Cd. Acuña
Por
Rosendo Zavala
Publicado el martes, 29 de abril del 2014 a las 23:21
Con los ojos llenos de lodo por la revolcada que le estaba dando el agua, Óscar Zamarripa manoteaba desafiando la corriente del río Ceballos mientras a lo lejos, la figura de un niño ahogándose parecía evocar a la tragedia que no se consumó.
Empujado por una fuerza sobrenatural que emanaba del deseo, el obrero se amarró a la manguera que sacó de un taller cercano para aventarse al cauce, concretando el salvamento que lo erigió como héroe de su colonia en cuestión de minutos.
Alborotados porque la lluvia caía como bendición sobre sus cuerpos, Yahir y Rodrigo chapoteaban en el patio de la casa, la tarde reflejaba los estragos de un clima enfadado, pero eso no les importaba, porque gracias a las festividades de la Revolución Mexicana cambiaron los libros por la pelota roja con que retozaban ajenos a lo que ocurriría minutos después.
De pronto, una voz femenina detuvo en seco sus ambiciones de libertad infantil, era Janeth, que con tono rutinario les gritaba desde adentro del cuarto que fueran a la tienda, mientras el destino se confabulaba para crear la trágica escena.
Y es que enajenados por la felicidad que los rebasaba, los primos buscaron presurosos las chanclas con que vistieron sus pies descalzos, perdiéndose sobre la avenida Novena mientras jugaban con la corriente de agua que para entonces ya tenía inundada la colonia La Herradura.
En el bulevar Otilio González, Óscar manejaba enfilando su rumbo a la colonia Loma Linda, porque junto a Montserrat y su bebé habían visitado a su madre en la Universidad Pueblo, donde pasaron el día aprovechando el asueto en pleno lunes.
Justo en ese punto del sur saltillense, el novel padre de familia cruzaría su andar con el de los aguerridos chamacos, que despreocupados vitoreaban las bondades de Tláloc con la decisión que cambiaría el rumbo de sus vidas para siempre.
Juegos de terror Durante el trayecto, Alan Rodrigo se sintió maravillado por la lluvia que no cedía y en un arranque de euforia encaminó sus pasos hasta el bulevar, seguido de su acompañante que emocionado se dejaba llevar por los impulsos ajenos.
A lo lejos, Ceballos se erigía como la gran corriente que nunca habían visto, extasiándose por la obra de la naturaleza que los hizo acercarse al cauce, apenas era de tarde y el sol seguía estoico, luchando contra el cielo encrespado de nubes que para entonces ya evocaban la tragedia. Respirando por la piel cada gota, los lepes de La Herradura brincaban felices el arroyo, pero algo falló, cuando su osadía les cobró factura para hacerlos tragarse su propia saliva.
En uno de los brincos, Yahir perdió la chancla que se fue al agua, y como por impulso se agachó para tratar de recuperarla, despeñándose hasta la corriente que lo jaló con fuerza para tatar de llevárselo, dando forma a la desgracia que durante minutos paralizó a toda una ciudad.
Héroe real Ignorando el diluvio que caía a plomo sobre su espalda, el obrero corrió hasta la vulcanizadora de donde agarró la manguera verde con que se convertiría en héroe. Desde el auto, Montserrat aprisionaba con incertidumbre al pequeño Iker y rezaba para que su marido saliera bien librado de la locura que avistaba.
Junto a otros dos testigos, Óscar efectuó las maniobras precisas para luego meterse al arroyo, al cuerpo tenía amarrada la manguera para asegurar su existencia y la de Yahir, que siguió manoteando hasta que el destino le dio una nueva oportunidad para vivir.
Tras varios minutos de pelear contra la fuerza del río, los remojados salieron de la cuenca ante los estruendosos aplausos de júbilo que los metiches prodigaban sin cesar, abriéndoles paso hasta la ambulancia donde los atendieron para evitar contingencias mayores.
De entre la multitud, la madre del “ahogado” salió corriendo para abrazar a su hijo como nunca lo había hecho, rompiendo en llanto mientras escuchaba las súplicas del chiquillo para que lo perdonara por la tontería cometida en forma de juego.
Con los pies descalzos y completamente sangrados por la maleza que lo castigó durante los minutos que parecieron eternos, Yahir arribó a la clínica del Seguro Social donde le curaron hasta las heridas del alma…
Óscar fue visitado por los gobernantes que reconocieron su heroísmo y sus vecinos desde entonces le pusieron un apodo que se ganó a pulso: El hijo pródigo de la Universidad Pueblo.
Bajo la mirada desconfiada de Janeth que los observaba tras el cuadro de fierro oxidado que utilizaban como puerta, Rodrigo y Yahir contaban los pesos que gastarían por encargo, mientras platicaban del camino que seguirían para llegar más pronto a su destino.
Ignorando que vivirían la peor de sus aventuras, los primos cruzaron Otilio González y de pronto estaban en el río, tan inconmensurable que con el sonar de su torrente los hipnotizó para fabricar la travesura de la que se arrepentirían por siempre.
Mientras Rodrigo lloraba pidiendo ayuda a los transeúntes, Óscar transitaba con su esposa en el vehículo que detuvo como por instinto, al ver la muchedumbre que se postraba sobre el talud desmigajado del afluente desbocado.
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