El enfado contra el neoliberalismo y la globalización, y el error de los partidos por fundirse, borrar sus fronteras y dar la espalda a las mayorías, lo capitalizaron líderes como Donald Trump, en Estados Unidos, y Andrés Manuel López Obrador, en México, para llenar el vacío de poder. Acaso por ello se entienden, incluso el líder de la 4T, no ha reconocido el triunfo de Joe Biden. Después de la Guerra Fría, los partidos se corrieron hacia el centro y al hacerlo perdieron identidad. Trump y AMLO abandonaron el centrismo, congestionado por derechas e izquierdas, polarizaron y se distinguieron de los demás.
El senador Bernie Sanders apuntaba hacia el socialismo democrático, pero era mucho para Estados Unidos y el Partido Demócrata, razón por la cual se decantaron por el moderado Biden. La corrección política neutralizó a los partidos y a sus gobiernos. El deseo de quedar bien con todo el mundo, la costumbre de no llamar a las cosas por su nombre y la rendición ante los grupos de presión, debilitó a los poderes públicos y a las instituciones. El lenguaje se pobló de eufemismos para no herir sensibilidades ni molestar a la sociedad ni a las corporaciones con la aplicación estricta de la ley. En México, los rescoldos de oposición en el PAN y PRD fueron devorados por los pantanos de la corrupción peñista y por el embuste del Pacto por México.
Fuera del centro, el discurso antisistema, contestatario y rupturista de Trump y López Obrador, conectó con legiones de ciudadanos despreciados por el “establishment” y agraviados por líderes políticos y gobernantes venales. Sin ser modelo de congruencia de sus prédicas, el derechista y el izquierdista lograron un amplio respaldo en las urnas pese a sus errores y políticas divisivas. Ambos se enfrentan a los medios de comunicación y a los sectores críticos de la sociedad. Trump hizo de las noticias falsas la base de su Gobierno y AMLO ha convertido las conferencias “mañaneras” en jurado popular donde no hay más juez que él.
La paradoja consiste en que el Presidente estadunidense superó su propia votación y estuvo en la antesala de la reelección; el mexicano, a su vez, mantiene altos niveles de aprobación, no obstante los graves y crecientes problemas del país. En ambos lados de la frontera preocupa más el tema económico que la pandemia por coronavirus; incluso en México, 52% aprueba la gestión de la pandemia y 45% la reprueba, de acuerdo con la última encuesta cuatrimensual de Reforma. La cita de AMLO con las urnas será el 6 de junio próximo cuando se elija nuevo Congreso federal, 15 gubernaturas y casi 2 mil alcaldías. La intención de voto favorece al partido del Presidente (Morena), entre otros factores por la falta de oposición. Sin embargo, también anticipaba un triunfo apabullante de Biden.
Al margen de cómo termine el proceso del 3 de noviembre en Estados Unidos y del resultado de las elecciones intermedias en México, los movimientos políticos de Donald Trump y López Obrador, trascenderán sus gobiernos para bien o para mal, según el color del cristal con que se mira. Ambos visibilizaron heridas y agravios ocultos por sistemas basados en la corrupción, los privilegios y las complicidades. Antes de su ascenso al poder, las sociedades al norte y al sur del río Bravo ya se hallaban divididas; prevalecían la desigualdad, la injusticia; el racismo allá y el clasismo aquí. Empero, en lugar de sanar los males, los han agravado con el virus de la mendacidad y la discordia.
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