Coahuila

Publicado el lunes, 4 de mayo del 2015 a las 14:05
Torreón, Coah.- La colonia Nuevo México, destruida por el narco, poco a poco empieza a renacer. De 184 familias, solamente quedaron 10 en el sector, aferradas a las oraciones y a la esperanza de que el terror y el miedo pronto llegarían a su final.
Después de casi nueve años de sufrimiento, los vecinos se animan a regresar a sus hogares. Ahora, 80 familias ya están de vuelta y 63 más prometieron volver en poco tiempo, una vez que superen sus temores y comprendan que la inseguridad quedó atrás.
Para ello, los gobiernos federal, estatal y municipal diseñaron un proyecto integral de más de 50 millones de pesos para reconstruir el sector. Aún quedan viviendas en ruinas, destruidas por los delincuentes; 23 fueron demolidas, pues la intención es derrumbar paredes y techos en mal estado que permanecen en pie y edificar en su lugar pies de casa con dos cuartos, cocina y baño.
Reconstruir el sector, ubicado a los pies del Cristo de las Noas, será un triunfo de los hombres y mujeres de bien que lo único que buscan es vivir en paz. Si consiguen volver a la normalidad, mandarán el mensaje simbólico de que es posible vencer el miedo y el temor para, otra vez, vivir tranquilamente.
ESPERANZA QUE RESURGE
Hace un año, Zócalo Saltillo recorrió el territorio devastado por la guerra entre diversos carteles del narco. Al final de la calzada Colón, amurallado por el Cerro de las Noas, se encuentra el caserío donde aún se escuchan las historias de terror entre sus silenciosos callejones.
Desde 2008, o quizá antes, los delincuentes poco a poco se apoderaron del sector, estratégico por contar con una sola entrada y salida y por estar protegido por el mismo cerro, de manera que para la Policía y el Ejército era imposible de penetrar.
Al poco tiempo, obligaron a sus moradores a abandonar el lugar. Negarse representaba enfrentar a la muerte, de manera que al final sólo quedaron unos cuantos moradores, rodeados por decenas de delincuentes fuertemente armados.
Así, las viviendas eran saqueadas y vandalizadas. Las familias perdieron todo su patrimonio y, en el peor de los casos, algún miembro, vecino o conocido. Mobiliario y hasta puertas y protecciones de las ventanas se llevaron.
Las historias de terror recorren los callejones. Hay quienes aseguran que por las noches todavía se escuchan los gritos de dolor de hombres, mujeres y niños que fueron masacrados.
“Ni los perros quieren andar por ahí porque hay mucha energía negativa. En la noche se escuchan los gritos y lamentaciones”, afirman, al recordar las ejecuciones a cualquier hora del día y de la noche. La misericordia no tenía cabida y la sangre de culpables e inocentes corrió por igual entre los callejones.
La muerte y el terror desalojaron las casas. No había fuerza de seguridad que entrara. Las casas en lo alto parecían fortificaciones en las que empotraban armas de grueso calibre para mantener a raya a policías y soldados, unos 500 metros abajo, más allá de las vías de ferrocarril, por la única entrada al sector.
Las viviendas fueron destrozadas por los enfrentamientos entre los tres o cinco bandos que se disputaron el lugar amurallado. Tras los enfrentamientos no quedaban heridos, solamente muertos, la mayoría jóvenes delincuentes que rondaban los 15 o 20 años, quizá menos. Así, no había razón para quedarse a jugar con el destino y la muerte.
LA RECONSTRUCCIÓN
Al paso de los años, los enfrentamientos entre las bandas los acabaron y las incursiones de las fuerzas de seguridad fueron más efectivas y letales, hasta que desa-lojaron el lugar estratégico.
En febrero de 2014 los gobiernos federal, estatal y municipal diseñaron una estrategia para reconstruir y recolonizar a la colonia Nuevo México.
La tarea no ha sido sencilla. Solamente encontraron una decena de familias temerosas y angustiadas. Elaboraron un proyecto integral con un presupuesto superior a los 50 millones de pesos para rehabilitar los hogares y generar condiciones adecuadas para el regreso de las familias.
