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Por
Cristal Romo
Publicado el lunes, 12 de enero del 2015 a las 16:00
Monclova, Coah.- Descendiente de gente de campo, acostumbrada a las adversidades, y de firme voluntad, doña María Elena de la Cruz Arzola no da tregua a esta vida, para ella lo importante es seguir dando batalla aunque las circunstancias no le sean favorables.
Con la “tripa” enterrada en el municipio de Ocampo, la llamada “Puerta del desierto”, los usos y costumbres que por años fueron respetados en su tierra los lleva bien arraigados: habría que tenderle la mano al necesitado, aún cuando se esté en similares o peores condiciones.
“De aquí y de allá, uno saca de donde puede, y comparte lo que tiene”, aseguró la mujer de 78 años, quien desde hace varias décadas estableció su domicilio en Monclova.
Su hogar, ubicado en la colonia 21 de Marzo, lo construyó a base de adobe, lámina, madera, cartón y hule; en él se respira la esencia de antaño donde el corazón de toda casa era la cocina.
“Hay muchos gastos pero hacemos rendir el dinero, aunque mi esposo y yo estamos solitos (sus hijos han formado su familia lejos de este municipio), uno no tiene que desesperarse, aunque sea poquito pero sale, uno debe de ayudar”, recalcó doña María Elena, quien ha abierto las puertas de su humilde casa a este matutino.
De herencia, su madre le otorgó la habilidad para trabajar la nuez y elaborar dulces, hacer florecer las plantas, dar sazón a la comida y tener una conversación amena.
“De chicas, -su hermana está de visita en su casa-, nos la pasábamos jugando, recuerdo que había muchos árboles de nuez, granadas, higueras, las acequias, todos nos conocíamos”, compartió sus memorias.
Pero la vida conlleva cambios aunque a uno no le gusten, y en busca de mejorar salió de su terruño.
“Lo malo de que te hagas viejo es que te ven como inservible o estorbo, pero aquí seguimos.
Yo vendo duritos (chicharrones), fritos, dulces, lo que puedo, y hasta los fío, si alguien no tiene qué comer pues que me lo pague luego”, sentenció con simpleza la mujer mientras mete sus manos el los bolsillos de un suéter que no logra protegerla del todo de la gélida temperatura ambiente.
Ante la solicitud de un recorrido por su casa, doña María Elena se pone de pie casi de un brinco, a ella no le incomoda mostrar la parquedad que se respira en las cuatro habitaciones, pero está más interesada en compartir una de sus pasiones, el verdor de su patio.
Un brillo recorre sus ojos, como si ese espacio de tierra que aún en tiempo de invierno conserva árboles y plantas copados de hoja viva, le inyectara la fuerza para continuar adelante.
“No es muy grande, pero tengo de todo”, afirmó dirigiendo sus pasos a las macetas colocadas alrededor de la vivienda, trepadas en sillas o cacharros viejos.
“Los que más me gustan son los rosales y los árboles de sombra, en la casa de mamá había muchas plantas y me quedó el gusto”, manifestó sonriente.
De vuelta al interior de la casa, donde la cabeza casi roza el improvisado techo, la septuagenaria expresó, “entumida de frío pero aquí estoy. Mi esposo no gana mucho, es velador, pero con lo poquito que le pagan y lo que yo saco vendiendo dulces, la vamos pasando. No hay que quejarse tanto y sí ayudar más”.
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