“No voy a permitir que un miliciano me llame ‘nueve dedos’. Si hay alguien aquí que sabe lo que es el mundo del trabajo, soy yo, que perdí un dedo trabajando a los 17 años por la noche. No voy a permitir que alguien que nunca trabajó en su vida, un burgués cuyo primer empleo fue falso y se lo dio su papá, me llame así”. L. I. da Silva.
Luis Ignacio “Lula” da Silva, ha sido reelecto como Presidente de Brasil luego de una elección que enfrentó la ofensiva de la derecha organizada por la oligarquía y el imperio en América Latina.
El resultado sin embargo en el Congreso es distinto ya que está dominado por la derecha y ello limita el ejercicio de políticas públicas y reformas estructurales que apoyen los programas sociales.
El Presidente Lula, ganó con un margen muy ajustado de 51.79 contra 48.21 que lo llevará a gobernar un país polarizado.
Es común que dicha polarización sea atribuida por los medios y opinólogos a la izquierda y sin embargo, la anécdota del último debate alude al uso de una secuela física provocada por un accidente laboral como un insulto y un intento de humillación política, una clara muestra de clasicismo y menosprecio hacia la clase trabajadora que criminaliza y ridiculiza el trabajo físico donde el resultado de una amputación industrial sirve como una burla para una elite económica para la cual, el sacrificio de los y las trabajadoras marcan su inferioridad.
Ellos en defensa de sus privilegios y fortunas heredadas, que jamás han conocido las condiciones de explotación, de insalubridad y de riesgo en una planta o en una mina. Esta falta de empatía ante la precariedad laboral de millones de mujeres y hombres que han sufrido mutilaciones debido a la falta de seguridad laboral nos obliga a rendir honores a la resiliencia de la clase trabajadora, a sus manos firmes que con menos dedos sostienen a un mundo dominado por una oligarquía negligente. Larga vida a las trabajadoras que no sólo resisten, sino que transforman el agravio en dignidad, larga vida a los obreros que no se resignan sino que muestran el coraje cada día para volver a casa enteros, cuidándose contra la codicia que los pone en riesgo y abarata su salud, su integridad y su vida.
Severa es la vida de una obrera
al tiempo desgasta enterrada la
jornada
donde la sal del soldado amarga
la luz de horas y
silbato es alba camino al
ocio
desacato a la utilidad.
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