A la fecha, cuadrillas de trabajadores de Desarrollo Social, estatal y municipal, han retirado más de mil 100 toneladas de escombro, maleza y basura. Ya es posible caminar entre los callejones. En 20 viviendas ya colocaron puertas, ventanas, cableado eléctrico, tuberías de agua, sanitarios e impermeabilizan, y en 30 más están en ese proceso de Para agosto, esperan que otras 20 viviendas queden totalmente rehabilitadas, y luego trabajarán en otro paquete de casas. Los trabajos se aceleran porque las familias ya están de regreso.
Desde diversos puntos de la ciudad se aprecia la rehabilitación de viviendas que ya cuentan con pintura interior y exterior, previo trabajo de enjarre y enyesado. En algunas construyeron techos y bardas. Hay importantes avances, es cierto, pero lo complicado será reconstruir 23 inmuebles de los que sólo quedan escombros. El objetivo es reconstruirlos conforme se acerquen las familias. Por lo pronto, 18 de éstas ya fueron ubicadas.
Además de las viviendas, las autoridades trabajan en la rehabilitación del centro comunitario recién nombrado Jesús Sosa Ayala, en recuerdo de aquel luchador social asesinado hace tres o cuatro años porque, pese a las amenazas de los delincuentes, recorría el lugar para entregar apoyos a los colonos.
El centro comunitario se ubica en la antigua escuela primaria, en los límites con la colonia Primero de Mayo. Los salones fueron habilitados para instalar un centro de cómputo del IEEA, un espacio para educación a distancia y oficinas del Instituto Municipal de la Mujer, de los DIF estatal y municipal y un área destinada a la prevención del delito.
Ahí ofrecen servicios gratuitos de psicología, atención médica y medicamento, asesoría jurídica y abrieron el comedor que atiende a 80 adultos mayores, entre otros apoyos. Un aspecto importante son las terapias de “limpieza mental” para que las familias borren el estrés, el miedo y los momentos amargos que pasaron, y puedan volver a estar tranquilas y sonreír.
En otro espacio imparten talleres de belleza, pintura, canto, guitarra, bailoterapia y boxeo, entre otras actividades, con el propósito de regresar a la normalidad.
Dentro del mismo centro construirán una cancha de usos múltiples con el respaldo del sector privado, que también ofreció apoyo económico para mejoras del lugar.
La tarea es complicada. El proyecto comprende reponer arbotantes y lámparas en los callejones, colocar concreto estampado y jardineras, lo mismo que rehabilitar líneas de agua y drenaje en algunos puntos.
Una propuesta ambiciosa consiste en construir un puente peatonal que vaya del centro comunitario a la Casa de la Cultura, pasando las vías del ferrocarril, lo que tiene un costo cercano a los 10 millones de pesos.
Es posible que en uno o dos años más concluya la rehabilitación integral del sector y con ello se espera que vuelva la mayor parte de las 184 familias. A todas se les ofrece incluirlas en el programa del Seguro Popular, si lo requieren, y a los adultos mayores se les ofrecen despensas del programa 65 y Más.
LA FE LOS SALVÓ
Juan Manuel Montoya García, de 77 años, es de los pocos que “aguantaron” los años de terror por temor a perder su humilde patrimonio, encomendándose a la Virgen de Guadalupe y al Cristo de las Noas.
“Había miedo, pero aguantamos. Ahora los callejones tienen poco que se están poniendo bien, andan arreglando a ver si la gente se viene: nosotros no nos fuimos, ¿a dónde?, pero nunca nos metimos con ‘aquellos’. Era de ‘¿quiúbole, jefe?’, pero hasta ahí nomás, ni voltear a verlos.
“Fue terrible, muchos se fueron y poco a poco están regresando. Ya podemos andar en la calle. A estas horas (al mediodía) teníamos la puerta cerrada con candado y sin salir para nada”.
