Desde que tengo memoria siento una gran fascinación por los caballos. Mi mamá, mi señora madre, María Elena Berumen, oriunda de Monclova, Coahuila, me cuenta que la primera palabra que yo pronuncié fue “cayo”, intentando decir caballo.
Yo creo, por lógica, que más bien dije primero mamá y papá como todos los bebés normales, y tal vez “cayo” podría haber sido mi tercera palabra, pero la realidad es que sigo admirando y amando a quien considero el ser más útil para la evolución de los humanos, el caballo, aun cuando coincido en que el perro es el mejor “amigo” del hombre, han sido los equinos quienes más han colaborado con nosotros como socios y compañeros en nuestra exploración y conquista del planeta.
Tengo fotografías montado a caballo amarrado a una montura tal vez desde los 2 años o antes, y desde entonces mi pasión por ellos no ha disminuido. Esta afición me condujo eventualmente a incursionar en la charrería como jinete de potro, toro y realizando el paso de la muerte.
A finales de los 70 el rodeo tipo americano comenzó a penetrar en México, y yo fui de los primeros jinetes en participar, y luego ello derivó, en que –gracias a las capacidades que había desarrollado jugando futbol americano en mi Alma Mater, la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro– cuando un día en el ruedo del lienzo charro “El Rayito”, en Saltillo, un toro me embistió en el ruedo. Intuitivamente lo pude librar haciéndole un quiebre a cuerpo libre y me enamoré irremediablemente de esa sensación que brinda el peligro y poder al unísono. Al insistir buscando esa emoción en charreadas y rodeos me convertí en el primer payaso bullfighter de rodeo en México.
¿Cómo fue que sucedió que unos años después me hice torero?, es una interesante y larga historia que no cabe ahora en este espacio, pero el vínculo que quiero relacionar es que mi profesión de matador de toros se la debo a mi amor por los caballos; si eso no existiera sé que jamás tampoco yo existiría como torero.
Mi vida ha sucedido como una extensa e intensa sucesión de apasionantes eventos y actividades, una cosa me ha llevado a otra, o por lo menos ha preparado el camino para la siguiente, y la notoriedad que gracias a Dios y al apoyo de la afición adquirí como torero, eventualmente me permitió cumplir un sueño de mi niñez, relacionado con los caballos.
Cuando yo tenía unos 9 o 10 años, leí un libro escrito por Aimé Tschiffely titulado en inglés The Ride, que traducido literalmente al castellano quiere decir El Paseo, pero que más bien debido a su contenido y contexto, significa La Cabalgata.
En este libro que pronto resumiré en este espacio, el señor Tschiffely relata cómo fue que siendo él un ciudadano suizo trabajando como maestro en Argentina, se embarca en la gran aventura de recorrer con dos caballos cabalgando la distancia entre Buenos Aires, Argentina hasta Nueva York en Estados Unidos, travesía en la que invirtió tres años de su vida para llevar a cabo. Por supuesto que el deseo por vivir ese tipo de aventuras, latente desde mi temprana infancia, de inmediato me condujo a soñar, que algún día yo podría hacer algo similar, y el sueño nunca se desvaneció hasta que la providencia acomodó las circunstancias para lograrlo.
Por otro lado también en mi niñez ávidamente leía o veía documentales y películas relacionadas con lo que en su momento fue el Pony Express, que era un servicio de correo rápido que cruzaba Estados Unidos desde St. Joseph, Misuri, hasta Sacramento, California, antes que hubiera telégrafo o tren en ese tramo del país.
Los mensajes se llevaban a caballo a lo largo de praderas, planicies, desiertos y montañas. Redujo el tiempo que tardaba el correo en llegar desde el océano Atlántico al Pacífico, de semanas o meses, a 10 días.
Los anuncios de reclutamiento del Pony Express expresaban románticamente que solicitaban jóvenes valientes, delgados pero fuertes y que estuvieran dispuestos a arriesgar sus vidas diariamente, añadía también que preferiblemente fueran huérfanos.
En gran parte el peligro era real, pues en los caminos había bandidos y también indios rebeldes en pie de lucha, y la única ventaja de los jinetes del Pony Express era la rapidez de sus caballos. No es necesario decir que haber sido jinete del Pony Express hubiera sido para mí una meta inmediata de haber vivido en aquella época en ese lugar.
Eventualmente, y por azares, “Diosidencias” y causalidades del destino, pude conjugar y conjuntar dos de mis más grandes sueños e ilusiones de mi vida en uno solo, y llevarlo a cabo exitosamente hace 12 años, en un evento denominado Cabalgata Unidos Por México, en el que gracias a Dios y a toda la gente y caballos que me apoyaron pude cruzar enteramente nuestro país desde la frontera con Estados Unidos hasta Guatemala galopando en más de 650 caballos que me fueron prestados por asociaciones de cabalgantes, charros, vaqueros de rodeo, rancheros y ganaderos; en 98 días recorrí mas de 4 mil 072 kilómetros a través de 18 estados de la República Mexicana.
Ahora, para refrendar aquella aventura y constatar mi capacidad de haberlo logrado sin haber hecho trampa o algo similar en el camino, el próximo mes de septiembre pretendo galopar y caminar montado en mas de 100 caballos por un lapso de mas de 24 horas continuas y de esta manera imponer un nuevo récord mundial.
En la próxima columna describiré los detalles del evento, no sin antes agradecer de antemano a toda la gente que me apoya y apoyará para lograrlo, gracias de corazón.
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