Seguridad
Por
Luis Reyes
Publicado el sábado, 17 de enero del 2015 a las 16:12
Saltillo, Coah.- Para encontrar recursos económicos para el pago del tratamiento médico de su madre, Gustavo Pérez Álvarez se vio en la necesidad de salir de su pueblo, ubicado en los límites de Tabasco y Chiapas, muy cerca de Guatemala, pero lo que encontró fue que lo hicieron responsable del asesinato de un hombre.
En su pueblo, dice, la vida no valía nada, y por la situación económica precaria apenas le pagaban unos pesos por duras jornadas de trabajo de 6 de la mañana a 6 de la tarde.
Así es que para poner fin a esa desesperación, acompañado por su hermano Nicolás salió rumbo al norte del país a buscar el preciado dinero; sus conocidos y amigos les señalaron que acá se ganaba mucho dinero.
Después de muchas dificultades y padecer hambres, luego de innumerables jornadas arribaron a la capital de Coahuila, pero la tragedia los acechaba.
En Saltillo la suerte se ensañó con él porque le achacaron la muerte de una persona que ocurrió en el sector Rincón de los Pastores, al surponiente de la ciudad.
Cuando sucedieron los hechos se dedicaba a vender dulces típicos de su región de origen, ya que encontró dificultades para comunicarse y pedir trabajo, luego se dedicaría a la obra como albañil.
No da razones de cómo ocurrieron los hechos, sólo menciona que no pudo defenderse por no saber leer, ni escribir ni hablar español, por lo que se ensañaron con él y lo involucraron sólo porque era un indio Tzeltal.
Apodado “El Chango”, ahora enfrenta una sentencia de 35 años, de los que lleva purgados 13.
De estatura baja y fácil sonrisa, el interno lleva trabajando 12 años en una maquiladora al interior del Penal y antes hasta doblaba turnos de trabajo ya que prefería mantenerse ocupado que estar sólo pensando malas ideas.
Por su carácter afable es muy conocido al interior de prisión, aunque a veces le gana la nostalgia y se pone muy serio.
Gustavo no recibe visitas de nadie, sólo de su hermano, quien también antes estuvo preso en el Penal por un malentendido, y que ahora labora como contratista.
Al no tener familia, el dinero que reúne le sirve para comprarse algún antojo o para sus gastos personales. Aunque el interno tiene casi 40 años, es “tragaaños” porque luce de menor edad.
También decidió seguir las reglas del Penal ya que no acumula ningún castigo, y en sus ratos libres le gusta practicar basquetbol, voleibol y softbol.
Su madre ignora que está preso. Cuenta que sólo sabe que está en Estados Unidos trabajando en una fábrica. Gustavo dice que prefirió decirle esa “verdad” porque no le quiere dar más tristezas.
Luego de que por las tardes es encerrado en su celda, el interno suele confortar su estadía en prisión “echando a volar su imaginación”, recordando el verdor de los paisajes, la abundancia de frutos, las costumbres y tradiciones de su tierra natal, y sobre todo, la comida.
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