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Un libro hecho de puras vidas extra

  Por Grupo Zócalo

Publicado el martes, 29 de septiembre del 2026 a las 19:59


Ribé establece con energía y expresividad su poesía, que pulsa a través de juegos de lenguaje

Saltillo.- “Enjundia lúdica” es un concepto-síntesis que me llegó a la cabeza al pensar en el muy logrado libro Vidas extra, de mi querido amigo y colega Lalo Ribé… “Enjundia lúdica” para vivir jugando, “enjundia lúdica” para recordar como si fuera un juego, “enjundia lúdica” para cambiar un viaje a Costa Rica –donde dicen “¡Pura vida!”– por “una tele de 32 pulgadas y un tres sesenta” en su lugar… Mejor puras vidas extra, cortesía de los dispositivos de la poesía…

En este poemario, el tema evidente son los juegos de video como referentes de exploración, mas el juego de mayor apuesta en los textos es el de configurar un lenguaje poético propio y de compromiso personal, que sea vehículo de supervivencia más allá de las vidas extra, más allá de la vida misma y sus pérdidas y sus rupturas y sus lutos y sus botones luminiscentes…

A su manera, Ribé establece con energía y expresividad su poesía, que pulsa a través de juegos de lenguaje, que incluyen a veces lo tipográfico –y todo esto me hace pensar en Wittgenstein, el de las Investigaciones filosóficas en sus ediciones de mayor apego, y quien tuvo el don de dinamitar, cuestionando, cualquier certeza de los convencionalismos sobre los cuales solemos hablar y escribir y leer y pensar por medio del lenguaje verbal–. Así, porque el gran juego al que nos invita Ribé está en la dimensión amplia del mundo de las palabras, no es indispensable ser experto en saberes gamers (soy un verdadero ignorante en esta materia) para percibir la fuerza de la escritura de nuestro autor, su estilo dinámico, poliédrico y contagioso que afronta y confronta, antes que nadie, a sí mismo, mientras goza y hace gozar una rítmica inherente, que, al ser interpretada en voz alta –como constataremos en unos minutos–, adquiere cuotas de mantras echados pa’ delante, de oralidad seductora sin que medie contacto corporal…

Por lo anterior, confieso que no he sido capaz de volver a leer a Lalo Ribé en silencio después de haberlo escuchado por primera vez en uno de sus contagiosos recitales o espectáculos de slam poetry o spoken word, o como queramos llamarle, y ese resultado me gusta y me revitaliza: el autor y sus versificaciones interpretadas sonoramente, que luego, a destiempo, intervienen y afectan la soledad lectora, inyectándole efusividad, ritmo y prosodia al proceso de estar sentado o parado o bailando y leer… Por ello, consecuentemente, pienso que así debería de apoyarse siempre la poesía, sonando y retumbando en nuestras cabezas, más cuando se ofrece como experiencia pública, como lectura en voz alta: operando, con mediación del oído, a través de un acto irresistible de respiración, de boca a boca… ésa que salva vidas… que da vidas extra…

Hace unas semanas vi en cine Moscas, la estupenda película de nuestro compatriota Fernando Eimbcke que fue nominada al Oso de Oro del Festival de Cine de Berlín a inicios de este 2026, y, dados algunos de sus temas, terminando la función lo primero que hice fue enviarle un mensaje a Lalo recomendándole que la viera. El papel y significado que tienen en el filme los juegos de video –en su versión de maquinitas– como asideros para la salvaguarda emocional, me conmovió e hizo pensar directamente en el poemario que hoy nos reúne, porque detrás de cada Game Over y cada centelleo de las pantallas –más chicas o más grandes, según el presupuesto de cada quien–, hay un irrenunciable deseo de asirse a la vida misma, ésa que el programador del juego llamado “Realidad” no generó con la recompensa de dar unas vidas más, ni una, unita, extra, y aunque el último minuto también tenga 60 segundos, el 61 nomás nunca llega ni llegará, a menos que seamos como el redivivo al tercer día que tuvo la ocurrencia de fundar un culto por no tener algo mejor que hacer o una consola Nintendo a la mano…

Con honrosas y paternas excepciones, nunca he jugado juegos de video y, probablemente, nunca más los jugaré, y aunque parte de los referentes que menciona Lalo en sus poemas me obligaron a consultas googleras para que ciertos pasajes no me resultaran encriptados, en ningún momento me sentí alejado de la sintonía emocional y los hallazgos de versificación logrados por nuestro autor, quien es dueño de un oído excelente que lo ha hecho capaz de crear un estilo de robusta musicalidad como pocos hay en estos días en la variada y apreciable poesía escrita en el tercer estado más extenso de la república mexicana.

