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Publicado el viernes, 18 de julio del 2008 a las 14:00
Piedras Negras, Coah. El mercurio del termómetro marca una temperatura de 39 grados centígrados y con gran fortaleza ella se desplaza por las calles de Piedras Negras empujando un triciclo acondicionado, en el que lleva sus “yukis” que vende a quienes están a punto de deshidratarse.
Su piel morena muestra las largas jornadas de trabajo de esta mujer que se hace acompañar por su pequeño hijo de siete años de edad, Emanuel.
Comienza entonces a abrir la hielera donde trae el hielo raspado, y pregunta:” ¿De qué sabor lo quiere?”.
Es inevitable tomarle una gráfica, pues es una mujer que llama atención por su fortaleza, por salir adelante a pesar de las adversidades, del revés de la economía en estos momentos.
Sin embargo, su mirada triste denota un sufrimiento mayor al de la preocupación diaria de cómo salir adelante.
“Ay señorita, ¿me va a tomar fotos?” pregunta algo apenada.
“Señora, es que usted es un ejemplo de fortaleza, una mujer trabajadora”, le indica la reportera.
“Está bien”, dice con una sonrisa breve, una sonrisa que pronto se convierte en una mueca de dolor, al tiempo que las lágrimas ya han inundado sus pupilas.
Es un momento de consternación, de no saber el por qué la mujer llora al voltear a ver a su pequeño hijo Emmanuel, quien va sentado y con mirada triste también observa a su mami.
La mujer de 50 años de edad, entonces abre su corazón y comparte su sufrimiento, un sufrimiento que no es nada comparado con el perder su seno derecho hace algunos meses producto de una mastectomía al padecer cáncer.
Es un sufrimiento que le aqueja el alma, que lleva marcado en el corazón y que no ha podido sobrellevar aún, la muerte de uno de sus hijos.
“Sí señorita, yo soy la madre de aquel muchacho”, indica María de Lourdes Sánchez Vivar.
Su hijo Gilberto Espinosa Sánchez de apenas 26 años de edad, fue asesinado hace dos meses en un caso de secuestro muy sonado en los medios de comunicación.
Un secuestro realizado en Morelos, Coahuila donde los delincuentes asesinaron a la víctima y lo aventaron en unos terrenos del municipio de Allende.
Desde ese entonces, doña María no ha dejado de llorar en cada momento que lo recuerda.
“Él era muy bueno, no era un delincuente, él tenía a su esposa y a su hijo de siete años de edad que se llama Isaac”, dice. La madre que conforma una familia originaria de Texcoco, México, tuvo 10 hijos, entre ellos los más pequeños, Emanuel de siete y Óscar Alejandro de 10 años de edad, quienes la acompañan en su trajinar por las calles en la vendimia diaria para sacar algo para comer.
Su vida ha sido difícil, siempre con unas ganas enormes de salir adelante.
Ella y su esposo hace 18 años decidieron venirse a radicar a la frontera en busca de mejores oportunidades.
Su esposo ya había estado laborando por algún tiempo en la Termoeléctrica de la Comisión Federal de Electricidad, así que decidieron establecerse en Piedras Negras, aquí ambos se dedicaron al comercio, al igual que sus hijos mayores.
“Mi hijo Gilberto desde entonces nos ayudaba, él era un muchachito muy trabajador, muy luchón”, relata.
El joven padre de familia estudió en el Cecati la carrera técnica de electromecánica, por lo que luego puso su taller mecánico, gracias al esfuerzo inculcado por sus padres.
Debido a la tragedia que vivió esta familia, el esposo de doña María se tuvo que ir a México, ya que es diabético y se puso muy mal con la terrible noticia del secuestro y asesinato de su hijo.
“Mi esposo está en México con mi hijo mayor, se puso muy mal el pobrecito y yo aquí pues tengo que trabajar para poder sacar adelante a mis hijos más pequeños”, indica.
“No es posible que me lo hayan matado de esa forma, que me lo hayan secuestrado por dinero y luego hacerle eso”, manifiesta con dolor y coraje.
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