Es algo verdaderamente sorprendente constatar una vez más la devoción que guarda nuestro pueblo a la Morenita del Tepeyac. Cada 12 de diciembre, personas de diferentes lugares de nuestro México, se dirigen a la Basílica de Guadalupe, bien siendo parte de una peregrinación o en grupo de amigos o familia.
El llamado Milagro de las Rosas se repite año con año. El fervor de los creyentes no disminuye, por el contrario, se incrementa al ir a ver a Santa María de Guadalupe, nuestra Madre y protectora de quienes creemos en ella.
A ella recurrimos en los momentos más difíciles. En algún momento de nuestra vida hemos solicitado su ayuda y protección ante una circunstancia que enfrentamos. Ya sea por cuestión de salud, de trabajo, accidentes o cualquier eventualidad que llegue a nosotros, a ella, a nuestra Virgencita recurrimos.
Es la fe con que fuimos formados la que nos sostiene en cada momento. Esa fe nos permite no claudicar, no darnos por vencidos y defender nuestros principios en cualquier tiempo y circunstancia.
Cómo no agradecerle a la Virgen el que no nos abandone cuando más la necesitamos.
Y hoy más que nunca los mexicanos estamos conscientes que necesitamos de la protección de nuestra Virgen al ver a nuestro país en circunstancias difíciles. Una patria en riesgo ante el peligro de que su suelo siga siendo profanado.
La fe en Dios y en la Virgen es lo que siempre ha sostenido a nuestro maravilloso pueblo. Una vez más se pudo constatar que a pesar de todas las dificultades que están enfrentando muchos mexicanos en su lugar de origen, las parroquias se llenaron para orar por nuestra patria.
Todos los que verdaderamente amamos a México confiamos en que nuestro país seguirá bajo la protección de nuestra Madre Santísima. Por ello, las peregrinaciones, el enfrentar cambios de clima, el no contar con suficientes provisiones para el trayecto por ir limitados en sus recursos.
El cansancio o cualquier limitante no hace mella en quienes van a cumplir una “manda”. Su propósito está firme, desean ver y estar cerca, aunque sea por unos segundos a quien los llenó de esperanza, los escuchó y ayudó a resolver sus problemas.
La promesa que le hicieron a la Virgen, la cumplen. Ahí está el pueblo creyente que ordenadamente y formado en una fila que parece interminable, pasan a verla, a darle gracias por los favores recibidos.
Es el compromiso de cada persona que ante una enfermedad, una carencia, una necesidad, pidió ser escuchada. Infinidad de mexicanos muestran su gratitud al acudir a la Basílica porque desean estar frente a ella, a nuestra Virgen de Guadalupe.
Una virgen muy visitada por propios y extraños en cualquier época del año pero que, en el mes de diciembre, se incrementa considerablemente el número de asistentes a la Basílica porque desean rendirle homenaje y ser parte de la gran fiesta en su honor.
Una gran celebración que reúne a millones de visitantes. Como también permite la participación de artistas que año con año van a cantarle a la Virgen o a “mamá Lupita” como nos enseñaron en casa a decirle, cuando éramos pequeños.
Recuerdo cuando orábamos o dábamos gracias por algo, al dirigirnos a ella como “mamá Lupita” la sentíamos presente, formando parte de la familia. Y no era solo nuestra infantil percepción. ¡Por supuesto que no!
Porque al crecer y continuar practicando lo que aprendimos en el hogar de nuestros padres, nos damos cuenta de que ella, nuestra amada Virgen de Guadalupe, sigue estando ahí, junto a nosotros, en familia. Protegiéndonos en la enfermedad y en cada paso que damos.
Es la fe que nos ha acompañado siempre. La fe que se siente, que se vive día a día porque es la que nos mantiene en pie. La fe que nos ayuda a seguir luchando desde nuestra trinchera para seguir adelante en este México nuestro.
Una fe que nos une en la enfermedad, en la tragedia y en el amor por el prójimo; la misma que nos da la oportunidad una y otra vez de solidarizarnos unos con otros.
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