En el callejón 4, donde vive, nada más quedaron dos personas, los demás se fueron. “Nomás les dijeron ‘pa fuera con todo y chivas’. ¿Qué podíamos hacer contra ellos? A un muchacho de ahí –señala un domicilio–, nomás porque salió a ver qué andaban haciendo, se lo llevaron y lo mataron. Mataban por gusto, ¡qué chingados iban a tener temor de Dios! Les daban armas, dinero y se creían la divina garza, cometían mucha rapiña”, cuenta.
En su caso, cuando había balaceras le rezaba a la Virgen de Guadalupe y al “Güero Chuy de arriba”, es decir, al Cristo de las Noas.
María Ramírez Rodarte y su familia permanecieron “en el mero rejuego”, aunque varios familiares perdieron la vida, como una nuera alcanzada por una bala perdida y su consuegro.
“Nosotros aguantamos mucho, mi esposo nunca quiso salirse, ¿qué íbamos a hacer? Oíamos la balacera y pa’ bajo de la cama o de la mesa y así nos pasamos cinco años de esta guerra. Fue mucho sufrimiento, no había más que rezar”, dice, mientras contiene las lágrimas.
Le duele recordar cómo los delincuentes arrastraban entre los callejones a secuestrados y a miembros de bandas rivales y luego los balazos seguidos de silencio total.
También le tocó quedar en medio de una balacera, en la calle de acceso a la colonia. Un delincuente le estaba diciendo “lo que se le ofrezca, jefecita, aquí vamos a estar, en esta casa”, pero era de los “malos”. Ella le dijo “está bien, joven”, de repente un carro se paró cerca de ellos y le dispararon.
Como pudo, la señora se agachó y al momento, el “cristiano” cayó a su lado herido de muerte. “La gente decía ‘ya mataron a doña María’. Bendito Dios que no”. Se barrió del susto para no enfermarse.
“Yo nomás les decía ‘¿pos qué andas haciendo aquí, muchacho? Pos Dios que te ayude’. Una es madre y pos… Pobres de sus madres, sin saber de sus muchachos.
“Muchos inocentes se fueron, nosotros rezábamos y le pedíamos tanto a Dios que los retirara. Fueron cinco años de estar en esa guerra, eran las 9 de la noche y seguro la balacera, la 1 de la tarde y seguro la balacera”.
Ahora, afirma, hay un cambio en la colonia con el arreglo de las viviendas. Espera que sus vecinas regresen pronto, aunque están temerosas por lo ocurrido.
En tanto, María Medrano refiere que ella abandonó por un tiempo la colonia, por temor a perder a sus hijos.
“Sabíamos que era seguro que se iban a meter a nuestras casas. Hubo gente que salió con lo que traía puesto porque ni chanza les dieron de sacar sus muebles, se los quemaron y ya no se podía vivir ahí, no podíamos salir a la puerta ni en el día, eran las 5 de la tarde y teníamos que estar en nuestras casas resguardados. No había dónde meternos, no sabíamos si debajo de la cama, en el ropero, para que no nos alcanzara una bala perdida.
“Para los hijos no había un sábado, un domingo que dijéramos ‘vamos a salir’, porque si nos íbamos no sabíamos si podíamos regresar, entrar a nuestra casa, o si en el camino nos agarraba un enfrentamiento. No les importaba si salía un niño, un adulto mayor”.
Asegura que ahora observan un cambio en el sector y reconocen que Rodrigo Fuentes Ávila, secretario de Desarrollo Social, fue el primer funcionario que entró a la colonia para atender las demandas de los vecinos.
Recuerda que en una ocasión acudió el gobernador Rubén Moreira Valdez. “Yo le dije ‘no nos abandone, Gobernador’ y me dijo ‘esto es una realidad y no los vamos a dejar’. Y sí, hemos visto el avance. Los vecinos tienen miedo porque no fue algo fácil lo que vivimos; fue algo muy triste, muchas pérdidas humanas de nuestros mismos vecinos. Aquí estamos los que alcanzamos a sobrevivir esta situación”.
reconstrucción.

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