Coahuila
Por
Redacción
Publicado el lunes, 19 de enero del 2009 a las 16:00
Ramos Arizpe, Coah.- Al igual que los candelilleros, los trabajadores de la lechuguilla están en vías de extinción.
Las épocas de prosperidad han quedado atrás y paulatinamente el oficio se va quedando en el olvido, llevándose consigo a cientos de productores que basaban su economía en su cultivo, proceso y venta.
Pocos son los que sobreviven con ingresos que les deja el trabajo de la lechuguilla y pocos son los que no tienen algún recuerdo de lo peligroso que resulta su procesamiento.
Ismael Torres ha vivido toda su vida en General Coss, ejido ubicado a 73 kilómetros de la cabecera municipal de Ramos Arizpe. Desde niño aprendió el oficio de sus familiares y hasta el día de hoy sigue esperanzado en que retome la fuerza que tenía hace décadas.
Sin embargo, día con día el precio del kilo de la fibra que extraen de las plantas disminuye, y con él, la esperanza de que la golpeada economía de los habitantes de los ejidos se recupere.
“Está muy difícil todo, a veces trabajamos todo el día y no sacamos casi nada”, dice mientras mete algunas piezas de lechuguilla en el molino destinado para obtener la fibra.
Torres, quien vive en una humilde casa a la entrada del ejido junto con su esposa y dos hijas, guarda pocos recuerdos de sus primeros días de trabajo con la lechuguilla, pero recuerda a diario, el accidente que le deformó las manos.
La fibra se obtiene al pasar las piezas frescas de la planta por un agresivo molino, por lo que el más mínimo de los descuidos puede marcar de por vida a una persona.
Torres muestra sus maltratadas manos, manos que reflejan no sólo el percance que sufrió, sino el estado actual del campo. “Cuando tuve el accidente no me pude atender, estamos bien lejos, no tenemos doctores”, dice Torres.
El daño a sus tendones fue mayúsculo y la movilidad en cuatro de sus dedos prácticamente se perdió. El no recibir la atención y terapia adecuada lo dejaron imposibilitado para tener movilidad normal.
Pero para Ismael no hubo oportunidad de detenerse, la vida sigue, las necesidades de su familia se acrecentaron al mismo ritmo en que el precio en el mercado de la lechuguilla bajó: “Nos compran a 13 pesos el kilo y aquí ya no hay casi gente que nos compre”, dice.
Torres empieza a trabajar de nuevo tomando el material de una gran carreta rebosante de lechuguilla. Voltea a verla y dice que de lo que parece ser una gran cantidad de material solamente saldrán 12 kilos que podrá ofertar en el mercado.
“Le voy a sacar 120 pesos, eso es todo lo que podemos ganar en un día”. 120 pesos no son suficientes para una familia de cuatro personas, mucho menos lo son para pensar en que Ismael pudiera buscar terapia para aliviar sus manos.
“Nosotros tenemos que vender hasta Monterrey, ahí nos compra una fábrica que se llama Santa Catarina”, dice. La máquina deja de sonar, Ismael se limpia las manos, aunque su ropa ya está manchada por los minutos de trabajo.
Soba sus manos y sonríe, sabe que su historia puede no ser la única, pero quiere que sirva para poder entender el estado en que se encuentra el campo y que alguien pueda lanzarles un “salvavidas”, que los ayude a seguir sobreviviendo.
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