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En busca de ‘cariño comprado’

  Por Rodrigo Flores

Publicado el domingo, 8 de marzo del 2015 a las 14:00


La zona de tolerancia continúa siendo un lugar en el que muchos hombres encuentran la “felicidad” a cambio de dinero.

Saltillo, Coah.- La temperatura en la capital es de 0 grados centígrados, llega el fin de semana y el ambiente de fiesta comienza a sentirse. Al calor de las copas, hombres buscan calor corporal, refugiándose en el punto más candente de la ciudad: la zona roja.

Hasta hace algunos años, la ciudad sanitaria de Saltillo se encontraba lejos de la zona habitacional, sin embargo, el crecimiento urbano la ha envuelto hasta el punto de desaparecerla, y convertirla en una cuadra más como en cualquier colonia.

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La neblina y el frío no son impedimento para que los saltillenses salgan a buscar “cariño”, esto se puede observar en el estacionamiento, donde hay unos 20 vehículos estacionados a un costado de la caseta que dice “Estacionamiento 25 pesos” y “15 pesos la entrada”.

“Son 55 pesos, jefe, y necesita una identificación, si no, no pueden pasar”, dice el vigilante que está en la entrada cobrando acompañado de otras tres personas; una entrega los boletos, otro sólo observa el movimiento, y el tercero está al fondo del cuarto protegiéndose del frío.

Tras pagar la entrada, de inmediato un elemento de la Policía Municipal interfiere en el camino, la revisión es de rutina para ver que no porten armas, o drogas según comentó. “Volteese hacia la pared y con las manos arriba”, dice, mientras sus manos frías recorren el cuerpo de los que ingresan.

El oficial recorre los costados del cuerpo, el pecho, al interior de las piernas, mientras un usuario se ríe por el cosquilleo que sintió. “Pérese, jefe, dele suave”, el elemento no le dice nada y sigue revisando, ya tiene una pequeña fila esperando para pasar.

Apenas se avanza unos metros, y se siente el asfalto en los pies. Hasta hace algunos años ese camino rumbo a la felicidad era de tierra y piedras. Fue testigo de caídas de unos cuantos hombres que salían de los bares pasados de copas y que encontraban en el suelo un pequeño espacio para dormir.

“Pásele, jefe, aquí tenemos a las mejores damitas, le damos promoción en la ‘cheve’. Véngase”, dice uno de los vigilantes de un table dance, que se encarga de engatusar a cuanto entra al sitio, para ganarle clientes a la competencia.

Apenas termina de hacer la invitación y llega el “vecino”, un hombre de aproximadamente 45 años, moreno, de bigote tupido, es bravo y no se va a dejar tan fácil que le ganen la clientela. Empieza a empujarlo y le manotea, “Por eso, güey, tú ya te llevaste a los otros, déjame éstos a mí”, le dice.

Esto no parece importarle al regordete de la entrada, quien sonríe y sale victorioso, logró captar a dos clientes y de inmediato les ofreció una mesa. “La cheve la tenemos en 25 pesos ¿o prefiere una cubeta?”, les dice.

Al final no logró su cometido, la idea era llevarles una “promoción” de una cubeta con 10 cervezas de media en 250 pesos, sólo logró vender dos bebidas.

El ambiente era tranquilo, sólo había unas 20 personas en el lugar. Todos dispersos, buscando oscuridad para pasar inadvertidos, se esconden para hacer travesuras con las chicas, y uno que otro para lograr tomar una fotografía de las bailarinas.

La música a todo lo que da, mientras uno que otro corea la canción que el DJ puso para animar el ambiente. “Órale, cabrones, están muy apagados, un saludo para los ‘chilangos’ que hoy nos visitan”, dice al micrófono el animador, seguido de un grito de un grupo de seis personas que se encontraban en una mesa, eran visitantes del DF que querían pasar un rato agradable.

De pronto las luces se apagan y la música desaparece, sólo se ilumina el escenario y al micrófono se anuncia a Alexa. En su presentación de la noche lleva un vestuario en color negro, diminuto, apenas le cubre sus partes íntimas, el vientre lo deja al aire libre y revela su maternidad con una cicatriz, aunque su liguero la hace ver más atractiva.

No mide más de 1.60 metros, los asistentes le empiezan a aplaudir para que se quite la poca ropa que trae, sin embargo, no lo hace, sólo se contonea tímidamente en la pista, el tubo no parece agradarle, no lo toca, sólo se tira al piso y empieza a moverse con cadencia.

Así fue su primer baile, no se ganó el aplauso de los presentes, quienes querían ver más “talento” y menos ropa. “Ahora Alexa en su sesión de topless”, dicen al micrófono mientras gritos y aplausos invaden el ambiente.

