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Redacción
Publicado el jueves, 9 de octubre del 2014 a las 14:00
Rosalío González | Saltillo.- Busca con la mirada los focos en el techo como si la luz fuera una mariposa que cambia constantemente de sitio. En ratos parece distraído y de pronto vuelve la mirada a sus hijas y esposa que lo acompañan. No deja de sonreír y con sus brazos cruzados se ve resignado a abandonar su único vicio en la vida, el trabajo, ahora todos sus esfuerzos están en darle la batalla al Alzheimer.
Don José Juan es uno de los 60 pacientes que atienden semanalmente la Clínica de la Memoria y la Unidad de Salud Mental en el Centro Estatal del Adulto Mayor.
“Somos nuevos aquí, llegamos en noviembre (2013) cuando nos diagnosticaron el Alzheimer”, dice Ana Patricia, su hija y cuidadora.
La situación de don José Juan comenzó a preocupar a su familia al darse cuenta de que olvidaba las fechas y los nombres de la gente que visitaba su casa, hasta el grado de perderse.
“Llegamos a este hospital porque una vecina tiene a su mamá con Alzheimer y nos dijo que lo que le pasa a mi papá fueron los mismos síntomas que presentó su madre”, comentó Guadalupe, otra hija de don Juanito.
“Este tipo de demencia se ha vuelto popular entre los adultos mayores, la presenta hasta el 50% de esa población”, explica el psiquiatra Jesús Suárez González.
“En el reciente año la cantidad de pacientes con Alzheimer ha aumentado al doble y hay dos explicaciones: México está pasando a ser un país de adultos mayores y, la segunda, es que tenemos más esperanza de vida, eso significa que hay más ancianos”, dice.
Don Juanito tiene 80 años y pertenece al grupo de adultos mayores más propensos a tener Alzheimer. Los médicos han tenido que dividir a la población de 65 o más años en tres grupos: el primero de 65 a 69 años que tienen 5% de riesgo, los de 70 a 79 con 10% y finalmente los de 80 o más que tienen 50% de probabilidad.
“Lo mío es por la bola… de años”, dice don Juanito mientras suelta una carcajada, rompiendo con la tensión de su familia que cuida cada palabra dicha frente a él.
“Mi papá siempre ha sido así, bromista y muy trabajador”, dice Patricia mientras lo mira como si recordara cada una de sus bromas.
“Era como el de la película, ‘Ya llegué vieja, ya me voy vieja’”, comenta Guadalupe refiriéndose a que don José Juan tuvo hasta tres trabajos al día.
“Trabajé en la secundaria Margarita Maza de Juárez durante 33 años dando mantenimiento a las instalaciones; quitaba y ponía focos, pintaba, limpiaba, arreglaba lo que me pidieran”, recuerda mientras pareciera que en cualquier momento se levantará de la silla y subirá a la mesa para alcanzar los focos del consultorio.
“Y también trabajaba de carnicero y mesero”, agrega su esposa, Juana María.
Para cuando fue diagnosticado con Alzheimer, don Juanito tenía más de 20 años jubilado, ese proceso de tener mucha actividad y después nada “lo afectó porque se enfermó de insomnio”.
Y con el insomnio llegaron los medicamentos. El Diazepam fue parte de la vida diaria de don Juan durante 20 años, este fármaco tiene propiedades ansiolíticas, miorrelajantes y sedantes, se lo recetaron para que pudiera dormir.
“Los médicos dicen que esas pastillas son las que le detonaron el Alzheimer, porque genéticamente no hay rastro de esta enfermedad, por lo menos hasta donde sabemos”, dice Guadalupe.
Aparte de algunos fármacos, existen otros factores que amplían la posibilidad de que una persona padezca esta enfermedad: “Una mala alimentación, falta de ejercicio físico y mental, las adicciones al tabaco, alcohol o sustancias tóxicas y el estrés excesivo”, advierte Suárez.
“Pero el mayor riesgo es envejecer, algo inevitable”, dice el psicogeriatra Jesús Salazar.
Esa resignación al envejecimiento se ve en la cara de don Juan y en la de aquellos que caminan por la Clínica de la Memoria pasando de consultorio en consultorio sonrientes, “en un mundo aparte que no deja de ser difícil porque es una lucha diaria”.
“Para los que están en una etapa avanzada de la enfermedad es como reescribir la misma hoja en blanco todos los días, ellos ya no tienen recuerdos inmediatos ni de su juventud ni niñez”.
Don Juanito está en la etapa inicial del Alzheimer, pero el enemigo ya le ha cobrado en su memoria y lenguaje, no puede recordar cómo conoció a su esposa con la que lleva 60 años casado, tampoco el nombre de sus ocho bisnietos.
“La base para que él tenga una buena calidad de vida es darle amor y comprensión”, dice su familia. Ellos han cambiado sus vidas después de ser diagnosticado don Juan.
Guadalupe vive una preocupación latente, heredar la enfermedad, porque ahora que su padre la padece, ella tiene tres veces más posibilidades de ser diagnosticada, al igual que sus hijos o nietos.
“Cuando nos dijeron que mi padre padece Alzheimer fue igual a que nos dijeran: ‘Toda su familia tiene Alzheimer’, porque nos tenemos que cuidar para prevenirlo”.
EN LA CUERDA FLOJA
Durante la conversación, a doña Juana María le han dado dos veces pañuelos para las lágrimas que se le derraman al ver a su esposo, su amigo, su compañero de hace 60 años con esa mirada distraída, con esos problemas para entablar una conversación larga y la fuerza en su cuerpo para hacer lo que ha hecho siempre, trabajar.
“A mí me incomoda hablar del Alzheimer, me duele mucho”, dice al momento en que su garganta se cierra y sus lágrimas brotan. Está temerosa, siente la impotencia que sienten quienes son acechados por el ladrón de los recuerdos.
“Yo definitivamente ya me cerré a todo esto, me dedico a comprenderlo y apoyarlo como siempre”.
Guadalupe dice que su madre es la más afectada por la enfermedad de su padre, porque es como ir perdiéndolo de a poco.
Para Patricia, la hija cuidadora de don Juanito, todos los días es vivir en la cuerda floja, igual que su madre, entre la fortaleza para seguir y el punto de quiebre por el miedo que confiesa aún les causa esta enfermedad.
Ella no demuestra muchos sentimientos, a diferencia de doña Juana y de su hermana Guadalupe; se sabe el pilar de una familia que se prepara para todo, está al frente de los cuidados de su padre y de ella depende en gran parte la velocidad con la que el Alzheimer avanzará.
“Para mis hermanos y para mí es como devolverle un poco de lo mucho que nos dio cuando éramos niños.
“Mi hermana no se ha podido dar el lujo de demostrar su miedo y todo lo que siente frente a mis padres, porque en parte ella sabe que es nuestra fortaleza para todos”, dice Guadalupe.
Ahora lo que queda es seguir las terapias y el apoyo incondicional a don Juanito, continuar sus terapias y mantenerlo siempre al tanto de la familia, sacarlo de sus repentinas depresiones provocadas por su enfermedad y no dejarlo solo, preparar los alimentos que beneficien sus salud y “que sienta el apoyo y el amor de todos”.
Para esperar siempre lo mejor, los progresos y las buenas noticias de los médicos, noticias por las que esta familia todos los días lucha.
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