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Publicado el sábado, 10 de enero del 2015 a las 16:00
Saltillo, Coah.- A simple vista es una humilde casa a las orillas de la ciudad, pero cuando uno observa con atención, detrás de los detalles moteados, las franjas y rombos de pintura estopada notará los fragmentos de madera reutilizada, plástico y cartones con lo que realmente está construida.
El esfuerzo que cada día Juan Antonio imprime ya sea como albañil, carpintero, pintor y de lo que resulte refuerza la confianza que le tienen sus patrones y conocidos, quienes han contribuido con cosas que ellos ya no necesitan, y que se han convertido en verdaderos tesoros para su hogar. Es un tejabán, pero “nice”.
Aunque con la ayuda de algunos cartones, padecería de papel tapiz, las lonas que cubren el techo, y las cobijas que han logrado acumular, aquí los fríos, son en serio. Sin embargo es muy precavido con el calentador y está consciente del peligro que podría significar usar anafres o carbón para calentar el cuarto.
El predio que se ubica en la Ampliación San Isidro, es un claro ejemplo “de que la pobreza no está peleada con lo bonito y la limpieza”, como dice Juan Antonio, quien vive con su esposa Irene, su hija Sara de 8 años, Juan Rodrigo de 4 y Tadeo de 2, quien últimamente ha tenido un poco de tos, por lo que debe tomar medicamento aunque no le guste. Los dos más grandes viven en el rancho Los Chilares, cerca de Matehuala, porque no quieren dejar sola a su abuela, además allá mismo es donde realizan sus estudios.
Apenas con unos pedazos de tablarroca que unos “maistros” ya no necesitaron en una construcción cercana, comenzó la edificación. A veces con ayuda de conocidos, pero la mayoría de las veces sólo. “Agarré y los pinté… les dije: ‘Con eso nos vamos a cubrir un poco más el frío, amortigua más’… ahí le meto pedazos de nieve seca para que no entre el frío”, añadió.
Según las Escrituras el mundo se construyó en siete días, pero el primer cuarto de 5 por 6 metros le tomó ocho días levantarlo, aunque a la fecha el lidiar con las goteras y las corrientes de aire no es fácil.
“Vinieron unos compañeros y me dieron la mano. Nomás que agarré y dije: ‘Vamos a echarle firme porque está canijo’… y estos pedazos de alfombra me los regalaron los patrones ahí donde trabajaba. Pues hay que hacerle la lucha y la renta está muy cara, en veces hay trabajo y en veces no”, dijo.
Pero definitivamente no se trata de un “paracaidista”. El terreno de 15 por 20 metros se lo dieron en pago de unos trabajos en la construcción. Todavía no tiene las escrituras porque esta ubicación solía ser considerada como ejidal y hay ciertos trámites que hay que correr. Tuvo la opción de recibir el pago en efectivo, pero prefirió que fuera de esta forma.
Con la ayuda de clavos sujetó los cables de la instalación eléctrica que improvisó en el techo y en las paredes donde conecta los viejos aparatos con los que cuenta, como un par de televisores y alguno que otro electrodoméstico.
“Le digo a la mujer que está bien que está uno fregado pero hay que echarle ganas… si se queda uno atenido no se hace nada… pasan los de Protección Civil con las cobijas pero ni llegan, han de decir ‘este señor tiene el modo’, pues como tengo hasta pintado… pero esa pintura me la dieron también”, comentó.
Los niños crecen y ese cuartito ya no fue suficiente. Comenzó a levantar una pequeña habitación adjunta para ellos. Alguien le dio un colchón usado y él mismo hizo la base. Ahora esta es una cama digna para los varoncitos.
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