Para quien esto escribe, la captura de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, no es otra cosa, más que la demolición del falso escenario con el que el oficialismo intentó engañar al país durante siete años. Aunque lo más revelador no fue el operativo en sí, sino el contexto: mientras el país se sacudía con la captura o posible ejecución del capo más buscado, la Presidenta se encontraba en Coahuila, enfrascada en una competencia de aplausos con el gobernador Manolo Jiménez. Esta estampa de desconexión sugiere una verdad incómoda: la jefa del Estado mexicano parece haber sido la última en enterarse de la operación que definirá su sexenio.
Después de lo sucedió el domingo, la Presidenta gobierna sobre los escombros de casi todas sus narrativas que, con este hecho, terminaron dinamitadas. Por si usted duda de mi aseveración, me permitiré describirle el fundamento de mi osadía:
Primero, la citada captura rompe de tajo con la primera narrativa destrozada, y con el mito de “Abrazos, no balazos”, el cual queda enterrado bajo el peso del plomo en Jalisco. La realidad se impuso y dictó sentencia: al crimen organizado no se le convence, se le vence.
Segunda, de igual forma, la caída del líder del CJNG demuestra que la violencia no era producto de la estrategia de 2006, sino un monstruo que creció en el vacío de autoridad de los siete años recientes; es decir que, el discurso de “Calderón no tenía razón” se desvanece cuando el Estado se ve forzado a usar las mismas herramientas que tanto criticó.
Tercera narrativa derribada: La Presidenta jamás se cansó de decirnos que no se declararía la guerra al narco, porque era “ilegal” o “inmoral”. Sin embargo, la movilización para desarticular al cártel más peligroso de América demuestra que el control del estado reside en el monopolio de la violencia. La “paz legalista” era, en realidad, una parálisis que permitió el control territorial de los cárteles de la droga.
Cuarta narrativa anulada, la relativa al mito del no Intervencionismo. La caída del “Mencho” se dio gracias a la inteligencia compartida. El discurso de la soberanía intacta y el rechazo al intervencionismo de Estados Unidos queda superado. Es evidente que, tras bambalinas, la cooperación con Washington fue la pieza clave. La “soberanía” no era más que una pantalla para ocultar la incapacidad de actuar en solitario.
Otra narrativa terminada, es la de que el país estaba en “franca calma”, ya que esta se acabó junto con las sucursales del Banco del Bienestar. La quema de estos centros no fue vandalismo fortuito; fue el reclamo del crimen organizado ante la ruptura de un pacto implícito. El mensaje fue claro: si el Estado deja de cumplir con la tolerancia prometida, el corazón del proyecto social de Morena arde.
Y, por último, lo más significativo es cómo este evento liquida el legado de Andrés Manuel López Obrador. Sus compromisos evidentes, aquellos hechos en Badiraguato y la insistencia en cuidar la vida y los derechos de los delincuentes, han sido traicionados por la necesidad de supervivencia del actual Gobierno. La captura del “Mencho” es la admisión de que el modelo de seguridad del sexenio pasado fue un fracaso rotundo y que los “narco acuerdos” tienen fecha de caducidad.
La caída del “Mencho” no es el fin de la delincuencia, pero sí el fin de la inocencia simulada de un régimen que creyó que podía pactar con el caos sin quemarse las manos.
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