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Vocación a toda prueba

  Por Jesús Castro

Publicado el viernes, 15 de mayo del 2015 a las 14:01


Estas dos mujeres han vencido barreras hasta lograr su propósito de enseñar en las aulas

Saltillo, Coah.- Yadira Salazar nació ciega. Dalila Cortez se quedó sorda a los 10 años de edad. Ambas tienen en común vivir con una discapacidad, pero comparten otro lazo: son maestras. La falta de la vista o la posibilidad de escuchar a sus alumnos no han sido impedimento para que estas dos mujeres vivan su vocación magisterial.

Mientras caminan rumbo a las aulas en que imparten clases, las profesoras irradian seguridad, simpatía, confianza entre sus alumnos. “Pero que venga el mejor fotógrafo a tomar a la profe”, dicen las alumnas de Yadira.

Trabajan muy cerca una de la otra. Es más. Yadira fue alguna vez profesora de Dalila, pero sus trabajos son diferentes, una actualmente enseña el sistema Braille a los próximos profesores en la Normal Regional, y Dalila, por su parte, pone su vocación al servicio de niños con discapacidades en el CAM 3.

La profesora Yadira recoge los rizos que constantemente caen sobre su rostro y sonríe. Dice que ser casi invidente no es una tragedia, sino una oportunidad para enfrentar todos los días el reto de lograr salir adelante a pesar de las tinieblas.
 
OSCURIDAD QUE GUÍA

Llegó al mundo en una familia que en los primeros meses de vida se extrañaron de que al hacerle cariños o jugar con ella no les seguía con la cara. Era extraño. Pensaron que era normal. Reían. Luego, sus caras cambiaron, la niña no reaccionaba a ningún estímulo visual. La llevaron al médico. Yadira no veía nada. El diagnóstico: cataratas congénitas.

La operaron cuando tenía 2 años. Los médicos lograron rescatarle por lo menos el 50% de la vista, y el resto de su infancia y parte de su adolescencia tuvo que usar gruesos lentes, y hacer esfuerzos dobles para no quedarse rezagada en sus clases, porque sus padres no la enviaron a ninguna escuela especial.

A los 15 años la oscuridad se volvió más grande. Tras una cirugía mal hecha, le diagnostican glaucoma y pierde totalmente la vista de su ojo izquierdo, mientras que con el derecho apenas distinguía sombras y algunos colores. Le quedaba menos del 30% de su vista.

Siguieron las operaciones, los tratamientos, los intensos dolores de cabeza. Yadira dejó de ir a la escuela, y su oscuridad se quedó encerrada en casa. Cinco años después, tras un mejor tratamiento, la llevaron a la Escuela de Invidentes, aprendió Braille muy rápido, y decidió estudiar la preparatoria. Dos años en la Mariano Narváez la hicieron desear más. Entonces ingresó a la carrera de Trabajo Social.

Mientras estudiaba la universidad recibió una beca de tres meses para acudir a especializarse en el trabajo con personas invidentes, en Barcelona, España, donde estuvo en contacto con la Organización Nacional de Ciegos. Con esos conocimientos volvió a Saltillo, donde al egresar fue llamada a dar clases a la Escuela de Invidentes. Aceptó de inmediato.

Su capacidad educativa y dedicación en la enseñanza del sistema Braille llegó hasta la Normal Superior, donde la llamaron para dar el taller de Braille a alumnos que desean prepararse más para impartir clases incluso a alumnos invidentes, y luego también asumió la materia de Estrategias del Aprendizaje.

Sus alumnos la adoran y ella es feliz mostrando sus conocimientos a los futuros profesores. Es una triunfadora, que debido a sus capacidades espera ir más allá. Por eso busca que en la Escuela de Invidentes se le otorguen más de las 5 horas clase con que cuenta desde hace 12 años, siendo ella una de los tres docentes en Coahuila que cuentan con una certificación como asesora nacional del sistema Braille, lo cual contrasta con las 8 horas que le dieron en la Normal Regional.

“Estoy satisfecha de ser maestra, ésa es mi vocación, me lo he ganado, no porque me tengan lástima, que digan ‘Ay, pobrecita, no ve’. No, yo he estudiado mucho, me he capacitado, y mi vida es la educación, no lo cambiaría por nada”, declara Yadira, a quien le queda menos del 15% de su visión, pero que camina de un salón a otro con naturalidad. Al verla, sus alumnas la abrazan. “Es la mejor, que le tomen las mejores fotos”, dicen. Y luego se la llevan a clase.
 
