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La vida y la muerte en la capital del crimen

  Por Abdel Robles

Publicado el domingo, 25 de enero del 2009 a las 16:00


La violencia en esta ciudad ha incubado todo tipo de relatos sórdidos, pero todos verídicos

Chihuahua.- La violencia en esta ciudad ha incubado todo tipo de relatos sórdidos, pero todos verídicos.

Está la historia del hombre de la colonia Champotón que, cansado de encontrar por las mañanas muertos arrojados afuera de su negocio, colocó un letrero: “Se prohíbe tirar cadáveres o basura”. En noviembre, uno de los cadáveres encontrados en el mismo terreno fue el de su hija. El hombre no lo vio porque él mismo ya había sido asesinado.

Está la de una mujer del Valle de Juárez que vio pasar un perro que jugueteaba con una especie de pelota; la maraña redonda, pegajosa, color carne, resultó ser la cabeza de un hombre.

Está la de los bachilleres que descubrieron un cadáver con máscara de cerdo, colgado de una reja. O la de los puentes en los que amanecen hombres sin cabeza. O la de los policías que huyeron porque se sienten inseguros. O la de la niña que fue sacrificada cuando un hombre en fuga la utilizó como escudo contra los balazos.

Todo ocurrió el año pasado en esta ciudad fronteriza que alberga un millón 300 mil habitantes llegados de todo el país, atraídos por el trabajo en la maquila.

Con mil 607 homicidios contabilizados sólo en 2008, esta ciudad se convirtió en la capital nacional de los asesinatos, la más violenta del continente y la principal productora de enfermos por miedo.

Antes y después

Por momentos, la sangre pareció a punto de desbordarse. En agosto, se registraron siete asesinatos diarios. Cuatro veces la morgue se colapsó por sobrecupo, y los cadáveres tuvieron que ser apilados, uno sobre el otro, en espera de turno. Algunos tenían más de 100 agujeros.

La violencia trastocó la vida de los juarenses. Todos cuentan su vida antes y después de 2008. Nadie quedó intacto: al menos 3 mil familias se mudaron, 84 bancos fueron asaltados, 5 mil negocios cerraron, 112 policías se dieron de baja. Cientos de negocios trabajan a cortina cerrada, los jóvenes abandonaron la vida nocturna, los parques quedaron en desuso, las escuelas cambiaron  sus horarios y adelantaron vacaciones, los maestros tomaron cursos para prevenir extorsiones, crecieron las zonas residenciales alambradas y electrificadas, y todo el que puede hace su vida entre rejas.

Los juarenses no sólo viven el terror a ser asesinados en la guerra entre cárteles de la droga; también padecen el miedo a ser secuestrados, asaltados o extorsionados por personas que dicen trabajar para los narcos.

“Estamos paralizados, atolondrados por la realidad, en la lucha por la sobrevivencia. Todos querían que acabara el año. Estamos entre el impacto de la muerte que cada vez está más cerca, que ya no es de desconocidos y se va acercando más, sumado a las historias de asesinatos a quienes no quieren pagar ‘la cuota’, y al sentimiento de indefensión, de que no hay a quién recurrir”, explica Lourdes Almada, integrante del Consejo Ciudadano por el Desarrollo de Ciudad Juárez.

La paradoja es que la violencia continúa a pesar de que el Gobierno federal emprendió en marzo la “Operación Conjunta Chihuahua”, que reúne al Ejército y las corporaciones policiacas federales, estatales y municipales en el combate a la
delincuencia.

Mientras, los juarenses adaptan su vida.

Los exiliados

En la ventana de una bodega que luce abandonada, un letrero anuncia “Se vende”, junto a un número de teléfono en el que nadie contesta. Pero de lunes a viernes, a las 8:15 de la mañana, el acceso se abre unos pocos minutos para que ingrese un grupo de trabajadores; luego vuelve a cerrarse hasta la noche. Los empleados trabajan hasta el fondo, donde las luces no puedan ser percibidas desde la calle.

Trabajar bajo candado y a oscuras, simulando la quiebra; no contestar llamadas ni abrir la puerta a desconocidos, son los trucos que encontraron varios empresarios juarenses para despistar a los extorsionadores.

“Llega alguien a tu negocio, dice que es de tal o cual cártel, te piden que les pagues una mensualidad… y tienes que pagar, sean o no sean narcos. Un dentista no le tomó importancia y fueron por él, y así ha pasado a todos los niveles”, dice el dueño de la
fábrica.

El empresario, que pidió el anonimato, es uno de los que se han mudado a El Paso, Texas. “Si la crisis automotriz le ha pegado feo a mi negocio, imagínate cómo me va con esto de trabajar a escondidas y no contestar teléfono y no hacer publicidad”.

Miedo a todos los niveles

Gerardo González Trejo es director de una escuela primaria en la que bajó “un poco” la asistencia por la violencia, pero el fenómeno “es algo generalizado en todas las escuelas”.

Dice que su escuela está protegida gracias a la prohibición de que los niños se acerquen a la malla ciclónica y la orden de salir formados. La construcción de una barda para repeler balas perdidas se postergó porque varios papás no tienen
dinero.

La primaria “Flores Magón” tiene un historial de miedo. La primera vez que suspendieron clases el año pasado fue porque recibieron una amenaza: o cuota o bomba. Otra semana tocó turno a los maestros del kínder ubicado en el mismo terreno: aguinaldo o bomba.

Desde antes de diciembre, las escuelas de la colonia Juárez Nuevo se
despoblaron.

Todavía en enero, los alumnos arrastran las secuelas del susto. Por ejemplo, Valentín, un niño de 11 años aficionado al Santos Laguna, de plano se negaba a asistir a clases porque estaba seguro de que un cholo que rondaba las aulas estaba armado con una bomba. “Le dije que se encomendara a Dios”, dice su mamá, una mujer que vive asustada, imaginándose que en cualquier momento se desatará una balacera: “Ya me va a tocar, ya me va a tocar”.

Fueron por gremios

“Estimado cliente, por la inseguridad nos vemos obligados a atenderle detrás de la reja”, se lee en el portón de una casa donde se venden tacos. Para entrar a una pizzería hay que pasar por el ojo escudriñador del dueño, quien determina si corre o no el cerrojo. “Cerramos por la inseguridad”, se lee en la ventana de varios locales.

Los extorsionadores han peinado todos los negocios posibles. “Me ha tocado ver cuando llegan por la cuota de 5 mil pesos a la tiendas de abarrotes de la esquina”, dice un obrero. “Hasta a los carritos de hot dogs les piden”, dice la vecina de la taquería enrejada.

Autocensura

El gremio periodístico también resiente la violencia. Desde que el reportero más experimentado de la fuente policiaca fue asesinado, varios colegas salen a reportear con chaleco antibalas.

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