Llamó mi atención que algunas páginas de Internet marcan el 31 de julio como el Día Internacional Sin Coraza. Señalan que en esta fecha se conmemora el día en que la legendaria guerrillera celta Seripame se quitó la coraza y derrotó en un histórico combate cuerpo a cuerpo a 17 guerreros ingleses.
Como una leyenda, el final relata que Seripame terminó enamorándose de uno de los guerrilleros ingleses y desde entonces la liberación de la coraza se ha considerado como un símbolo de la libre expresión de los sentimientos sin corazas.
Independientemente de la veracidad del relato –que me fue imposible verificar de otras fuentes– ya que las referencias encontradas son exactamente las que acabo de señalar. Es importante resaltar que las mujeres celtas, contaban con una situación muy distinta respecto a sus derechos, en relación con sus contemporáneas griegas y romanas.
El término celta hace referencia a un grupo de sociedades con una lengua de origen común que se distribuyó en Europa desde 1200 a. C. Se denomina a los celtas como al conjunto de pueblos que vivieron en la edad de hierro, hasta que fueron sometidos primero por los romanos y luego por los pueblos germánicos. El nombre celta proviene de la denominación que le dieron los griegos, los romanos los llamaron galos.
Julio César relata en sus escritos Guerras de las Galias (c58-49 a.C.), la forma en la que llegó a Gran Bretaña con el afán de conquista, ya que los galos eran ricos en cereales, ganado, oro, plata y otros minerales, sin embargo, la conquista romana de Britania tuvo que esperar para consumarse 150 años.
En los escritos de Julio César se resaltan algunos rasgos que él consideró distintivos de la mujer celta, diferente a las mujeres romanas sumisas a las leyes y a los patriarcas, así anotó: una mujer celta, al informarle a su marido que había sido atropellada y violada por un extraño, le presentó sobre tablas, la cabeza del ofensor. Lo que sorprendió al militar romano fue el carácter y la valentía por la defensa de derechos de la mujer celta de la época.
Griegos y romanos consideraban a la mujer con respecto a sus derechos como una menor de edad, los celtas, por su parte, reconocían derechos que según Jean Markale, en su escrito El Triple Rostro de la Mujer Celta, afirma, no existían en las sociedades puritanas de los siglos 19 y 20 en Europa occidental.
Malake explica que la independencia alcanzada por la mujer con respecto al hombre, distaba mucho de las sociedades de la época, ya que podía poseer bienes propios y podía decidir el empleo de ellos conforme a su criterio, venderlos o adquirir otros. Es más, cuando se casaba seguía conservando sus bienes personales y en caso de disolución del matrimonio (leyó bien, disolución, 50 años a.C.), recuperaba plenamente su propiedad y también se le incluía en la línea sucesoria junto con los varones.
El matrimonio era considerado como un contrato y por tanto su naturaleza entrañaba la provisionalidad, por lo que podía ser disuelto en cualquier momento. Quiere decir que el divorcio era factible, siempre y cuando el hombre o mujer que abandonara al cónyuge tendría que señalar los motivos, o sin ellos; debía pagar una compensación no distinta a la conclusuión abusiva de cualquier contrato, ya que si existía una ofensa (la mujer) tenía derecho a ser reivindicada.
La literatura y la historia nos relatan historias de mujeres celtas, fuertes y guerreras, que podían ejercer cualquier rol, sin impedimentos de tipo social, ya que a diferencia de otras culturas se les inculcaba la importancia de la igualdad en la pareja y la defensa de sus derechos.
Por ello, sin duda, las mujeres celtas son referente histórico de la mujer actual y con independencia de si el relato sobre Seripame es o no real nos da la oportunidad de conocer a la mujer en una de las sociedades más antiguas, ya que podían gobernar, tomar parte en la vida social, política y hasta en la guerra de su comunidad, pero también decidir libremente sobre sus propiedades, matrimonio o actividad. Sin Corazas y sin ataduras.
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