Asimismo, en los poemas de este libro es de destacar un manejo del lenguaje y la sintaxis que, con “enjundia lúdica”, explora posibilidades expresivas más allá de los modos más convencionales de versificación, vinculándose con las herencias de ciertas vanguardias históricas y del verso de libre flujo trabajado en la poesía beat, pero evadiendo –por fortuna– la insistencia de la citación de los nombres de los adalides y los temas contraculturales de hace más de un siglo o de los años sesenta del pasado (manidos hasta el cansancio por algunas poéticas algo trasnochadas a estas alturas del partido). Por ello, es de celebrar que los referentes temáticos pop de Lalo responden a una vocación generacional compartida entre adultos aún jóvenes (pienso, por ejemplo, en algunos de los poemas más potentes del argentino Mariano Blatt, apenas dos años menor que Ribé), y que es más original y cercana a nuestro tiempo, por lo cual sus textos conectan, incluso, con públicos aún más jóvenes que los de su propia generación ochentera, y a favor de ello creo que opera un fenómeno sociocultural enternecedor y fascinante: el atractivo que ejercen sobre los gamers actualmente pre- y adolescentes los juegos vintage, esos de lucecitas parpadeantes y geométricas que se deslizan –cuando prenden todavía– sobre pantallas oscuras, haciéndolo con penosa dificultad y exhibiendo sin complejos sus gloriosas limitaciones tecnológicas.

Por lo anterior, al escuchar algunas veces a Lalo platicando con interlocutores juveniles acerca de sus poemas, sé que se aprende bastante acerca de versiones raras de algún juego, personajes imbatibles salvo cuando los chamaquea una falla en el suministro de electricidad, y niveles de competencia reservados para cracks abducidos por lo suyo, sintiendo yo, al oír esos intercambios, el tipo de admiración que han ejercido sobre mí arqueólogos fechando aproximadamente alguna pieza hace poco desenterrada, u ornitólogos dilucidando las dificultades de identificar un ave endémica luego de una racha de huracanes… Ignorante en dichas áreas, ser escucha de diálogos así me ha deslumbrado y regalado vidas extra, que han activado el botón de encendido de mi masa cerebral, con estímulos que espero conservar incluso allende el día que me caiga mi “Game Over”…

“Vidas extra” es un poemario cargado de ídem, que a la estimulación rítmica, temática y popera suma el don de las revelaciones, como un oráculo juguetón que es extensión de la intuición de quien opera la maquinita y cuenta con, por ejemplo, capacidades de “adivinar salidas a trampas” del Rygar “aún no activadas”, mientras el ruido se calla la boca…

Asimismo, en su estructura, “Vidas extra” presenta un agraciado contrapunto entre los poemas en sí y los textos tipográficamente distintos, escritos en prosa y de opción múltiple como remate, colocados cada tanto a lo largo de la paginación, y que siempre le reservan un lugar a la poesía como una posible solución al reto correspondiente, entre las cuatro salidas o posibilidades enlistadas. Detalle lúdico y de acertado instinto de composición para dinamizar el conjunto, el manejo de este recurso ayuda a cambiar el flujo de la lectura y, con ello, enriquecer las cadencias de la experiencia receptiva, pero también –y acaso sea esto lo más importante de tal aspecto del libro–, al incluir alguna referencia a lo poético como potencial elección correcta para superar el reto planteado, se manifiesta una carga loable de esperanza, en los términos que plantea para referirse a ella el filósofo sudcoreano Byung-Chul Han en uno de sus libros recientes, y quien coincide con Erich Fromm al señalar que la esperanza es un “estado ontológico”, un estado de ánimo, una “disposición interna”: “la ‘disposición para una actividad intensa que aún está por ejercer’. Es, por tanto, una fuente interior de dinamismo y actividad”…

Siendo ambos factores, dinamismo y actividad, indispensables para afrontar retos de toda índole, como jugar a las maquinitas y ganar vidas extra, escribir y corregir poemas para depurarlos, o leer en voz alta frente a propios y extraños con la convicción de un samurái sonriente mientras se hace harakiri…

Otro de los aspectos que gocé de “Vidas extra” está en el poema “Tutorial”, donde el yo poético no disimula –sino sublima– el escurrimiento de fluido salival –mejor conocido como ya saben cómo– por la mujer amada en ese entonces, y, tomando como referente el poema más citado de Oliverio Girondo, lo actualiza hasta días más recientes, pues eso de que haya algunas mujeres que “no sepan volar” sí decepciona desde siempre, y, en los tiempos de cartuchos, X Box y juegos en línea, saber volar y tener pulgares fuertes son condiciones femeninas indispensables para construir felicidad dentro de la pareja, pasando a segundo plano si ellas tienen nariz de zanahoria o de otro vegetal.

Las, los y les invito a conocer más de cerca –no nos hagamos: comprándolo y leyéndolo– este “Vidas extra”, librazo de enjundia lúdica e imaginación operativa puesta al servicio de los botones del corazón, y de advenimientos por los cuales un ser humano detrás de consolas y monitores apela a la complicidad de un tiempo compartido por medio de textos, para que sean ellos, cuando menos, los que trasciendan el paso de los años, ganando vidas al arroparse con la interpretación lectora de morras, morros y morres más morritxs cada vez, lo cual seguramente asegurará para el señor Eduardo Ribé su estatus de leyenda urbana por estos y otros lares…

Con información de Valdemar Ayala Gándara

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