Es un personaje de múltiples facetas al cual le atribuyen, como secreto de su éxito, la locura. Pero hay de locos a locos. Unos chocan contra molinos de viento y en su último respiro se retractan; otros, al borde de la muerte, intentan hacer realidad sus fantasías aunque fallen a diario. Su primer apoderado, José Rodríguez Luévano, dijo que tres veces lo revivieron en la plancha.
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En su juventud viajó por el mundo, desafió al peligro en toda clase de oficios y triunfó como nadie entre los novilleros. Era raro no verlo morder el polvo, pues fue golpeado infinidad de ocasiones en 26 años de carrera hasta casi llevarlo al retiro.
“Antes que lo mate un toro, vea al ‘Glison’”, se anunciaba en Saltillo, su ciudad natal. En exclusiva descubra las hazañas del matador coahuilense bajo la misma advertencia.
Contra todo pronóstico, la salvó, volvió a caminar… y a torear. Esos 69 festejos como novillero los frenó un toro bravo que lo mandó al quirófano y orilló al retiro. Parecía hundido por la melancolía, pero resurgió en grande dos años después.
De la tierra del maestro “Armillita”, tras su regreso soportó burlas, injurias y el boicot de toreros, pero hizo historia más que ningún otro en México con la mejor carrera novilleril y el mejor primer año de alternativa (1990- 1991). Hombre de records, el primero aún no se rompe.
Hoy, a la edad del Quijote -pero mejor conservado-, a sus 50 años, Jorge de Jesús Gleason Berumen continúa en activo luego de 600 festejos, 37 cornadas, 16 fracturas y 12 indultos.
Después de agitar la muleta hasta en Armenia, pescar salmón en Alaska, cazar tiburones en playas de Sinaloa y ser traficante de whisky en Pakistán, el torero saltillense aspira a crear el rejoneo “a la mexicana” y hoy aprende de uno de los mejores, con el español Diego Ventura.
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