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Redacción
Publicado el domingo, 1 de marzo del 2015 a las 16:00
Saltillo, Coah.- Elementos de la Policía Municipal incurrieron en abuso de autoridad y en una violación a los derechos humanos al “fumigar” con gas lacrimógeno a más de 100 detenidos en la Comandancia: el delito, que dos trasnochados lanzaron piropos a una mujer arrestada minutos antes, la madrugada del domingo 22 de febrero.
El reportero de Zócalo Saltillo fue testigo y víctima directa de los oficiales, luego de que provocó su detención con una falta administrativa y constatar los abusos que cometen protegidos por la placa y uniforme.
Insultos, golpes con el puño cerrado y cachetadas son las técnicas que aplican para hacer valer la autoridad, aunque no haya motivo para ello y sin que haya resistencia o siquiera amenaza de agresión de los presos.
Caer en los operativos antialcohol o ser sorprendido a las afueras de una cantina de arrabal trae como resultado la detención automática, sin uso del alcoholímetro, e ir a parar a uno de los malolientes y contaminados separos municipales, donde en espacios reducidos de 6×10 metros son hacinados más de 100 detenidos en cada uno de ellos.
Pagar por delitos no cometidos es otra constante para recaudar recursos. Nadie espere encontrar en la cárcel municipal a ningún “júnior” o “fresa”, sólo hay jóvenes de barrio, obreros, campesinos.
LA DETENCIÓN
En las últimas semanas aumentaron las denuncias por la “cacería” nocturna que realiza la Policía Municipal, y Zócalo Saltillo realizó un ejercicio periodístico para verificar las quejas.
Antes de las 22:30 horas del sábado 21 compré tres latas de cerveza en la tienda de la esquina de Lerdo y Acuña, zona donde abundan modestas cantinas y fondas con venta de alcohol.
La idea era provocar la detención. Afuera de la tienda bebí una cerveza sin el resultado esperado. Abrí otra, pasó una patrulla despacio frente a mí, seguí bebiendo y no se paró, siguió de frente al norte y viró a la izquierda en Múzquiz. Quizá iba a la caseta que la corporación tiene entre Acuña y Xicoténcatl.
“Mira ese vato. Pasó la patrulla y no lo peló. Se lo van a llevar al güey”, dijo entre risas a un parroquiano una de las meseras que había salido de una cantina.
Tuvo razón. Minutos después llegaron tres mujeres de la Policía Ciclista, tiré la lata cerrada a un bote de basura y con la otra en la mano me paré al lado de una camioneta. No opuse resistencia, me colocaron las esposas con las manos atrás y me llevaron caminando a la caseta.
Ahí me esposaron, me sentaron en una banca, pedí un baño para orinar y se negaron. Para hacer el reporte de mi detención surgió un inconveniente, no tenían pluma así que les regalé la que traía. “Quédese con ella”, le dije a una de las mujeres.
EN LA CAJUELA
Al poco rato llegaron otros policías con dos detenidos más y luego del trámite de papeleo nos subieron a la patrulla, una camioneta Captiva. Me subieron en el asiento trasero junto a un policía. Atrás, en la cajuela, subieron a los otros dos “engarruñados”.
Después de las 23:00 horas la unidad tomó por Presidente Cárdenas a gran velocidad y luego dobló a la derecha por cualquiera de esas calles oscuras. A dos cuadras estaba una patrulla con caja para detenidos. Nos ordenaron bajar y subir a ésta. Me esposaron a la patrulla y en esos momentos bajaron de la cabina a dos señores con sombrero y le pregunté a la oficial por qué los dejaron libres: “Ellos no hicieron nada grave, ustedes sí”, respondió, mientras que uno de los liberados me hacía con la mano la señal de que dieron dinero y se alejaba presuroso.
A LA CÁRCEL
En poco tiempo llegamos a la Comandancia Municipal. La actividad era notoria en el patio de estacionamiento, policías y detenidos por todas partes. “¿A dónde vas pendejo?”, gritó un oficial a un detenido que empezó a caminar al bajar de la unidad. “¿Por qué lo insultas?”, le pregunté: “Tú, cállate, mientras a ti no te diga nada”.
