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Una mirada de Juan Pablo II cambió su vida

  Por Leticia Espinoza

Publicado el sábado, 11 de febrero del 2012 a las 16:00


Confiesa que cuando sintió fuertes dudas de su vocación, un encuentro con el beato lo hizo volver al camino

Saltillo, Coah.- De mirada bondadosa y andar sencillo, detrás del cuello sacerdotal esconde al joven romántico que fue. No se resiste a los acordes de una guitarra para cantar, confiesa algún día tuvo miedo a seguir el camino de Jesucristo, pero la paz de Juan Pablo II lo guió y hoy consagra su vida pastoral a formar a seminaristas en la Diócesis de Saltillo.

El padre Plácido Castro Zamora se dice “feliz de ser sacerdote”. Cumplirá 32 años de labor pastoral y actualmente es rector del seminario; este 2012 será su séptimo año frente al instituto religioso.

Confiesa que tiene defectos, pues el seminario requiere de alguien que tenga autoridad y a él le cuesta mandar, aun así su mayor alegría frente al Seminario es que los jóvenes le dan la oportunidad de renovarse.

Recuerda que hace 36 años decidió ser discípulo de Jesucristo: “Tuve una experiencia de Jesús muy viva y le dije que si Él quería que fuera sacerdote, estaba dispuesto y de manera especial; así fui evangelizado por otros jóvenes, le dije que si yo le servía en ese campo, lo haría, y ahora veo que lo tomó muy enserio porque prácticamente todos estos años de vida sacerdotal han sido con los jóvenes, al grado que vivo con ellos”.

Hoy su mayor preocupación es la formación de los muchachos, que se preparen de manera integral para servicio de la gente, lo que significa buscar la providencia de recursos para que el objetivo se lleve a cabo.

SACERDOTE POR JUAN PABLO II

El padre Plácido revela que en general la gente tiene un concepto bueno de él, lo cierto es que tuvo que venir Juan Pablo II para que él se convirtiera en sacerdote, pues confiesa que tenía miedo al compromiso, a no responder a lo que Dios quería de él, a no responder a lo que la gente necesitaba, a la fragilidad humana.

“Yo soy sacerdote gracias a Juan Pablo II, por su puesto gracias Dios, Él es el que llama, pero la primera vez que vino el Papa Juan Pablo II, con todo lo que esto significó, yo había decidido salir del seminario. Estaba en tercero de Teología, me faltaban cerca de dos años, estaba en Guadalajara y nos avisaron que venía el Papa e iba ir al seminario, nos dijeron que iban a ayudarle al Papa de 8 a 10 seminaristas en una de las misas que iba celebrar en el seminario, y que iban a escoger a los que los formadores creían que tenían méritos, y entre ellos me habían elegido”, dice.

“Yo había decidido salir del seminario y le dije al rector, ahora el cardenal Juan Sandoval, que yo en justicia no debería estar allí en este grupo, y me acuerdo que me dijo que la justicia se la dejara a él, y que si yo creía que no debería estar, pues que él me mandaba, que él me daba a la orden de que estuviera”, cuenta.

Dos días antes que llegara el Papa ensayaron la ceremonia y el encargado de dirigirlos, un obispo italiano, le dijo: “El papa va a entrar por esta puerta y usted va estar aquí, no tiene que moverse, el Papa va a venir a donde está. El rito de bienvenida consiste en darle él un Cristo y el Cristo se lo va entregar el superior de los franciscanos, pero usted lo va a detener”. Entre todos, fue el elegido, y como ese momento, fueron otros más los que están grabados en su vida, pero sin duda hay uno que no estaba previsto, el que más recuerda.

“El Papa dio la comunión a un grupo reducido de personas y luego se sentó, y mientras la gente comulgaba me ordenaron que le llevara agua para que se mojara las manos, me pidieron agua caliente o tibia porque las manos las traía muy inflamadas de saludar a miles de gentes; él estaba sentado, yo llegué y me arrodillé y le puse el agua para que se lavara”, relata.

“Como dicen, me miró y lo miré y allí no hubo palabras, antes habíamos platicado con todos, sólo mientras se lavaba las manos yo pude percibir una mirada que me emocionó mucho, me llenó de luz, yo me rendí y le dije a Dios que sí, que si él quería que fuera sacerdote, que ya había huido mucho de él”, comenta.

Hoy se da cuenta en carne propia de que “de lo frágil Dios se vale para confundir a lo fuerte”. El padre admira mucho Juan Pablo II aunque sabe que hay mucha gente que no está de acuerdo con que lo hayan nombrado beato, pero a él nadie le platicó su bondad él, la vio: “Yo lo vi, en la mirada de las personas se percibe, yo descubrí mucha paz, sentí que me conoció y no sentí miedo, al contrario, me sentí reconfortado”, dice.

EL APRENDIZAJE

A lo largo de tres décadas de vida sacerdotal aprendió que para tener éxito entre otras cosas no debe tener dinero propio. “No tengo cuenta de banco, a nosotros nos dan poco, 2 mil pesos por quincena, y nunca he tenido tarjetas de crédito. Aprendí a no tener dinero personal y cuidar el que no es de nosotros, a vivir unido a Dios mediante la oración y buscar todos los medios para estar unido a él y tener por lo menos un amigo sacerdote, no sólo trabajar con todos de manera fraterna”.

El padre Plácido, sonríe y revela que si no hubiese sido sacerdote le hubiera gustado cantar: “Siempre he tenido el sentimiento a flor de piel y me hubiera gustado cantar en lugares como bares, claro que de manera sana, cantarle a la gente de cerca, me gusta cantar mucho, pero como dice el dicho, ya nada más me queda el chorro, ya no tengo voz”.

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