Cada 25 de noviembre, nos encontramos frente a una verdad: la violencia contra las mujeres sigue ahí, aunque muchos prefieran hacer como que ya no.
No es un tema lejano ni exagerado; está en los pasillos, en las conversaciones, en las clases, en el camino de regreso a casa y hasta en esas bromas que “no son en mala onda” pero que sí cargan algo que lastima.
A veces la violencia no se grita, apenas se nota, pero se siente. Lo más fuerte de este día, es que no refiere números, sino a personas.
De personas que tenemos enfrente todos los días y a quienes quizá nunca pensamos que algo les incomoda, les pesa o les da miedo.
No siempre lo dicen, y no porque no quieran, sino porque están cansadas de que les pidan pruebas, explicaciones o paciencia.
Por eso, esta fecha no es para repetir discursos, sino para mirarnos de frente como sociedad y admitir que aún hay cosas que no están bien.
A veces el tema se siente pesado, incómodo o repetitivo, pero justo ahí está el punto, si se sigue hablando es porque no se ha resuelto.
Porque todavía hay mujeres que caminan más rápido, que bajan la mirada, que evitan ciertos espacios o ciertas personas.
Aunque duela aceptarlo, hay quienes participan en dinámicas que perpetúan la violencia sin darse cuenta. No por maldad, sino por costumbre. Por cómo crecimos, por las conversaciones que normalizamos y por lo que nunca cuestionamos.
Como estudiosos de la vida, tenemos la capacidad de cambiar el ambiente. No hablo de campañas ni mensajes solemnes; hablo de cosas simples, pero constantes: respetar, escuchar, no minimizar, no burlar, no justificar, no ser cómplice. Hablamos mucho de un futuro distinto, pero el futuro empieza aquí, en cómo tratamos a la gente con la que convivimos a diario.
Algo bueno ha pasado en los últimos años, cada vez se escucha más a quienes antes estaban silenciadas. Hay más redes, más sororidad, más hombres dispuestos a cuestionarse y no sentirse atacados, más voluntad real de entender. Eso también es parte del 25 de noviembre, reconocer lo que se ha avanzado sin conformarnos con eso. No se trata de hombres contra mujeres, ni de divisiones; se trata de estar del mismo lado contra la violencia. Nadie pierde cuando hay seguridad, respeto y justicia; al contrario, ganamos todos.
La universidad debe ser el lugar donde una mujer pueda estudiar sin miedo, sin incomodidades, sin cargas extra por su género; aunque no siempre lo es, podemos acercarnos más a eso si dejamos de pensar que “son cosas que siempre han pasado”. Lo repito porque es clave, este día no es para sentirnos culpables, sino responsables. Para hacer una pausa y pensar qué tanto aportamos, o qué tanto dejamos pasar, para reconocer que sí podemos hacer la diferencia.
Desde este espacio, que compartimos, quiero expresar algo simple: cuidemos más, invalidemos menos, escuchemos sin juzgar, acompañemos sin opinar de más. No hace falta ser experto ni tener grados académicos, para ser parte del cambio; basta con ser humano. Ojalá que el 25 de noviembre no quede como una fecha, sino como un recordatorio de lo que falta y de lo que podemos lograr si lo tomamos en serio. Que nadie tenga que callar, que nadie tenga miedo, que nadie tenga que cargar sola con algo que nunca debió pasar. Que se note que somos el encuentro de generaciones, que no sólo hablan de cambio, sino que lo practican.
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