¿Por qué México parece vivir en crisis recurrentes?, le pregunté a José Ramón López Portillo Romano, autor del libro Tres Crisis, en una entrevista para mi programa de televisión. En su obra, el autor propone algo sencillo pero poderoso: mirarnos al espejo sin prejuicios.
-¿Por qué se te ocurrió escribir tu libro?
-La obra arranca con una escena especial e íntima —una visita a la tumba de mi papá, quien fuera presidente de la República—. Y desde ahí intento una reflexión colectiva sobre decisiones que marcaron al país.
-Para mí que ha habido más de tres crisis, mis hijos y mis nietos son producto de las crisis.
-El libro está precisamente enfocado a que hemos vivido todas estas crisis y prácticamente en todas nos han tomado desprovistos de instrumentos, sin una estrategia y sin un sistema de gobernanza adecuado para enfrentarlas. Esta nueva crisis en la que estamos, que es una crisis tecnoeconómica, geopolítica, y una crisis cultural, es quizá la última gran crisis que México va a tolerar sin una estrategia. Es decir, si no tenemos una forma de enfrentar esta crisis, las consecuencias pueden ser existenciales para el país. De ahí la propuesta del libro, lo primero que tenemos que hacer es dialogar. Hemos cerrado el diálogo, hemos fincado nuestras crisis en acusaciones, en narrativas simplistas, en narrativas falsas, groseras que no nos llevan a ninguna parte: los neoliberales contra los nacionalistas, los nacionalistas contra los neoliberales, la 4T contra los neoliberales, y en toda esta cacofonía no hemos podido forjar una idea de la estrategia que necesitamos para enfrentar lo que viene.
-¿Y qué me puedes decir de la segunda crisis?
-La segunda fue la del neoliberalismo, que surgió sin plan maestro, a golpe de emergencia fiscal. Logró estabilizar la macroeconomía y abrir al país al comercio global mediante el entonces llamado TLC (Tratado de Libre Comercio), integrando a México a cadenas productivas internacionales. Pero también se dejó desigualdad persistente, salarios estancados, debilitamiento de la política industrial y una sensación de crecimiento que no alcanzó a la mayoría.
-¿Y en cuanto a la tercera?
-Hoy vivimos una tercera crisis global que aún no comprendemos plenamente: la era tecnoeconómica. Inteligencia artificial, cambio climático, tensiones geopolíticas y digitalización acelerada están transformando el mundo. No es solo un reto económico: es un cambio civilizatorio. El mensaje central es claro: no podemos enfrentar el futuro con relatos sesgados ni con recetas ideológicas agotadas. Necesitamos entender cómo se tomaron decisiones bajo presión extrema y construir, por fin, un modelo propio que combine justicia social, innovación y educación de calidad, para convertirnos en una potencia tecnológica regional y evitar daños sociales como los del pasado. Porque si no entendemos nuestras crisis, estamos condenados a repetirlas.
-¿Qué le recomendarías a la 4T?
-Abrir el diálogo, que participemos todos; no podemos excluirnos: “Tú eres neoliberal, no quiero escucharte; tú escribiste un artículo honesto, no quiero ni leerlo; tú eres el nacionalista, eres un estatista, etc., etc.”. No podemos seguir así. Por otro lado, le recomendaría legitimarse y relegitimarse cuantas veces sea necesario.
-¿Tú crees que todo esto se complicó aún más con la aparición de Trump?
-Bueno, por supuesto, eso es parte de lo que digo en los últimos capítulos del libro. La 4T no está en crisis per se. La 4T sigue teniendo su programa y sigue teniendo una legitimidad en el electorado importante, ha formulado el humanismo económico, que es muy loable, es muy respetable, como ideología, pero mi cuestionamiento es si es viable. Y yo creo que no lo es, no porque no haya la mejor intención de que lo sea -que todos los regímenes eventualmente lo que quieren es el bien de mi hijo, porque el bien de mi hijo es el bien suyo-, pero en este caso, la 4T ha continuado con ciertas estrategias del neoliberalismo que no son suficientes para enfrentar este tema.
-¿Se podría decir que tu libro tiene una gran dosis de nostalgia?
-”Tres Crisis” no es un libro de nostalgia ni de denuncia. Es una invitación a la honestidad intelectual. A reconocer lo que funcionó y lo que no en cada etapa, sin trincheras partidistas. Y a asumir que el verdadero peligro no está en el pasado, sino en la inacción frente a un presente que se transforma a velocidad exponencial.
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