La bailarina sigue tímida, aunque se anima a agarrar el tubo, se da vueltas en él, se apoya, pero no se trepa, lo cual desanima a los presentes. “Pinche vieja, no trae nada”, dice uno de los presentes, quien sigue esperando ver los pechos de la joven, que no pasa de los 25 años.

Antes de que termine la canción, el animador baja el volumen y grita “Ésta fue la presentación de Alexa; un aplauso para ella, que se vea el ambiente”, pero todos con cara de asombro no siguen sus indicaciones y se preguntan por qué no se desnudó.

La decepción de la noche no parece alterarlos, las risas y los murmullos, así como las miradas a escondidas sobre las chicas que están en el lugar no paraban, mientras un mesero seguía sirviendo cervezas.

De pronto una chica interrumpe en la mesa. Delgada con grandes pechos, se acerca bailando y sonríe a los presentes, se sienta en las piernas de uno de ellos y le saluda. “Hola, ¿cómo estás?”, dice. “Aquí, medio entumido”, le contesta el hombre, “Yo te caliento”, le responde ella y suelta una carcajada.

Al parecer los cigarros sobre la mesa fueron como una especie de imán para las chicas, ya que otra de inmediato se acercó y se sentó con otro de los presentes para pedir por lo pronto un cigarro. Toman la caja, pone cada quien uno en su boca, y apresuradamente los presentes ofrecen fuego.

“Marijose” dice llamarse, “María José es mi verdadero nombre, pero así me pongo yo, es mi nombre artístico”.

Su inexperiencia en la ciudad fue el tema en el inicio de la plática. Dice que viene de una ciudad de Nuevo León, donde dejó a un pequeño de 5 años y una vida de día. Es operaria y no gana más de mil pesos por semana, por lo que de jueves a sábado viaja a Saltillo para ofrecer sus servicios como bailarina exótica, esto por invitación de una amiga.

“Ya bailé, fui la primera de la noche, todavía me da pena, apenas llevo dos días, pero pues tengo necesidad, tú crees, ¿de dónde voy a mantener a mi hijo con mil pesos por semana que gano en la fábrica?, para todo, no se hace, por eso apenas estoy viendo qué onda aquí”, comentó.

Ya pasaron algunos minutos y la chica se anima a pedir un trago. “No seas malito, invítame una copa, una cerveza, o lo que tú quieras”, dijo. “¿Cuánto cuesta invitarte y qué incluye?”, le contesta el hombre- “La bebida cuesta 230 y la cerveza 50 pesos, pues voy a estar aquí contigo en lo que me la acabo, mientras te puedo bailar, tocar y platicamos si quieres”, contestó.

La joven de 23 años siguió insistiendo hasta que convenció a su cliente, quien pidió una cerveza, la cual al final se convirtió en una bebida que fue servida en un vaso de medio litro con más hielos que alcohol, quizá para que se terminara más rápido y poder pedir la otra.

El cliente no reclama y acepta. Paga con un billete de 500 pesos y el mesero le regresa 240 pesos en billetes, se queda con el resto en la mano, son monedas de 5 pesos, y observa fijamente a los ojos al hombre quien espera su cambio completo.

“Déjeme esto, jefe, para hacer ‘la cruz’, no llevo nada”. Con la cabeza, el hombre acepta regalarle la propina, mientras se aleja el mesero, se hace una cruz en el pecho, a su vez la chica que había obtenido su primera “venta” de la noche, hace lo mismo y le da un trago a su bebida.

Marijose es parte de la estadística de mujeres que emigran de otros lugares del estado y del país hacia Saltillo para ejercer la prostitución. En Saltillo se dice que de unas 300 mujeres que se dedican a este oficio, más del 50% son foráneas.

El panorama para las prostitutas y bailarinas en Nuevo León parece desalentador. Al igual que en Coahuila, autoridades de los tres niveles han cerrado establecimientos que representaban una oportunidad para ellas de sacar adelante a sus familias, cada vez son menos los sitios en donde pueden sacar algo de plata, dice la joven.

“Ya todo está cerrado, cuando entró Margarita (Arellanes, alcaldesa de Monterrey) se fue todo para abajo. Sí hay unos abiertos, pero luego van los operativos y los vuelven a cerrar, además hay unos que tienen niñas, menores de edad, y eso no me gusta, mejor por eso me vengo acá, aquí nadie me conoce, y como soy nueva, pues menos”, dijo.

Desde hace un par de años en Saltillo comenzó el horario establecido para la venta de alcohol, fijado a las 2:00 horas en toda la ciudad. Después de esa hora, ni un alma puede estar dentro de un establecimiento consumiendo alcohol.

Según representantes de bares de la ciudad y trabajadores de éstos, la disminución del horario de venta les ha traído problemas. El 80% de los negocios en la zona de tolerancia ha sido cerrado por las pocas ventas.

