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Coahuila

Voces silenciadas: 8M

Por Sandra Rodríguez Wong

Hace 2 semanas

El 8 de marzo nació como un susurro de promesa y protesta, en el cruce de talleres, plazas y cuarteles ideológicos. En 1910, Clara Zetkin sembró la semilla de un Día Internacional de la Mujer Trabajadora; al año siguiente, en 1911, se realizó la primera conmemoración. Pero fue el incendio de la fábrica Triangle en Nueva York, ese mismo año, donde perecieron más de 140 mujeres, el fuego que encendió la llama de la lucha feminista.

Amnistía Internacional recuerda la tragedia como un legado vigente, un llamado a mirar de frente lo que ha sido negado: salario justo, cuidados suficientes, libertad para decidir sobre el propio cuerpo, protección contra la violencia y estereotipos. Pero hoy, el 8M no es sólo un día de civismo; es un archivo en movimiento, un recuento de abusos, indiferencia y falta de seguridad que se reescribe cada año en las calles y en las redes.

Las consignas ya no se limitan a la igualdad ante la ley, aunque esa igualdad siga siendo la raíz: se amplían para abrazar la interseccionalidad, la diversidad de identidades, la lucha contra la violencia, el acceso universal a servicios y la libertad de cada persona para reconfigurar su vida. En su evolución, el 8M ha dejado de ser una sola voz para convertirse en una constelación de voces que dialogan desde distintos cuerpos: trabajadoras migrantes, periodistas, científicas, madres, cuidadoras, artistas, maestras, estudiantes, activistas digitales.

Y aquí aparece, en su textura poética, una palabra que tal vez suene áspera en medio de esa música: “iconoclasia”. Romper imágenes sagradas para liberar verdad, cuestionar estatuas, símbolos y relatos que han fijado la identidad de lo “correcto” y del “deber ser”. Desmitificar los iconos que sostienen el orden establecido, para dejar paso a lo que puede, debe y quiere decirse de otra forma.

Desde la Revolución Francesa hasta la caída de regímenes totalitarios, los monumentos han sido derribados como una forma de ruptura con un pasado de injusticia. Las intervenciones en las marchas feministas y en el 8M han sido de las más polémicas, pues se centran en el daño al patrimonio. Pero más allá de la indignación, implica analizar el fenómeno que la causa.

Pedro Isla Carter señala que uno de los principales efectos se relaciona con una identidad histórica oculta en torno a la mujer. “No sabemos cómo hablar o cómo interactuar con una mujer que tiene poder, que se sabe parar en sus propios pies; no tenemos idea de cómo tratarlo porque no ha existido; es como un círculo vicioso que crece hasta que llega un movimiento que lo rompe, es lo que Sigmund Freud llamaría un ataque al narcisismo”.

La interacción con mujeres empoderadas rompe esquemas tradicionales, generando resistencia al cuestionar estructuras de poder históricas y desafiando el “Narcisismo masculino” al alterar las dinámicas de dominación. Este cambio se percibe como una “amenaza” al no haber existido modelos previos, forzando la ruptura de un círculo vicioso de desigualdad. Freud planteaba que cuando el ser humano se ve obligado a aceptar verdades incómodas sobre su lugar en el mundo, sufre un ataque a su amor propio. La autonomía femenina rompe la idea de superioridad masculina.

La resistencia a estos cambios puede manifestarse como una reacción violenta ante lo nuevo. La verdadera solución está, en atender las demandas de fondo que motivan la iconoclasia: recontextualizar espacios públicos y narrativas, dialogar con colectivos (antes, durante y post marcha),  elaborar protocolos para diferenciar intervención y propiedad, y desmonumentalizar las instituciones y conservación histórica de las demandas entre otras.

Al final, la iconoclasia que nos salva no es la que borra el pasado, sino la que nos invita a escribir un futuro en el que cada mujer pueda, por fin, ocupar su lugar con la misma dignidad, el mismo poder de decidir y la misma seguridad de vivir. Es el grito que rompe la indiferencia, cuando compartimos relatos de violencia que no deben repetirse, cuando exigimos leyes que protejan, cuando sabemos que, una mujer joven, una mujer mayor, han sido invisibles, estamos tejiendo un tapiz de resistencia y esperanza, un futuro donde la igualdad sea la norma, no la excepción.

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