SILENCIO QUE AVANZA

A unos 100 metros de la Normal Regional está el CAM 3. Ahí una profesora de lentes y mirada tierna muestra imágenes a pequeños que ávidos le hacen señales con las manos. No escuchan. Ella tampoco. Se llama Dalila Cortez Aguilar y es sorda.

A diferencia de Yadira, Dalila nació en Monclova perfectamente de salud. Durante los primeros 10 años de su infancia, los gritos y la algarabía inundaban su vida. Hasta que el silencio, como un dique, interrumpieron su cauce.

Sus padres ya lo temían. Su hermano mayor también había padeció la pérdida del oído. Se trataba de un mal congénito. Y ella, al entrar a la adolescencia, tuvo que enfrentarlo con valentía. “Sí me desesperaba mucho, porque no entendía a la gente, pero mis amigos y maestros fueron pacientes conmigo”, platica la profesora.

Durante la secundaria perdió casi por completo la audición. Tuvo que usar un aparato que maximiza algunos sonidos, pero no le ayudan a escuchar a la gente. Por eso, a ejemplo de su hermano, aprendió a agudizar su sentido de la vista para leer los labios.

“Yo nunca me sentí discapacitada, para mí la única dificultad era que me tenían que hablar de frente, para leerles los labios, por lo demás, yo contaba con todas las capacidades. Fue hasta que llegué aquí a Saltillo que fue un poco más difícil, porque los maestros se desesperaban conmigo”, detalla.

A pesar de ello, terminó la secundaria y la preparatoria, y luego, con toda la seguridad del mundo, decidió que quería ser maestra, y entró a la Normal Superior. Cursó ahí sólo dos años. Luego el sistema no le permitió avanzar. La bloquearon.

“Me decían que no iba a poder controlar a los niños en clase, que no los iba a escuchar cuando yo me volteara al pizarrón, que no me iban a entender, porque no hablo bien, y otras cosas”, platica Dalila. Lo vivió como una discriminación. Pero nada la hizo cambiar de opinión. “No me veía de otra manera que no era ser maestra”, declara.

No claudicó. Decidió sacarle la vuelta a quienes bloqueaban su camino y se inscribió en la Normal de Educadoras. Ahí las cosas cambiaron. Había talleres de apoyo para impartir clases a alumnos con discapacidad. Fue una alumna destacada. Así concluyó sus estudios. Se graduó con carta de felicitación por su excelente promedio.

Aunque durante sus estudios hizo trabajo de servicio social en el CAM trabajando con niños con discapacidad, al egresar su primer trabajo fue un interinato en una secundaria, como maestra de apoyo. Ahí se dio cuenta de que su discapacidad no representaba ningún obstáculo para ser una buena maestra.

Después la llamaron de la Jefatura de Sector 12, donde comenzó a trabajar en un proyecto para niños sordos, y ahí duró tres años como asesora de Comunicación. De ahí fue enviada al CAM 4, como maestra de Comunicación, atendiendo a niños sordos. Y de ahí pasó al CAM 3, donde está ahora.

En su actual trabajo no sólo atiende a niños con discapacidad auditiva, también a pequeños con discapacidad intelectual, cognitiva y hasta autismo. Todos los días acude a mostrarles imágenes, gestos, señas y otros ejercicios a pequeños que antes ni siquiera volteaban a ver a la gente, ahora ya se comunican.

Le apasiona su trabajo. Se le nota. Dice que podría tener la posibilidad de enseñar en una escuela o secundaria que no sea para personas con discapacidad, porque tiene la capacidad y los conocimientos, pero ella ha decidido aportar sus conocimientos a este sector.

A sus 30 años, y siendo madre soltera, esta maestra entusiasta y emprendedora tiene otro sueño: abrir algún día su propia escuela para sordos. Dice que parece una utopía, pero que confía en sus capacidades y no lo descarta. Sabe que algún día lo va a lograr. Porque aprendió que los obstáculos son para vencerse, no para acobardarse.

“Yo nunca vi mi discapacidad como una barrera, sino como una manera de demostrarme lo fuerte que soy. Y por eso soy maestra, porque yo quise serlo, y luché mucho, mucho para lograrlo”, dice orgullosa.

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