Al recorrer este establecimiento prevalecen las puertas cerradas y las luces apagadas, la vida nocturna, dicen, se ha ido apagando poco a poco.

“Allá me di cuenta de que aquí les quitaron la venta de alcohol, pero ¿por qué?, de estos negocios dependen muchas familias, ¿por qué no se van a otros lados?, o mínimo que dejen que se venda alcohol hasta las 3 de la mañana, ellos ganan con los permisos, nosotros con la venta. Pero no, parece que quieren que nos vayamos”, agregó la chica.

Poco a poco la sala sigue llenándose. Entran tanto albañiles con su mochila, donde traen su nivel de la obra, como aquel joven bien alineado que no tiene miedo, no le da pena, parece estar en la edad de comenzar a descubrir los placeres carnales.

Éstos se sientan hasta adelante, a unos cuantos centímetros de las chicas que se suben a bailar, ahí donde se respira de cerca el aire de la pista y se siente caer el sudor de las bailarinas. “Aquí mero, sin miedo”, dice uno de los cuatro jóvenes que van llegando al lugar, y se ponen a disfrutar del show.

En otro lado, Marijose comenta que gana hasta mil pesos por día durante un fin de semana si le va bien, de ahí tiene que pagar 300 pesos diarios para el taxi que la lleva y la trae de jueves a sábado a Saltillo. Sale a las 19:00 horas de su casa y para las 21:00 horas tiene que estar arriba de la pista bailando.

“¿Me invitas la otra, papito?”, pregunta la chica, a lo que le contestan que no, fue suficiente por esa noche. “Muchas gracias, como quiera, me la pasé bien contigo. Déjame sigo trabajando, ya me diste la de la suerte, vas a ver que me va a ir muy bien esta noche”, dice la chica mientras se aleja del lugar y lanza el anzuelo hacia otra dirección.

Son pocas las mujeres que han llegado, no parece una buena noche, ya que el clima asustó a los clientes, gritó una de las bailarinas mientras pasa entre las mesas ofreciendo sus servicios, sin embargo, ellas sí salieron a trabajar ante la necesidad de sostener a sus familias.

Así se acercó Mayra, joven de 21 años, quien al ver solo a otro cliente, sin pena llegó y lo saludó de beso. “Hola, ¿me invitas un trago?”, dijo. “No traigo dinero, nada más traía lo de las cervezas”, le contestan. “Ándale, uno solo, te cuesta 50 pesos el vaso”, mientras se voltea, le da la espalda y le empieza a bailar encima de él para convencerlo. El frote de sus cuerpos fue suficiente para convencerlo y él aceptó.

Esta vez sí fue un trago de 50 pesos, es un vaso de unicel en el cual le sirven cerveza a la dama, a su término pueden pedir más si está a gusto con el servicio de la chica.

Mientras tanto, a lo lejos se ve a otro hombre, el calor del ambiente parece haberle quitado el frío, ya que no porta chamarra, trae playera roja, cachucha hasta la ceja, como si se escondiera de alguien.

Apenas bajó del escenario Anahí y la llama. Parece haberle gustado su candente baile en el tubo. Ella es esbelta, de 1.50 metros aproximadamente, morena, de cara angelical. Él de 1.80 aproximadamente, moreno, de barba y con sobrepeso, lo cual desata un diálogo entre meseros.

“Le gustan chiquitas a éste, la va a desmadrar”, dice un mesero a otro mientras se ríen. La chica accede a la invitación de aquel hombre y comienzan a platicar. Ella tomó una cerveza del “six” que tenía sobre la barra, de inmediato llega una mesera a cobrarle y le da algo en la mano a la chica. Quizá fue dinero, o quizá un boleto que al final de la noche indica cuántas bebidas se tomó o cuántos bailes privados hizo, de ahí
la importancia de este ticket, es su sistema de pago.

La incógnita sobre qué tenía en la mano es porque hay diferencias entre las chicas del bar. Del lado poniente se encuentran las “caras”, del otro lado las que “ya pasaron de moda” y cobran un poco menos por sus servicios.

“Yo cobro 50 pesos por la bebida, de ésos me dan 20 o 30 según sea, pero las de allá (del otro lado del bar) son de 100 y de ahí no se bajan. Dicen que están más buenas, ahí como me ves, yo estaba bien flaca, pero me embaracé y valió madre, antes era de las que más tenía trabajo, hoy no me quejo, pero me iba mejor”, dijo Mayra.

Ella es de otra ciudad del estado de Coahuila, comenta que la escuela no se le dio y prefirió venirse a Saltillo a trabajar como prostituta, lejos de su familia, que aún no sabe a qué se dedica. Hace siete meses fue mamá y vive con su pareja, que trabaja como albañil en la ciudad.

