Monclova Región Centro
Publicado el sábado, 10 de mayo del 2025 a las 04:00
Ocampo, Coah.- “Yo no puedo dejar morir un alma”, dijo casi de inmediato “Doña Kika”, la partera y curandera del pueblo desde hace casi 50 años; cuando se le preguntó si asistirá a parturientas, aunque la Secretaría de Salud le haya retirado el permiso que tenía para ayudar en las labores de parto a los médicos residentes en el Centro de Salud local.
Francisca Mendoza Moreno, hoy tiene 64 años de edad, pero a los 19 años atendió su primer parto, poniendo en práctica las habilidades heredadas por su madre Doña Petra y hoy orgullosamente dice “traje a éste mundo a medio Ocampo”, cuando se le cuestiona sobre cuántos partos ha atendido desde entonces y agrega: me faltó dinero para estudiar y titularme.
Recuerda emocionada el día en que una parturienta no quiso a la bebé que ella trajo al mundo y la dejó en sus manos hace 29 años.
Es que la niña -relató- nació eclipsada, y por eso padecía neumonía infantil y su mamá no la quiso, me la dio, yo la registré como mi hija se llama Elizabeth y hoy me ha dado tres nietos bien hermosos y me quiere mucho m’ija, porque yo soy su madre.
Doña Kika era presidenta de un comité de salud en el pueblo de Ocampo, pueblo que es popularmente conocido como la Puerta del Desierto, lo que da una idea de lo apartado del territorio y en aquellos tiempos, sin la mínima atención requerida.
Como tal, prestaba sus servicios en el Centro de Salud y tenía nombramiento como partera, es decir, estaba autorizada para traer niños al mundo ahí en las instalaciones médicas, las únicas que había en el pueblo. Hoy presume con orgullo un sello de la Secretaría de Salud, con el que ella daba cumplimiento a algunos trámites oficiales.
Hace tres años, aproximadamente dicho permiso le fue retirado, pero dice tranquilamente “yo no puedo dejar morir un alma, tengo que atender a las mujeres en emergencia, aunque no tenga permiso, se trata de la vida de la madre y del bebé, ni modo que no lo haga, sí yo se hacer todo eso muy bien”.
Doña Kika, guarda con recelo una vieja libreta donde lleva un rústico registro de cada uno de los nacimientos que ha atendido, a ojo de buen cubero dice “del dos mil para acá tengo registrados como 200”. Ahí escribe el nombre de la madre, su edad, el sexo del bebé, el día y la hora de nacimiento, el peso no, no tiene el equipo en su casa, por eso lo deben llevar al Centro de Salud a cumplir ese requisito. Pero sí anota sus medidas, porque para eso utiliza una cinta de medir, de esas que normalmente usan las costureras.
Anécdotas con buenos y malos recuerdos, almacena muchas en su memoria; como el caso de las gemelas a las que no les pudo salvar la vida, pese a los esfuerzos que hizo sin equipo, sin recursos, sólo como dice ella “como Dios me dio a entender”.
“La mamá de esas niñas, ya se había checado y los médicos le dijeron que aún faltaba tiempo, pero en la noche vinieron los familiares por mí, me dijeron que ya se estaba aliviando la muchacha, cuando llegué ya casi nacía una niña, la saqué bien y todo, pero luego vi algo raro, toqué a la muchacha y le dije ¡espérate! ahí viene otro, ni ellos sabían que eran gemelas, pero nacieron prematuras, y aquí no había incubadoras, pero rápido las rodee de frascos con agua caliente para ayudarlas, pero fue imposible y murieron, nunca llegó la ambulancia tampoco, eso fue muy triste, pero nacieron antes de tiempo”, revela con tristeza en su rostro, pese al paso de los años no olvida aquella mala experiencia.
Pero su rostro se ilumina, cuando se acuerda de todos los niños y niñas y hasta partos gemelares que ha traído al mundo y dice: ahí andan todos vivitos y coleando.
