Clasificados
Por
Paola A. Praga
Publicado el domingo, 18 de abril del 2010 a las 14:00
Saltillo, Coah.- La vida de Lucero Márquez Peña ya no es la misma desde hace dos años. El 9 de septiembre de 2007, un día después de su cumpleaños, se le inflamaron las encías y su madre la llevó al consultorio del ejido Santa Teresa y el diagnostico fue gingivitis. Pero no hubo mejoría. Comenzó entonces el calvario en hospitales y en febrero siguiente se le detectó leucemia.
La vida de Lucero ha cambiado. A sus cuatro años, visita el área de urgencias del Hospital del Niño. Cada 15 días o cada mes acude a su tratamiento de quimioterapia. Adormilada, llega poco antes de las 9:00 de la mañana, para poco después de las 17:00 horas regresar a su casa e intentar llevar una vida como cualquier otro niño.
Angélica, su madre, recibió la noticia de manera sorpresiva, porque una residente le dijo: “Tu hija se te va a morir”. Y aunque la impactó, a cuatro años de aquel día, ella asegura que Lucero tiene mucha vida por delante, y es verdad, porque a comparación de otros niños que se encuentran en las camillas del área de urgencias, con fracturas y enfermedades pasajeras, la pequeña sonríe y en su mirada se observa el tesón de quien no se deja vencer.
8:00 horas 9:00 horas “Lucerito, Lucerito, ¿vienes enojada?”, advierte una de las enfermeras, mientras sienta a la pequeña en una de las camillas, al tiempo que la revisa.
Enojada, Lucero les quita bruscamente la mano a las enfermeras que quieren convencerla de quitarle la ropa. No habla mucho, está molesta y su mamá sonríe en complicidad con las enfermeras, luego, sin darse cuenta, la niña ya está dentro de una bata amarilla. No se quita el gorro, ni el pantalón, ni las botas y es subida nuevamente a la camilla, donde esperará para que le tomen sangre y le realicen el estudio para que los doctores definan qué medicamento se le va a administrar.
9:50 horas 10:15 horas 11:00 horas 11:20 horas Pero por más que intenta Lucero no se acostumbra. Más serena, la niña le pide a su mamá que la recueste en la camilla, y se queda mirando hacia el techo. “Le da sueño, se la pasa dormida, pero cuando es lumbar, le dan calambres y vómitos, esa es más fuerte, pero la de ahorita no es menos que la otra, esa es la más fuerte que ha recibido desde que inició el tratamiento”, asegura su madre.
Se reincorpora, poco a poco sonríe y dice “hola”, platica con las enfermeras, ellas se acercan y le acarician las piernitas, mientras balbucea. Tiene los labios algo secos, la madre asegura que es normal. Dice que no le duele nada y juega con una pelota mitad rosa y mitad amarilla.
Le queda poco cabello. Su mamá explica que es la quinta vez que se le cae. “Se le cae todo y le vuelve a salir, pero ya no es lo mismo, pero ¿sabes qué? Ella dice que parece un bebé chiquito, mi niña es bien fuerte, a veces a mí se me imagina que ella es la que me da la fuerza para seguir adelante”, dice sonriendo la mamá.
12:05 horas Continúa la segunda parte de la quimioterapia. La enfermera retira una parte del catéter y se lleva hasta un lugar alejado el tubo de plástico, lo llena con una sustancia que tiene un fuerte olor y al cabo de unos minutos regresa: “Ya mero, chiquita, ya mero”. Lucero ni se inmuta, sigue jugando con su madre, pide una hoja de papel y una pluma, platica que es zurda y después comienza a decir palabras incompletas y entra en un trance, parece que se va a dormir.
Pero no, se reintegra y pide un vaso con agua. La espera es larga y no habrá manera de acelerarla. Lucero está consciente de la situación, aunque no comprende la enfermedad sabe que tiene que recibir el tratamiento, así que trata de pasar las horas lo mejor posible.
16:00 horas Al menos ocho niños han pasado en la sala de urgencias, algunos con fracturas, otros con infección en el estómago, otros más con fiebre y estornudos.
A esta hora la tarde y el silencio invaden a la sala. Se apacigua el movimiento sólo unos instantes para de nuevo comenzar el ruido y la entrada y salida de niños llorando, gritos, risas, llantos, así como de padres de familia. De todo se observa en la sala.
