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Se apagan ‘Memorias del Milenio’ en Saltillo

  Por Claudia Olinda Morán

Publicado el jueves, 26 de agosto del 2010 a las 14:00


Personas de más de 100 años recuerdan sus experiencias y el festejo que Zócalo les hizo

Saltillo, Coah.- Hace dos años, en septiembre de 2008, Zócalo Saltillo reunió para sus lectores las memorias de mil años de experiencias, las entrevistas a 11 personas con más de 100 años de edad en promedio llevaron a los saltillenses a recordar los viejos tiempos, a los de antes, a los que no se olvidan.

Ahora, tratando de reunir esas memorias de nueva cuenta, algunas voces como las de Amalia Bonito y Petra Martínez callaron para siempre, que el aficionado sarapero Margarito Molina, aún con la salud disminuida saborea el triunfo beisbolero y que Tomás Tovar contempla desde su silla la luz que se cuela de la calle rodeado por los helechos que cuidó su esposa en vida.

LA CELEBRACIÓN…

Memorias del Milenio reunió en un solo lugar a 11 personas compartiendo algo en común: tener más de 100 años. Maximina Lucio Loera, con sus 110 años fue la reina de la fiesta, Tomás Tovar Ovalle el más joven, con sólo un centenar.

Con ellos, María Patrocinia Galindo atesoraría un recuerdo más en sus memorias, el de esa reunión. Al igual que Máximo Zúñiga Aguirre, sobreviviente del accidente ferroviario de Puente Moreno y doña Amalia Bonito, de 103 años, quien falleciera ese año.

Cleofas Soto Romero de Ramos Arizpe, Selina Chuck Vega acompañada de su familia, quienes registraban la foto y la edad de los festejados, Jesús Fraustro Campa y la emoción de Adolfo Puente Luna tornaron inolvidable la celebración.

Margarito Molina usando su boina y las carcajadas que arrancó Petra Martínez Dávila, fallecida en marzo del año pasado al momento de recibir su placa preguntando que a qué hora servían la comida, son parte de las memorias y el recuerdo.

Tomás Tovar Ovalle: el muchacho de la fiesta

Aunque las fuerzas ya casi no le alcanzan para sostenerse de pie sin el bordón y del brazo de su hija Paula, Tomás Tovar tiene ánimos para contemplar la calle, en medio de los helechos que tras la muerte de su esposa pensó que morirían por la falta de cuidados.

Todavía le acompañan como le acompañan sus años.

“Estoy batallando, sufro porque necesito bordón y a mi hija para ir nada más de la puerta a la cocina, de la cama a la puerta. Uno se cansa ya”, dice don Tomás.

Paula, orgullosa de tener a su padre a sus 102 años de edad, dice que quisiera que no se le acabe, sabe que él le dice a Dios que ya no quiere vivir, que ya hasta es pecado tenerlo con vida, pero ambos saben que no se irá hasta que el tiempo lo decida.

Sus nietos confían en que su longevidad sea “heredable” y siguen sus consejos: comer poco, dormir, no tomar alcohol, llevar una vida tranquila.

“Los que comen y toman mucho no van a durar, tragan mucho vino, se matan solos”, dice don Tomás.

Para su hija, los adultos mayores son personas muy sabias que han vivido muchos años, es toda una vida y lo que te dicen es por tu bien, considera. “Hay que estar atentos a los viejos, son los que saben”.

Tomás Tovar Ovalle, mejor conocido como “El Texano” también se acuerda de la reunión de Memorias del Milenio, se ríe, se burla un poco asegurando que por ser el más joven, él se veía mejor; pero también quiere saber cómo están los demás, cuántas memorias del milenio se volverían a encontrar.

Doña Pachita, 103 años de una muchacha ‘de las de antes’

María Patrocinia Galindo Cervantes, “Doña Pachita”, grita que se siente bien, que ya lleva dos caídas porque se marea. Manotea un poco porque la van a cambiar para que no salga en la foto en bata de dormir y no se deja, les dice que se la están poniendo mal y que ella puede sola.

Luego se hace el silencio alrededor, igual a lo que ella escucha: nada.

Aun así percibió que las lluvias del huracán Alex fueron extraordinarias, luego de eso, todos los días pregunta si amaneció nublado.

“Ayer hizo ocho días que se cayó, se iba a sentar y se cayó, se golpeó” comenta su sobrina. Doña Pachita ya no ve bien, pero reconoce a todos cuando los escucha hablarle fuerte justo detrás de la oreja derecha.

“Últimamente se ha estado cayendo, no se quiere tomar los medicamentos pero la curamos con pomadita”.

Los domingos siguen siendo su día favorito, a veces llega un sobrino y las invita a pasear, a veces se pone triste pero casi nunca dicen.

Recuerda la fiesta del Zócalo, dice que le gustó, que estuvo buena, pero que ya no iría a otra aunque la invitaran.

“Cómo no me voy a acordar, si estoy consciente; pero ya no voy a ir, ya fui y ya di lo que di”, se ríe.

 “Nos da gusto tenerla porque gracias a Dios está con nosotros, 103 años, ella en realidad es mi tía, perdimos a nuestra madre muy chicas”, dicen sus sobrinas, pues tenerla a ella, es como tener una parte de su propia madre que las mira desde una foto blanco y negro en la pared.

 “A todos los conoce muy bien, le hablan al oído y se da cuenta de todo. El aparato del oído que le donaron le causó una infección, como que le supura, la hemos llevado al geriátrico pero no ha quedado bien, aquí lo tenemos pero no lo puede usar”.

Cada mañana doña Pachita abre los ojos y da gracias a Dios por tener un año más de vida. Ya tiene 103.

Margarito: el sarapero mayor

Luego de dos preinfartos Margarito Molina requiere de más cuidados, trae el horario al revés, descansa de día y deambula en las madrugadas. Su hija María del Socorro Molina Carreón habla por él, por el “niño de la moja”, como le dice su familia por la forma en que se le levanta el pelo al centro de la cabeza.

Disfrutó de los triunfos saraperos, era lo que le faltaba ver y ya lo vio, aun así, hay cosas que aún le preocupan, asuntos sin resolver.

“El no dice que esté triste, pero en las noches se pone a rezar, tiene un nieto sacerdote que se ríe porque su abuelo pide por todos, desde la hija mayor y da nombre y apellidos, como si Diosito no supiera quiénes son sus hijos, los nombra a todos menos a una, entonces sí sabe por qué, pero no lo dice”.

“El día que le dio el preinfarto se paró de repente, le abrí la puerta y oí que manoteó la puerta del baño, de suerte que estaba cerrada si no se hubiera golpeado en la cabeza, me asustó. Estaba haciendo el agua para la comida y cuando lo escuché él ya no me hablaba, lo senté en la silla y le hablé a un hermano que nunca llegó”, cuenta su hija María del Socorro.

“El segundo pre infarto le dio en la madrugada, ahora lo veo dormir y me asusto porque lo escucho agitado, me levanto y veo que hasta dormido su corazón batalla”, dijo.

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