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Ganadero fronterizo sobrevive en medio de narcos y Patrulla Fronteriza

  Por Agencias

Publicado el miércoles, 29 de junio del 2016 a las 18:32


Quedan aún dos muy buenas horas de sol cuando Ruperto Escobar dirige su camioneta Ford Super Duty hacia el Río Grande

El Diario de Juárez / Escobares, Texas.- Quedan aún dos muy buenas horas de sol cuando Ruperto Escobar dirige su camioneta Ford Super Duty hacia el Río Grande y comienza a conducir por el disparejo camino de terracería que conlleva a su rancho. Está disparejo a propósito, una medida de negligencia estratégica, debido a que escobar no quiere facilitarles las cosas a los contrabandistas. Ya de por sí la tienen muy fácil.

Durante el trayecto, Escobar explica la ancestral relación que tiene con esta tierra, extendiendo una arrugada mano para apuntar en dirección de la casa de estuco de su abuela hacia la derecha, luego hacia la casa de su primo a la izquierda. Los antepasados de Escobar fundaron el pueblo que porta el nombre de la familia, y puede rastrear a sus ancestros hasta una cesión española de terrenos que tuvo lugar en 1767. Básicamente, todo lo que está de este lado de la escuela primaria Escobar es de ellos.

A manera que la camioneta se desplaza por los plantíos de heno y alfalfa, los ojos de Escobar se quedan fijos en la línea divisoria de agua entre Estados Unidos y México.

“Wow, lleva bastante agua el Río grande ahora”, dice, antes de que la camioneta se detenga cerca de una pompa de irrigación. “Eso es bueno”.

El Río Grande sigue siendo hasta la fecha el alma del rancho, sin el cual sus cosechas se secarían. También resulta ser el punto de cruce de narcotraficantes, traficantes de personas y otros puchadores de contrabando que buscan pasar desapercibidos la frontera entre México y estados Unidos.

Por generaciones, los Escobar han mantenido una intranquila paz con todo el asunto.

El tequila pasaba hacia el norte durante el periodo de la Prohibición. Hoy, es por lo regular la cocaína, la mariguana, y la mano de obra barata. Mañana, podría ser alguna otra cosa.

“En su mayoría son los disturbios que enfrentamos durante la noche, en las primeras horas de la madrugada, es cuando hacen sus cosas, y te despiertas porque escuchas ruidos o porque los perros no dejan de ladrar”, dice.

Escobar se para a unos cuantos pies del agua mientras apunta hacia el lugar donde la Guardia Nacional instaló un campamento hace dos años para ayudar a lidiar con el aumento en los cruces de inmigrantes.

Luego apunta a las recientes huellas que dejan casi a diario los vehículos de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos o, cada vez más seguido, los del Departamento de Seguridad Pública (DPS), siendo financiado ahora con dinero del Legislativo estatal que promete asegurar la frontera porque según Washington no lo hará.

Escobar cree que todo ese aumento en seguridad debe rendir sus frutos. Recientemente, dice, las cosas parecen estar más tranquilas en su rancho fronterizo de 600 acres.

“No he visto nada de tráfico en los últimos dos años”, dice. “La Patrulla de Caminos y la Patrulla Fronteriza pasan por aquí constantemente”.

Una confrontación armada

Escobar tiene muchas historias que contar sobre la impredecible, y en veces alarmante naturaleza de la vida en la frontera. Mujeres completamente desnudas han cruzado nadando el río desde México hasta su rancho. Hay botes de todo tipo que cruzan a la gente hacia el norte por este paraje.

Entre el contrabando que cruza hacia el sur del río ha visto desde televisiones hasta refacciones para tractor.

Escobar ha dejado de contar las veces que los traficantes han pasado apresurados por su rancho rumbo a México con la Policía tras ellos.

La última vez, iban escapando a bordo de una Suburban llena de mariguana. La camioneta cayó al Río grande y los traficantes se quedaron ahí por un día entero, con sólo la cabina de la camioneta asomando fuera del agua, antes de que las autoridades pudieran sacarlos con unas enormes grúas. El portón de su rancho fue derribado por los traficantes, y luego apachurrado por los Policías que los perseguían.

“Dejé de estar arreglando los portones. Dejé de volverlos a poner”, dice.

También les dijo a los comisionados de su condado que dejaran de arreglar el camino, que lo dejaran en un estado de abandono.

“Yo cruzo este camino con mucho cuidado”, dice, sonriendo con malicia.

“Pero los contrabandistas, cuando pasan por aquí, manejan a unas 50 millas por hora, por lo que se les descomponen los ejes, o se les ponchan las llantas”.

Esta es una de las únicas maneras en que Escobar puede hacerle frente a la situación. No tiene muchas opciones.

Una noche, mucho antes de que la Guardia Nacional se instalara aquí, sus trabajadores reportaron tener problemas con la pompa. Intentaban apagarla a las 10 p.m. para cumplir con las regulaciones estatales del uso del agua.

Pero dos hombres armados les dijeron que “así la dejaran”, que se fueran y que no regresaran.

Uno de esos hombres armados les dijo a los trabajadores: “váyanse de aquí, esto es de nosotros por esta noche”.

¿Qué podían hacer? ¿Qué pasaría con la pompa? Escobar cuenta que les dijo a sus trabajadores que así la dejaran hasta que se le acabara el diésel. Al día siguiente sus campos estaban llenos de agua, pero todos sus trabajadores estaban con vida.