17:00 horas A sus cuatro años la niña conoce los hospitales, ha perdido el cabello y no va al kínder, pero su madre asegura que ingresará al último año para luego seguir estudiando. Ella está feliz ahora, ya va de regreso a casa un poco débil, pero tranquila, se siente bien y quiere llegar con sus abuelos para ver la televisión.
18:30 horas “Se va a quedar dormida, a mí se me hace que ya no despierta, siempre que llegamos a la casa ya se la pasa dormida porque sí le pega la quimio, pero mañana se aliviana y ya anda mejorcita y la ponemos a jugar con los primitos o ella sola, porque nomás es que se encarrile y no para, es bien tremenda y casi no habla, pero es muy juguetona”, dice su mamá.
Cuenta con el apoyo de sus abuelos maternos y paternos, se ha convertido en la consentida porque tiene ángel, proyecta las ganas de vivir que muchos no tenemos a veces, señalaron las enfermeras.
20:30 horas
Lucero se despierta y su mamá la prepara para el día que ya le es familiar. Aunque a ella no le satisface la idea, sabe que tiene que ir al hospital para recibir el medicamento para curarse. No tiene hambre y no desayuna, no se le insiste porque le espera un día difícil y ella sola pedirá el alimento, cuando su cuerpo lo necesite. Su madre advierte que el viento está fresco, la viste con un gorro de estambre morado y negro, un pantalón y una chaqueta de mezclilla azul y una blusa blanca.
Acompañada de su papá y su mamá, Lucero llega al área de Urgencias, aguarda unos minutos en la sala del Hospital del Niño y es recibida por las enfermeras.
Es llevada al cuarto de curaciones. El ambiente en el hospital es tranquilo, hay pocos niños en el lugar y es fácil escuchar el llanto de los que sienten dolor o que se asustan al ver las jeringas. Pero a Lucero ya no le da miedo, “se pone necia”, dice su madre, de 22 años, a quien junto con su hija el destino la llevó a dejar su pueblo y venir a la capital en busca de la vida. Le toman una muestra de sangre y le colocan un catéter cerca del hombro izquierdo. Luego le asignan la cama número 3 en urgencias, su mamá la sienta y le dice que en un rato “ya van a empezar”. La niña hace una mueca y se queda quieta con la mirada perdida.
“Señora, señora”, dice Lucero con voz suave, se dirige a la enfermera y le hace con la mano la seña de que se acerque. La enfermera va hasta su cama y ella le pide huevo con yogur, la enfermera ríe y le asegura que va a pedir su comida. Pasan unos minutos y una charola llega a la cama, con tres platos y un vaso. “Hay Chococrispis, huevo y yogurt de durazno”, le dice su mamá y ella pide el huevo.
Su padre lleva el medicamento a la sala de urgencias, es sesión de quimioterapia y tendrá que recibir vía intravenosa el tratamiento. Su precio es elevado y recibe ayuda de la asociación Niños con Leucemia para costearlos.
Llega el momento difícil: la enfermera cuelga del gancho de acero el suero con la primera parte del tratamiento. Lucero se resiste a recibirla, solloza, grita. Su madre trata de tranquilizarla, la enfermera le dice: “Ya sabes, Lucerito, ya tienes mucho tiempo con este tratamiento, no pasa nada, chiquita”.
Enfermeras van y vienen, Lucero y yo hemos estado jugando junto con su mamá con frases que a ella le hacen reír, se toca la cara, ríe y suelta carcajadas que contagian a las demás. “Esta niña es tremenda, en todo está”, dice la intendente que pasó a barrer y trapear.
Lleva varias horas jugando y luego duerme, ya comió un plato de gelatina y de la bolsa de suero continúa bajando la quimio. Su madre se cansa y sale a respirar un poco de aire fresco.
Se acerca la hora de que concluya el tratamiento. Los medicamentos están a punto de terminarse. Ya el cuerpo de Lucero está lleno de sustancias químicas que le ayudarán en el combate al cáncer, medicamente va progresando, su niñez es diferente, no es la de cualquier otro niño, pero tiene la fortaleza de quien ya ha vivido suficiente.
La llegada a su casa en el transporte la dejó agotada, su madre dice que prefiere recostarla en la cama, para que descanse y se olvide de la quimioterapia.
La niña se despierta y pide un poco de agua, no le molesta el ruido, se queda pensativa, no habla y juega un rato con sus manos, vuelve a quedarse dormida. Su mamá dice que ya mañana estará mejor y lista para acudir a su próxima cita al hospital.
Más sobre esta sección Más en Clasificados