Jamás unas elecciones intermedias habían generado tal expectación como las de este domingo. Antes eran de bostezo, pues el abstencionismo y la falta de competencia le facilitaban al PRI hacerse con la mayoría en la Cámara de Diputados. El primer susto lo recibió en las presidenciales de 1988, cuando, con una votación inflada y reducida a las oposiciones, obtuvo 52.4% del Congreso (20% por debajo de 1982) con 262 diputados, seguido por el Frente Democrático Nacional (137) y el Partido Acción Nacional (101).
Sin embargo, con el voto de los diputados del PAN y el aval de los poderes fácticos, conseguido a cambio de cañonazos, favores y concesiones, el presidente Carlos Salinas de Gortari alcanzó la mayoría calificada para modificar la Constitución a su arbitrio. Una de sus reformas virtualmente liquidó el sistema ejidal —desvirtuado por la corrupción— y entregó grandes superficies a especuladores; con otra, “modernizó” la relación Iglesia-Estado; y una más, le permitiría a Vicente Fox ser Presidente de la República. Antes el cargo estaba vedado para hijos de extranjeros aun si habían nacido en nuestro país.
Con la misma discrecionalidad, el Presidente, producto de la elección fraudulenta del 88, privatizó bancos y empresas públicas (Telmex, AHMSA, Pajaritos, TV Azteca…), empoderó a las elites y defenestró a 17 gobernadores. ¿Cómo no iban a estar complacidas las oligarquías y los intelectuales de la época? Para cerrar la pinza, Salinas encarcelaba a sus enemigos, perseguía a las izquierdas, azuzaba a las cadenas de televisión para presentar al PRD como “un peligro para México” y acosaba a la prensa crítica. ¿Dónde estaban los fogosos defensores de la patria, de la democracia, de la soberanía de los estados, de la libertad de expresión y de los derechos
humanos?
Embriagado de poder, Salinas proclamaba desde su pedestal: “Ni los veo ni los oigo”. ¿Quién de las cúpulas, la intelectualidad y la “comentocracia” se atrevió entonces a denunciar la dictadura perfecta en “manifiestos por la república”; a demandar una auténtica separación de poderes y a promover abiertamente el voto contra el partido gobernante, como lo hacen hoy con López Obrador? Al contrario, los guiños de Salinas a la reelección —apagados desde el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo— entusiasmaron a la “mafia del poder”. Pues así el club de multimillonarios mexicanos ascendería en la clasificación anual de la revista Forbes.
Ese asenso le permitió al “villano favorito de los mexicanos” (el título lo comparte hoy con Peña Nieto) revertir, en las elecciones intermedias de 1991, el fracaso previo: con el 65.5% de los votos, Salinas y el PRI obtuvieron 320 diputados (casi la mayoría calificada); las izquierdas bajaron a 91, y el PAN a 89. ¿Alguien protestó contra el autócrata y se rasgó las vestiduras por la falta de equilibrios? Para darle a su Gobierno neoliberal rostro humano y credibilidad al triunfo arrollador, repartió dinero a través del Programa Solidaridad. Todo era una farsa.
Esta sería la columna del 4 de junio (viernes), pero, por respeto a los ciudadanos y a la veda, preferí aplazarla para después de las elecciones. La mayoría de Morena en el Congreso estaba cantada. Las encuestas coincidían. Era la crónica, valga el lugar común, de un triunfo anunciado. La mayoría decidió darle al presidente López Obrador y a Morena tres años más de gracia. El fiasco de la aberrante coalición Va por México (PRI-PAN-PRD) también era previsible. La oposición principal a la 4T no provino de los partidos, sino de sectores de una sociedad libre, de los grupos de presión y de líderes de opinión, en la mayoría de los casos, devaluados. También ellos deben aceptar su fracaso, ejercer la autocrítica y respetar el resultado.
(Nota: esta vez tampoco voté por Morena.)
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