Este es el dilema que Escobar fervientemente quiere que sus entrevistadores contemplen.

“¿Qué podemos hacer? ¿Acaso debo ir corriendo a la Policía y decirles, ‘Hey, vayan y atrapen a esos tipos?’” se pregunta escobar. Ellos van a saber quién fue. Van a saber quién les puso dedo”.

Y si se uniera a los traficantes, eso tampoco tiene mucho sentido. Si él acordara trabajar para ellos –y se lo han pedido muchas veces– la Policía eventualmente se enteraría.

Su sistema le está funcionando. Nadie en su familia ha resultado lastimado a pesar de haber vivido por años justo al lado de un lugar en México donde los tiroteos entre la mafia se desatan noche tras noche, y donde miles han desaparecido sin dejar rastro.

Él conoce el código. Es el código que utilizaron sus ancestros, y el que los Escobar del futuro sin duda emplearán: “Hay que simplemente quedarse con el orgullo y decir, ‘nomás no nos molesten. Déjenos en paz, y nosotros los dejamos en paz a ustedes’”.

Escobar admite que eso “no podría ser algo muy valiente”, pero ¿quién acudirá a rescatarlo si él llegara a denunciar algo?

“Sí, los maldecimos, pero hasta ahí llega la cosa…”. Escobar voltea y mira río arriba. “Mira”, dice, hablando en el idioma de sus padres.

‘No somos policías’

Aparece una balsa inflable por detrás de Escobar. Está llena de personas y acaban de cruzar de manera ilegal hacia EU por el río, por la orilla del río que está en su propiedad.

Escobar, de 72 años, camina por entre los arbustos con un reportero y un fotógrafo del Texas Tribune.

Y a cada paso que da, la idea de que la aumentada “seguridad en la frontera” está mermando el flujo del tráfico ilegal se torna cada vez más ilusoria.

El bosque está más tupido en esta dirección, no como en el claro dónde está la pompa de agua. Los inmigrantes parecen haber sido tragados por una enramada de carrizo, las altas ramas de bambú que crecen en aguas de poca profundidad. Pero no están lejos.

Son alrededor de 15 personas en total. Se dirigen hacia el norte, moviéndose a través de los árboles y arbustos tan rápido como pueden. Todos parecen ser hombres adultos. Uno cubre su cara con su camiseta negra. Otros parecen no notarlo, o quizás no les importa, que están siendo observados.

Hay un reflejo de color blanco de una bolsa de plástico que uno lleva consigo. Los demás parecen viajar sin nada más que la ropa que llevan puesta y sus cachuchas en la cabeza. Desaparecen en segundos.

Sin embargo, dos de los hombres se quedan atrás. Y ahora ambos se ponen de pie a unos 35 pies de donde Escobar se encuentra en el claro. Uno de los hombres viste de camuflaje. El otro lleva una camisa verde y una cachucha del mismo color de la vegetación tropical. Llevan puestos salvavidas, y ambos se ven preocupados al ver a escobar y a sus amigos de los medios. Estos son los coyotes.

“No tomen video”, el que viste de camuflaje le dice al propietario, aunque en este momento nada de eso importa.

Escobar responde en tono conciliatorio.

“No somos policías”, les dice en español.

“Ah, bueno”, los coyotes responden. Se ve que pronto se relajan y dan unos pasos hacia donde está Escobar. Ambos parecen tener unos 20 años de edad. Escobar vuelve a hablar.

“Nomás son reporteros”, dice. La palabra parece darles razón para detenerse de nuevo, y el que viste de camuflaje repite que dejen de filmar. Y así lo hacemos.

“Soy el dueño aquí”, Escobar les dice. “Oh, ¿El de la pompa?” los coyotes responden.

“Sí, el de la pompa. Ellos están aquí para hacer un reportaje sobre mí”, Escobar responde.

Satisfechos, los coyotes asienten y comienzan su camino de regreso al río. Pero antes que desaparezcan entre los carrizos, el de camuflaje voltea y le dice a Escobar que quiere que nosotros sepamos que están pasando a trabajadores mexicanos por aquí, que no llevan drogas.

“No es lo mismo. Son personas”, dice. “Si fueran drogas, no estaríamos aquí hablando con ustedes”. Escobar les promete decirles a los reporteros, y los hombres desaparecen entre los arbustos.

“El de la pompa” regresa al claro, hacia la parte trasera de la camioneta, donde estaba parado cuando la balsa se aproximó a la orilla del río.

Antes de que el sol se ponga, la Patrulla Fronteriza y dos agentes del DPS llegan al lugar, pero los inmigrantes y sus coyotes ya se habían ido para entonces.

Escobar le dice al agente de la Patrulla Fronteriza, quien dice que su nombre es Serge, que él les da la bienvenida a su rancho a todos los elementos de la Policía.

Escobar mantiene su postura de que él no se va a meter para nada, tal como se los dijo a los coyotes en persona hace menos de una hora. Es el código que uno sigue en estos parajes si quieres mantenerte con vida.

“No me voy a poner en el camino de nadie para intentar detenerlos”, le dice al agente. Serge sacude su cabeza de atrás hacia adelante.

“Un astuto plan”, responde.

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