Adentro nos formaron en dos filas para pasar al juez calificador. La verdad, no vi a nadie que tuviera señas de andar borracho. De pronto, un policía le dio un cachetadón a un detenido y le dijo: “A mí no me insultas” y luego arrojó la cachucha del preso a sus pies.
Más atrás llegaron otros policías encapuchados con un hombre y una mujer, que traían una mochila. Al parecer contenía una bolsa de resistol y eran reincidentes. Al hombre le dieron un puñetazo en el rostro por tronar los dedos a otro detenido y a la mujer le azotaron la cabeza en la pared. En ningún momento la pareja se había mostrado agresiva o dijo algo que exigiera algún grado de fuerza para atender indicaciones.
De nueva cuenta, frente a un escritorio, me pidieron el nombre y preguntaron cuántas cervezas tomé. Seis o siete, les dije, y no me aplicaron el alcoholímetro en ningún momento, quizá no era necesario, pero ya dentro de la celda varios “compañeros” aseguraron que no les hicieron la prueba ni al momento de la detención o al ingresar. Briagos no andaban.
HACINAMIENTO Y PROMISCUIDAD
Cubierto el trámite de ingreso pidieron quitarnos las cintas de los zapatos, el cinturón y dejar los objetos de valor en una bolsa, y de ahí a las celdas.
Era la medianoche y el lugar estaba a reventar. El único espacio disponible estaba al fondo, a la entrada del baño y ahí me paré. Olor insoportable: el mingitorio sin agua, lleno de vómito; el único retrete peor, excremento por fuera y por dentro, sin agua. En ese momento me arrepentí por tomar una mala decisión, pero después resultó que fue lo mejor.
Para cuando quise cambiar de lugar, la celda de 6×10 metros, incluyendo el baño, ya había recibido más huéspedes. A lo largo de la pared del lado derecho había una banca de concreto. Algunos, los que llegaron primero, estaban acostados y amontonados, los demás en cuclillas o sentados en el piso. Conté en varias ocasiones el número de detenidos: 95, 98, 105, 108, 115. Siempre la cifra rebasó los 105 y eso que dejaba margen de varios sin contar, para no repetir, Así, desde la medianoche y hasta las 17:00 horas del domingo estuve parado. 17 horas de pie. Para la mañana me dolían las plantas de los pies y para el mediodía me ardían. A esa hora también empecé a sentir dolor en la parte baja de la espalda. “Son los riñones”, me dijo un señor, “también a mí me duelen”. Volteé la vista y otros más también se sobaban la espalda.
Frente a mí, tirado en el piso, un preso se desabrochó el botón del pantalón y se introdujo la mano para rascarse con desesperación, lo mismo que el trasero. “A ese güey se lo están comiendo los ‘chatos’”, dijo alguien en la penumbra.
Luego parecía masturbarse, retorcía el cuerpo y poco a poco se le fue repegando al que dormía a su lado. Éste quizá soñaba y le metió la mano entre el pantalón y le acarició la pierna. El otro lo interpretó como una señal, se bajó el pantalón dejando las nalgas al aire e intentó montársele mientras que varios reían y gritaban “¡Ora! Ora! Se lo quiere chingar”, lo que medio despertó al soñador y le reclamó “¿Qué trais, pendejo?”. El “despreciado” abrió los ojos por un PIROPOS Y FUMIGACIÓN
Si el olor de excremento y orines era insoportable, lo peor de la noche no tardó en presentarse. Alrededor de las 4 de la madrugada empezó de nuevo el bullicio. Quienes estaban despiertos frente a la reja alcanzaron a ver a una mujer detenida y le lanzaron piropos y silbidos, sin ningún comentario vulgar.
Sin embargo, eso fue suficiente para despertar el enojo de algunos policías que preguntaron a gritos “¿Quién fue?”. Silencio. La pregunta se repitió otra vez y la respuesta fue la misma. Molestos, advirtieron: “¡Los vamos a fumigar!”, amenaza cumplida de inmediato. Arrojaron gas lacrimógeno en toda la “jaula”, los más afectados fueron aquellos que estaban cerca de la puerta y los que dormían, pues no alcanzaron a cubrirse la nariz.
