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Eisenstein y su película inconclusa: ¡Que viva México!

  Por Agencias

Publicado el lunes, 22 de enero del 2018 a las 20:20


Uno de los genios de la historia del cine viajó a México para documentar para siempre algo de su magia ancestral

Ciudad de México.- Entre 1930 y 1932 un cineasta soviético estuvo en México, filmó por diferentes estados de la república, el material que tenía era un testimonio importante de nuestras tradiciones, pero murió y dejó inconcluso su documental. Aunque los dos países compartían una reciente revolución (la mexicana de 1910 y la rusa de 1918), fue otro asunto el que lo trajo hasta acá.

Los primeros acercamientos de este joven director con la cultura mexicana se dieron a través de unas revistas alemanas, donde venían artículos e imágenes sobre celebraciones típicas de nuestro país. Un texto sobre el día de muertos, acompañado de fotografías, fue el anzuelo que lo arrastró hasta el otro lado del mundo.

El ruso se hizo de libros sobre Pancho Villa y otros de Miguel Covarrubias, cada vez estaba más interesado en nuestra cultura y se obsesionó con la idea de venir. A esto se sumó Vladimir Maiakovsky, poeta ruso que visitó México y conoció a Diego Rivera, quien le habló bien de nuestro país.

Acompañado de otros dos paisanos soviéticos (un cinefotógrafo, Eduard Tissé, y un guionista, Grigori Aleksándrov), Eisenstein viajó a Hollywood para hacer una película que nunca se realizó. Entonces un escritor estadounidense Upton Sinclair, ganador del Premio Pulitzer, los convenció de hacer una película sobre México.

Este proyecto nunca estuvo planeado, simplemente se dio. El cineasta compró un libro de Anita Brenne que devoró durante el viaje en tren que hizo del gabacho a nuestras tierras.

Una vez en el país, los tres soviéticos se dedicaron a explorar la capital y la parte sur del país, estaban tan a gusto en el país que extendieron su estadía de tres meses a un año y medio. Acudieron a la basílica para presenciar la ceremonia a la virgen dos veces (la primera llegaron por las fechas, la segunda para documentar el evento). Fueron al Istmo de Tehuantepec, a Chichen Itzá, Teotihuacan, y así, poco a poco, con todo y las dificultades con respecto al guión, se hizo ¡Qué Viva México!

Eisenstein tenía la intención de hacer una sinfonía fílmica, un sarape cinematográfico o un Mural de Diego Rivera del séptimo arte, quería mostrar a un México atemporal donde el pasado estuviera fusionado con el presente; pero el rodaje se detuvo de golpe porque cortaron el financiamiento y, aunque le prometieron enviarle el material, nunca lo recibió y murió sin poder concluir con sus propias manos una de sus grandes obras.

Sinclair estrenó un corte en 1933 bajo el título Thunder over Mexico (Trueno sobre México), pero fue un fracaso. Salieron otras versiones a lo largo de la historia hasta 1979, cuando Grigori Aleksándrov hizo el corte oficial a partir de apuntes de los storyboards originales de Eisenstein y compiló Da zdrávstvuyet Méksika! (¡Viva México!), una aproximación al montaje que éste planeaba.

La película, que es de alguna manera un patrimonio de la humanidad y reúne un sincretismo mexicano en uno de sus momentos más puros, antes de que la globalización irrumpiera con la fuerza de ahora, hace una compilación donde el punto de convergencia es siempre la fiesta, tan asociada a la cultura y el misterio mexicano.

En el filme primero son recreados los preparativos de una boda en Tehuantepec, Oaxaca (con una coreografía exquisita entre las tradicionales tehuanas), luego una fiesta brava de un talante muy españolizado. En medio de la película es escenificada una ficción de la tragedia de un campesino que sufre los abusos de autoridad de un México desigual; finalmente el Día de Muertos es una alusión exquisita a la manera en que el mexicano hasta de la muerte se burla.

Más allá de mostrar un frívolo folclor, Eisenstein exuda una admiración por un pueblo inclasificable, de algún modo incomprensible, cuya fiesta perenne es un recordatorio de que la vida puede ser abordada desde sus propias contradicciones, con la ligereza que se destila, precisamente, de su inevitable incertidumbre.

Fuente: Aurelio de los Reyes, El nacimiento de ¡Que viva México!, México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 2007.

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