“Que nada nos defina. Que la libertad sea nuestra propia sustancia” Simone de Beauvoir
Cuándo una niña es obligada a tomar una decisión a partir de escuchar un latido ajeno, se está pretendiendo que imite a otro ser que ni siquiera aún llega a serlo; es decir, que aún no existe como tal y esta imposición servil produce a una niña objeto o a una niña alienada mientras que la persona que pudo llegar a ser se ve cortada.
Una niña así alienada es consciente de su propia existencia; sin embargo, un profesional médico alienado es un ser que puede ser todo menos auténtico, porqué no ve la materialidad a través de una razón personal sino de un dogma obligado por lo que vive una alucinación y no lo que objetivamente vive.
El fanatismo Provida añora una realidad distinta a la que perciben los sentidos, lamenta la que ve, tiene vergüenza de ella y trata de asignar lo que el dogma lo obliga a que sea visto.
La objeción de conciencia es válida siempre y cuando se aparta de las posibilidades personales que le permitan ser de manera plena en sí mismos.
El punto de quiebre no está en la aceptación del dogma sino en la forma pasiva con la que se acepta el dogma.
Éste modelo ejemplarista pretende decretar un modelo de conducta presentado con trucos de ilusionista.
Poner a una niña de 10 años un estetoscopio para que escuche los latidos de un embrión que aún no alcanza la condición de ser humano desde una clasificación científica para hacerle creer que no forma parte de su cuerpo y que se trata de un ser autónomo, autosuficiente, vivo y viable es un acto irresponsable y criminal no una objeción de conciencia.
La solución que imponen tiene más que ver con la negación del mundo de vida que podría percibirse de manera simple con los sentidos.
Un estetoscopio, al igual que unos binoculares o un microscopio, es un objeto para acentuar la percepción sensorial que en estos casos se ha utilizado con un propósito distinto que va precisamente a negar la realidad para hacer que prevalezca un modelo ético-religioso.
El embarazo está asociado con el modelo de maternidad culturalmente aceptado. La mujer que llega a un hospital público con un embarazo pasa por una serie de prejuicios determinados por las condiciones sociales.
Por eso es muy fácil para un médico dominar a una menor desde una posición de autoridad por su edad y la jerarquía social y técnica que le da su profesión la fatalidad de una maternidad obligada por el destino.
El embarazo entonces es un nuevo problema que añadir a su condición de víctimas, un problema que es vivido con un sentimiento de culpabilidad dónde se responsabiliza a la víctima de una vida adicional que puede salvar a través de un burdo trueque compensador por una falsa identidad donde el ser madre forma parte de su realización como mujer.
Más sobre esta sección Más en Coahuila