Sin ayuda tecnológica más que sus manos, sus conocimientos empíricos, unas tijeras especiales, una cinta umbilical para cuidar el ombligo de los recién nacidos y un hule con tela, con eso es suficiente para que doña Kika cumpla su trabajo de partera, en la que el pueblo confía.
Aquí todos vienen a curarse…
Entrevistada en su domicilio, donde además tiene una pequeña tienda de refrescos, frituras y productos alimentarios, doña Kika, revela que además de los partos, cura a los enfermos del pueblo.
Algunos creen -dijo con una leve sonrisa- otros no, pero yo curo de muchas cosas a niños, adultos, jóvenes y adultos mayores, aquí viene mucha gente y los curo de susto, de ojo, de empacho, de la mollera caída, falseadas en manos y pies, acomodo los huesos a las personas y hasta atiendo a las mujeres de males en los ovarios.
“A la hora que vengan yo los curo, a veces vienen de madrugada porque los niños están con temperatura y no pueden dormir, yo los curo y se van a su casa ya muy bien”, dijo.
Para curar a los adultos de susto, doña Kika utiliza la llamada Piedra Lumbre, hojas de Gobernadora plantas que proliferan en el desierto ocampense y las ramas de pirul, que abundan en los patios de las familias oriundas del pueblo.
“Al terminar, se quema la piedra lumbre y en ese momento se refleja la imagen de lo que asustó a esa persona”, dijo con unos ojos expresivos que detallan las sorpresas que se encuentra en cada uno de sus “pacientes”, pero a la vez agrega: en el caso de los niños, ellos no se asustan ellos vienen “azorados” y a ellos nadamás los paso por una veladora, rezo y con eso se alivian”.
Platicó que los niños “azorados” se estremecen y lloran mucho, y eso es porque se encuentran con la “Malora”, que es una sombra negra que baja del cielo de repente y genera el susto.
Para curar el mal de ojo, utiliza sólo un huevo y los rezos; eso es suficiente para aliviar a personas de todas las edades, para la mollera caída utiliza linaza y para el empacho una hierba que se llama “parraleña” y orgullosamente dice que ella no cobra por ninguno de sus servicios, pero que la gente que se va aliviada, le regalan algunas monedas.
Durante la entrevista, llegó doña Cuca una vecina del pueblo y dio testimonio de las habilidades de doña Kika para aliviar a las personas: mi nieta empezó a estar mala y mala, ya no quería comer y tenía los ojos hundidos, la llevaron al doctor y le dio tratamiento pero ella seguía igual, tenía como un añito de edad, ya solo quería estar acostada y fue cuando mi esposo me dijo, vayan por doña Kika, la llevamos hasta la casa, y nadamos con verla dijo ésta niña tiene la mollera caída, la curó y todavía no se iba doña Kika y la niña ya se había levantado a jugar, aquí en el pueblo le tenemos mucha fe y mucha confianza.
Se dedica a la pepena
Debido a la difícil situación económica que afecta a la mayoría de las familias del pueblo, acompañada de su esposo doña Kika tiene otro medio de sustento, se dedica desde hace algunos años también a la pepena de botellas de plástico, aluminio, cobre y vidrio, en el relleno sanitario municipal.
Sin embargo, es una actividad muy peleada en el pueblo ante la falta de empleo y la cantidad de desechos almacenada en el lugar es insuficiente para el sustento de tantas familias que acuden a diario con las mismas intenciones de lograr recolectar cualquier cosa que les represente un ingreso.
Doña Kika y su esposo, manejan una modesta camioneta hasta Monclova para vender su material reciclable y ayudar su economía.
Aquí los dos trabajamos muy duro -explicó- desde muy temprano, no queda de otra hay que seguir adelante.
Para despedir la entrevista se acerca y dice con tono pícaro, señalando un pequeño moño rojo en su cabeza, “mira éste me lo regaló él, es que me quiere mucho” y esboza una sonrisa viendo a su marido.
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