Pesa unos 80 kilos, morena, y porta un mallón negro, con una pequeña falda encima color blanco, blusa del mismo color y una banda morada en la cabeza, estos colores se hacen fosforescentes con la luz neón del lugar.

Ella no para de hablar, al parecer salió huyendo de su casa por problemas familiares y se vino para la capital, con la esperanza de encontrar un buen trabajo, aunque sólo encontró empleo en la zona de tolerancia, donde conoció a su actual pareja.

Su hombre, dice, está celoso, sin embargo con unas cuantas palabras lo deja callado, y él prefiere guardar silencio, ya que económicamente tiene la razón: su sueldo no podría mantenerlos a ambos y a su pequeño niño.

“Sí se pone celoso, pero está pendejo. Le digo: ‘Con mil pesos que ganas por semana no la hacemos, nada más son 500 de los puros pañales del bebé, ¿de dónde sacamos lo demás?, eso yo lo gano en una noche’. Por eso se aguanta el güey”, dijo.

Ya con sus dos años de experiencia, dice tener “más colmillo”, por lo que le va mejor, antes no sacaba ni 500 pesos por noche porque era tímida, hoy no, ya perdió el pudor y es “reventada”, dice, bajo la frase “la que no ofrece no vende”.

“Antes estaba bien pendejilla, no sabía cómo estaba el pedo aquí, pero una amiga me dijo: ‘No seas pendeja, mira, hazle así y asá, y ya llego y me ofrezco, les digo: ‘¿Qué onda, papi?, invítame una copa’. Si no quiere, el que sigue y así, tienes que moverte, si no, no sacas ni madre”, mencionó.

Ella, al igual que el resto de las trabajadoras y trabajadores sexuales, está propensa a ataques por parte de la clientela e inclusive de las autoridades. Desde hace un par de años, defensores de los derechos de este grupo vulnerable han denunciado los ataques, principalmente por parte de la Policía Municipal.

Anteriormente, donde se construyó el Distribuidor Vial El Sarape era el “corredor del deseo”, ahí se colocaban servidores y trabajadoras sexuales a ofrecer sus servicios, quienes tuvieron que emigrar a otros puntos de la ciudad por temor a ataques.

“Una vez nos fuimos de aquí, llegaron unos vatos y nos dijeron: ‘Vámonos, les damos mil pesos a cada una’, y pues nos fuimos, era entre semana y está bien jodido. Mi amiga venía llegando y traía todas sus maletas, y cuando ya nos íbamos nos las habían robado, dices: ‘Trajeras lana, está bien’, pero traía todos sus vestuarios, para qué los quieren, yo de buenas que traía nada más mi bolsa y la traía cargada, no la
dejé en el carro”, relató.

Además, todos los días tienen que lidiar con sus ganancias con los propietarios de los bares, a quienes sólo representan números y ganancias, de lo contrario “no les sirven”, comentó.

“Si haces una salida son mínimo 500 pesos, pero el dueño te dice: ‘A mí dame 300 y te vas a la chingada, así no me sirves, me pagas y te vas, si no, no sales’. Pero qué le sacas, tienes que negociar con el cliente para que pague tu salida, y te pague su servicio”, mencionó.

La noche sigue haciéndose larga y siguen llegando hombres, ya casi es la hora de cierre y quieren aprovechar las promociones; privados 1 x 60 o 3 x 100, algunos ponen su “hora feliz”, otros venden la cerveza de media en 25 pesos, otros en 20, depende del bar al que la gente se meta.

El trago de Mayra terminó y quiere más. “¿Me invitas otro?, ando bien cruda, ayer me puse bien peda con unos clientes, hasta andaba perdiendo las comandas (boletos de los servicios que dio), por eso tienes que andar bien al tiro porque si no te chingan”, dijo, pero el cliente agradeció por su compañía y ella optó por seguir su camino. “Gracias como quiera, nos vemos pronto”, y se perdió entre la oscuridad del lugar.

No pasaron ni 10 minutos cuando otra mujer, mayor a los 40 años, se acercó con el cliente, se agachó frente a él enseñando sus atributos para tratar de seducirlo. Andaba en ropa interior rosa fosforescente, de pelo rubio y con algunas piezas dentales dañadas.

“Oye, ¿estás solo o tienes compañía?”, dijo. “Ya me voy”, le contestó el hombre. “Invítame un trago, ándale, no seas agitado”, respondió ella. “En verdad no traigo dinero, por eso nos vamos”, le dijo el cliente. “Huy, qué lástima que ya te vas, pero ¿no traerás una moneda?, de lo que sea”. El hombre sacó 10 pesos de su bolsa para dárselos, ella los tomó y sin agradecer se retiró del lugar con rumbo a la salida del bar, al
parecer su día de trabajo había terminado.

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