En cuestión de nada el gas llegó hasta mí. Me cubrí con la camisa la nariz y la boca, pero no fue suficiente. De cualquier manera el producto lo inhalé, traté de no respirar, no aguanté y en un descuido abrí un poco la boca y peor, sentía que traía chile en la nariz y piquetes en la garganta. Empecé a toser y lagrimear.
Los más dañados lanzaban maldiciones y empeoraban su situación. Durante 15 o 20 minutos todos tosimos y lagrimeamos. Otros más, unos 10, entre tropezones y aventones llegaron al baño para vomitar. Quedarme a la entrada del baño fue mejor que permanecer parado en la puerta de entrada a la celda, donde la ventaja era recibir un poco de aire fresco.
Cuando el aire fue respirable, un detenido de gran altura ubicó a uno de los “galanes” y entre maldiciones lo agredió mientras estaba tirado en el piso reponiéndose de la “fumigación”, culpándolo de lo ocurrido. Sangró de la boca, la nariz y de la frente por los puñetazos y patadas recibidas.
Los policías sabían que eso pasaría, terminada la golpiza entraron y se llevaron al “chilango” lesionado para limpiarle las heridas. Ya había pagado. Pero los oficiales querían al otro que silbó y amenazantes recorrieron la celda pidiendo su “cabeza”. Eran tres muy altos y corpulentos con armas largas y con la impresión de tener cargo de mando. Nadie dijo nada y amenazaron con lanzar más gas pimienta. Por fortuna no lo hicieron.
A las 6 de la mañana nos sacaron a todos a un pequeño espacio de 3×10 metros para formar 4 o 5 filas, todos amontonados para el pase de lista. Una oficial se divertía llamándonos estúpidos, güeyes, pendejos o ridiculizando por los nombres y apellidos de los presos. A quienes llevaban sombrero les llamaba rancheros en forma despectiva.
Si alguien reclamaba por el mal trato, respondía con más insultos: “¡Cállese, güey, o le meto unos vergazos. No estoy manca!”. Ningún policía nos defendió o puso fin a los insultos, antes reían. Los policías maltratan a los detenidos, los golpean, insultan y aparte hacen negocio. Algunos presos logran burlar la revisión de ingreso y esconden dinero o, mejor dicho, los oficiales se hacen de la vista gorda porque finalmente ese dinero será suyo.
El negocio opera así: quien trae las llaves de las celdas no es un oficial, es un preso de confianza que ya tiene varios ingresos. Así, evitan el cansancio de recorrer los cuatro módulos, 20 o 25 metros, nada más le dicen el nombre de un detenido que tiene visita o que va a salir y el “llavero”, así le llaman, recorre las jaulas gritando por el requerido, y al ubicarlo abren la “jaula” para que salga.
El “llavero” es el enlace con la clientela cautiva. A través de éste, los policías ofrecen sus servicios, es decir, ellos mismos se encargan de realizar la llamada “a tu casa o a celular, es el mismo precio”, a un costo de 50 pesos.
También ofrecen en venta cigarrillos sueltos a 10 pesos. El “llavero” obtiene ganancia; en la compra de un cigarrillo pide que le compren otro para él, luego se pierde entre los pasillos y regresa con la mercancía. Por cada llamada que hace un policía, él pide al cliente otros 20 pesos, y de la comida que los familiares llevan a los detenidos, antes de entregarla se queda con una porción.
En años pasados a los presos les daban un lonche de pan francés. Ahora no, de manera que hay quienes duran 36 horas sin probar alimento, si es que los familiares no tienen dinero para pagar multa por una falta administrativa o no les llevan comida.
De cualquier manera, el alimento es insuficiente. Por una parte, porque el “llavero” se queda con una porción y porque los demás detenidos piden “una probadita”. Nadie se niega a compartir su comida, por solidaridad o temor. Así me ocurrió. Una o dos mordidas a un taco, dos o tres tragos a una botella de agua o refresco y a compartir.
DETENCIONES ARBITRARIAS
Dentro de la “jaula” hay una historia por cada detenido. Uno que trabaja de operario con mil 300 pesos semanales también se gana unos pesos extras como tatuador y haciendo “retratos realistas o en caricatura”, al carboncillo o con acuarela, por 150, 300, 400 u 800 pesos, según lo complicado del trabajo. Quiere poner su negocio propio, pero le tiene miedo a Hacienda y pagar renta de un local es caro, así que seguirá de obrero.
