Seguridad
Por
Ruta Libre
Publicado el lunes, 3 de agosto del 2015 a las 19:11
Alejandro jamás imaginó que aquella amena tarde de farra con su amigo Mario, terminaría fatalmente por un deseo carnal que le arrebató la vida Creyendo que su mala obra se borraría con el paso del tiempo, “El Pato” se refugió entre unas tapias del Paseo de la Reforma ignorando que el brazo de la justicia lo alcanzaría de pronto, para cobrarle factura por el homicidio que lo mantendrá 35 años en prisión.
Pura felicidad
Apenas caía la tarde cuando Alejandro decidió cerrar el taller para disfrutar de la vida como pocas veces lo hacía, tenía el presentimiento de que ese día sería uno de los más significativos en su vida y por eso decidió seguir a su instinto sin pensar en las consecuencias.
Decidido a todo, el mecánico tomó el teléfono para cruzar llamadas que validaran su deseo de diversión, fue así como contactó a Mario para exponerle la intención de embriagarse para festejar la amistad que durante años los mantenía unidos.
Tras dar el portazo al acceso principal de su incipiente negocio, Alex salió del lugar en la colonia América para dirigirse al sector de enfrente, donde su compadre de parranda lo aguardaba listo para comenzar con la diversión que apreciaba extraña por ser entre semana.
Visiblemente felices, los amigos caminaban entre las calles de la colonia Oceanía buscando el depósito donde comprarían la cerveza con que amenizarían su velada, aunque lejos estaban de pensar que la reunión terminaría en tragedia.
Fiesta de cantina
Luego de apoyar a su padre con el arreglo del taxi que manejaban durante los fines de semana, el mecánico le pidió a este que lo llevara hasta un bar, donde junto a Mario seguiría el festejo que comenzaron desde que iniciaba la tarde.
Con el ocaso del miércoles, los amigos se divertían en un rincón de la taberna que eligieron al azar, pero la euforia del reencuentro se convertiría en ave de mal agüero cuando por la puerta principal entró una figura conocida para Alejandro, era Eduardo “El Pato”, que tambaleando buscaba una mesa para desahogar sus maldades con quien se le pusiera enfrente.
En cuestión de segundos, el visitante incómodo entablaba una charla con quien convertiría en su víctima del día, porque los ecos de una infancia común le turbaban la mente “obligándolo” a tomar revancha de un hombre que había sido mejor tratado por el destino económicamente.
Durante varias horas, los parranderos intercambiaron anécdotas y pasajes de una amistad que parecía indefinida, hasta que los modales del sujeto tatuado colmaron la paciencia de Mario, que en un intercambio de insultos con este provocó que el mesero del antro los obligara a salir de lugar.
Trágico destino
Enfurecido porque su parranda se había convertido en frustración, Mario salió de la cantina aconsejando a Alex para que no se dejara guiar por su amigo de la infancia, pero el mal presentimiento que tenía de poco sirvió pues el victimado ya tenía sus horas terrenales contadas.
Guiándose por las farolas mercuriales que iluminaban el bulevar Fundadores, Alejandro y el pandillero se dirigieron hasta el arroyo El Pituchín, donde el sujeto sin escrúpulos se introdujo asegurando al acompañante que tenía una botella de vino escondida.
Una vez en el riachuelo, “El Pato” sacó lo peor de su personalidad para encarar al infortunado, retándolo a golpes para saciar su trauma de inferioridad, que transformó en los puñetazos que lo convirtieron en asesino.
Cobijado por la complicidad de la noche, el cargador de mercado arremetió con furia contra el mecánico de barrio, asestándole una lluvia de pedradas en la cabeza que dejaron al oponente moribundo entre la corriente de agua que bañaba el sector.
Turbado por los efectos del alcohol que ya lo habían rebasado, el delincuente tomó un palo que sobresalía de entre la maleza y sin dudar se le fue encima al compañero de ocasión, ultrajándolo bestialmente para luego violarlo con la vara en repetidas ocasiones.
Durante varios minutos el rijoso se ensañó con Alejandro hasta verlo inerte entre el pedregal del arroyo, donde quedó con la vida flotando en el agua tras haber sido atacado cuando estaba inconsciente y sin la posibilidad de defenderse.
Así, el asesino intentó finiquitar su obra cubriendo el cadáver con una cobija costrosa que encontró entre la maleza, corriendo con torpeza sobre el talud del río para salir a la calle y perderse en la distancia buscado evadir su delito.
Poco después “El Pato” sintió que la realidad lo alcanzaba pero decidió ignorar la sensación, hasta que agentes ministeriales que rondaban el Paseo de la Reforma lo encontraron guarecido en una tapias abandonadas que utilizaba como refugio para evadir a realidad.
Ya con la justicia encima, el malandrín acató la disposición de las autoridades penales, que lo condenaron a 35 años de prisión bajo el delito de homicidio perpetrado en contra de su propio amigo.
Por: Rosendo Zavala | Saltillo, Coah.- Manoteando para defender su vida entre la podredumbre del arroyo, Alejandro gritó implorado piedad a su desalmado amigo, que cegado por la ira lo remató a pedradas mientras lo violaba con bestial fiereza, abandonado su cadáver en el riachuelo para luego darse a la fuga.
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