intertextuales que articulan una visión política y crítica de la función que cumplen los sistemas narrativos en el mundo del capitalismo contemporáneo.

A través de tal formulación, “Digger” puntualiza el papel de los patrocinios privados dentro de las artes (las coincidencias con las obras maestras del notable Ruben Östlund no son pocas dentro de este filme), a través de fondos de inversión que no regalan nada, que no dan nada sin esperar algo a cambio, y que montan estéticas y simulan realidades discursivas pensadas para celebrar o minimizar el impacto de los sectores dominantes y sus heredades, por medio de discursos que distraigan, diviertan y tranquilicen aunque no coincidan con la veracidad de los hechos, los cuales –a los ojos empresariales– casi siempre carecen de sex appeal; discursos que pasan a ser neblinosos puntos de partida y materia de distorsión y de referencias manipuladas y manipuladoras –estructuradas y estructurantes, diría Bourdieu–, para que nos sigamos contando las mismas historias que nos permitan desear que todo cambie sin que cambiemos nosotros un ápice de nuestros hábitos de consumo material y simbólico, como si dentro de un tupperware pudieran conservarse, incorruptas, las sobras de la felicidad auténtica, sea lo que sea que eso signifique.

Comedia más negra que la noche –pero no tanto como la mala conciencia extendida de más en nuestra época–, “Digger” es una fábula política, un divertimento ideológico y un espectáculo digno de ver para divertirse en una velada mientras el efecto invernadero nos espera al salir de la sala, luego de haber viajado como público desde los oasis de la risa hasta los meandros de la revisión autocrítica que conllevará, si es sincera, al menos un poco de vergüenza genérica –del género humano, supuestamente sapiens– y generacional.

Luego de varios trailers –vitaminados con imágenes ex profeso para ellos y que no aparecen como tales en la edición final del filme, proponiendo un guiño y anzuelo que ilustra, precisamente, cómo se utiliza el control de las narrativas–, llegó “Digger” el primero de octubre –un día antes del siguiente dos, que “no se olvida”– con sus cargas explosivas y deseosas de dinamitar a quien se deje… Los conmino a que se formen en la fila y pasen por su dotación de lo que encuentren excavando con sus propias herramientas…

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