A un señor que se gana la vida pintando casas lo detuvieron afuera de la suya mientras llegaba con unas caguamas después de trabajar. No hubo manera de evitar la aprehensión: el delito era notorio y lo agarraron con las manos en la masa. Entre la semana sólo sacó 500 pesos y la multa ascendía a más de mil 300, así es que esperaría al mediodía del lunes para salir de la cárcel.
Otro más, con problemas para caminar, me dijo que lo acusaron de intentar robarse el televisor de una casa y que como no lo logró, saltó la barda y se dobló el pie, según la Policía. Su versión es que sufre por la gota y el dolor en las rodillas le impide caminar bien. Lo atraparon al ir a la casa de un amigo a tomar cerveza.
Un joven fue detenido el sábado por la noche al dirigirse a un bar. Reconoce que iba tomando, al igual que otro amigo, pero el conductor no. A éste lo dejaron libre y los otros dos fueron encerrados. “Yo iba de acompañante, no iba manejando, y ahora me dicen que la multa son casi 6 mil pesos que porque yo traía el carro. Al otro le cobraron mil 300 y salió”.
Alguien más comentó que caminaba rumbo a una tienda a comprar cualquier cosa, junto con su novia. Admite que había tomado cerveza, pero no iba borracho ni haciendo escándalo, pero eso no importó a los patrulleros y los encarcelaron.
Salir a la tienda a comprar papel sanitario a las 7 de la mañana del domingo le costó la cárcel a otra persona originaria de San Luis Potosí. “No había tomado, no traía cervezas y nomás se paró la patrulla y ordenó que me subiera pero ¿por qué?”.
NI ‘JÚNIORS’ NI ‘FRESAS’
En las 17 horas que permanecí en la cárcel entraron y salieron detenidos, todos gente de barrio, pandilleros, albañiles, obreros, campesinos, estudiantes, pero ningún “júnior” o “fresa”, lo que confirma el dicho de que “lo que en el rico es alegría, en el pobre es borrachera”. No es lo mismo salir de un antro “nice”, ubicado en la zona de oro o diamante de la ciudad, que andar en cantinas de la zona centro o de la periferia.
Es cierto, detuvieron a algunos evidentemente borrachos o drogados, pero la mayoría no estaba en esas condiciones. No se trata de defender a quienes incurrieron en algún delito o falta administrativa, sino de señalar los abusos de autoridad, la corrupción de la Policía Municipal, la aplicación selectiva de la ley, las humillaciones y golpes que sufren los detenidos.
La pregunta es ¿dónde están los ofrecimientos de tener una mejor corporación municipal? ¿Por qué no detienen a gente adinerada? ¿Por qué los retenes antialcohol no aplican afuera de los antros de lujo? ¿Por qué no aplican el alcoholímetro a todo detenido? ¿Por qué rociar con gas lacrimógeno a personas encerradas, indefensas y que no estaban cometiendo ninguna falta grave que implicara riesgos para los mismos detenidos o la Policía?
¿Dónde está la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Coahuila? ¿Por qué no participa en los operativos antialcohol? ¿Por qué no inspecciona las condiciones inhumanas en que deben permanecer los presos, así sea por unas horas? Si a los miembros de Alcohólicos Anónimos les permiten llegar hasta las celdas a entregar folletos y dar su mensaje ¿por qué los visitadores de la CDHEC no realizan su trabajo como debe ser y entran a los separos? ¿Acaso son “Pinches polis, nos tratan como perros, ni de comer nos dan” reclamó un detenido y otro añadió: “Esto es inhumano, pero van a ver, le voy a decir a Chilo”. Con risas y carcajadas festejaron su comentario…
por esa razón era imposible sentarse.
momento –parecía drogado– y buscó repegarse en las piernas de otro y éste lo aventó. Al fin se quedó quieto, pero sin dejar de rascarse.
NEGOCIOS DE LOS POLICÍAS
una oficina burocrática más, que sólo trabaja en horario de oficina, de lunes a viernes?
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